Flores, suspiros y lágrimas entre el granito y el mármol de Carrara


Concha Pelayo


“Poesía eres tú”

El día, en Zamora, amaneció magnífico para que la festividad de Todos los Santos permitiera la asistencia masiva de miles de zamoranos al cementerio de San Atilano. Nada más entrar en el sagrado recinto, mis pasos inconscientes me dirigieron hasta la tumba de Claudio Rodríguez mientras recordaba la conversación mantenida con Clara hace algunos meses. “Claudio vive conmigo y me habla”. Me acerqué hasta la última morada del poeta para ver si yo también podía oír sus palabras. Cerré los ojos y a mi mente llegó la última conversación que mantuve con el poeta hace ya algunos años, en 1.995, con motivo de una comida en el París, con unos cuantos amigos. Tuve la suerte de tener a mi lado al poeta y me habló sin parar durante toda la comida. Apenas comió y no dejó de fumar. Hablamos de muchas cosas, aunque él habló mucho más que yo. Se confabularon la ebriedad y la sobriedad. Se confundieron los significados. Se perfilaron algunos versos. Se cuestionó qué era la poesía. Y Claudio me dijo, galante, como un Juan Tenorio del siglo veinte, que era yo. Ayer volví a escuchar sus palabras junto a su tumba, junto a la obra de su amigo y amigo mío, Luis Quico. Ayer, las lágrimas de Luis Quico, se resbalarían por sus mejillas un poco más abrasadoras, un poco más impacientes y rebeldes. Fernando está junto a Claudio. Ambos miran a Luis e intentan calmar su alma atormentada. “Calma Luis, los dos estamos bien, calma”.

Seguí caminando entre las tumbas, mientras iba encontrándome con muchas caras conocidas. Mi amiga Carmen, compañera de la UNED, a la que hacía tiempo no veía. Hablamos. Vive en Madrid, en las Rozas. Estaba feliz. Zamora es para ella, solamente un viaje de cuándo en cuándo. Cientos de zamoranos, ayer, también estaban en la ciudad por los mismos motivos. Todos se irán. Aquí esperamos su vuelta los más románticos. “Lo que el alma hace por su cuerpo, es lo que el hombre hace por su pueblo” dejó escrito Gabriela Mistral en su tumba. Y Camilo José Cela añadió “quien resiste gana”. ¡ay...!

Y yo escribo, /Cementerios, solo sois ruinas humanas/ cobijando ambiciones miserables / pasiones ocultas, vanas.../

Seguí mi camino entre flores y la frialdad del mármol y la piedra. Otra tumba, un poco más alejada, se hallaba rodeada de algunos jóvenes. Hablaban en silencio y musitaban. Hacían compañía a un amigo, José Antonio, que también se fue, dejando en el desconsuelo a sus padres. La paz ya llegó para el joven José Antonio.

De repente, un hermoso panteón, muy próximo al de Claudio llamó poderosamente mi atención. Un monumento blanco, de cuatro metros de altura y tres de profundidad se erigía entre las tumbas con orgullo gitano. Se construyó hace cuatro años. Desde Italia trajeron el más hermoso mármol de carrara, con el mismo que se construyó el Partenón de Atenas y en él reposan los restos de tres miembros de la familia Salazar Jiménez. Varios familiares rodeaban el monumento dispuesto a pasar allí parte del día: Ana Bermúdez, nuera del patriarca fallecido hace un año, Antonia Jiménez, su esposa, Ramón Salazar, su hijo, Ramón Salazar, su nieto, además de dos hermosas gitanas de espesas caballeras negras. Habían llegado desde Galicia el día anterior. El próximo día siete, se reunirán el resto de familiares llegados desde toda España para honrar a sus muertos. Los gitanos viven la muerte con la misma pompa que las bodas, aunque sientan el corazón afligido. Hay que compartirlo todo. Todos se reunirán en el cementerio y, después celebrarán una gran comida familiar todos juntos. Comerán una sopa hecha de pan.

La familia Salazar se dedica al comercio. Son ricos. El mausoleo les ha costado tres millones de pesetas. Todo les parece poco para sus muertos. Ana Bermúdez se levantó ayer por la mañana, a las siete y se puso a llorar. La más anciana, Antonia, me dio una magnífica lección de fe. Es “visionaria” y me cuenta que ha visto caminar por el cielo a los tres fallecidos.

Por la tarde, en el cementerio de Muelas del Pan, me esperaba mi padre, mis abuelos. En el interior de la tapia de piedra amusgada, las lagrimas de la familia de Diego Martín corrían como el agua de la lluvia y empapaban el corazón de los presentes. Descansen todos en paz.

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