Tras las alas de Luna


Antología: La sombra del perro

Obra: Tras las alas de Luna

Autora: Amalia Caridad Cordero Martínez

Ella es la única hembra en la manada de seis: comentó mi vecina. La escuché y me asaltó un pensamiento: Le sucederá a la perrita el mismo rol de las mujeres en esta vida? Pasaron unos días desde que los observé a todos, detrás de su madre, corriendo por el patio. En el de cursar del tiempo, poco a poco fueron disminuyendo. Eran hermosos y los niños tocaban la puerta pidiendo los machos. A final se fue quedando ella sola. Una tarde las niñas de la cuadra jugaban a saltar suiza. A su algarabía salió ella. Se asomó a la verja del pasillo lateral de la casa de la vecina y la melodía de su fino ladrido semejaba un gorjeo. Saltaba, reclamaba atención, imitaba, para participar en el juego. ¿Quién sabe? En su lenguaje de insinuaciones sorprendía la forma de disfrutar su vida. Tras la reja la vi como un reo abandonado. Por un momento me enterneció verla tan hermosa, pero endurecí mis ternuras. Había decidido no albergar más perros. Estábamos saliendo del duelo por el final del Chury, un pastor alemán, mascota de mi hijo, llegado a casa, tan cachorro como ella, y nos acompañó quince años.

Muy pronto mi nieta Rocío, de apenas siete años, la descubrió y fue hasta ella. La acarició a través de los barrotes de la reja y en retorno, cruzó la calle a todo correr.

―Mami, yo quiero la perrita, suplicó con las manitas juntas y una mirada de súplica.

Me tentaba a romper mi compromiso. No tuve otra opción que abrir mi corazón a esta nueva aventura. Por un momento sentí un dolor en el pecho por haberla discriminado por ser hembra y por haberme elaborado imágenes de cuando estuviera en celo y seguro tendría pegados a mi puerta, discutiendo la moza y fajándose, a todos los perros callejeros del barrio. Para mi paz, a la velocidad de los pensamientos reaccioné: ― ¿Cómo en mi condición de mujer podía minimizar su ser? A la insistencia de la niña relajé mis tensiones y acepté con una advertencia: ―Es tuya y tú la cuidas. Ese día, y esa noche de una luna llena inmensa, fueron momentos de incorporación y recibimiento de la perrita como un miembro más de la familia. Todos pendientes de ella y sus juegos. Muy pronto reaccioné: ¿Y cuál es su nombre? La dueña saltó para ser la primera en opinar.

―Mira, mami, ella es blanquita y tiene unas manchas negras como las que tú me enseñaste de la luna: Yo quiero llamarla Luna.

A los pocos días yo la amaba y me adelantaba para alimentarla en sus horarios aunque me arrastrara las alfombras del portal por toda la casa y los tacos de contención de las puertas, aparecieran en la escalera, llegando al segundo piso. Ella había llenado mi nido vacío y con sus acciones, disipaba el duelo de nuestros recuerdos. Ella, además de simpática, fue muy noble, cariñosa y educada. No se desesperaba por la comida. Le servía su plato y ella ceremoniosa iba a comer cuando la dejaba sola a diferencia del Chury. Él, si me equivocaba, me quitaba su comida de la mano.

Ella desarrolló un amplio diapasón de ladridos. Aprendimos a identificarlos: de llegada de alguien, de despedida, de juego con Rocío o un gruñido de extrañeza por algún ruido en la madrugada. Era evidente su rango de compromiso entregado al paso del tiempo como vigilante de la propiedad. Pero el ladrido de aquella madrugada calurosa del verano, fue muy diferente. Ante su insistencia desde el descanso de la escalera, llamé a mi hija:

―і Tania, alguien ha entrado por el patio! ―Ella había sentido el ruido―

―¿Cómo va a ser si todo estaba cerrado con candado? ―Debió haber saltado por encima de la reja: ―le dije.

En días recientes tuvimos referencias de varios hurtos ocurridos en los alrededores y todo parecía indicar que había llegado nuestro turno. En esas circunstancias decidimos apoyar a Luna. De repente la vimos saltar de la escalera y sin dejar su ladrido, recién estrenado, atravesó el patio en dirección al pasillo lateral donde se atrincheró impidiendo el regreso del invasor hacia el lugar por donde había entrado. Mientras llamé a la policía, mi hija alumbraba el área. El individuo, en un instinto de huida, dio un salto, se colgó del alero y de otro empujón estaba en la segunda planta tratando de buscar salida por donde había trepado para entrar. Sin dejar de ladrar, había dado la vuelta, subió la escalera tras el olor nauseabundo esparcido en la serenidad de la noche, donde se mezclaban sudor, ropas sucias y la adrenalina del miedo. Entonces, mi hija, con su lámpara junto a la perrita, sorprendieron al hombre al saltar hacia la calle desde el segundo piso para desprenderse en carrera. En eso, llegaron los policías, como había apagón y se les escabulló por unos pasos peatonales. Luna no cesaba de olfatear. Se aseguraba de grabar el olor indescifrable.

Nos mantuvimos un buen rato en medio de la calle rememorando los hechos. Nos acompañaban los vecinos. Todos alababan las cualidades de nuestra mascota y sus avisos ante cualquier movimiento en las viviendas aledañas. Después del susto, por varios días estuvimos tensas y sensibles a cualquier sonido diferente. Muchos años atrás había aprendido de mi padre el refrán dicho en una ocasión parecida: ―El reo regresa al lugar de los hechos.

