18 de julio de 2015

El albatros de Coleridge y otras historias de taberna

PABLO CINGOLANI.-

Habas y sensibilidades heridas se cuecen y se cruzan en todas partes. “¿Recuerdan ustedes el albatros, del cual provienen esas nubes de espiritual asombro y pálido terror en las cuales ese blanco fantasma vuela en todas las imaginaciones?” –nos interroga Herman Melville en uno de los capítulos más inquietantes (titulado La blancura de la ballena) de Moby Dick, su colosal novela, para luego despacharse con cerbatanas y dagas y arpones y afirmar: “No fue Coleridge el primero en revelar este hechizo: fue la grande e insobornable laureada de Dios, la Naturaleza”. ¡Qué cabrón!

¡Hace reír este celo entre titanes! A Melville parece resultarle insoportable la fama que echó a rodar tras de sí y tras de la mayor de todas las aves del mar, ese poema de 625 versos que algunos conocen como La canción del viejo marinero y otros, simplemente, como El viejo marino, y que data de 1798, más de cincuenta años antes que Melville escribiera su texto capital, “un libro perverso” como el mismo lo definió en una carta a Nathaniel Hawthorne, a quien dedicó la saga de Ajab.

Como dice el dicho popular, el que explica, se complica. Melville, en una extensísima nota al pie de página (ocupa algo más de un folio), cuenta del primer albatros que vio en su vida. “en una prolongada tempestad, en las aguas remotas de los mares antárticos”, circunstancias y escenario donde se suceden parte de los hechos que va narrando el poema de Coleridge. ¡Cuentos de taberna! ¡Es para empinar una cerveza y mojar la risa y seguir deleitándose con el entuerto!

Melville sigue narrando todo el arrebato existencial que le provoca la criatura, tan blanca y tan inmensa…que él desconocía y luego afirma que tras recobrarse del impacto y el éxtasis, preguntó a un marinero que clase de ave era esa. El marino le responde que esa era un “goney”, un albatros. “De manera que de ningún modo podía la mágica Balada de Coleridge haber tenido alguna relación con las místicas impresiones que tuve, al ver ese pájaro en cubierta… etc., etc.”. Digan si no nos merecemos otra pinta para celebrar que Melville no quiere reconocer que el padre de todos los albatros literarios del mundo nacieron de la pluma de Coleridge y su terrible poema.

El final del encuentro de Melville con el albatros es sencillamente genial. En plan confidencia, el norteamericano escribe: “Pero, ¿cómo había sido capturado este místico ser? No lo difundan y lo contaré: con un traidor anzuelo y una línea, mientras el ave flotaba en el mar”. ¡Venga más cerveza! ¡Al pobre albatros lo habían pescado! Luego, nos restituye a la armonía universal (incluyendo en ella a los querubines, amigos del plumífero), aclarando que el capitán de la nave liberó al albatros, no sin antes colocarle al cuello un anillo de cuero donde anotó un mensaje al resto de la humanidad, señalando fecha y posición en el océano. Digan si no es divertido el episodio.

Otra nave –que no era el Pequod- vagaba por los Mares del Sur, el Sur Negro como lo llama Chatwin, por las cercanías del cabo de Hornos, enfrentando las hostilidades de pesadilla de esa región del mundo. Era 1719. La soledad era total.

Anotó en su bitácora el capitán del navío que “uno podría pensar que es imposible para cualquier ser vivo subsistir en un clima tan riguroso”, esto incluía, desde ya, a su tripulación, de la cual, página atrás, confesaba que se estaba muriendo literalmente de hambre y que algunos, en su desesperación, se arrojaban a las heladas aguas.

“Ciertamente, desde que cruzamos hacia el sur el estrecho Le Maire [ndelr: el estrecho que separa la Isla de los Estados de la isla de Tierra del Fuego] no vimos un solo pez ni ave marina alguna…”, indicó para agregar más patetismo y drama a la escena, para luego precisar: “con la desconsolada excepción de un albatros negro que nos acompañó durante varios días, revoloteando a nuestro alrededor como si estuviera perdido”.

Son extractos de las memorias del capitán George Shelvocke quien, a bordo del Speedwell, completó una vuelta al mundo. El libro se publicó en 1726 y desde el vamos, estuvo rodeado de controversia, ya que Shelvocke acusó a sus hombres de ser unos bribones, unos patanes y unos sediciosos incurables cuando sus biógrafos lo acusan al propio capitán de ser de la misma madera.

