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Carta para Poltava


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me pides una carta de amor. Me sobran palabras y sentimientos. Me faltan presencias. Es un decir, mientras extiendo mis piernas al nuevo sol, como Jackaroe afuera del saloon, sorbiendo un ron artesanal de Barbados.

Caribe. Me he puesto a pensar en el querido Roberto Burgos Cantor, cartagenero, el autor de esa monumental novela que es La ceiba de la memoria. Vimos juntos la ceiba de La Habana; dicen que es la primera, sabemos que no pero hay mentiras con sabor de leyenda. Y la épica, sin ser militaristas, es como aquel viejo amor. Si lo hubo…

Escribo porque me lo pides. Pero estoy pensando en otra también. Hasta en otras. Pero es para ti. Preparas pickles, escabeches en mi tierra, pepinillos. Bajaba de mi habitación en el quinto piso de la calle de León Tolstoi, inolvidable Kiev, tornaba a la izquierda y otra izquierda por casi una cuadra hasta un bar de piratas donde me regocijaba con Guinness o cervezas rubias del país. No faltaban pepinillos, ni chorizos, ni arenques fríos. Un par de horas hasta retornar a la cueva cuya entrada estaba en la parte de atrás. Todavía no había nevado en la ciudad; se esperaba la primera caída. Antes de regresar, un mínimo café al paso, ya endulzado. Quizá comprarme pan dulce, cruzando la avenida.

Teléfono. Hay alguien en Kiev que he visitado, una mujer más bella que Nastassia Kinski. De entrada aclara: no me casaré contigo pero puedo ser tu amante. Soy buena amante, podemos ejercitar las poses del yoga chino. Había en los bailes de la adolescencia, en Sarco, dos hermanos que tenían plata, auto y motocicleta; diferían de nosotros. Uno era buen mozo con pequeña boca de mujer; el otro horrible. A este habían apodado Garabato, por lo contrahecho. Esta digresión va a que así quedaría yo luego de las torturas del yoga chino. Para kama sutras no estoy; digo que soy pero no soy, suicida.

¿Por qué te escribo esto? No para que iracunda te arrebates. Lo cuento como escenas de cine. Fui un camarógrafo que pasaba las tardes en el Parque Shevchenko, entre añejos árboles que no demandan nada. El viento corre las hojas. No es que haya polvo, ni niebla, pero tal vez el crepúsculo pone sábanas traslúcidas en el panorama. Me arropo en la chamarra. Poco necesito para ser feliz: un banco de madera entre los alerces. ¿Si dormiría allí? Quizá, apoyando la espalda contra la roca fría del muro. Sensación de caverna, de que no ha muerto el primitivo en mí y me bastarán pingajos de cruda carne para sobrevivir. Me pregunto muchas veces, contemplando a los mendigos, si en alguno de esos casos no es una decisión premeditada, hasta inteligente. El despojo de lo inservible. El Monte Athos, Kazantzakis en el Monte Athos, los gigantes e impertérritos seres alados de Asiria, el silencio del señor de Mictlán, la tumba del señor de Sipán. Oro en ocasiones, plásticos alrededor de las mangas en otras. Te escribo ya que en tu regazo esta retórica de miseria desaparecería en instantes. La del oro del mismo modo.

El ventanal está dividido en cuatro. El sol muriente de la tarde de las seis es el mejor. Era a las cinco en Cochabamba, cuando por la ventana de la cocina entraba e iluminaba la mesa de fórmica roja donde mi madre había servido el té. Las seis aquí y ahora. Paré el tocadiscos con extractos del Lohengrin de Wagner. Escucho un poco de YouTube sobre la política española, leo Seúl, São Paulo de Gabriel Mamani Magne. Me refresca el lenguaje, retorna a la jerga juvenil y la bolivianidad. Te escribo sin mentirte que a la vez me dirijo a otras que sin embargo no leerán. Al no leer la carta no existen. Luces de bengala que no debes agitar en el aire porque si lo haces atraerás ladrones, advertían en las noches de San Juan mientras crepitaba el sunch'u.

Dejo morir la tarde, no intento salvarla. El ron negro de Barbados apenas queda en el fondo de los hielos. Caribe, otra vez, largos peces aguja de aquel increíble mar de Cienfuegos. Los kayaks cruzan cercanos. Entrenan atletas cubanos en largas piraguas con un vocero al extremo. El cabello rubio de una escritora chilena cae por el espaldar de un sillón. Un autor argentino se remoja en la piscina. No estoy acostumbrado a élite alguna, soy hombre de banquillo abandonado, de celda monacal de donde me escurro para amar con desenfreno. Luego silencio. Me acerco a ti, a ver si te importo un poco más que los deliciosos pickles. Sonríes. La primavera inunda Poltava, un barista traza arabescos en la crema del capuccino. Ahora, ya casi al terminar, decido que la carta va solo para ti. El crepúsculo ha ocultado las sombras que pululaban como cuervos de opereta. No te puedo enseñar el yoga chino ni leerte el I Ching, apenas hablarte un poco del desierto hacia occidente, de los tediosos camellos y de Li Po. Vamos a ahogarnos tratando de atrapar la luna sobre el agua.

06/05/2021

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