Flores & Plantas


Ahora entiendo el entusiasmo y la pasión de Linneo, el pathos y la voluptuosidad de muchos botánicos. Solamente el jardín de la casa merecería un diccionario de flores & plantas.

Los jazmines se pelean entre ellos. El jazmín paraguayo con el alemán, después del crepúsculo sus aromas se enfrentan hasta dejarnos aturdidos. El teutón recordará su eterna e irrefrenable voluntad de batalla y el paraguayo se defenderá frente a un destino que lo ha privado del aire y de la sal del mar. Mareo de mucha historia, al abrir el portón confunde los pensamientos, recordando un paso de Oscar Wilde, de cuando el estado de ánimo es la gloria de los perfumes: “…las violetas evocan el recuerdo de pasiones extinguidas, el almizcle perturba el intelecto y la magnolia da color a la imaginación”.

Los colores compiten en las cucardas y en las amarilis. Sin definición, se contrastan y se encuentran: injertos que van explorando nuevos horizontes cromáticos. Éxtasis para los insectos, placer y alimento para pájaros y abejas, mariposas y la pareja de halcones que ya son de casa. Arquitecturas de arañas, nidos de azulejos, reparos de gatos callejeros, hay un mundo que pocos observan con admiración. Violetas de los Alpes y violetas africanas, extraño encuentro, como si Aníbal a su paso hubiera dejado un testimonio de su presencia no tan efímera. Hay flores y plantas que se trasladaron con los pasos del ser humano. En la pared de adobe resiste el bambú de Masashi Asano, aquella emigración que inició después de la Segunda Guerra Mundial en Okinawa aun reside en esta tierra que los acogió. El viejo olivo que trajo del visionario ingeniero Saavedra me hace recuerdo a Martin Cárdenas, en el jardín botánico de la Muyurina nos reímos al leer: “Olea europaea (planta ornamental)”. “¿Y, si da fruto?”, me dijo el “gringo loco”.

Los niños deberían pasar clases en un jardín, en una huerta, al aire libre. En primavera acompañados por el canto de los pájaros, viajando con las desparramadas nubes del cielo. Ahí mil palabras entonarían el único himno necesario, el himno a la naturaleza. Linneo me embriaga con sus latinas clasificaciones: Reino, División, Clase, Subclase, Orden, Familia, Subfamilia, Genero y Especie. ¡Que trabajo! No podía que admíralo Borges. Debe haber sido lo mismo perderse en la biblioteca de la universidad de Uppsala que en los jardines de Ginebra o en un parque a la “orilla”, intentando definir el “idioma primitivo” de Tlön. Un dia se logrará leer mientras se siembra, regar mientras se escribe, oír una clase de botánica con un cuadro de Rousseau “El Aduanero” o, cosechando los frutos, con uno de Arcimboldo.

Helechos que cruzan la sombra del jacaranda, cactus San Pedro ordenados frente a las lenguas de suegras, los aloes que suspiran bajo el olivo del Salento. Enramados tejidos de verdes a suspenso para nuestras retinas. Está la glicina al encuentro con la lluvia de oro, la buganvilla con nombre de Santa Rita pellizcando la vid. Hay una foto para Tina Modotti, una acuarela para Mario Unzueta y un fresco para Giotto: alcatraces en búsqueda de humedad, de un alivio al calor de la tarde, bajo el higo recuerdan el pasado de Kjocha Pampa. Fue el deleite de Tadeo Haenke, la armonía que encontraron Humboldt y d’Orbigny. En un paso del Juan de la Rosa, Nataniel Aguirre recuerda: “Yo sé de viñedos y olivares que han sido arrancados o destruidos por el fuego…”. Hubo flora y fauna que enriquecieron este valle tan fértil.

Los geranios son exuberantes en las macetas, más tímidos y reservados los anturios, cuidadosas de su carácter las hortensias, orgullosos de su personalidad los ancianos molles. Nombres de fabulas para niños y también para nosotros que seguimos intentando ordenarlos en un jardín como si fuera la ilustración que siempre hemos deseado. El diccionario soñado es la otra Babel donde van entrando también los mas olvidados, el diente de león, el suncho, la ortiga y la malvilla, mas aun la flor de la papa, de la cebolla, de todos los que mañana también se volverán frutos. Pronto, con las primeras lluvias, aparecerán la verdolaga, el llantén y la quirquiña; el tomate Cherry seguirá atrapándose al limonero, como lo hacen algunas enredaderas silvestres, camuflando su intromisión en los jardines. Los líquenes hace tiempo que desaparecieron, creo que reconocieron el pésimo estado del aire, los recuerdo que parecían abrazar algunos árboles, las piedras de la vieja piscina, hasta mimetizarse con el adobe.

Si uno se pone a pensar, las flores del mal de Baudelaire están entre nosotros, la Epiphyllum oxypetalum que llamamos la flor de las mil y una noche. En la noche bajan al jardín Jeanne Duval y Sherezade, y si miramos al infinito, la flor de loto que consumió Ulises, la rosa amarilla del poeta. Es la fragilidad y la fortaleza de la memoria. Nos recuerda Fernand Braudel que Magón, un agrónomo cartaginés, aconsejaba que “quien haya adquirido una tierra debe vender su casa, así no preferirá su residencia citadina a la de los campos”. Como siempre, estoy regando jardines y cultivando palabras.

Maurizio Bagatin, 14 de septiembre 2026

Foto: Amarilis en el jardín

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