13 de agosto de 2015

El fin del mundo puede que no lo sea

 

PABLO CINGOLANI -.

El fin del mundo también es un lugar y, a veces, hasta tiene nombre: Puina.
Para que se ubiquen: Puina se encuentra muy cerca del hito XXII del límite boliviano-peruano. Allí hay una apacheta, hermosa, poderosa: la apacheta del cerro Yagua Yagua. Encima de la montaña, se alza el monolito señalador al que sólo atienden los cóndores. Debajo, del lado peruano, hay una laguna, hermosa, poderosa: allí se ubican las nacientes de un río. No cualquier río.
El río Tambopata abreva allí, en esa señalada y bendita laguna debajo del hito cercano a Puina, y lamiendo los cerros y cavando y cavando la roca, es que baja y orillea Saqui, algo así como la comunidad gemela del finisterrae, salvo que allí, del otro lado de la raya, alguno es más enfático y declara que llegaste “al culo del Perú”, aunque uno debe saber que en semejantes sitios, las fronteras sólo existen en los mapas o en los libros de historia que, por otra parte, (casi) nadie lee en ninguna parte.
Como el límite es una especie de serpiente indomable, para seguir completando esta composición espacial sobre la ubicación exacta y precisa de Puina, diré que también, hacia el oeste-noroeste, se yergue el nevado binacional Palomani, que roza los 6000, y corona la aldea y la baña y la abastece de beber con sus aguas de deshielo. El río de Puina tampoco es cualquier riacho. Es una de las corrientes que terminan formando el Tuichi, donde desagua. El Tuichi, como el Tambopata, son ríos mayores, y ambos aportan su caudal al rey de todos los ríos: el Amazonas.
Sucede que Puina o Saqui (o Amayani o Lipipata o Lurini o Chilcani o Ichucorpa, algunos de los nombres con los cuales la gente, el pueblo, se ha apropiado simbólicamente de la comarca; es inútil buscarlos en los mapas) se encuentran ubicadas también en una frontera real: allí donde los Andes se encuentran con la Amazonía, allí donde la geografía y la naturaleza dicen que todo puede suceder ya que es una región de contrastes y fusiones desafiantes.
Para que se ubiquen mejor: para llegar hasta Puina por territorio boliviano, desde cualquier otro punto del territorio boliviano, uno debe atravesar medio altiplano norte y las altísimas pampas de Ulla Ulla y desde allí incluso seguir trepando, y eso tiene su lado heroico y muy gratificante: ver las aguas cristalinas de los ríos del otro lado de las montañas, y sentir que esas aguas, sin tregua y sin dudas, llegarán a Brasil, besaran Portugal o Marruecos (o a los Polisarios) y mezcladas con otras aguas terminaran mansitas en una playa de arena negra en Noruega o acaso en otro fin del mundo que ni siquiera tenga un nombre.
Será por eso que uno se arrima y se apega a esos lados. Será porque aunque te sumerges en el medio de cerros bravos, desfiladeros abruptos, glaciares colgantes que amenazan caerse y donde la sensación de aislamiento es total, uno se siente como esa gota del río de Puina que partirá desde el fin del mundo pero terminará dándole la vuelta.
Cuestiones de una geografía filosófica: allí, entre el azote del viento helado que baja del cerro-guía y las nubes cargadas de perpetua lluvia que suben valientes y airosas desde el fondo enmarañado de la selva (y si te atreves, puedes tocarlas con las manos, y si lo deseas, respirar el olor profundo de los montes), uno puede saberse en el fin de los senderos, el fin de los cartógrafos, el fin demarcado, el fin sentenciado, pero celebrar sentirse en el centro de algo que también podemos denominar mundo, no el mundo del fin del mundo, sino otro mundo.
No ese mundo de coordenadas matemáticas y tratados de letra oxidada, no ese mundo de compases de gabinete y de brújulas que guiaron siempre al saqueo y a la desolación, sino otro mundo.
Un mundo extraño, un mundo diferente, un mundo que, tal vez, ya no sea de este mundo (mis disculpas, Paul Eluard), de este mundo de cafeteras que te hablan y de aparatitos que te cuidan, de este mundo de gepeeses para ir a la guerra o correr al shopping, ese mundo que es nuestra idea del mundo o peor: nuestra vivencia del mundo. Y ese mundo, seré franco: a mí no me inspira.
Entonces, si vas hasta Puina, si llegas hasta allí, puede que te envuelvan la bruma y dos situaciones:
1. Que te sientas, sí, en el trasero del orbe y extrañes hasta al inodoro y llores por dentro o por fuera y te acose el clásico de los clásicos interrogantes (Levy Strauss y sus tupíes y sus “tupeces” mediante), ese que dice, limpito: ¿qué carajo hago aquí? O
2. Que sientas que las vizcachas que saltan entre las piedras y el agua del río (que llegará hasta las Filipinas o más allá aún) y las gentes que moran por esos lados no son otra cosa que un axis-mundo, de otro mundo como te decía, y lo mejor de todo: a lo mejor del tuyo propio.
Mistificaciones, dirán. Fin o centro del mundo: en el fondo, ¿qué importa en un planeta conectado como nunca antes? Lo que sí tomen en cuenta es lo que voy a anotar para terminar de ubicar estas soledades en los corazones de ustedes: si vas hacia Yagua Yagua, si vas por esas cumbres, hay pumas por ahí, hay pumas merodeando.
Santuario natural, al fin y al cabo (del lado boliviano, esos territorios son parte del Parque Nacional Madidi), es casi inevitable la presencia del tremendo y adorado súper y sagrado gato.
Una vez, rastreamos a uno en compañía de Esteban Andia, que era entonces corregidor de Puina y años después se accidentó y se mató junto a seis más en una camioneta que se despeñó sin fasto por el abismo y se estrelló sin gloria contra las rocas cordilleranas. Fuimos siguiendo las huellas del felino: esto incluía ganado muerto, osamentas y cicatrices, el duelo eterno entre campesinos y los grandes depredadores naturales. Mi único anhelo era verlo. Pero el gatazo no aparecía por ningún lado, y nosotros dale que dale subiendo y bajando, bajando y subiendo.
Seré políticamente incorrecto para concluir este texto: uno de nuestros compañeros de andanzas, igual de baqueano pero de otras tierras y climas y costumbres, cansado de tanto agitarse, lo encara al Esteban y le dice con franqueza: “sabe, mi amigo, estas son huevadas… a mí, me dan mujer por la noche, me dan cerveza por la mañana, me dan un rifle y un caballo y yo se los mato al gato, ¡carajo!”. (El testimonio está anotado tal cual en una de mis bitácoras)
Las grandes montañas, los grandes gestos, las grandes aventuras, los sentimientos fuertes… y nuestro pequeño mundo —como quería la IBM— que cabe en un teléfono inteligente, una tarjeta de crédito y el control remoto de la televisión.

1 comentario:

  1. El techo poético del mundo, la cima desde donde se contempla el sentido de vivir.

    Bellísimo, querido Pablo.

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