Pasados unos ocho días se produjo el regreso. En el primer intento solo tuvo tiempo de cortar el regulador de la instalación del gas y no para recoger el cilindro recién llenado. Esta otra madrugada, igual todo era silencio y el instinto de ella se mantenía alerta. Repitió Luna sus ladridos de cacería. Tan pronto el hombre saltó de nuevo la verja, la perrita fue hacia él. Trató de esquivarla ante el temor de una mordida y se arrinconó en cuclillas detrás de una jardinera donde ella le cerró el paso. Mientras no dejaba de ladrar, y teniendo a favor nuestro a la policía puesta en aviso, los llamamos. Volvimos a sentir el repugnante olor en nuestro patio y él no pudo imaginar que ya el depósito del gas había sido puesto a buen resguardo. Pero en su contra estuvo el instinto: los ladrones identifican desde lejos el ruido de la Perseguidora. En su intentó por huir se arriesgó a escapar. Salto la jardinera en sentido contrario a la ubicación de su enemiga y de nuevo huyó por el pasillo lateral. Trepó la puerta y saltó a la calle. Sin perder tiempo mi hija lo enfocó con su lámpara en el momento que llegaba la policía y a escasos metros fue apresado. Solo pudo avanzar unos metros. Tenía en su haber más de veinte hurtos. Ante cada suceso crecía la tensión entre los vecinos porque nadie sabe cuál puede ser la reacción de uno de estos individuos al verse cercados.

Pasados unos días, vinieron de noche los peritos a reconstruir los hechos. Del jeep de las autoridades bajaron al joven frente a nuestro portal. Luna salió como un bólido en dirección hacia dónde provenía el mismo mal olor. La atajamos y cerramos dentro de la casa hasta terminado el proceso que ella amenizó con sus ladridos. Así en mis pensamientos se reforzó una idea: los perros con sus actos demuestran su rango de compromiso hacia quienes les dan abrigo. Ese sentimiento es amor del que vence el tiempo y su fidelidad es incondicional cuando sale a esperarnos o para protegernos. Una caricia sobre su cabeza o su lomo son suficientes para que el roce de nuestra mano sobre su pelaje le transmita nuestro cariño y la alegría se desborde por su cola agitada.

Fue nuestra mascota enigmática, no dejaba de sorprendernos. Siempre estaba dentro del patio y en el menor descuido con la puerta de salida, a toda velocidad se desprendía en libertad. Venia después el paso de ir a recogerla. De pronto ella comenzó a verse gordita. Mi hija me culpaba por darle mucha comida, hasta que nos convencimos de lo inevitable. Pero no había control de fecha. Su comportamiento fue normal hasta un amanecer, en un abril lleno de brillo, por un cielo muy azul y sin nubes, al abrir la puerta me extrañó que ella no viniera a querer entrar. Avancé buscándola. Estaba echada en una esquina del patio, debajo de la mata de aguacate, recostada contra el muro de la cerca. Temí que estuviera enferma. Me acerqué. Para mi alegría descubrí, prendidos de sus tetas, seis perritos, dos negritos completos y cuatro manchados como ella. Lloré de emoción. Y la quise mucho más por ser tan guerrera, tan independiente que sin hacer ruido ni expresar un dolor en una noche había traído a sus crías. Durante el tiempo que convivió con sus descendientes, hasta destetarlos, fue una madre muy protectora y paciente.

Pasaron los días y llegó el momento de buscarles un hogar. Dolía verlos partir con alguien, pero estuvimos conformes al dejarlos emigrar con niños del aula de mi nieta y hacia familias donde los iban a cuidar. Por unos días se nos mantuvo la nostalgia porque sus juegos fueron incentivo para nuestra alegría. Luna, con su ritual de hábitos inmutables continuó acompañándonos muchos años durante los cuales nunca más se preñó.

Sucedió que una tarde no quiso comer. No me preocupé porque como tienen la digestión tan lenta, esa podía ser la causa. Cuando al otro día se repitió su conducta la llevamos al veterinario y comenzamos el tratamiento con precisión de ingreso hospitalario. Sueros, alimentos reforzados, antibióticos sin que hubiera un diagnóstico certero mientras su mirada triste, suplicante, nos comprometía. Toda la atención se centró en ella, era nuestra paciente muy valiosa. Una de sus noches finales, ya muy debilitada se desmayó. Creímos que había fallecido. Rocío, atrapada por un dolor profundo, que venía gestándose en ella, desde el inicio de la enfermedad de su perra, explotó en un grito aterrador: acababa de conocer el rostro de la muerte, era la primera experiencia. Su mascota le enviaba un mensaje, y la preparaba para enfrentar los momentos difíciles que nos tocan. A los pocos minutos Luna reaccionó y estuvo entre nosotros varias horas más. En su proceso final estuvimos mi hija y yo. La acariciamos hasta sentir el último suspiro. La amortajamos en la funda de la almohada de Rocío donde había pintado un mensaje: Dulces sueños. En el mismo lugar, en la esquina del patio donde alumbró a sus hijos, la sepultamos. Quedó siempre entre nosotros.

Cuando medito cómo fue ella y me llegan tantos recuerdos de sus travesuras, siento paz en mi espíritu por el amor incondicional que le brindamos. Los dolores transcriben augurios; aprendí que no existe un remedio para las añoranzas: ella regresa en cada recuerdo y su imagen revive en nuestros encuentros en familia.

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