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Sergio Ribero en el Día de Cochabamba


Miguel Sánchez-Ostiz / Vivir de buena gana

https://www.sergioribero.com/

Hacía tiempo que no veía fotografías del boliviano Sergio Ribero, fotógrafo viajero y humanista, al modo de los legendarios fotógrafos franceses de entre guerras: las gentes, los países, las calles, los laberintos urbanos, la Gran Parada urbana de la que todos formamos parte. En Ribero hay cámara, pero hay sobre todo ojo, mirada, intención... fotografía.

A Ribero no lo conozco en persona, solo por su trabajo y después de ver una fotografía callejera, un retrato, de un personaje de esos de verdad raros con los que te cruzas en la vida y resultan inolvidables: un paramilitar que arrastraba una fama terrible y era un consumado maestro charanguista en la noche de Cochabamba. Seguí a Ribero, pero en el bosque de las redes lo mismo te ves a diario que desapareces como si hubieras fallecido tragado por la niebla de los días.

Hoy me tropecé en ese bosque con la felicitación de Ribero al Día de Cochabamba, su ciudad, y me recordó algunas escenas allí vividas, en los alrededores de algún mercado, ya lejos, por donde la ciudad pierde su nombre y corren las agua servidas, y viven como pueden de mano en mano los gallos de pelea, y se oyen las voces de las chicherías. Esa guitarra negra me ha recordado a la de Zitarrosa, pero solo por el nombre, no por el fuego o la mugre que adivino, aunque quien sabe si las canciones del farreao y las del uruguayo no estaban empapadas en el mismo pocillo de dolor y piedad, de rabia y ansias de vida, de compadreos y soledades, de melancolía y malicia. Las farras empiezan como empiezan, y acaban con mucha noche en los ojos y más niebla.

Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos... Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas...

Bolivia está para mí cada día más lejos, más inalcanzable, por la edad, la salud, las pocas ganas de moverme ,por mucho que la añore, que eche en falta el pateo de sus calles donde estampas como la de Ribero son habituales en ciertas calles o en el centro mismo de la ciudad donde la derrota de la noche ha asaltado y fulminado al farreado, con guitarra negra o sin ella, con ojotas o sin ellas, porque raro es el borrachito al que los duendes no rastrillan.

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