El hecho perdurable, y de aquí su evocación, es que la lectura de este libro décadas después de haber sido impreso, por parte de William Wordsworth, amigo, colega y confidente de Coleridge, es la fuente donde abrevó la composición de la trágica balada del marino y el albatros –que no puede digerir Melville, que ni siquiera nombra esta fuente que es muy probable que hubiera conocido. Habría que agregar: Las memorias de Shelvocke y el opio, al cual Coleridge era adicto, a su pesar dicen, son las vertientes que dieron vida al poema, uno de los fundadores del romanticismo literario inglés.

La historia que cuenta el “maldito capitán” Shelvocke (como en varios pasajes de su obra, el mismo refiere era llamado por sus subordinados) es obviamente la materia prima del poema: el primer oficial del Speedwell, un tal Hatley, era un melancólico. Dígame usted qué carajo hacía un hombre depresivo metido en los mares más despiadados del planeta. Dígame usted como inevitablemente podía seguir el asunto. Es obvio: de tanto ver rondar al ave, concluyó que les traería desgracia. Más desgracias, en verdad. Según el “bueno” de Shelvocke, el pájaro y el hecho que por días tuvieran viento en contra, lo hizo caer en supersticiones. Entonces, el oficial melancólico dio inicio a la cacería. Tras varios intentos, y varios días de acecho, finalmente, le acertó un tiro y el albatros cayó fulminado en las aguas tempestuosas. Fin de la historia. Shelvocke reflexiona sobre el hecho y aclara que en ese viaje, con semejantes circunstancias, todas azarosas, todas temibles, todos estaban un poco melancólicos. ¡Otra copa más, tabernero!

El viejo marino recoge la larga tradición náutica de los vagabundos del mar, que es la versión líquida de la odisea de los vagabundos malditos. El judío errante que por los océanos insondables, muta al holandés errante, que por los mares patagónicos, del lado chileno, en la tradición mapuche y chilote, se transforma en el Caleuche, la nave de los locos, la nave de los poetas, y todo lo que la siga revistiendo de ecos utópicos, de legendarios barnices que desmientan el paso del tiempo y la ausencia de prodigios.

El albatros es un ave cuya existencia está amenazada y algunas especies se encuentran en serio peligro de extinción. Hay toda una discusión sobre cuál es el ave más grande de todas: si el albatros o el cóndor. Para no ahondar en el absurdo espíritu competitivo de la época, diremos como ya dijimos que el albatros es el ave más inmensa de todas las que pueblan los mares y sus islas remotas; los cóndores son las aves más gigantescas de las montañas. Son dos tremendas aves, dos poderosas y tremendas aves –a las cuales ya casi nadie les canta. Un dato a ser anotado es que la palabra portuguesa que define albatros es alcatraz, que a su vez viene del árabe, su verdadero origen. Albatros es la traducción inglesa de alcatraz. Sin embargo, nosotros decimos albatros, vaya a saberse por qué. Alcatraz es un lugar donde han encerrado a muchos vagabundos, de la tierra y del mar.

Hay un grabado de Gustav Doré que muestra a los hombres y al viejo marino subyugados y aterrorizados por el rey de los océanos. Hay varias versiones del poema de Coleridge disponibles en Google, en inglés y también traducido al español. Los eruditos del Viejo Mundo han querido demostrar que La canción… está inspirada en narraciones de viaje por Groenlandia, la búsqueda del paso del Noroeste y los mares nórdicos de los polos árticos. Chatwin en sus afanes patagónicos y los editores argentinos de Shelvocke defienden la tesis del origen austral del poema. La distribución geográfica del súper pájaro avala esta segunda versión. Como sea, Coleridge nos ha legado un poema esencial, que habla del desgarro sensible en medio de la soledad infinita del mundo. El albatros, compañero de rutas, es el alter ego del Viejo Marino. Coleridge, con tanto opio en las venas, también era de esos, un hombre que vagaba de noche, otro viejo marino, un paria, uno de los nuestros.



Pablo Cingolani
Río Abajo, 10 de julio de 2012

Notas: Las citas corresponden a Herman Melville: Moby Dick o La Ballena Blanca, traducción de Enrique Pezzoni, Colección Obras Maestras del Fondo Nacional de las Artes- Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1970, y a George Shelvocke: Un viaje alrededor del mundo por la ruta del Gran Mar del Sur, Colección Reservada del Museo del Fin del Mundo- EUDEBA, Buenos Aires, 2003.

4 comentarios:

  1. El ave más grande, que vuela sobre los océanos como un imponente Airbus de plumas libertarias.

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  2. Admirable, muy buen texto. Sobra calidad en esta página. Saludos.

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  3. Anónimo13/7/12

    Qué belleza, cuántas lecturas, y por Dios que es bello ese pajarraco.
    Saludos

    Raúl de la Puente

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  4. un vuelo por el revuelto mar de la literatura anglo-sudamericana salpicado de espuma deleitable

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