Todos los muertos y la muerte



La tumba de Grisélidis Réal está al lado de la tumba de Borges en Ginebra. Hay una orilla que los separan, es la orilla de sus diferentes escrituras y de la muerte que hizo que un día se acerquen sus restos. La última lección avecina los cuerpos ya al final, cuando en estos lugares van residiendo los recuerdos para quien queda aún en vida. Thanatos es caprichoso, hijo de la noche y hermano del sueño, se narra que su madre, Nix, lo dio a la luz sin haberse acostado con nadie. Algo de “divino y dogmático” que luego encontraremos en una religión. Caronte es el marinero que guía las almas en el inframundo, y es Dante Alighieri en asignarlo al Infierno. En el viaje los dos no se conocerán y tendrán roles diferentes hacia la muerte.

Después de la vida, la poesía de Pavese, las odas, algunos cantos o las plañideras que, como la diosa Isis lloró la muerte de Osiris, siguen llorando hasta sus muertes. Después de la vida estos días de tránsito, el poema de la muerte como nostalgia en Xavier Villaurrutia: ”Al morir, la aguja del instantero/recorrerá su cuadrante/todo cabrá en un instante/……/y será posible acaso/vivir, después de haber muerto”. Cerraré los ojos, me decía mi abuela, y todo pasará; la acompañé la noche de su despedida, cuando nevó como nunca en nuestro pueblo y el frio le arrebataba la última fuerza a su sacrificada vida; fue sencillo y simple, un momento y la muerte le quitó de encima todas las dificultades de la vida.

El poeta Ezio Vendrame nació en Casarsa, en una tierra rodeada por “temporales y prímulas”, tierra de poetas, de campesinos que son la misma esencia de la tierra y de la poesía. Ahí se nacía y se moría de la misma esencia. Cuando Roberto Saviano termina su viaje infernal en Gomorra, toma un tren y se va a sentar frente la tumba de Pier Paolo Pasolini, en Casarsa, ahí es donde el poeta que también fue futbolista, llevaba quien deseaba entrevistarlo, porque ahí era el lugar más vivo del pueblo. Una línea sutil, como el rio Tagliamento que divide la región, es la que separa la vida y la muerte en esta tierra. Muchas batallas se combatieron entre el Isonzo, el Tagliamento y el Carso, entre los temporales y las prímulas queda el estado de ánimo de aquellos infiernos de muertes: Redipuglia, San Martino del Carso, Caporetto.

La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida, decía Octavio Paz; andaba yo por cementerios en una Paris galardonada de primavera y de vida. Arboles de tilo y álamos en las aceras acercándose a la tumba de Jim Morrison en Père Lachaise; una orquesta con whisky bourbon y cigarrillos Gauloises acompañaba Serge Gainsbourg en Montparnasse; en el sombrío suburbio de Rancy, el medico Bardamu ve morir la esperanza, pero nunca la miseria del ser humano; y hay quien sigue aun las huellas de la Maga en vida por calles y puentes de una infinita e imaginaria Paris sudamericana.

Acercándonos a Todos Santos, noviembre que en las nubes trae esperanza de lluvia. El Dia de los Muertos, este domino que nunca se acaba y que Canetti odiaba. Todos los muertos y la muerte, los sin nombres a la entrada del cementerio de mi pueblo, una piedra irregular donde los líquenes viven de sus simbiosis; Port Bou, el Club de los 27, el Cementerio marino de Séte. Lugares y personajes que uno recuerda por haber visitado o conocido, como la cruz que vislumbramos al bordear estos caminos por donde nunca más transitaremos. Hasta llegar a mis muertos y recordarnos que “lo denominado queda con vida”.

Maurizio Bagatin, 25 de octubre 2026
Foto: Cementerio de Bella Flor de Pucara, Anzaldo, Bolivia

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