Barrios


Los étimos se pierden en las noches de los tiempos. Y con las traducciones uno puede perderse aún más. Estaba buscando el étimo de barrio, su origen árabe ofrece un abanico de “soluciones”. Un barrio puede ser “toda subdivisión, con identidad propia, de una ciudad, pueblo, parroquia o centro poblado”. Así las enciclopedias cibernéticas describen cuanto iba buscando. En su traducción a mi lengua madre, el italiano, es quartiere, y una infinitud de sinónimos acompañan este término. Ninguna lucha entre significado y significante. Un barrio es aquel territorio donde todos, o casi todos, se conocen. Así desde niño me pareció vivir este espacio más o menos delimitado por diferentes motivos. Un territorio puede tener infinitas definiciones, muchos confines, diferentes caracteres. Y un barrio es siempre un fenómeno dinámico y estático al mismo tiempo, cambian algunos residentes, las generaciones, algunos oficios van cerrando, otros nuevos aparecen. Alguien nace y muere ahí, se ven como aquellos ancianos que tan espléndidamente describe Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles.

Donde no llegó la tempestad del progreso, con la llamada gentrificación, la gente aún se conoce, hay casas populares, en muchos casos antiguas concentraciones de oficios y profesiones, el barrio minero, del periodista, del magisterio, todos juntos se reunían gracias a las mismas actividades, a una relocalización o a una inversión hecha en conjunto. Espacios definidos por similitudes, por voluntad o por necesidades.

El locoto verde fueron unas páginas que circularon durante un tiempo entre los residentes del barrio 18 de mayo. Yo mismo cuando viví por un tiempo en Montelupone, un pueblo del centro de Italia, redactaba junto a otros del quartiere un panfleto o revista que llamamos Partecipazione. Hoy todo esto me parece arqueología.

Voy paseando, como enseñaba Nietzsche, con memoria e imaginación. La transformación del paisaje ha devastado muchos barrios, a pesar de la crisis el hormigón sigue avanzando, creciendo, difundiéndose y hay siempre menos verde, menos árboles, menos oxígeno y más calor en la que un dia fue la ciudad jardín. Pocas figuras definidas e indefinidas aparecen, se reconocen, se acercan, dialogan. Los demás son fantasmas. En algunas zonas se han instalado nuevos comercios, la tiendita ya no abre por la noche, la señora quedó viuda, es muy anciana y vive sola; la pollería de la esquina se ha especializado en ofrecer alitas picantes, a su lado una de las hijas recién ha inaugurado una pastelería con facturas argentinas, los años en Buenos Aires no le cambiaron solo el acento colla sino le dieron una nueva profesión. El plomero que hacía también de electricista, de cerrajero y de albañil se ha retirado, se lo ve siempre sentado en un banco del parque esperando alguien con quien hablar mal del gobierno de turno. El barrio tiene por definición que ahí no puede y no debe faltar nada: la frutera y la verdulera, la carnicera y el mecánico, la pequeña ferretería, una salteñeria, la vendedora de coca, un agachadito con el almuerzo, y siempre una actividad nueva que funciona por un tiempo y luego cierra y de pronto aparece otra que dios sabe cuánto durará. Solo los domingos el canillita en su bicicleta despierta los vecinos ofreciendo La Voz, Gente y Los Tiempos. Las noticias corren por otros canales y con mayor velocidad.

Hace treinta años atrás, cuando llegué a Cochabamba conocí el barrio de Cala Cala, casas de dos pisos, barrio residencial de clase media, maestros, algunos abogados, jubilados, médicos, los que comúnmente ayer llamábamos profesionales. La plazuela Franz Tamayo era donde a veces se los podían ver hablar entre ellos, pero los tiempos estaban cambiando y Cochabamba también cambiaba. Iba mucha gente aun en bicicleta, la Libertador Bolívar no era el infierno de autos que es hoy. Realmente sudamericana se ha vuelto esta urbe que nunca será ciudad, sino eternamente un pueblo grande. Al trasladarme vi toda esta escalofriante metamorfosis. Sarco era periferia, barrio en formación, en la avenida Beijing aun inexistente reinaban centenares de eucaliptos bordeando el canal. Brutal el cambio. Brutal el impacto. Me parece ayer cuando tuve que inventar un puente hecho con troncos para entrar en la casa en aquella época de lluvia que fue una verdadera época de lluvia. Barrio con dos o tres tienditas que tenían siempre lo mismo y a veces le faltaba todo, una muy improvisada sillpancheria, un solo trufi que circulaba hasta las 5, máximo 6 de la tarde y ningún taxi que se atrevía acercarse hasta ahí.

Han cambiado los tiempos, pero sobre todo el tiempo. Y no hablo del clima. Hablo del tiempo biológico, de nuestro concepto de él, de nuestro accionar. Esta noche, por ejemplo, al caminar por este barrio, la primavera que se choca con el invierno, una alfombra de flores de jacaranda en las aceras, y en el cielo un estupendo cuadro de Turner. Nadie que observa, colas en las dos o tres farmacias -¡muchas enfermedades en este pueblo grande!- todos absortos en sus pantallas, semáforo rojo que no siempre se respeta y mi mente que va pensando en cómo se pudo solamente ahora reconocer que el mapa de Mercator no era correcto. ¿Y los viajes de Magallanes, de Colon y la ilusión de muchos otros que navegaron y otros que tal vez mañana no encuentren su camino? Y yo que leyendo a Roa Bastos creí en la carta de Toscanelli.

El barrio era un lugar seguro, ahora recordamos como fue un tiempo y también los movimientos de nuestra memoria, decía Julián Barnes que “cuando somos jóvenes nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás”.

Maurizio Bagatin, 9 de septiembre 2026

Imagen: Foto “Pop Art” de mi familia en Sarco de inicio de este siglo

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