A Carolina
En medio de la soberana quietud del valle,
un leve viento del sur
me trae los ecos de esos inesperados momentos
donde bailamos con la posibilidad de un final,
esa cercanía con la muerte
que no es otra que la certeza
de que la vida existe
y que hay que honrarla
porque es lo más bello y bueno que compartimos…
En medio de esas encrucijadas del destino que son eso mismo,
las evidencias que te concede la vida,
la convicción de estar siendo en ella y por ella,
vuelvo por nuestros cerros y recobro la voz,
voz de añeja esperanza,
voz de tumultuosa fe,
voz de alegrías que son cauce y morada,
y entonces digo:
Agradecer, siempre agradecer.
Agradecer que hay luz, hay sol,
hay montañas que brillan, agradecer que brillen,
como el agua del arroyo, cuando brilla, agradecerla.
Agradecer que hay niños, y que sonrían.
Agradecer que haya cactus, agradecer sus espinas,
su fina estampa, su ceremonioso estar.
Agradecer la claridad y también el miedo.
Agradecer lo esencial, lo primordial, lo irrepetible,
agradecer el momento donde así lo sentiste,
agradecer que no olvidarás eso que viviste.
Agradecer que puedes agradecer,
y celebrarlo siempre.
Agradecer que hay palabras para expresarlo…
Agradecer, mi dios, que haya también silencio.
Pablo Cingolani
Antaqawa, 23 de septiembre de 2026


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