19 de septiembre de 2014

100 veces nica

GONZALO LEÓN -.

Al momento de escribir esto Nicanor Parra cumple cien años y la gente en las redes sociales festeja, relativiza, hace una evaluación de su obra y de sus preferencias políticas (basándose en el tecito con la señora de Nixon y en lo que dijo y calló). Todo cabe cuando un poeta llega al centenario vivo. No recuerdo que exista un caso como el de Nicanor en la historia de la literatura en el mundo; bueno, y a decir verdad tampoco es tan normal que uno conozca gente de cien años, por eso que cuando una señora cumple los cien, por ese solo hecho la televisión la entrevista, la escucha, se ríe con ella y le desea otro siglo más. Un mexicano residente y yo propusimos al editor del suplemento de cultura donde colaboramos hacer una nota de tapa con Nicanor, pero el editor respondió negativamente. Al parecer su obra no daba, pese a que dos de los cuatro suplementos importantes sí lo llevaron en sus tapas, para escribir una nota sobre él.

La negativa del editor pudo deberse a que Nicanor es un poeta muy chileno y muy coloquial, como declaran algunos compatriotas que se dicen versados en literatura. La verdad es que la poesía de Nicanor Parra en su estructura, en su forma, tiene más de la tradición anglosajona que de la chilena o hispanoamericana. De hecho recuerda a los limericks del poeta Edward Lear, del cual César Aira escribió un ensayo. Si bien la estructura de estos poemas es muy precisa –en el primer verso se define al protagonista, en el segundo se indican sus características, en el tercer y cuarto se cuenta algo sobre el personaje y en el quinto se remata con un epíteto extravagante o repetir el primer verso–, los limericks se caracterizaban por ser desopilantes, graciosos: “A un señor de nombre Filiberto /le gustaba ir siempre al café Concierto /y al dulce sonido de tazas y cucharones /comía trompetas, clarines y trombones /aquel musicófilo señor Filiberto”. A diferencia de Nicanor, el inventor de los limericks sólo vivió 75 años, pero nació en 1812, es decir un siglo antes que nuestro poeta. Con esto quiero decir que lo gracioso o desopilante no es propiedad de nosotros, ni de Parra, sino que hay otras tradiciones anteriores que han expresado estos rasgos.


En Conversaciones con Nicanor Parra, de Leónidas Morales, editado recientemente por Ediciones UDP, muestra precisamente la admiración que Nicanor tenía por lo popular, siempre y cuando fuese europeo: “Poesía popular chilena, hispanoamericana y española… Y cuál es el origen de todo eso. Es la poesía juglaresca y trovadoresca, la poesía de los trovadores del siglo XII”. Nicanor coincide incluso con cierto planteamiento de Miguel Serrano en el sentido de que el siglo que menciona la cultura occidental llegó a su máxima expresión: “Yo he leído por ahí que el proceso de desarrollo de la cultura occidental propiamente tal, se había suspendido en el siglo XII con los procesos de la Inquisición y con la expulsión de los albigenses…”. Las traducciones y su especial admiración por Shakespeare demuestran que Parra más que estar metido en lo hispanoamericano se nutrió de lo europeo-anglosajón. Sin embargo, en sus principios, como él mismo señala en una entrevista a Página 12 concedida hace ocho años, sus influencias iban por García Lorca y Rafael Alberti. En un momento decidió romper con esa tradición, y lo hizo ante la presencia de Pablo Neruda cuando leyó sus primeros antipoemas. Neruda le dijo: “Nicanor, luego tienes que decirme cómo los has hecho, si piensas hacer un libro entero con estos poemas no va a quedar títere con cabeza”. Es decir, la ruptura que hace Nicanor es visada por nuestro poeta nacional. Tradición anglo que ingresa a la tradición chilena vía Neruda.

Pero Parra no se va a quedar en los antipoemas. A medida que pasan los años su propuesta se irá radicalizando hasta llegar a los artefactos, es decir poesía que no necesita del soporte libro. De ahí que algunos se pregunten hasta hoy si lo que hace es literatura. La verdad es que si la respuesta es que todo lo que va en formato libro es literatura, habría que saludar como literatos a Paulo Coelho e Isabel Allende. Otros señalan que lo que hace son puros chistes, que cualquiera los puede hacer, pero ya lo dije: el patrimonio del humor no es chileno ni descalifica a ningún autor. Y aquí hay un punto sustantivo en nuestra poesía, que se opone al humor: la solemnidad. Nuestros poetas leen y han leído con solemnidad, escriben y han escrito con solemnidad, como si no fueran personas, como si estuvieran por encima de la gente (como acusaba el escritor polaco Witold Gombrowicz en su ensayo Contra los poetas). Gente seria que le cuesta reírse. Y es esa solemnidad la que ha combatido Nicanor Parra, con mayor o menor suerte. ¿Dónde Nicanor se traiciona? Cuando intenta ser solemne, por ejemplo en el libro que Ediciones UDP editó este año, Temporal. Nicanor intentando hablar de lo que pasaba en 1987 como si fuera la última chupada del mate, la versión definitiva de un año que ya sabemos cómo terminó: con un presente donde las grandes mayorías siguen estando postergadas. No, eso no le queda bien, don Nica. Y aquí no lo tuteo.

Ahora, cómo procesamos a Nicanor en nuestra tradición poética, ése es el verdadero desafío. ¿Dónde lo ponemos, al lado de quién, antes de quién, después de quién? Creo que eso es lo otro que molesta en la literatura chilena: la singularidad. Nicanor aparenta estar solo por el momento. Ha habido algunos intentos por escribir después de él: recuerdo que los poemas de Pablo Karvajal eran un Parra en estado puro, pero su propuesta no despejaba la incógnita de cómo se detecta a un parriano; si es por el humor, si por la coloquialidad, si por esa tradición anglosajona popular. Y esta incógnita hace que todavía Nicanor esté en la puerta de la tradición, pero no adentro de ella. Me temo que esta situación no sólo le es cómoda, sino que es propiciada por el mismo Parra.

Publicado en revista Punto Final y en el blog del autor.

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