Cosas de familia


Márcia Batista Ramos

“Nadie en mi familia murió de amor. (…) (Morían a balazos, más por otros motivos, en el frente, en un catre bien tosco.)” Wislawa Szymborska

I

- “Se van los planes y los años…” -Hablaba el tío ciego, que vivía sólo en un departamento en el antiguo barrio “IAPI”, el mismo barrio, en Porto Alegre, dónde nació y vivió sus primeros años, la famosa cantante Elis Regina. El tío se llamaba Argimiro Pereira Rosa, fue el más longevo de la familia. Vivió cincuenta y tres años con ojos y cuarenta y siete años (una larga eternidad) sin ojos.

II

Las palomitas de maíz en conos de papel, espolvoreadas con chocolate o las bolas de palomitas de maíz con miel, hacían parte del silencio sonriente, de la hora feliz, del momento sin palabras. Después de lavar las manos, las palabras regresaban, entonces, yo me percataba que los adultos platicaban… Yo escuchaba las conversaciones de los adultos, siempre hacían una especie de conteo de los muertos y decían: el fallecido padre, la fallecida madre, la fallecida tía… Todos “se habían ido temprano”. Pero, ninguno utilizó para morir el revólver cuarenta cinco, tan pesado, que tantas veces desarmé para volver a armar, durante la lejana infancia. Murieron del corazón, pero no por romances fallidos… Murieron por una falla genética en el miocardio.

III

En la gran inundación de 1941, en Porto Alegre, el tío Doro (un donjuán experimentado, con buenos cuarenta años encima) se ocupó durante los veinte y dos días de aguacero, de salvar a jovencitas bonitas, que él llevaba en brazos y las colocaba en su canoa. Mientras remaba hacía el destino de cada pasajera, dejaba ver por su sudadera ajustada, todos sus músculos perfectamente desarrollados. Sus bigotes espesos negros, contrastaban con sus ojazos verdes y con la sonrisa bonita con dentición perfecta. Mientras el tío Doro protegía a damiselas inocentes que se enamoraban de él y lo aceptaban para novio, pues creían en el amor a primera vista, la amorosa tía Nahir (su esposa abnegada, estéril y huesuda) olvidada, esperaba por socorro en el entretecho de su casa completamente inundada.

IV

En la capilla de Belén Viejo, el silencio permaneció insomne, con un dolor punzante, durante la larga noche angustiada e inmóvil en que el abuelo Joaquín Batista Filho acompañado apenas, por su hermano Heitor, veló el cuerpo de la abuela Antonieta (Roccia) Alves. Al alba un camión viejo despejó los inconsolables parientes vestidos de negro, abrazados a coronas y ramos de rosas, con estridentes llantos y rezos sollozantes, que rompieron en un santiamén el infinito silencio, antes que el primer gallo cantara. Después, los que nacimos mucho tiempo después, nunca más olvidamos el vasto silencio insomne de aquella noche.

V

Nunca supimos el motivo por el cual la abuela Isaltina se refería a sus bisabuelos como los supervivientes del cataclismo.

VI

Parecía que nada ocurría en la albura de la casa con los manteles almidonados, donde un abrir y cerrar de ojos duraba una eternidad. De repente la voz parsimoniosa de mí abuelo Manuel Ramos, surgía detrás de un suspiro reteniendo el tiempo. A través de la cortina y del vidrio, el paisaje que yo avistaba, parecía un lienzo donde los fresnos tenían algo más que perfección, tenían una especie de halo de luz, una claridad digna de un hábil artista. Poco a poco las palabras francas de mi abuelo conducían a otros lugares reduciendo distancias, mostrando nuevos rumbos, haciendo resúmenes de cosas que ahora los ojos ya no ven. Las palabras de mi abuelo, contaban del mundo cuyo destino nadie regenta. Sin alarmar, él trataba de prepararme para lo que encontraría más adelante. Me decía que, en la vida, esa pampa grande, cada uno que camina, independiente de sus pilchas o de su lidia, ya tiene hora marcada, con sello en el visto de salida. Su voz calmosa, lograba detener el mes de agosto.

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