18 de octubre de 2014

Viejos sin bastón

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

No es nada nuevo para la sensibilidad contemporánea, si es que queda o acaso es algo, que muchos pretendan estremecerla o llamar su pasmada atención mediante el propósito deliberado de desconcertar, escandalizar, y a veces agredir. Estas acciones del desconcierto, el escándalo y la agresión, muchas veces son erráticas, o se apoyan en apariencias acuñadas por un periodismo de superficie, encantado con los estereotipos. Así en un medio del cual se afirma que produce y distribuye drogas, no faltará una instalación con platillos brillantes de polvo blanco que sus visitantes no sabrán qué hacer con él, si no es talco. Si es una comunidad atemorizada y dolida por estudiantes desaparecidos, se verá un cajón fúnebre con libros maltratados. Parecería entonces que la realidad sin un símbolo aprestigiado por su supuesto estatuto artístico, no es discernible.

De las últimas travesuras, una ocurrió en Londres. El artista Jack Chapman pidió a los padres que no llevaran a sus hijos, niños, a los museos de arte contemporáneo. Para conminarlos planteó una curiosa advertencia: sería un insulto a pintores como Pollock o Rothko, y agregó a Picasso y a Matisse. No mencionó, misterio de las exclusiones, a Calder, a Miró, a Chagall.


No contento con la prohibición, preguntó si ¿Hay alguien más bobo que un niño?

Desconozco a cuántos padres de niños ingleses, les dañó un plan dominical. Tampoco hay estadísticas de cuántos se dejaron amedrentar por una autoridad sin legitimidad. Que se sepa, ninguno de los pintores a quienes Chapman pretende evitar el insulto, le confió, en su testamento, esa tarea. Y mucho menos si él tiene potestad para señalar una manera de apreciar el arte y expulsar a los niños. Su caprichosa afirmación vale tanto como la del paseante que mira el cielo y afirma: no me gusta este día.

Lo que si puede lindar con el desquicie es acusar a los niños de bobos y negarles su particular humanidad. Parece que este tipo de artistas, los que iniciaron su exposición pública, con morisquetas ruidosas y que la gente vio como sacudidas de la juventud, se incorporan con desajustes a los años de la vejez. Esa especie de viejos que, como escribe mi compadre Viñals, dicen tonterías y las hacen. ¿Cuánto goce daría a un niño dejar caer sobre el mantel de lino blanco gotas de sopa y salsa, mocos y espaguetis verdes, sin saber que ingresa a la banda de Pollock en una azotea de Nueva York, aburrido del gris del mundo?

Rothko, Pollock, Matisse, no necesitan defensores. Ni dejaron apoderados. Los niños si tienen consagradas reglas de respeto que deben preservarlos de la idiotez de los adultos, de su violencia y comercio, de pederastas.

Soltar a los niños en el museo es una de las escasas aventuras que nos quedan para hacer algo sin propósito y sin las tiranías de la utilidad.

Al museo niños. A orinarse en los pisos y reírse del bosque sin lobo.

Imagen: The Matisse cut-out exhibition

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