7 de abril de 2011

El compromiso


Por Concha Pelayo
Te llamabas José Gómez Silva y mis cartas te las enviaba a la Escuela de Submarinos, Cartagena (Murcia).

Quiso la casualidad que un desconocido joven supiera de mi dirección y, un día, de pronto, recibí una primera carta tuya. Me decías que me habías conocido a través de un amigo común. Dabas una descripción física de mí completísima. Incluso sabías algo sobre mi personalidad. No cabía duda de que ese amigo de ambos, según tú, me conocía muy bien.

Me decías que querías entablar amistad conmigo. Parecías un chico bien educado, de muy buenos sentimientos y de gran delicadeza.

Yo tenía 15 años y nunca hasta entonces me había carteado con ningún chico, así que me atrajo la idea y te contesté enseguida.


Ya ves, ahora ni me acuerdo, ni puedo imaginar lo que yo te diría en aquella primera carta. Supongo que te hablaría de mis estudios, de los hermanos que tenía y de lo que me gustaba hacer en mis ratos de ocio.

A aquella primera carta que te contesté, siguió una segunda tuya, casi a vuelta de correo. Y siguió otra mía y otra tuya y así fueron sucediéndose los meses. Nuestras misivas se fueron haciendo muy frecuentes y regulares. Comenzábamos a conocernos en profundidad.

Parecía que tú tenías mucho interés en formalizar nuestras relaciones. Figúrate, a mí me parecían ya formalísimas. O ¿cómo se podía entender aquella regular correspondencia que a mí se me antojaba, en algún momento, como penitencia obligatoria?

Naturalmente, yo en aquella época estaba en edad de frecuentar la amistad de otros muchachos. Con ellos reía, hablaba, sufría, jugaba, me sinceraba...en fin, ellos eran la otra parte de mi yo tangible. Tú eras "el otro", "el compromiso", tú eras aquel que un día vendrías a verme para conocernos personalmente, para que yo te presentara a mis padres, "para entendernos", decías tú en alguna de tus cartas.

Pero...amigo mío, ¿qué tenía que saber yo de ti, sino lo que tú mismo me contabas?. Francamente, cada vez y en cada carta que recibía tuya, lo ignoraba todo de ti. Tú eras para mí un absoluto desconocido, un príncipe encantado, quería pensar, una quimera. ¿Qué podían importarme a mí, tu linaje, tu alcurnia, tu posición...incluso, hasta tu especie. Y a mí ¿qué?. Tú tenías lo tuyo y yo lo mío.

Fíjate José, empecé a cogerte un poco de manía. Me fastidiaba muchísimo que siempre vinieses con esas cosas. Además, si he de serte sincera, no te creía casi nada de cuanto me decías porque, a veces, escribías con alguna falta de ortografía, -imperdonable para mí- y eso me despistaba muchísimo. Un chico que se las daba de tanto, tan presumido, no podía permitirse el lujo de escribir con faltas de ortografía. A veces pensaba que, quizá, las ponías a propósito para despistarme, como para ocultarme tu verdadera personalidad. Pero no lo conseguiste. La conclusión que yo había sacado de ti la tenía muy clara. Me resultabas pedante, fátuo y mentiroso. Además, me habías mandado una fotografía tamaño postal y no me gustaste nada. Tenías el pelo rizado y a mí los chicos me gustaban con el pelo muy liso, quizás porque yo lo tengo rizado también. En aquella foto me parecías un personaje de una postal antigua, así que me decepcionaste enseguida, si es que alguna vez me había hecho ilusiones con respecto a tu físico.

