23 de mayo de 2013

Líquenes que fui habitando

Por Pablo Cingolani

Parafraseando al casi colombiano José Celestino Mutis, quien confesó que fue la flora quien lo convirtió en poeta, podemos decir lo mismo de Severino Alcedo, el botánico que supimos conocer navegando hacia la Antártida en un rompehielos soviético, junto con Irina, la filósofa de los cachalotes (Ver mi texto La caída del comunismo).

Resulta que ahora, Alcedo, me acaba de escribir una carta (no un e-mail) desde Bogotá, donde ha dado a conocer su último poemario, cuyo título es el mismo de este escrito.

Líquenes… fue presentado en el Bar Mandrágora de la capital colombiana, “una noche espantosa, ya que durante el día me informaron que el último baobab de la isla índica de Reunión fue talado por una empresa que enlatará mariscos, y eso me provocó un malestar molar [sic] horrible que no pude mitigar ni ingiriendo dos botellas de aguardientico”, como apuntó en su misiva que prefiero transcribir in extenso, para no confundirlos. Aquí va:



Bogotá, 1 de febrero de 2013

Querido Pablo: 

Uso esta forma de comunicarme porque me llenan deseos irreprimibles de partir. Si eso ocurriese, quiero que guardes algún recuerdo mío. Siento que una carta, escrita de mi puño y letra, cumple cabalmente ese propósito, así que aquí está en tributo a todos estos años que fueron pasando.

La verdad es que ya me voy desentendiendo de todo —cuando digo todo, ya sabes: es la telaraña infame que nos rodea—, y será por ello que anteayer —ayer, padecía una santa resaca que casi me transportó a patadas hasta a Urano—, presenté mis últimos poemas que convoqué bajo un paraguas vegetal: son los líquenes que habité, los líquenes que me habitaron, los líquenes que fui habitando, de ahí el título de la obra.

Sabes bien de mi devoción por ellos —por los líquenes, digo. Sabes cómo los fui persiguiendo por donde fuere, en los fondos de muchas tiendas donde moré, en las cumbres peladas, los confines desérticos, los salvajes bosques y hasta en la Antártida. Tú me conociste cuando regresaba de ese viaje demencial y te narré la historia sucedida en el rompehielos a modo de bienvenida. Como diría Sarduy, han pasado tantas lunas negras y tantas estrellas enanas en mi vida, que siento que los líquenes son la gran metáfora, la más bizarra y ganchuda, tal vez la única que vale la pena atesorar. Los líquenes son los lazos solidarios que nos atan con el mundo, con las esencias del mundo, y siento que ellos son los que verdaderamente me entraman y me dan sentido; de allí el loarlos, tan humildes ellos y tan sabios.

La cosa fue así: llegué a Bogotá procedente de la luna. Mejor dicho: de unas sesiones de ayahuasca con unos indios del Putumayo que me volaron el cerebro. Allí, en esas selvas, son todos tan fervorosos que no te imaginas. Te dan ganas de volar, pero de volar de verdad, como Ícaro. Cuando me despedí de los chamanes, estaba tan motivado que lo primero que pensé fue en despegar y no aterrizar hasta Groenlandia y buscar a mi amigo Tulak que ya tiene más de noventa años bien caminados.

Tulak me contó una vez que él había encontrado el secreto de la felicidad, que la fórmula estaba escrita en un libro, hecho de hojas de cáñamo y forrado con piel de camello, que un navegante somalí le había entregado cuando él era joven, semanas después del desembarco en Normandía, durante la Segunda Guerra. Eso lo supo porque guardó un periódico que alguien arrojó de alguna avioneta esos días de propaganda bélica.

Cómo apareció el somalí en un velero por las playas de Groenlandia, nunca lo supe, ni Tulak tampoco. El estaba preocupado por la nueva temporada de caza de focas que se avecinaba, tras que los nazis fugaron, y cesó la prohibición para que los inuits las cazaran, ya que los alemanes —cuando ocuparon la isla— les habían negado hacer casi todo. El hecho es que llegó Abdul —que así creo se llamaba el somalí—, y tras amistarse con Tulak, sumar gustoso su velero a la faena con las bestias y luego atragantarse con chuletas de foca, una noche en el iglú, una noche cualquiera, le anunció que al otro día se marcharía. Tulak no dijo nada. El sabía que el mundo es así.

