Baqueteada y estreno

Pablo Cingolani

Acabamos de volver con la Carolina del cerro, de una buena baqueteada.
Como Dorfman, del cual estoy releyendo sus Memorias del desierto, simplemente porque me huelo de nuevo Atacama, me huelo de nuevo las ruinas de Cobija, me huelo de nuevo la tumba de Luchito, soy otro mistificador.[1]
Eso me complace, desde ya, y diríamos con Ariel y con Pablo Milanés: la vida no vale nada si no es para mistificarla.
En ese plan, trato de recordar de dónde se me pegó la palabra “baquetear” y todos sus derivados: baqueteada, baquetearse, baqueta.
No fue teté, fue “Babé”, el apodo de la madre de mi amigo de la infancia, Fabián Luna. En mi mito, estoy seguro que fue ella la que me legó esa adorable palabra que, para mi uso, significa curtirse, “curtirse” –otro término mítico- para resistir, para no doblegarse, y, a la vez, curtirse para volverlo todo más amable, más propio. Diríamos con Monseñor Descartes: me baqueteo, luego existo. [2]
¿La forja del mito? Patagonia argentina.  Cordillera. Bosques. Verano. Con Babé, con Leonel (Q.E.P.D.), su esposo y nuestro mentor de primeras odiseas, Fabián y Fernando, hermano menor, una vez, tendríamos nosotros los changos 15-16 años, por ahí, encaramos algo intrépido: la llamada picada del arroyo Casalata. Los del refugio del cerro López nos decían: no vayan, hace años que nadie va por ahí. Nuestra insistencia adolescente pudo más y le metimos igual. Nos fuimos a baquetear a una selva de caña coligües sin machetes, ni sogas, ni equipo, ni nada que se le parezca. La historia es larga y hay varias que vivimos igual, parecidas. Las resumo así: fuimos a baquetearnos nomás.
En definitiva, a lo que voy es a esto: hay que baquetearse para vivir (Tizón, más dramático, en sus Memorias de la Puna, su libro póstumo, diría, más místico: hay que padecer para vivir)
El baqueteo nos vuelve humanos, más humanos.
El baquetearse nos procura eso intangible llamado auto-conocimiento, proyectado, eso llamado dignidad.
La baqueteada, en suma, es eso que llamamos plenitud –diría el apóstol Néstor Paz Zamora, diría el poeta Zurita.
Hoy, el cerro – Mullumarka siempre- estaba voraz. Rajaba el sol anticipando el solsticio primaveral, había tanta luz en danza que no terminabas de delimitar las formas, los rayos UV te caían a pico, intensidad máxima, extrema, no caminabas: peregrinabas. O lo que no es lo mismo, pero es igual: te baqueteabas.
En lo personal, andaba además estrenando calzado. Unos Hi-tec –y mis pies adentro- que, hasta hoy, no habían lamido el traca-traca, la furia, la arena, la piedra: el baqueteo.
Misión cumplida.
Cuando hagamos la revolución, vamos a fundar la Fábrica Estatal de Equipos Out Door.
La podemos bautizar Fabrica Felipe Varela, por todas las veces que cruzó, como pudo, siempre rebelde, la cordillera de los Andes o también Fábrica Nuestros Paisanos Los Indios, que, como dijo San Martín, iban en pelotas y eran los reyes de la baqueta.
A la vez, vamos a promover la travesía como deporte nacional, especialmente para los niños[3]- y vamos a producir zapatos de montaña mejores que los capitalistas.
Mientras tanto, baqueteada mediante, los suyos, nobleza obliga, nobleza revolucionaria obliga, los suyos, son buenísimos. ¡Carpe diem! Mientras tanto, los usas, los baqueteas y vives la vida. Cuando hagamos la revolución y la Fábrica Nacional y Popular de Zapatos de Montaña, desde ya, usaremos los nuestros.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 18 de septiembre de 2019


[1] No encuentro la cita. El que mistifica a un mistificador tiene….
[2] Es interesante confrontar lo que dice la RAE sobre el término baquetear: “Golpear reiteradamente a algo o a alguien. Baquetean la lana”.  Ver: https://dej.rae.es/lema/baquetear
[3] Yo, nacido en la llanura y en la ciudad, empecé a caminar montañas, leninísticamente hablando, a los 7 años. Todos los niños se merecen eso. Por contrapartida, los niños de las montañas se merecen ir a nadar en el mar.

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