Pero yo seguía escribiéndote, contestaba a todas tus cartas. Llegó el momento en que sin darme cuenta, yo también comencé a contarte mentirijillas. El ponerme a tu altura era como para vengarme de tus fanfarronadas, así es que de pequeñas mentiras, pasé a contarte grandes hazañas que yo protagonizaba. De pronto, yo también me veía envuelta en un mundo fantástico, misterioso, lleno de sueños irrealizables pero que yo los hacía realidad. Mi vida transcurría de fiesta en fiesta, en medio de grandes lujos. Hacía cruceros por los mares más recónditos en fabulososos yates. Practicaba los deportes más arriesgados y difíciles. Montaba a caballo por parajes abruptos desafiando mi propia vida. Lástima de no tener ahora aquellas sustanciosas cartas. Apuesto que me hubieran hecho mucha gracia. En fin, aquellas misivas se fueron convirtiendo en auténticas aventuras que hacían las delicias de mi hermana y amigas. Habíamos llegado a un punto, en el cual, a mí ya no me importaba participar el contenido de tus cartas, al igual que todo cuanto yo te contestaba, lo leía previamente a ellas. Realmente, todas las aventuras que nos relatábamos mutuamente eran apasionantes. Además resultaba excitante el saber que los dos éramos plenamente conscientes de nuestras mutuas fantasías.

Ya ves, José, que original correspondencia manteníamos.

Era aquella una época en la que yo veía muchas películas y mi mente desbordaba de secuencias que yo veía en la pantalla y de hipotéticas imágenes que a mí me hubiese gustado protagonizar. Con pelos y señales, te relataba historias, mitad inventadas, mitad presenciadas en algunas de aquellas películas. Por supuesto, era yo siempre la protagonista.

Éramos los dos como una especie de magos que convertían cuanto tocaban en maravilloso.

Un día me dijiste, de pronto, que ibas a venir a conocerme.

Figúrate, casi me da un soponcio. Todo aquello tan bonito, tan fantástico, se iba a venir abajo. Todo aquel mundo mágico se iba a desvanecer como por encanto. Además ¿cómo íbamos a presentarnos el uno ante el otro a sabiendas de tantas mentiras como nos habíamos transmitido?

Si he de serte sincera, yo ya me creía que ni existías realmente. Era como un juego de niños. Nos entreteníamos el uno al otro. Y mientras tanto, tú hacías tu verdadera vida en la escuela de submarinos: hacías la instrucción, asistías a tus clases, hacías maniobras...¡qué se yo!. También yo asistía a mis clases en el Instituto, estudiaba poco, -siempre fui un poco vaga- salía de paseo con mis amigas, miraba a los chicos que me gustaban al cruzarme con ellos en la calle y también se cruzaban nuestras miradas al pasar y con aquello ya teníamos motivos para soñar. Practicaba el balónvolea, nadaba en verano y leía a Julio Verne y a Juan Valera.

Realmente, hacíamos una vida muy sencilla, al menos yo, tanto que nada tenía que ver con las actividades que te contaba en mis cartas.

¿Cómo íbamos a mirarnos a la cara en nuestro encuentro? ¿Para qué ibas a venir a conocerme? ¡Qué angustia!. Además, yo no tenía ningún interés en conocerte. Estaban muy bien así las cosas. Tú en Murcia y yo en Zamora.

No obstante, se lo dije a mi madre. Ella también había leído alguna de tus cartas al principio de nuestra correspondencia, pero cuando tomaron aquel cariz tan fantástico ya no le enseñé ninguna más. Ella no se preocupaba demasiado. No daba importancia a que yo me carteara contigo.

Recuerdo, eso sí, que mi madre le comunicó a mi padre que ibas a venir a conocerme. No sé lo que debió decir mi padre.

Habías fijado la fecha de tu llegada. Yo no podía remediar nada. Además tampoco me había atrevido a decirte que no lo hicieras. Así es que yo había asumido, no sin cierto recelo, que tendríamos que conocernos. ¡Qué remedio!

Pero llegó el día señalado y tú no llegaste. No te puedes imaginar el alivio que sentí. Mis amigas y mi hermana, que habían estado expectantes y divertidísimas, se quedaron realmente desilusionadas. Naturalmente yo tenía pánico.

