Miedos


Concha Pelayo

Escribe García Márquez en su relato "Ojos de perro azul", "Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón, esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas..." Yo también estoy sola, sentada en mi terraza, con los ojos cerrados, mientras me dejo acariciar por el sol. Presiento el hermoso jardín que tengo enfrente, que bordea la muralla medieval, que cobija, a su vez, al castillo. Estoy aprendiendo a distinguir los trinos de las aves que revolotean entre los árboles, que se posan en un abeto, en un lilo, en un almendro. o se cuelan en el interior de los huecos de la muralla. Distingo el castañetear de los picos de las cigüeñas anidadas en la espadaña de la iglesia, junto a la Catedral. Pero también estoy aprendiendo a distinguir los miedos, porque unos son diferentes a otros. Tengo miedo a saber qué va a para con el virus que me tiene confinada en casa, a no saber qué va a ocurrir o si lo voy a contraer; un miedo que se mezcla con el dolor porque está causando mucho dolor, mucha muerte. Un miedo a lo desconocido. Tengo miedo, también, a contraer la enfermedad de Alzheimer. Mi genética es de altísimo riesgo, Dos casos muy cercanos en mi familia. Este miedo, por conocido, es muy perverso y me deja un tanto descolocada. Miedo, cómo no, a que vuelva a mi organismo lo que tanto temo y que conseguí erradicar. Este es un miedo que, aunque cargado de razón, se me antoja irracional. Sí, me doy cuenta de que hay muchas clases de miedos que conviven en el interior de cada cual. Pero hay otro tipo de miedo, un miedo lúdico, festivo, así lo definiría yo, que es cuando, por voluntad propia, hacemos cosas atrevidas, osadas, que por edad o circunstancia no se espera que hagamos; como el miedo que sentí al borde del Atlántico en Portugal, hace dos años, al lanzarme al vacío en parapente. Todavía me entran sudores cuando me acuerdo. Sentía miedo cuando me ataban a aquel artilugio volador mientras preguntaba nerviosa qué es lo que tenía que hacer. Nada, me decían divertidos, entre risas. Miedo cuando ya, al borde del abismo noté cómo empujaban el artefacto y de pronto, me sentí en el aire, volando. Miedo que se disipó cuando toqué tierra y me sentí libre, segura. La adrenalina, en ese momento, fue la verdadera protagonista. Fue aquél, un miedo de azar, un juego. Hay que jugar para ganar. Y yo quería jugar con mi propio miedo.

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