Los cuadernos de Maura


Márcia Batista Ramos

Ella estaba segura de que, en cualquier circunstancia, había que hacer anotaciones: cuando iba al mercado llevaba su lista y de regreso buscaba un momento para escribir en su diario mientras descansaba de haber cargado las bolsas llenas. Anotar era una forma de tomar un respiro, era como no hacer nada por un instante de su vida atribulada. Por eso, entre una y otra tarea, había una pequeña parada para anotar un sentimiento, una acción, un recuerdo o sabe Dios qué cosa.

Cuando me tocó dar un destino a sus pertenecías, me encontré con los cuadernos amarrados con cintas de colores, ordenados con fecha y encerrados bajo llave en la cómoda al final del pasillo, de por sí, la cómoda no llamaba la atención. Era un mueble cualquiera, que parecía albergar sábanas y toallas para visitas. Estoy segura que, jamás, nadie que vivió en la casa trató de abrir, por lo menos, un cajón. Tardé en encontrar las llaves de la cómoda y cuando lo hice, fue como abrir el baúl del tesoro.

Ahora sé que ella se movía por el territorio en cuya latitud legendaria estaban circunscriptas las mujeres, y, en muchos casos, hasta los días presentes, todavía permanecen limitadas: la casa. Consagrada a amar y darse completamente a los seres amados, este amor de alma, vida y corazón bajo los efectos de un filtro mágico cualquiera, que la obligaba a sentirse feliz por hacer todo lo que hacía todos los días del año. Además de parir hijos, podía llevarlos y traerlos de sus actividades, mantener la casa, la ropa en orden y limpieza, cocinar, recordarse de los días festivos y de los horarios de todas las actividades de cada uno, hacer manualidades, repostería, dándose tiempo para mantenerse bien presentable ya que no trabajaba.

Me parece extraño que ella tuviera el hábito compulsivo de anotar, miro sus cuadernos de anotaciones y reflexiono sobre el mundo que ella filtró, y alteró, para ajustar los contenidos narrativos a la visión que guardaba de la propia felicidad. Pienso que no fue fácil. Nada fue fácil. Recuerdo que mi padre siempre dijo: - “Nadie dijo que sería fácil.”

Veo que ella masticó cada bocado de la vida en seco o cuando mucho, con un sorbo amargo, como quien sabe que no tiene salida ya que no estamos preparados para la vida. No tenía muchas opciones para elegir y pudo elegir lo que le parecía lo mejor en el momento que optó, hasta que la muerte los separe, y eso no era gran cosa, porque se sentía asfixiada el tiempo entero con su elección, comprobando que era imperfecta para la ficción. Y fue tan devastador, para una pobre mortal, desgranar su existencia mostrando una grandeza utópica, como una forma radical de vivir.

Ser tan humana y dejarse agotar por las acciones humanas es vivir una tragedia, en la inminencia de estallar a pedazos, reflejando el malestar de muchas mujeres.
Sin tener la intención de saber más, rastreo su vida, porque los cuadernos son sobradamente fascinantes y reflejan más de tres cuartos de siglo de una mujer que encontró en el hábito de anotar su mejor terapia para romper los grilletes de su dulce hogar.

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