Al día siguiente recibí un telegrama tuyo. Me decías que te había sido imposible venir porque había muerto repentinamente un familiar y que de momento aplazabas el viaje para mejor ocasión.

Yo no sé si aquello fue verdad o en realidad tú estabas tan asustado y avergonzado como yo misma. Lo cierto es que nuestras cartas comenzaron a hacerse muy espaciadas y solemnes. Nos limitábamos a contarnos, muy por encima, cosas intrascendentes de la vida cotidiana. No hablábamos para nada de nuestros sentimientos. Una coraza infranqueable iba derrumbando nuestras relaciones. Dejamos de contarnos fantasías.

Creo que nos dimos cuenta de que ya no tenía sentido nuestra correspondencia. Comprendíamos que tan sólo nos unía lo irreal y una vez muerto, nuestra relación debía morir también, así que saliste de mi vida, te evaporaste como el humo.

Ahora, José, apenas eres un recuerdo.

8 comentarios:

  1. Ves, amiga Concha. Por quedarte pegada en las faltas de ortorgrafía tal vez de perdiste el amor de tu vida, ¿quién puede saberlo?
    Un abrazo. Excelente.

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  2. Me atrapó su relato, me maravilla la forma aparentemente simple que logra para exponer vivencias y situaciones que calan hondo en la vida.
    Respecto al tema, no pude evitar hacer la analogía con las relaciones que se dan hoy a través de las redes sociales, en las que cada cual expone del sí mismo sólo lo que desea mostrar, se construye identidades diversas según los fines que persiga...me pregunto cuánto de real existe en esas relaciones y cuánto de proyección tienen...no obstante, se viven y se sienten, ocupan espacio y tiempo en el presente y acrecentarán los recuerdos del pasado.
    Por mi parte, sigo pensando que sólo se conoce bien lo que se domestica al estilo del Principito, mirándose cotidianamente a los ojos y sin decir palabras...
    Muchas gracias Sra. Concha por su pluma.

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  3. Una historia digna del premio concedido, querida Concha. Transmite, quizá sin que lo hayas deseado, partes relevantes de tu carácter. Juguetona, traviesa, alegre, fantasiosa, idealista. Probablemente esas faltas de ortografía marcaron un antes y un después, o fueron la excusa para mantener ese idilio en el único lugar que le podías permitir, la intangibilidad de un epistolario.

    Extraordinario. El final me dejó con ese dulce amargor que provocan las cosas que significaron algo o mucho en nuestras vidas, pero que nunca llegaron a realizarse.

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  4. El amor construido con palabras es un juego, solamente se ama lo que se puede sentir a flor de piel y no hay vuelta que darle. Los amores virtuales como los epistolares estan condenados a no prosperar en la mayoria de los casos.
    Hermoso texto sra Concha.
    Saludos

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  5. Hola!
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    Saludos

    Cleofé García

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  6. Cleofé, no consigo ponerte un mensaje en el blog.
    Puedes poner un enlace, naturalmente. Muchas gracias.
    Concha

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  7. Anónimo10/4/11

    Disfruté y reí mucho con casi toda la historia, pero me ha dejado una sensación de profunda tristeza el final. Debe ser porque a poco leer nos encariñamos con los personajes, y particularmente cuando son tan humanos como los descritos en este relato. ¿Quién no es totalmente imperfecto? Sólo el amor nos vuelve perfectos ante los ojos del amado.

    Bellísima historia.

    Alicia Alarcón

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  8. Anónimo19/4/11

    Pudo haber sido una historia de amor verdadera pero creo que se dejaron arrastrar por los egos y hicieron de todo una novela y dejaron de ser personas que se conocían para ser personajes de ficción. Las decepciones juveniles pasan a engrosar nuestra experiencia del mundo y tras superar ese escollo se sigue adelante.- Estoy segura que para ambos hubieron otros amores realmente sentidos.
    La historia me pareció precisos, la felicito sra. Concha.
    Esthercita

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