2 de mayo de 2013

Televisión y muerte

GONZALO LEÓN -.

La otra vez conversaba con mi mejor amigo sobre el año en que, por primera vez, había visto televisión en colores. Su respuesta me sorprendió. Y es que a veces los hitos en la biografía de dos familias o personas coinciden, como si la vida se encargara de ponernos a prueba o de hacernos relacionar dos hechos que, en apariencia, no tenían relación. Y es precisamente esa apariencia la que cubre estos dos hechos con un tupido velo, que tras veinte años podemos correrlo y ver qué había detrás. Mi amigo me contó que el primer aparato en colores llegó a su casa después de la muerte de su padre. Al escucharlo me sorprendí, porque después de la muerte de mi abuelo, que era como mi padre, llegó a mi casa el primer televisor en colores. En nuestro caso además del televisor tuvimos cable, y para desgracia nuestra nos cambiamos de aquel departamento dúplex en el que yo había vivido toda mi adolescencia y mi hermano parte de la suya.

Fue terrible el cambio de departamento, no sólo por el barrio y su gente, que nunca más volvimos a ver (ese barrio como muchas otras cosas desapareció), sino porque mi abuelo había sido reemplazado por un televisor. Con la familia de mi amigo ocurrió algo similar, aunque para ellos, los jóvenes de la casa, eso más bien fue un triste consuelo: su padre era irremplazable. En nuestro departamento, en cambio, el maldito aparato presidía la sala y nos observaba, tal como hacía mi abuelo durante los almuerzos. Mi abuelo no nos dejaba mirar la tele mientras comíamos, decía que era de mala educación; y mientras decía esto, nosotros lo mirábamos a él, absortos, entretenidos con sus historias de marinos y televisores. A veces nos hablaba del Wanderers y de su interminable paso por la Serie B pero también de sus éxitos por los años 58 y 68, y en aquellas ocasiones teníamos la sensación de estar viendo algún programa deportivo. Mi abuelo entonces se convertía en el Sapito Livingstone y nosotros en su fiel audiencia. La televisión, eso ya lo sabemos, es una caja idiota, pero mi abuelo no era ningún idiota ni menos una caja. Mi abuelo nos divertía como la televisión, pero mejor, ya que nos hacía preguntas que nos incomodaban mientras nos llenábamos la boca. Tal vez, dijo mi amigo durante esa conversación en que develamos nuestros secretos, así será la televisión del futuro: interactiva, incómoda, fatal. Yo no podría asegurarlo. Aunque en una de ésas el poeta José Ángel Cuevas nos podría ayudar: “Imágenes de opresión e invasión/ deberán mostrarse cárceles/ bocinas, mujeres bellas y aullidos. /Una tipa antisistema siguiendo a una pareja por las calles vacía/ de la Noche”.

La tele, como sugiere Cuevas en este poema llamado “Clip”, invade, o no sé si la tele, sino su lenguaje, sus imágenes. No es el aparatito el idiota, sino el lenguaje al que nos acostumbran desde chiquititos. Mencioné alguna vez que Hans Magnus Enzensberger hablaba del analfabeto secundario, que era aquel sujeto que se informaba, se entretenía y vivía para y con la televisión. El analfabeto secundario sabe leer y escribir, pero prefiere leer y escribir frases breves, sencillas, entendibles, abiertamente obvias. Frente a este analfabeto ha surgido el líder político analfabeto secundario, que es aquel que habla con cuñas, como Joaquín Lavín, Mauricio Macri y en épocas anteriores Ronald Reagan y George W. Bush. Reagan fue uno de los primeros líderes, recuerda Enzensberger, en no hablarle a la gente directamente, sino a la cámara: su lenguaje directo y sencillo hacía creer a la gente que lo entendía y por primera vez un Presidente de los Estados Unidos fue visto como uno más. Y de eso al parecer se trataba el asunto. Pero la televisión da para mucho. Cuando estuve en Chile hace unas semanas vi una teleserie que escribía un amigo mío, “La Doña”, y no podía creer que él la hubiera escrito. No porque estuviera mintiéndome (de hecho salía en los créditos), sino porque la narración era tan televisiva, tan fragmentaria o de publicidad incluso, que me era imposible pensar en mi amigo escribiendo escenas de quince segundos. ¿En qué momento nos pusimos a pensar en quince segundos? ¿En qué minuto se nos ocurrió narrar en quince segundos? Supongo que los jóvenes de menos de treinta podrán tener una respuesta, o eso espero. O tal vez el lenguaje televisivo sea la muerte del lenguaje, un limbo del que no se vuelve y del que la única posibilidad es avanzar hacia un más allá desconocido, ignoto. Si es así, el hecho de que esos aparatos en colores hayan llegado a la casa de mi amigo y a la mía después de la muerte de nuestros respectivos progenitores, no sólo no constituye una casualidad, sino una marca, un registro de lo que consiste este lenguaje: el fin. Hasta hace poco pensaba que el lenguaje televisivo sólo podía verse en la tele. Ése era su “única casa”. Cuestión que al poco tiempo consideré absurda; porque si existían exposiciones de arte o libros de poesía o narrativa en donde el lenguaje cinematográfico habitaba esas obras, entonces también el lenguaje de la televisión debería habitar otras disciplinas. Pero volvamos a la inquietud inicial, a la televisión y la muerte. O a la muerte en la televisión, por ejemplo, que ha sido tratada ampliamente. Sus impactos son fuertes, en especial cuando se trata de la muerte en vivo. Cuando un funeral, como el de Lady Di o el de Felipe Camiroaga, es transmitido por cadena nacional, a muchos conmociona y entristece, pese a nunca haber sido amigo ni de Camiroaga ni de Lady Di. Mi madre, hoy muerta, veía tele hasta tarde; de hecho se quedaba dormida con Kike Morandé. Uno de sus temas favoritos era este programa, yo no lo veía, así es que jamás hablamos de él, aunque le permitía a ella divagar sobre lo que había pasado anoche. Televisión y muerte, un programa repetido, ¿no es cierto, amigo?

Publicada en Revista Punto Final
Publicado en blog del autor el 15/12/2011


2 comentarios:

  1. Hermosa historia. Tristeza y soledad.

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  2. tremendo narrador; me recuerda su tema al del ponente de la conferencia a la que asistí este fin de semana: los videojuegos están sustituyendo a la literature y el de World of Warcraft (Mundo de Guerr[erí]a)es como una brujería (witchcraft), un hechizo sobre los 12 millones que lo juegan y todo el tema es la muerte y la destrucción, los perdedores y los ganadores; se creen "autores" los videojugadores y sólo porque escogen sus avatars (ya precocinados por el equipo de Warcraft) y les otorgan características (pre-escogidas también y ofrecidas en menu)
    http://es.wikipedia.org/wiki/World_of_Warcraft

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