26 de noviembre de 2013

El niño perdido

GONZALO LEÓN -.

Admirado por sus colegas, Wolfe arriba al mercado argentino gracias a la editorial española Periférica que tradujo dos de sus nouvelles. En ellas no se encontrará al típico narrador estadounidense que sólo sabe contar una historia, sino belleza y poesía en sus pequeñas historias que, como él mismo escribe y escribe, van y vienen.

Beatriz Sarlo en una entrevista concedida a este mismo suplemento definió tradición como aquellos libros que ya no se leen. Thomas Wolfe (1900-1938) junto a otros escritores de su generación, como F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway, pertenece a una de las mejores y más conocidas tradiciones estadounidenses y por eso mismo podría decirse que los libros de estos autores ya no se leen; sin embargo, gracias a las traducciones, muchos de estos títulos se siguen leyendo. Hace unos años una editorial argentina editó el Crack up, y Alfaguara reeditó los cuentos completos, ambos de Fitzgerald, y otro tanto sucedió con Hemingway y su novela Verdes colinas de África, reeditada por Lumen en 2011. Pero Thomas Wolfe no había suscitado el mismo interés de parte de las editoriales para traducir y reeditar sus libros, hasta hace un par de años, cuando la española Periférica publicó El niño perdido y al año siguiente, y en vista de la buena acogida, Una puerta que nunca se abre.

Quizá este retraso por publicar a Wolfe, que no es Tom Wolfe (el de La hoguera de las vanidades) ni Tobias Wolff (que vino al FILBA), se deba a que no es el típico escritor estadounidense que sólo sabe contar una historia de principio a fin; Thomas Wolfe, por el contrario, supedita la historia a giros en el lenguaje, herramienta o dispositivo que sabe manejar como un poeta, pero además no busca que el lector se entretenga, sino una emoción casi opuesta: que sienta nostalgia. En estas dos nouvelles está presente esto.

La tristeza por la pérdida de un hermano y la explicación que se da para eso, esto es la fábula dividida en cuatro partes que cuenta en El niño perdido. En la primera hay un narrador omnisciente que observa cómo Grover, el niño que se perderá, se pasea por la plaza, aquí el recorrido que hace por los negocios es un viaje mínimo de una vida mínima; la segunda parte es narrada por la madre de Grover en otro viaje, esta vez en tren para visitar la Exposición Universal de Saint Louis, aquí ella cuenta que “cuando nuestro padre nos educó, aprendimos que no se tiene descendencia para presumir de ella”; la tercera es narrada por una hermana, y la última por quien parece ser el autor que visita el pueblo donde murió su hermano y quien se ve a sí mismo como “ese hombre ahora sabe que él mismo es apenas un átomo sin nombre, un átomo perdido en el vacío, una cifra irrisoria y llena de polvo que gira alrededor de un tiempo incontable, y que todos los sueños, la fortaleza, la pasión y la fe en la juventud ha acabado por marchitarse”.

Estamos, en definitiva, ante un viaje hacia la intimidad, hacia la nostalgia y hacia la nada, donde cada estación es, o podría llamarse así, fugacidad de la vida. En la contratapa hay una frase de Jack Kerouac sobre esta nouvelle: “Una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros sería llegar a escribir algo con la altura y la poesía de El niño perdido”. Una puerta que nunca encontré, considerada por William Faulkner, como su continuación, es un poco más dispersa y no gira sobre un pueblo, sino sobre una ciudad, y toda esa cantidad de personas, miserias, pequeñas (y fugaces) alegrías e historias simultáneas que allí conviven, unidas por una puerta que alguien nunca nadie abrió, cruzó o encontró, por alguna razón. También está dividida en cuatro partes, una por año, aunque tres transcurren durante los otoños, específicamente en el mes de abril: “Pensaba: ‘la primavera no tiene lenguaje, sólo un grito. Aun así más cruel que abril es la serpiente del tiempo’”.

En la primera parte el narrador asume la voz de una comunidad, de todos los vecinos que viven en su edificio, en ese Brooklyn pobre de principios del siglo veinte. Aquí el personaje-narrador, que otra vez podría ser Thomas Wolfe, está de visita en la casa de un ricachón, que le envidia el hecho de vivir solo y carecer de responsabilidades, a lo que él le cuenta al lector pero no a su anfitrión lo que significa vivir en ese Brooklyn: “En invierno el lugar es frío y oscuro y las paredes gotean agua viscosa. En verano eres tú el que se encarga de gotear y lo haces sin parar”. A medida que recuerda cómo es donde vive comienza a animarse: “Es, explicas, una peste descomunal, un hedor sinfónico, un gigantesco órgano monocorde de pasmosa fetidez, astutamente confeccionado”. Al escuchar esto, el anfitrión, sin soltar su vaso de whisky, exclama embelesado: “¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Sencillamente formidable! ¡Estupendo!”. La soledad, la pérdida y el hecho de que hay cosas que nunca cambiarán son otros tópicos que se repiten en los capítulos siguientes, pero también aparece la lectura obsesiva y su futilidad: “A la larga, toda esta terrible orgía de libros no me reportó ningún confort, ni paz, ni sabiduría para la mente o el corazón”. Dicho de otro modo, para Wolfe, sin experiencia los libros no sirven para nada.

Si bien el poeta Robert Lowell pertenece a una generación más joven que la de Thomas Wolfe, también trabajó con la autobiografía, de ahí que este poema dedicado a un amigo sirva para ilustrar cuáles son las consecuencias de escribir en serio: “Nos obsesionamos tanto con la escritura… /Al fin lo conseguimos y así nos fue con ella”. Estos dos pequeños libros de Wolfe nos recuerdan esto, pero también otra cosa aun más importante: la buena literatura nunca ha sido pura entretención ni una simple historia de principio a fin.


Publicado originalmente en Suplemento Cultura de Diario Perfil y en el blog del autor (10/11/2013)

1 comentario:

  1. Gran crónica, documentada e impecable en su escritura.... Un abrazo...

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