Acercamiento a la muerte en el verano


Márcia Batista Ramos

Era verano cuando mi padre fue transferido, fuimos a vivir en otra ciudad, en la calle Benjamin Constant, dónde rápidamente, todos los niños del vecindario se hicieron amigos de mis hermanos y de mí. Sus madres, nos invitaban a tomar el café de la tarde en sus casas, para poder averiguar, discretamente, la vida de mis padres. Sólo la madre de Miguel, nunca nos llamó a su casa que era vecina de los padres de Fabio, el padre era médico. Después, supimos que la madre de Miguel era la empleada de la casa donde vivían, que atendía a dos señoras ancianas. Era extraño, porque las dos señoras no salían, ni se asomaban por la ventana. Eran como un gusano en el corazón de la manzana, estaban allí, pero nadie las veía.

Los días de verano transcurrían apacibles, como suelen ser los días calurosos cuando uno es niño, sin novedades desde el desayuno hasta el anochecer con sabor a jugo de frutas o Toddy helado, entonces, el padre regresaba a la casa después de su ardua jornada, cenábamos sonrientes escuchando al padre sin saber que la vida es un hilo tenue que se desvanece a cada instante.

Un sábado por la mañana, llegábamos del supermercado, ansiosos por comer los yogures frutados (eran los primeros que aparecían en copos de plástico, antes sólo vendían yogurt sin sabor, medio agrio, en botellitas de vidrio) un vecino que vivía a dos casas de la nuestra, el señor Saade, empezó a hablar con mi padre, contó que en la casa del frente, donde vivía Miguel, vivían su madre y hermana. La madre anciana prostrada en cama y la hermana anciana, también prostrada, que fue ciega y deficiente mental toda la vida.

Cuando entramos a nuestra casa, mi madre comentó que una madre es capaz de todo y que la señora no descansaría antes que su hija. Nosotros no sabíamos de la muerte, tampoco dábamos importancia a la reflexión que hacia mi madre sobre las dos señoras que nadie veía, pero que vivían en nuestra calle. En aquél momento, queríamos comer yogurt frutado antes del almuerzo.

Un domingo, los padres de Fabio llegaron de Estados Unidos e hicieron que sus hijos llamen a todos los niños del vecindario a su casa, nos regalaron cantidad de golosinas del país del norte, coloridas, de modelos diferentes, con envolturas novedosas y sabores increíbles. Era un festín en un día cualquiera de verano, una alegría que no tenía palabras que la comunique, éramos sonrisas con y sin dientes, dependiendo de la edad de cada uno de nosotros.

Doña Amalia, la vecina de a lado, bordó una pata con sombrero en mi vestido nuevo azul y blanco, sus hijas, Estela Dalva y Estela Maris, llegaron de un proyecto en la Amazonia y organizaron una sesión de Slides en su casa, todos los vecinos vimos cómo viven los indios en la selva. Las explicaciones y las imágenes se quedaron como cuadros importantes en la memoria.

El verano iba llegando a su fin cuando una tarde mi madre dijo que no podíamos salir a la calle a jugar, cuando los otros niños gritaron por nuestros nombres a la puerta. Me molesté y coloqué una silla en la ventana de su dormitorio y me quedé mirando a fuera y vi que salía una caja de color café de la casa de Miguel. Llamé a mi madre para que me explique lo que pasaba, entonces ella me dijo que la caja era un ataúd, que contenía el cuerpo de la hija ciega de la señora del frente. Dos días después, salió otro ataúd de la casa de Miguel. Pregunté a mi madre que pasaba, ella dijo que la señora del frente había descansado.

Después llovió mucho… Y otra vez era sábado, entonces fuimos con mis padres a comprar el uniforme para ir al kínder, pronto empezarían las clases.

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