30 de abril de 2015

El mundo en derredor

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Poco he escrito del mundo físico inmediato que me rodea. Arrumbado en melancólicas rememoraciones dejé de lado la proximidad de la mesa en que escribo, los sonidos de la calle justo afuera de la ventana, los vecinos, los árboles, el sol y detalles que pueblan la vida con mayor peso que cualquier pasado.

En esta época los manzanos están cargados de flores, bordeando avenidas y rutas menos transitadas. Flores rosadas y blancas que se convertirán pronto en minúsculos frutos de una variedad pequeña, desconocida en el sur de donde vengo.

Esto es Aurora, pero por lo general la llamo Denver, siendo ésta la aglutinadora en su nombre de muchas villas menores, y muy diversas además. La ciudad y el país tienen un tema colectivo de momento, la muerte de bin Laden, pero pasará como todo, y a nadie le importará el espectro de aquel barbado imbécil. Eso no impedirá que los pétalos caigan, que el césped se cubra de ellos, y que el sol de primavera, por momentos todavía frío, se atempere.

Qué decir de un lugar que fue centro de la expansión hacia el oeste, del “destino manifiesto” que impulsó a un país de inmigrantes a atesorar, y también robar, tierras y fortuna en un continente riquísimo que se le hizo difícil a España y que catapultó a los anglosajones, como núcleo mayoritario, a erigirse en imperio. Tanto por contar, desde las ilusiones infantiles de las guerras indias, donde siempre estuve del lado del vencido, aun sin dejar la admiración por la épica norteamericana en general, por la lucha secesionista, narrada por Whitman, Stephen Crane y Bierce, o las alucinantes páginas que en Fenimore Cooper tomaban las grescas entre ingleses y franceses, entre medio de los nativos; la magia triste de la retirada de Fort Ticonderoga…

Hace poco, mi hija menor estuvo de voluntaria en un programa de agricultura sostenible, donde los almácigos se alimentan del agua de un tanque lleno de tilapias blancas del Nilo, y, a su vez, los peces se enriquecen con los nutrientes de la tierra movidos en ese circuito alimentario. La Growhaus, “la casa de crecimiento”, sita en la confluencia de un nudo de trenes, con rieles tan antiguos como la conquista del oeste, la manejaba de momento un keniano, que había desarrollado un singular sistema de cultivo de plantas en turriles vacíos multiperforados. El barrio (Elyria-Swansea), uno de los más antiguos y pobres de Denver -“parecido al Tercer Mundo” según Tom Anthony, presidente de la Elyria Neighborhood Association quien afirma que: “He llevado gente en tours por el barrio que dice que parece Bolivia”- , guarda la herencia de la inmigración europea oriental en algunas casas que sobreviven al desarrollo. Semejan viñetas de la Polonia rural. 

Construido en la tradición de Europa del este, Elyria albergó trabajadores de los hornos de fundición y de las empacadoras de carne que allí existían. Los textos históricos de la ciudad cuentan que a partir de 1920, una nueva oleada de migrantes, esta vez mexicanos, con destino hacia los campos de remolacha, se mezcló y se impuso a los eslavos. Hoy, a pesar de la pulcritud sobria, y sombría, de las construcciones tipo Silesia, abundan los carteles de tamales, tacos, y envíos de dinero a México. Sombras por un lado de una fuerza laboral pujante venida de lejos, y rasgos actuales de otros también pujantes labradores, cuya presencia cercana los hizo y los hace invencibles ante cualquier grupo étnico.

Siempre amé los trenes, y creo que a ellos debo el alma viajera que se convirtió en cuerpo inmigrante. Las trochas que perforan el horizonte son invitación al misterio, a la creatividad, a hundirse uno más profundo de lo que le ha sido “asignado”. Y consigo se lleva el recuerdo, junto a la materialidad de lo aprendido, de las costumbres, la comida y tanto... Paul Theroux, en “Kazantzakis’ England”, escribe: (…) “All immigrants are colonists in the sense that they carry something of their national culture with them: ideas of comfort, religion, business and appetite are part of their luggage, you might say.” (…) Por ello en este rincón de Aurora, en medio de la pradera y de fértiles colinas, algo de Bolivia quedó incrustado en casa, y no me refiero a los awayos de Calcha o la cerámica Mizque, sino a un aire que evidentemente no pertenece a esta tierra de arapahos y cheyennes, de irlandeses y polacos, que tiene que ver con eucaliptares y alfares, con altas montañas peladas y un silencio que se rompe en el zapateo de la cueca.

Pero lo que habita alrededor se convirtió en propiedad, como lo traído, y ya la culinaria michoacana o la especería huichol nos pertenecen. Como supimos distinguir entre bailes bolivianos, ahora entre un mole poblano y su par chiapaneco; entre las características y lengua de un mixteco o un purépecha, y así siguiendo al sur, a las selvas de Darién y los místicos montes de la sierra nevada de Santa Marta, los huancas que admiraba José María Arguedas, los ítaloargentinos y los judeochilenos, mundo que se expandió y de grande ya inaprensible, del cual puedo obtener migajas que adoro y me cultivan. Eso por hablar de los latinoamericanos, sin nombrar vecinos hindis de Bhopal, catrachos, hmongs, o la multitud de africanos que de cuando en cuando abruman los mercados y sus delicias: panes de Berbería, lentejas rojas…

Denver, que fue Meca de la “americanidad” avasallante, mimada de George Armstrong Custer, matador de indios, se convirtió, como el país entero, en nido de culturas, refugio de los chamulas de Rosario Castellanos y de los nórdicos de Bjornstjerne Bjornson, de las alitas picantes y la barbacoa tejana, jugosas coxinhas del Brasil y linguiças portuguesas, aderezadas con llajwa cochabambina molida sin locoto… con chiles de California, Tailandia y jitomates, donde se puede comer goulash en un bistró húngaro, con czardas bajo una luna de 100 watts, o elegir empanadas criollas como si fuese a caballo y en Montiel, en Salta.


03/05/2011

Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 08/05/2011

Publicado en Semanario Uno (Santa Cruz de la Sierra), 13 a 19 de mayo, 2011

Imagen: Tarde de otoño en Elyria-Swansea, Denver

1 comentario:

  1. Noemí5/5/15

    Un nido de culturas. Preciosa columna.

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