El indio Gregorio


Maurizio Bagatin / Conexión Nortesur

¿Será el indio como lo describió Jaime Sáenz?: “El indio es el hombre más terco que pisa la tierra y que por eso es enemigo del hombre. No hay más”. (Jaime Sáenz, Obra dramática)

Gregorio al fondo de la casa en Sarco, a las siete de la mañana ya estaba acullicando, el me enseñó como se hacía, hoja por hoja, lentamente, introducirlas en la boca quitándole la dura nervadura del corazón. Luego, si la halla amarga, es por tu estado de ánimo, entonces ponte en la boca esta lejía, con esta se te adormecerá hasta las amígdalas, me dijo que la lejía extrae los alcaloides de la coca y ofrece una placentera masticación. De todo esto él sabía y mucho, fue químico en el Chapare de los años ochenta, abandonando el campo, su Caripuyo del Norte de Potosí, se adentró como muchos en las fauces de la Amazonia, entre pichicateros y explotadores de la blanca. Sabía obtener clorhidrato de las hojas chapareñas, las mejores para este propósito, obtener la Huánuco, la mejor cocaína del mundo.

O será la mirada del indio, eternamente desdeñosa, lo que vio Giorgina Levi, rompiendo el mito del buen salvaje, en búsqueda de una ivy maraey que sigue viviendo en el imaginario clandestino de la vieja Europa y en las sabidurías de los Kallawayas, en la paciencia de los domesticadores de las papas, de la quinua, del ají; él enseñándome como un Yapuchiri, cuando sembrar y cuando cosechar. Miraba el cielo en su crepúsculo y a su alrededor, parecía exponer al máximo su oído, oliendo con sus narices aún más abiertas, captar todo y firme, observando todos los bioindicadores que lo avisaban, le anunciaban que mañana lloverá porque las hojas del molle son más blancas, o este viento se está llevando la lluvia de octubre y ahora hasta cuándo tendremos que esperar, otra vez mirando el vuelo de un pájaro o de cómo se iban a dormir las gallinas, oyendo atentamente el canto del gallo catalán al dilúculo…

Era un joven insolente cuando Banzer prohibió el Tinku en su pueblo y en todo el Norte Potosí, tenía la voluntad de formar una familia cuando se fue al Eldorado que nunca fue -escapándose un día con la espalda quemada por el ácido que un patrón le echó brutalmente- y luego la Llajta, para olvidar la miseria de Caripuyo y las ofensas del trópico. Indios siempre sin lograr ser raza de bronce, una choza y un colchón de paja, una libra de coca y una botellita de alcohol, olvidar y escaparse, recordar y volver, círculo vicioso de un destino cruel. Huasipungo.

A Gregorio lo mató su esposa, con un palo le rompió el cráneo y luego se hizo a la víctima de su machismo, de era un borracho, un irresponsable. Y su hija, que él hizo estudiar hasta darle una profesión, engreída y soberbia, lo abandonó en el momento que la necesitaba. “No hay nada nuevo bajo el sol, ¡pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos!”, escribió el Poeta.

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Publicado originalmente en Conexión Nortesur Magazzín Internacional (17572023)

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