Márcia Batista Ramos
“Senhor Deus dos desgraçados!
Dizei-me vós, Senhor Deus!
Se é loucura... se é verdade
Tanto horror perante os céus?!
—Castro Alves.”
Castro Alves escribió desde una grieta de la historia, haciéndose universal al repudiar la esclavitud, ese drama humano de todas las épocas. Que logra denigrar a las personas esclavizadas y poner en realce la mezquindad humana y su falta de escrúpulos.
Nació en Bahía en 1847, cuando Brasil todavía vivía bajo el régimen monárquico y aceptaba el secuestro y comercio de personas de diversos lugares de África para esclavizarlas. Murió apenas veinticuatro años después, en 1871. Su vida fue breve, pero su voz adquirió una dimensión que excedió largamente su existencia.
Logró publicar en vida “Espumas flutuantes”, libro responsable por el rescate de sus otras obras. Fue conocido como "único poeta social del Brasil", sua poesía rápidamente alcanzó fama y reconocimiento de la crítica.
Castro Alves no fue un poeta de la contemplación silenciosa. Fue un poeta de la plaza pública, del clamor, de la indignación. Hizo de la palabra una forma de insurrección moral. Combatió frontalmente el sistema esclavista. Por eso fue llamado "Poeta de los Esclavos".
En una sociedad acostumbrada a convivir con la esclavitud como si fuera parte natural del paisaje, él decidió mirar aquello que muchos preferían no ver. Su poesía introdujo en la literatura brasileña el cuerpo del esclavizado, el dolor de la travesía atlántica, la violencia y la humillación. No convirtió la esclavitud en una abstracción política: la hizo imagen, grito, cuerpo.
En “O Navio Negreiro”, uno de sus poemas más conocidos, el océano deja de ser solamente paisaje. Se convierte en escenario de una de las mayores tragedias de la historia moderna. El barco negrero aparece como una herida flotante entre África y Brasil.
Y entonces ocurre algo esencial: la poesía deja de pedir permiso. Se transforma en conciencia e incomoda porque denuncia la deshumanización. Al cuestionar la tragedia, el poeta eleva la pregunta hacia Dios: - “¿Por qué? ¿Cómo aceptar tanto horror bajo los cielos?
Castro Alves comprendió que algunas palabras no pueden permanecer encerradas en los libros. Deben atravesar las calles, incomodar las conciencias, interrumpir la tranquilidad de quienes han aprendido a vivir junto al sufrimiento ajeno sin pestañar, normalizando la barbarie.
Pero reducirlo a la denominación de “Poeta de los Esclavos” sería insuficiente. Castro Alves fue también un poeta de la libertad. Y la libertad, en su obra, no pertenece solamente a quienes padecen la opresión: también exige una transformación moral de quienes la toleran.
Su poesía abolicionista tiene una característica particular: no habla desde la distancia. Está atravesada por una pasión juvenil, casi desmesurada, propia del Romanticismo, pero en ella había también una fuerza política extraordinaria. Allí donde otros discutían reformas, él pronunciaba palabras más grandes: dignidad, libertad, humanidad.
Quizá por eso su poesía todavía conserva una electricidad. Porque puede atravesar las mazmorras del siglo XXI y sirve para denunciar la trata humana, tan corriente en nuestros días y tan invisibilizada por los gobiernos que deberían ser los primeros en combatirla. Puede recordarnos que la esclavitud no desaparece completamente cuando cambia de nombre, de territorio o de mecanismo; que la esclavitud del ser humano puede adoptar nuevas formas cuando la dignidad deja de ser el límite.
Castro Alves murió antes de ver abolida la esclavitud en Brasil. La “Lei Áurea” llegaría diecisiete años después, en 1888. No conoció ese día. No pudo contemplar el final jurídico de aquello contra lo que había levantado su voz.
Quedó una paradoja dolorosa en esa muerte temprana: el poeta que cantó la libertad no alcanzó a presenciar su primera consagración legal.
En Brasil, la esclavitud fue abolida; sus estructuras sociales, económicas y raciales no desaparecieron con una firma. El pasado continuó habitando el presente. Quizá por eso Castro Alves no pertenece únicamente al siglo XIX.
Volver a él hoy no significa convertirlo en monumento.
Significa, en primer lugar, recordarnos que deberíamos aspirar a ser seres éticos y morales. Y preguntarnos qué sucede cuando una sociedad aprende a convivir con aquello que debería escandalizarla.
También significa recordar que la poesía puede ser mucho más que belleza.
Puede ser memoria.
Puede ser denuncia.
Puede ser conciencia.
Puede ser una forma de devolver humanidad allí donde el poder ha intentado convertir al ser humano en mercancía.
Quizá por eso Castro Alves continúa hablándonos.
Porque mientras exista alguien convertido en mercancía, mientras una vida pueda ser comprada, vendida, explotada, vigilada o instrumentalizada, la pregunta del poeta seguirá suspendida sobre nosotros:
“Se é loucura... se é verdade / Tanto horror perante os céus?!”


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