23 de febrero de 2018

Gol de oro


Aldo Alcota

Gol de oro. Nibaldo Acero. Narrativa. Los Perros Románticos Ediciones. Santiago de Chile. 2017.

EL PARTIDO DE LA INGOBERNABILIDAD

Para Roland Barthes, el brío del texto estaría en su voluntad de goce: “allí mismo donde excede la demanda, sobrepasa el murmullo y trata de desbordar, de forzar la liberación de los adjetivos –que son las puertas del lenguaje por donde lo ideológico y lo imaginario penetran en grandes oleadas-“. Esa alusión del teórico francés perfectamente podría describir la escritura de Nibaldo Acero (Santiago de Chile, 1975), y la energía y el derrotero de Gol de Oro, su nueva novela (o no). Porque su forma de narrar va más allá de lo que pudiera ser la configuración de una novela. Existe un enérgico derrame en el lenguaje y ritmo, mezcla de hablantes y géneros. Acero deconstruye la dura realidad en la materia del texto: a sus pedazos les exprime ese violento sudor, concentrado por largo tiempo en la oscuridad y decide arrojarlo como una lluvia de palabras. Esa fuerza al caer como gotas, es un ideario a favor de la esperanza, algo que no se rinde.
   
El registro literario de Acero vive un desbordamiento salpicado de poesía (“las conexiones con la alta poesía” a la manera de Vila-Matas). Un partido de fútbol es a la vez un campo de batalla y una declaración de principios: la defensa por la dignidad humana. “El partido se hace cada vez más brutal”; en esa adjetivación empleada por el autor se concentra la sustancia de toda una historia nacional. “Toda bandera es un río de sangre”, escribía la poeta Stella Díaz Varín. Aquella competencia deportiva es la metáfora de un Chile fracturado, dañado y ultrajado en sus aspiraciones colectivas y en los proyectos personales de miles de chilenas y chilenos. Hay una herida en la cancha que pide un momento épico; una pugna, una especie de La Araucana del fútbol. Está en juego la justicia social y se lucha por ella. Gol de oro es un manifiesto sobre la libertad.

La despedida de Carlos Humberto Caszely en 1985, en el Estadio Nacional, da inicio a Gol de oro. Caszely, una figura más que esencial en el deporte nacional, imprescindible en el imaginario colectivo: aquel que no saludó a Pinochet antes de partir al Mundial de Alemania 74; aquel que participó en la campaña televisiva del plebiscito del 88 y dijo que votaría “no”. Todo comienza con la despedida del ídolo en el Nacional, lugar de dichas y desdichas para muchos. Los recuerdos de un futbolista, ex estudiante de pedagogía y poeta, colisionan y se mimetizan con la pasión de un comentarista radial, ante ese inolvidable partido entre el oficialismo local (la dictadura) y el equipo de todos (el pueblo oprimido). El narrador cambia de voz y el balón de la memoria pasa de un sentir a otro. Se origina entonces una tensión casi musical tras el esperado gol. Aquel Segundo tiempo, nombre de la primera parte del libro, presenta una metáfora de los sucesos acaecidos a mediados de los ochenta, hasta la vuelta de la “democracia”. Hay homenajes a Gladys Marín, Sola Sierra, Cecilia Magni, Clotario Blest, Pierre Dubois, quienes participan en ese duelo deportivo para vencer a sus despiadados rivales, representados por Miguel Krassnoff, Onofre Jarpa, Osvaldo Romo o Jaime Guzmán.

Posteriormente, Gol de oro pasa a un capítulo sobre la niñez del narrador, Des-cuentos, una autobiografía futbolística como la define Acero. Las vivencias de un niño de Calera de Tango desencadenan humor, drama, rabia, violencia, nostalgia, derrota, apología a la amistad, alegrías y tristezas en la profundidad emocional de un país hundido en el silencio y la inclemencia. Des-cuentos posee un ambiente de riqueza alucinatoria, casi de película de Fellini, un Amarcord del sur del mundo. El capítulo final lleva el nombre de Alargue. Aquí entra la furia, el delirio y la finalidad es lograr un triunfo digno para el equipo de todos. El partido sale del estadio para definirse en la calle, una apoteósica pichanga recorriendo Santiago, apoyada por el desacato de estudiantes, mineros, artistas, mapuches, con el fin de llegar a Valparaíso, a las puertas del Congreso: “Estamos ya frente a esta inmensa y vacía estructura, el gran arco, defendido por decenas de estrellas que han abrazado el servicio público”. Todo se convierte en una especie de revolución. Ese “millón de nadies”, desconfía del nuevo Estado y sueña poder marcar ese gol tan esperado para ganar. La libertad guiando al pueblo, como el cuadro de Delacroix, tras una pelota que proyecta un nuevo Chile.  

Hay momentos de potente ironía surrealista como en el Segundo Tiempo: “El árbitro pide cambio de balón, el que se realiza rápidamente, mientras el pasapelotas deja el cráneo / pelota detrás de un estático publicitario de AFP Provida”. La corporalidad es un tema planteado bajo diversos ángulos: atraviesa lo grotesco, la tortura, los abusos sexuales, la mutilación. Gol de oro nace con un segundo tiempo; el primero es aniquilado y sometido a un vagabundeo espectral,  limbo histórico sin páginas. Porque gran parte de la población no tuvo acceso a jugar esos iniciales cuarenta y cinco minutos. Un partido desmembrado en su origen. Un cuerpo / nación agredido por la desgracia política. O citando palabras de Sayak Valencia Triana, una necropolítica o “gestión de la gubernamentalidad a través de la muerte”.   

Acero honra a todas esas heroínas y a todos esos héroes que no perdieron la confianza en devolver a Chile la sonrisa. Se palpa esa admiración hacia comentaristas radiales como Vladimiro Mimica o Claudio Palma; y hacia las barras apoyando a su gente, a su equipo, a Caszely, doblando con sus cánticos, saltos y barricadas la mano controladora de la autoridad. Las barras y las gradas como expresaba Lemebel, son “ese lugar de ingobernabilidad”.

Gol de oro invita a no perder las utopías. El juego sigue y aún no se escucha el silbato final.

2 comentarios:

  1. Una joya de reseña, querido Aldo. Quedan todas las ganas de leer el libro de Acero.

    Un abrazo muy grande

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    1. Anónimo23/2/18

      Abrazos querido Jorge. Gracias por tus palabras!

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