—Pero quiero que guardes algo—le dijo Abdul más o menos solemnemente, tomando en cuenta que ya se habían empinado cuatro botellas de vodka danés. Esta vez sí, Tulak lo miró sorprendido mientras el somalí revolvió sus cosas en el iglú —estaban, aclaro, en el iglú que Tulak y los suyos habían construido para él, no en el iglú de Tulak—, y tras unos momentos de intensa curiosidad, apareció con un cartapacio, algo así como un libro. Era antiguo y parecía antiguo. El somalí le dijo:

—Guárdalo, por favor. Escóndelo entre las rocas o sumérgelo en un ventisquero, y marca el sitio en tu corazón o anótalo en algún madero, para que nunca te olvides.

Cuando Tulak me contó esta historia, sus ojos brillaban —más que su deseo de echar a todos los dinamarqueses y volver a vivir en una Inuitlandia libre (¡Free Groenlandia Carajo!). El somalí agregó:

­—Cualquier día, volveré a buscarlo. Si algo me ocurriese, alguien llegará y te dirá que viene de parte mía, de parte del Somalí Errante.

Fue entonces cuando sacó un mapa de una de sus alforjas de piel de dromedario e incrustaciones de nácar eritreo, bellísimas, y lo desplegó en el piso de hielo del iglú, apartando las botellas. Levantó el sol de noche para alumbrarlo, y con su otra mano, la que no estaba tatuada, señaló varios lugares que Tulak desconocía. Le aseguró que de allí, de esos sitios, llegaban las palabras que estaban grabadas en el libro. Mi amigo ya no pudo reprimirse y preguntó qué es lo que estaba anotado en el. El africano pronunció con ternura cada palabra y proclamó:

—El secreto de la felicidad… el secreto de la felicidad, mi hermano— Al otra día partió, en dirección Norte, Norte-Noroeste.

Tulak cumplió con el deseo del somalí y vaya uno a saber dónde carajos enterró el libro, dónde lo ocultó. Lo que yo sé es que sí lo hizo, porque esa noche que me contó esta historia y sus ojos brillaban más que el faro de las Islas Encantadas, Tulak me reveló algunos detalles de su labor, como que el tapado estaba a 1789 pasos contados y recontados desde la puerta del iglú.

­—Los conté de ida y los conté de vuelta… 1789, como el año de la Revolución de Francia— ahora sus ojos brillaban más que el filo de una guillotina. Lo enterró, cavando con una pala que se habían olvidado los nazis.

Luego, me incitó: “vamos”. Tulak intentaba convencerme: el somalí nunca había llegado. El somalí nunca llegaría. “Vamos a buscar el libro”— insistía. Yo formaba parte de una misión de la UNESCO tras el rescate de unas runas, talladas en la pared de basalto de una caverna, cuyo tema eran los bosques. Algún pelotudo como dices tú, pensó que Groenlandia había sido un refugio druídico, el Parnaso del Fin del Mundo. Los paleoarqueólogos que las localizaron habían pedido la asistencia de un botánico ya que no terminaban de interpretar el significado de lo escrito. Así fue que aparecí por Groenlandia —¡en un avión de la OTAN en compañía de un general belga que no paraba de beber Glenfiddich y de contarme chistes pornográficos!— y por creerme tan ocupado, le dije a Tulak que no iríamos. Al menos, en esa ocasión. Han pasado los años y es cierto: el somalí nunca más volvió, ni nunca nadie invocó su nombre, mientras Groenlandia siguió volviéndose un lugar invadido por seres voraces, exterminadores de ballenas, gente sin fe.

¡Qué estúpidos solemos ser! El viejo Tulak (ya tenía ochenta años) me invitaba a seguir sus 1789 revolucionarios pasos para encontrar el libro oculto donde estaba escrito el secreto de la felicidad, y yo lo dejé a un lado para descifrar unos extraños cantos donde los árboles aludidos no eran sino palmeras. ¡Palmeras en Groenlandia! Después se supo que las runas eran apócrifas, que habían sido garabateadas algunas décadas atrás (eso probó el C14), y esto, yo, no se lo dije a nadie —ya que, además, nunca volví a la isla— pero supe en mi interior que esa era una huella del somalí, su marca, un chiste monumental, un despiste genial para ocultar más y por si acaso los secretos que había confiado a Tulak. De allí que cuando abandoné a los chamanes del Putumayo, pensé en él, en volar hasta su iglú, y de una vez ir a buscar el libro-donde-está-escrito-el-secreto-de-la-felicidad. Pero tampoco pudo ser —uno quiere volar, pero no vuela— y fue así, entonces, que llegué a Bogotá, a donde presenté mi poemario, como te decía. Disculpa esta aparente mega digresión, pero que es no tal. Ayahuasqueando, lo había sentido a Tulak tan cerca…

La cosa fue que en Bogotá conocí a Federico –un chico, otro botánico, investigador de la Universidad Nacional y debo comenzar a creer profundamente en la que denominamos atracción botánico-a-botánico, ¿te acuerdas? Federico andaba asesorando la grabación de un documental sobre las andanzas en la selva de Richard Evans, contrapunteando con las Cartas del Yagé. Incluso había un sobrino-nieto de Ginsberg en el equipo de filmación, un chango que no paraba de fumar cannabis y decía que nunca más volvería a Nebraska, donde vivía con su madre vaquera y metodista y un tío que criaba plantas carnívoras en un garaje.

