Nadie desaparece para siempre mientras perviva su recuerdo


Nadie desaparece para siempre mientras perviva su recuerdo. Este fragmento se recoge en el relato ¡Maaaa! que Encarnación Morín De León redactó tras el fallecimiento de su madre, publicado en la revista chilena “Plumas Hispanoamericanas” en marzo de 2014. 

Este epitafio cobró vital importancia el pasado 26 de abril cuando el corazón de Encarna dejó de latir.

Maestra y escritora, sus padres Rafael y Eulogia, la bautizaron con el nombre de su abuela materna que como tantas otras mujeres de Haría llevaba en honor a la patrona del municipio, Nuestra Señora de la Encarnación.

Era una niña de cuatro o cinco años, con dos largas trenzas y una rebeca roja, cuando se aventuró a cruzar la huerta que separaba su casa de la escuela donde la acogieron con mucho cariño, especialmente doña Melitona quien le enseñó a amar los libros. En ellos encontró los espacios necesarios para desatar la fantasía y viajar por el mundo sin moverse de la isla.

Sentada en los escaloncitos de la entrada de la casa, aferrada a su muñeca, dejaba volar la imaginación a la espera de que el anhelado sonido del timbre de la vieja bicicleta de su padre anunciara su regreso de Mague, donde trabajaba en la tienda de ultramarinos.

El verano llegaba en junio con el cierre de la escuela, la celebración de las fiestas de San Juan y el viaje a la casita de la playa en Arrieta, atrancada el resto del año. Aquellas estancias en “los baños”, como se llamaba entonces al veraneo, fueron muy divertidas para Encarna. Aprendió a nadar, a reconocer el ciclo de las mareas y las riquezas del mar como los burgaos, que recogía con gran habilidad y su abuela paterna, María Luisa, cocinaba y guardaba en botellas con vinagre para consumir a lo largo del
año.

Al acabar la enseñanza primaria, contaba con 11 años de edad, se trasladó desde Lanzarote a Gran Canaria para cursar Bachillerato Elemental en un colegio de monjas y, posteriormente, Bachillerato Superior en el instituto de Tafira, uno de los tres centros educativos de todo el Estado español con la denominación de Instituto de Bachillerato Piloto, en los que se diseñaban y ponían en práctica experiencias innovadoras en la didáctica de las materias que se impartían.

El indudable beneficio de esta práctica educativa se amplificó al ser uno de los primeros institutos mixtos de la época, a que las plazas docentes eran cubiertas en régimen de comisión de servicios o por profesorado interino como el poeta y pintor Juan Ismael representante junto a Óscar Domínguez del surrealismo canario, y a que la Dirección del centro la ejercía Eugenio Padorno, relevante poeta y ensayista comprometido con una enseñanza que contribuía a pensar, sentir y crear.

Por emular a doña Militona, a la que Encarna evocaba con cariño por su integridad y serenidad, y las influencias de buena parte de los docentes del instituto la condujeron a cursar estudios universitarios en la Escuela de Formación del Profesorado, que le posibilitaron hacer realidad su gran sueño de acompañar a los niños y niñas en su proceso de crecimiento como seres libres y dueños de su destino.

Maestra en la escuela pública durante cuatro décadas, tres de ellas de directora del colegio Alcorac Henríquez, se implicó en los movimientos de renovación pedagógica, en la lucha sindical – fue la primera mujer en presidir la Junta de Personal Docente de la provincia de Las Palmas – y en el asociacionismo vecinal.

Paralelamente dedicó parte de su tiempo a escribir relatos, más de un centenar de ellos publicados en la revista Plumas Hispanoamericanas, y la novela corta “Dolly”, editada en 2012. La obra de Encarna Morín, según la crítica literaria Marcia Batista Ramos, “se distingue por una prosa poética íntima y reflexiva, en la que lo cotidiano se transfigura en símbolo. No busca artificio ni retórica grandilocuente, confía en imágenes sencillas, pero cargadas de resonancia emocional”.

El legado de Encarna pervivirá en el recuerdo de sus cuatro hijos y cinco nietos, de centenares de niños y niñas que disfrutaron de su magisterio, de los vecinos del barrio de San Juan de Las Palmas de Gran Canaria donde fue mucho más que una directora de colegio, y de todas aquellas personas que por distintas circunstancias formaron parte de su vida.

Como en la década de los sesenta este verano la niña de largas trenzas y su abuela María Luisa volverán a cargar la burra y junto a la cabra lechera y a la fiel Mili andarán por veredas y caminos, los escasos siete u ocho kilómetros que distan de su casa hasta la playa.

Atentamente

Paco Santana

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