El primero de octubre era el primer día de clases. Otoños a las puertas y olores y aromas a vendimia en las casas, y el vino que vendría estaba ya inebriando los hogares. Todo el entusiasmo del verano se vertería en los colores de esta estación. La maestra indicaría el camino que iríamos a recorrer, camino lento pero firme, reconocer la historia pasada y prepararnos para nuestra historia. Y eran las poesías de Carducci, de Pascoli y de D’Annunzio, en acompañarnos junto a las poesías de los supremos, Alighieri, Petrarca y Boccaccio, un poco más lejos encontrábamos Ungaretti, Montale y Saba. Llegaba el 4 de octubre y era feriado, se reía mi tío Delio al vernos luego de apenas tres días de escuela ya vacacionando. Alda Merini escribió poemas dedicados a San Francesco de Asís, poesías que son plegarias de esperanza y humanidad. El 4 de octubre no leíamos poesías, volvíamos al campo y mirábamos las nubes que iban formando el otoño, la estación del año que debería estar en nuestros ojos.
Jugamos con mis nietos. Los huesos encontrados en el jardín se volvieron el Museo de Paleontología de Sarcobamba. Un museo que no podía ser dedicado que al escritor que escribió el cuento más corto de toda la literatura, Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Los dinosaurios son terapéuticos, ya no existen y podemos hablar cualquier cosa de ellos, lo bueno lo malo y lo feo; tienen nombre increíbles y más fáciles para aprender para los niños que para mí. Nombres magníficos, nombres que invitan uno a viajar en la ciencia o en uno de estos vehículos que logran llevarte atrás en el tiempo. De estos que Julio Verne se inventaba, que H.G. Wells experimentaba, que J.G. Ballard conducía. Las calcificaciones y las huellas que vemos parecen fantasías, y fantásticas lo son en la piedra y en el agua, mirando el cielo tan azul de octubre, el ocaso entre las líneas geológicas de Toro Toro.
El perro que ladra, el niño que llora, las fiestas y los autos sin escapes, todos aquellos ruidos que sacuden las noches y violentan el silencio. Corrompe el contemplar la noche la gata en celos sobre el tejado de la pared, hasta el mosquito que se aproxima a una oreja, y tu mismo respirar.
Cesare Zavattini y Vittorio De Sica entran en una pintura de Brueghel y es Milagro en Milán, el film de Vittorio De Sica que inspiró a Gabriel García Márquez. El mundo mágico del realismo fantástico tal vez haya tenido su origen en el neorrealismo italiano, aquella leyenda que nos habla de niños que nacen bajo las coles, de lluvia que no cesa durante cuatro años, once meses y dos días, de palomas milagrosas que hacen volar la gente en las escobas encima al Duomo de Milán. Lo más importante de todo esto es que la belleza de la literatura sigue necesitando de algo así: “No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Álvaro en una noche de parranda. Había de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad tenía origen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos”. Exagerar para salvarse la vida.
Después de las guerras, del hambre y de la miseria, nuestros padres reconstruyeron a su manera. Una generación tan lejana a la nuestra: “Edipo o fascio ci astraiamo, a scanso d'equivoci non ne parliamo...”. Poesía escrita más de treinta años atrás. Fallaron nuestros padres, todo lo que debían y podían fallar, nosotros no, fallamos más, mucho más. Aunque detrás de los setos o frente al mar, buscando reivindicación o protestando, no fue la poesía que era necesaria, tal vez la útil, una brisa que apenas pellizcó las mejillas y desapareció. Fue un eterno encuentro y desencuentro.
También Pushkin fue poeta, pero su mejor poesía fue cuando a su amigo Petrushevsky se le descompuso el reloj y llamó al poeta para consultarlo: “¿Qué opinas, hermano Pushkin?”, preguntó Petrushevsky. “Las ruedas dejaron de girar”, le contestó Pushkin.
Maurizio Bagatin, 6 de octubre 2026
Imagen: Brueghel, Los proverbios flamencos


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