Una tarde en un parque da para un cuento, un relato o una historia.
El viejo José se va sentando frente a los niños que juegan en el resbalín. Tiene más de ochenta años y ellos no llegan a los ocho. Es la antípoda que no se puede ocultar. Los mira con la dulzura del abuelo feliz de haber alcanzado ser abuelo. Se le puede ver su larga vida adentro de sus ojos oscuros y tiernos. Ahí recorren muchas historias, de la violencia y del exilio, de las fugas y del presente. En el imaginario silencio el tiempo se detiene hasta un aparente cansancio. En el cielo las nubes parecen recorrer alguien en fuga.
En el parque va deslizándose la síntesis de una ciudad: las edades, las profesiones, las clases sociales, los ricos y los pobres. Mientras termino la lectura de la novela Los eternos vagabundos de Roberto Leiton y se me aparece el recuerdo de otra novela, hace poco que rescataron del olvido a Chaco de Luis Toro Ramallo. Tienen algo en común, en el nervioso lenguaje, en la violencia de su historia, la denuncia, las frases cortas y tajantes, siempre limpias de cualquier efecto. Ambas merecen más que el recuerdo y el simple desempolvo de nuestra mezquina memoria. La literatura sabe de cosas que en el silencio ocurren.
Detengo el sueño de Walter Benjamin entre juguetes y citas textuales: “- Pero…creo que la vejez, nada perdona… - Hay hombres, que en la vejez son niños”, es el mundo de la mina que siempre alargó solo entropía. José sigue mirando los niños del resbalín, a su lado una joven madre detiene al niño un poco travieso en su vaivén. Vaivén que repite un joven irrequieto con celular en la mano, persiguiendo quimeras alrededor del parque. Sale en bicicleta el ultimo hippie del barrio, irá a vender sus labores artesanales en una plaza de la ciudad: amarres de la suerte, brazaletes multicolores, anillos y collares con piedras incrustadas por el tiempo: “Ahí cerca, en una zanja ha sonado un charango, que entona un kaluyo monorrítmico casi, como el viento de la pampa que se queja en el pajonal”, va narrando Toro Ramallo en Chaco.
Diré que se mueve la ciudad. La miopía de pronóstico de nuestra especie es abrumadora: sabemos que tenemos que cambiar de rumbo, pero luego no lo hacemos. Cuanto Paolo Rumiz escribió sobre la guerra, aquel entonces la guerra en la ex Yugoslavia, creo que hoy valga para la crisis climática que enfrenta el mundo entero: “La percepción del peligro no aumenta, sino que disminuye a medida que este se acerca”. Los árboles del parque se comunican, álamos con jacarandas, paraísos con molles, pacayes con tajibos. Los niños se hablan, gritan, sonríen, lloran y cantan, persuadidos de una sola realidad.
En esta discontinuidad de los parques, no hay delitos, no hay metafísica. Hay la desilusión a la semana de trabajo, a los días incongruentes de nuestra época. El caminar vago de oficinistas esperanzado en el domingo, con el imperceptible y sentencioso reloj omnipresente. La esperanza en mañana.
Vuelven a encontrarse las dos novelas, en su trágico final: “Pobres mujeres. ¿Dónde la enterraron? En ninguna parte. Se entierra donde se puede. ¡Suerte de mineros y de soldados!”. El destino es siempre lo mismo: “El hombre es el animal más resistente y más estúpido. Y además el que tiene la peor memoria. No escarmienta nunca, no aprende nunca. Conoce el peligro y se acerca a él”.
Maurizio Bagatin, 24 de agosto 2026
Imagen: Fernand Léger, El gran desfile, 1954


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