Digresiones escuchando a Billy Idol


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Soñé con Vladimiro Putin muy vívido. Desperté cuando me traía un plato de comida a un parqueo en que aguardaba que terminara con una muchacha. Me presentó al hermano de Prigozhin, con cabellos de perro dálmata. Manejaba yo, para él, un camión de aquellos cabezones que había en Bolivia y cuya marca no recuerdo. Suizos. Zeta, desde Cochabamba, me dice que será asesinado “entonces”. Ojalá, explotado en mil pedacitos de confetti colorido para carnaval. Extraño sueño de las nueve, justo antes de despertar para el trabajo. De allí salgo al todavía frescor de la noche; lo hago como Horacio Quiroga, no con mi nombre real, para llamar a la invención y convocar monstruos del necronomicón local.

Billy Idol canta su bellísima Eyes Without A Face. Veía ayer que estará de gira en Estados Unidos pero nunca he sido atraído a multitudes que vitorean. A nadie. Más bien hosco, lobo estepario. No vi a Dylan ni a los Stones. Ni a Leonard Cohen. Fuera de algunos asuntos del sexo opuesto no tengo fetiches. Parecido a Juan Calvino, me opongo a imágenes aunque carne y sangre tengan. Tambores del punk, tam tam de una juventud tan cercana y ya perdida. Se asombraba hace años, en el Café Fragmentos, un diletante literario de que me gustara el punk. ¿Cómo podía entenderlo él con tanta limitación pajera? Editor de suplemento literario, Iscariote de su grey además de semidiós.

Así, así vamos. Igor cuenta que vive en los fondos de lo que fuera el bar España. Casas viejas, republicanas, de varios patios, escondidas detrás de intrascendentes portones. Alocados años de cocteles con amargor de suicidio, en patios en que se bailaba al ritmo de la chicha y donde alguna rusa sofisticada, bien hija de puta, narraba estrambóticas historias. Había de todo, sardos y mestizos, whisky adulterado, pastas con fideo chino pero de gran sabor. Mujeres que se iban con cualquiera y volvían a contar que habían pecado, nefandas. Raimon y Al vent, los Ramones, Yo no sé qué me han hecho tus ojos. Queríamos darle importancia, creer que el tiempo era nuestro, que el arte nos pertenecía mientras contábamos fajos de brisa. No era más que un vals que ni sabíamos bailar, pero, supongo, que de esa manera se hilvana la historia; la trama es un hilo invisible que mantiene unido el tejido. Lo sé porque aprendí a tejer a mano, en telar de silla, según la tradición de Sanipaya, de las abuelas Neptalí, Anki y Uchipa (Angélica y Josefina con sus apodos aymaras porque eran de Ayopaya/Inquisivi).

¿Habré olvidado cómo cruzar los dedos? Ya no tengo hermanas que preparen el tejido para mí. De allí salían rombos, cuadrados en extraordinarios colores, cintas para chuspas, cinturones. Tejía, en muestra de amor, para mis amantes joyas. De nada sirvió, ni que les contara leyendas africanas de Blaise Cendrars.

Terminó el disco de Billy Idol. Sigo con The Pixies.

He estado recorriendo la historia del Rhythm & Blues que me apasiona. No lo que hacen ahora sino hasta los años 70, más o menos. Pensaba, recordando a mis amigos negros de 1989, en que eran hijos de este ritmo que copió con talento el Rock and Roll. Recién se esbozaba el rap. El joven Anthony creaba letras y hacía música con los labios mientras limpiábamos hongos tipo B para enviarlos al Willard Hotel o al Sheraton. Pero los negros viejos, casi todos venidos del sur, habitaban otro tiempo, tarareaban blues rurales y usaban zapatos de cuero.

Hubo un intervalo de tiempo, en los 80, en que le costaba a la música deshacerse de sus ancestros. Aún alardeábamos con cuchillos y fumábamos hash en manzanas verdes adecuadas con papel estaño. Había fenciclidina, cierto, Phencyclidine o phenylcyclohexyl piperidine (PCP), el polvo de ángel que te hacía mierda. Luego me enfrasqué en batalla singular con un soldado asesino de la guerra civil de El Salvador que prácticamente quiso devorarme una oreja y perdí el trabajo. Abandoné los docks del mercado de abasto de Gallaudet un viernes a mediodía luego de cobrar el último peso. Murió una época, vinieron otras. El cargador de camiones que fui, bravo y poderoso, dio paso a otros aliases de mi vida. Sin embargo aquello quedó muy marcado. Tres años en que conviví en un universo que ni en cine había imaginado. Medianoches alrededor de turriles con fuego, durmiendo sobre sofás desvencijados en alguna esquina, oliendo a cebolla y con moretones en los brazos. Dormía bendito cuando alrededor se asesinaba a sí misma la miseria y las amigas negras tragaban sus bellos blancos dientes igual a tostado. Vagaban, ninfas oscuras del silencio, por rincones en que se pedía espacio a las ratas para tener un coito rápido. Crack es sonido de ruptura, corazones y mentes rotos.

Divago, trashumo, destapo el velo de oblivion que se echa sobre el recuerdo. No deseo olvidar lo único que tengo. Leía a Dylan Thomas. Pero era bueno con cuchillos, los arrojaba en par hacia las cajas de patatas. Temblaban al penetrar y luego la calma. Salía jugo, sangre incolora de tubérculos. Tejía mi leyenda según Kierkegaard; los negros que me querían, Big Mike, Wayne, abrían Colts 45 malteadas para festejar posibles cadáveres. Escuchábamos a Gladys Knight & the Pips, amaba a la prima negra de Mike en la casona victoriana detrás de la estación. Te irás, afirmaba, eres el viento del crepúsculo. Por la noche, en mi tibia hermosa cama del barrio rico de Tenleytown abría páginas de Emanuel Swedenborg. El domingo me sentaba con una cerveza al borde del canal mientras los estudiantes de Georgetown pasaban rápidos con largos botes y remos de competencia.

Batería rítmica de David Lovering, de los Pixies, guitarra y bajo. Invocación. Las tres de la tarde llegan con lluvia, han crecido flores salvajes sobre mi pared de atrás. El teléfono no ha sonado y me llegan menos cartas que al coronel.

Por la noche retornaré a Ray Charles a todo volumen. Solo lo reduzco cuando veo autos policía, no sea que muera por una canción. Dejé atrás el romance, y nada vale unas balas que de tu cuerpo perforado echen efímero humo de música negra.

04/05/2023
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Imagen: Emil Filla/La muerte de Orfeo, 1937

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