Federico también era poeta. Era un gótico acabado, sutilísimo, como si cargase cuatro o cinco vidas torturadas en sus espaldas. Sus poemas eran tristes, como los de Tennyson.

—No sé qué pasa conmigo­—se sinceró una vez que fuimos a ver el Laurel de Bolívar y luego terminamos tomando tequilas en un barcito que queda enfrente de la Quinta donde el gran Simón vivió con Manuelita Sáenz, y un siglo después, de uno de sus cuartos, el M19 se llevó su espada. El padre de Federico era un geólogo que falleció en una erupción del Nevado de Ruiz (no la que destruyó la ciudad de Armero, otra que ni siquiera apareció en las noticias) y dos primos suyos —uno de ellos, prima; los dos, sus compañeros de juego en su infancia en Cali— se habían ido con las guerrillas.

No sé qué pasará con Federico —aunque uno puede intentar explicárselo—, la cosa es que conversando, surgió la idea de presentar mi libro. Convinimos que la cita sería un jueves vallejiano en un bar llamado Mandrágora —un antro de toneles, dagas y piratas— y que él convocaría a un selecto grupo de amistades para la ocasión. Y así se hizo. El único inconveniente fue mi estado de ánimo que convirtió lo que debía ser una mansa velada, en una noche espantosa, ya que durante el día me informaron que el último baobab de la isla índica de Reunión fue talado por una empresa que enlatará mariscos, y eso me provocó un malestar molar horrible que no pude mitigar ni ingiriendo dos botellas de aguardientico. Pero Federico y sus amigos comprendieron, y no hay nada que no se puede curar —incluso un puto dolor de muelas— si te atreves con una decena de botellas, que completaron las ocho que continuaron al par inicial.

Por lo demás, el libro los impactó mucho –sobre todo los poemas que rondan mi vida en Bolivia, allá donde nos conocimos. “Es una puñalada”—lo elogió Federico.

Ahora iré a esconder mi libro. Antes de partir, debo idearme. En otra correspondencia, te enviaré las claves, un mapa, brújulas, algo, para que puedas hallarlo. Lo único que te pido es que no seas como yo con Tulak, y que vayas a buscarlo. No será el libro donde está escrito el secreto de la felicidad, pero algo se siente, algo retumba, algo vibra.

Por esta vez, ya lo he dicho casi todo lo que te quería decir, así que no diré más, ni tampoco menos. No hay despedidas, muelles, fronteras, etc.: ya sabes.

[Firmado]
Severino Alcedo.

Pd: espera las coordenadas del libro

Aún, y a decir verdad y para dar fin a estas palabras, no he vuelto a recibir correspondencia.


Pablo Cingolani Río Abajo, 21 de mayo de 2013

3 comentarios:

  1. Para mi no hay como las cartas, siempre dicen mucho más que cualquier mail. Las emociones se traspasan en la caligrafia del que la manda.

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  2. cautivador este relato epistolar; más me gustó su primera parte, sin Tulak ni el somalí ni Federico el gótico, porque está más limpia de Gabo, sus 100 Años, su Melquíades; pero entre colombianos anda la cosa. La idea del liquen, un híbrido de alga y hongo, es lo que me atrajo originalmente. El nexo con las algas es claro, el mar como trasfondo del viajero consuetudinario, pero el nexo con el hongo, me dejó pensando y esperando. Acepto la ayahuasca como sustituto literario del hongo y de los poemas tácitos del Sr. Alcedo, como ícono narrativo es decir. Es la suya, una prosa poética de carácter no elevado pero sí bajamente sublime; tiene la cualidad de las parásitas: "Los líquenes son los lazos solidarios que nos atan con el mundo, con las esencias del mundo... Sabes bien de mi devoción por ellos —por los líquenes, digo. Sabes cómo los fui persiguiendo por donde fuere, en los fondos de muchas tiendas donde moré, en las cumbres peladas, los confines desérticos, los salvajes bosques y hasta en la Antártida. Tú me conociste cuando regresaba de ese viaje demencial y te narré la historia sucedida en el rompehielos a modo de bienvenida."

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    1. 3 veces hube de modificar el comentario porque me salen las palabras en ingles ('narrative' por 'narrativo' p.e.) y no hallo forma de volver a cambiar el default

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