2 de noviembre de 2016

Recibiendo a las almas con Ricardo


PABLO CINGOLANI -.

Siempre que Ricardo Solíz llega a la casa es una celebración, íntima y compartida. 

Son tantas selvas andadas, tantos ríos navegados, tantas aldeas, pascanas, fuegos, cedros, wayrurus, tantos amigos que compartimos en la travesía, que recordarlos o saber alguna noticia de ellos, es para celebrarlo. 

También nos convocan suficientes muertos, compañeros muertos, como para que hoy que Ricardo volvió por Río Abajo, recibiéramos sus almas en comunión, con alegría, y la misma pasión que atesoramos con ellos, cuando caminaban a nuestro lado, en esta vida.

Debo hablar de mí. Alguien me dijo una vez que escribía con enorme naturalidad sobre la muerte y sobre los muertos, que ellos tenían para mí, un valor igual o mayor que los vivos. Y yo dije siempre que sí, que así era, que sabía convertir, dentro de mí, el dolor en huella, la tristeza en memoria, las ausencias es un rastro a atesorar.

Otro alguien me dijo también que eso no era difícil de explicar, tomando en cuenta que, entre mis primeras forjas, fui militante del reclamo por la aparición con vida de los compañeros detenidos-desaparecidos por la dictadura militar que asoló Argentina, mi país natal, desde el aciago 1976. 

De ahí, Pablo, seguía diciendo esta misma persona, que vos seguís buscando eso que está oculto, ni muerto ni vivo, desaparecido, peregrinando con devoción, sea tras los pasos de Fawcett o del noruego Lars, sean los restos perdidos de Shajaó, el mítico rebelde Ese Ejja, sean los indicios de existencia de los últimos pueblos indígenas aislados en la selva amazónica. 

Es verdad y está última parte de mi existencia, la compartí con Ricardo, por eso siempre es grato verlo, porque convocamos a todos, a los vivos y a los muertos, más un día como hoy, cuando ellos acuden a nuestro encuentro.

Entonces, una challa de corazón y cariño, por todos ellos. 

Por el gordo Guillermo que antes de partir a su cielo, casi se parte el alma con nosotros, enterrados en el agua helada de los bofedales del nevado Palomani, en el corazón de la cordillera de Apolobamba, buscando llegar a un sitio cuyo nombre lo dice todo: Warawarani, en traducción libre, lugar de muchas estrellas, el cielo mismo, noche cerrada en la inmensidad de los Andes. 

O recordarnos de otro Ricardo, mi compatriota también, con el cual atravesamos una selva hermosa, llena de árboles milenarios, y donde también el casi parte precipitadamente cayendo por un barranco del río Cocos, bello río como pocos, y donde el referido Fawcett, en sus memorias, anotó que halló las mariposas más lindas del mundo entero. 

Por Giovanni que se murió hace nada, ni harán dos meses, y que fue clave para apoyar el inicio de las expediciones, cuando salvo un puñado de gentes, nadie creía en nosotros. Lo mismo que Guido, Lauro y Hugo, que también fueron partiendo y también confiaron en lo que hacíamos. O el Esteban, el corregidor de Puina, la primera vez que llegamos, esa donde casi nos helamos, o la segunda vez o la tercera, ya no recuerdo, donde de llegada al Hito 22 de Yagua Yagua –donde nace el río Tambopata-, el, baqueano y guardián de cerros, se lo olió al puma y lo rastreamos y lo seguimos tan abajo que así nos arribamos a Saqui, a un extremo sudoeste del Perú, donde la familia del Juvenal tenía una hacienda, hoy en ruinas, y donde conocimos a Néstor, otro andador de montañas, el que me habló por primera vez de “el camino de los españoles”, las minas perdidas de ese rincón de Carabaya y el lugar que lleva mi nombre, y sólo por eso, fue siempre un imán: Pablobamba, en ese Perú profundo, el de Scorza, otro finado, otra alma de las fraternas. 

Esteban se mató de una manera terrible cuando estrenando una ripiada, no pudieron controlar la dirección del vehículo y se estrellaron siete contra un peñasco que de sólo mirarlo, te asusta. Nadie sobrevivió a ese accidente y medio que se desplueba Puina, eran tan pocos en esas soledades y la muerte se los llevó igual. 

Igual que al Julio, al Julito eterno, a mi hermano, nuestro hermano, que siempre estuvo haciendo olas desde la prensa, periodista celestial ahora, andará con el Guille –casi se fueron juntos, principiando el año- haciendo documentales en las nubes, viéndonos a nosotros afanados acabo abajo y extrañándolos un poco menos este día que andaban por aquí, entre estos montes de cactus.

Entre challa y challa, Riqui me contó que había andado por San Borja, allá en el Beni, y lo había encontrado, bastante amarrado a la botella, a Alonso. Lo hizo recapacitar y lo convenció de evitarse más desolación y plantar moringa, que de algo hay que comer, mi hermano, y que a eso se anda dedicando mi amigo, agrónomo de cepa y emprendimientos pioneros. 

Sucede que Alonso es viudo, otro accidente maldito, se llevó a la Silvia, su esposa, y al Alejandro, los dos parte del pueblo Chimán, los dos amigos nuestros y los dos compañeros de trabajo. 

Con Alejandro, convivimos una temporada en la selva del Pachene a donde fuimos a grabar un documental y veo a veces las imágenes de la grabación y lo encuentro y sigo sin poder creer que ya no esté, porque morir por accidente es una trampa que el azar le tiende a los jichis, a Viracocha, a los dioses que nos cuidan en el monte, los desiertos, la vida que andamos. Esa donde casi, casi, el 2 de marzo pasado, en los altiplanos potosinos, quien suscribe también se accidentó, con suerte como se dice, igual que el propio Ricardo, y casi por esas mismas fechas, cuando el micro donde viajaba se estrelló con un camión en la carretera, viniendo hacia Oruro desde Cochabamba, dejando un tendal de muertos, ocho, diez, no recuerdo.

De repente, challa y challa, masiva concurrencia, copiosa cantidad de compañeros fallecidos acudiendo, Ricardo y yo nos fuimos dando cuenta de una cosa, telepatía y sincronía activas, pero fue él quien la verbalizó primero. Dijo, estirándose hacia atrás, sentencioso: 

÷Hermano, tantos amigos que ya no están… ¿te has dado cuenta que nosotros también podíamos haber estado en la lista? ¡Tantos viajes y no nos hemos muerto!

Es verdad. Recuerdo que, al principio, llevaba entre los pliegues de mis libretas de bitácoras, el poema de Heraud, como conjuro, ese que afirma: Yo nunca me río/ de la muerte./ Simplemente/ sucede que/ no tengo/ miedo/ de/ morir/ entre pájaros y arboles.

Después, uno se acostumbra y ya no lleva nada.[1] Deja todo en manos de los dioses que nos tutelan, los dioses forjadores de los cerros y las selvas, y que ellos nos guíen. Eso sí: con el Ricardo no hay apacheta donde no hayamos ofrendado, hasta wilancha –sacrificio de sangre- hicimos cuando hubo que hacerla. 

Donde todo es altar, como dice la Malú Sierra, no es cuestión de hacerse el zonzo, el descuidado, y menos andar apurado: primero lo primero y lo primero, siempre, es honrar a quienes te protegen, a quienes te van cuidando, paso a paso, sabiendo donde ponés el pie pero sabiendo además que algo, algo fuerte, omnipotente, te va amparando, si vos lo blindas con tu fe y si vos sentís que tan bello como andar también es volver. 

Por eso, hoy que las almas han retornado y estamos más juntos, más cerca, todos, uno agradece a los Señores del Cosmos por la dicha de vivir y de dormir en una cama caliente aunque qué lindo es recordar los campamentos y la arena, los fogones y las estrellas, donde los rostros de nuestros compañeros vuelven a brillar, vuelven a encenderse, vuelven a vivir, como cuando caminábamos con ellos por el medio de las serranías y a través de las quebradas de la geografía pero también del alma.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 1-2 de noviembre de 2016


[1] Confieso: Talismanes siempre llevo. De dos, no me separo jamás. Un sapo tallado en madera por algún indio wichi que cuelgo a mi cuello, obsequio de un amigo argentino cuando hacíamos montaña en la Patagonia, a principios de los 80s, y un pin de la Virgen de Guadalupe, que escondo en alguno de mis bolsillos, y que me trajo de México, veinte años atrás, otro amigo, boliviano él, cineasta y loco.

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