Para Mário Quintana: la muerte que camina con nosotros


Márcia Batista Ramos

Mário Quintana es un poeta tan singular. Tiene esa capacidad, aparentemente sencilla y en realidad extraordinaria, de despojar a la muerte de su solemnidad terrorífica y traerla al comedor de diario, sentarla a la mesa y ofrecerle un café con gotitas de limón.

En su poesía, la muerte no aparece necesariamente como una ruptura violenta. Es, más bien, una costura invisible del día a día. Está allí, entre las horas, mezclada con los objetos, los recuerdos, las pérdidas pequeñas, aquello que envejece mientras todavía lo estamos mirando y sin percatarnos, envejeciendo junto. Quintana no parece interesado en levantar un muro entre la vida y la muerte, como si fueran territorios enemigos. Prefiere dejar abierta la puerta.

Y al humanizarla consigue algo extraordinario: que la aceptación de nuestra finitud no nazca del nihilismo, sino de una ternura profunda hacia la existencia.

Quintana prefiere conversar con la muerte.

Quizá porque sabe que el miedo no desaparece cuando lo nombramos con solemnidad. A veces ocurre lo contrario: se vuelve más grande, más abstracto, más distante. La muerte convertida en concepto puede resultar aterradora; convertida en presencia cotidiana, en cambio, adquiere otra dimensión. Sigue siendo misteriosa, pero deja de ser completamente ajena.

La muerte deja entonces de ser el opuesto de la vida para convertirse en su sombra más fiel. Una sombra que no existe sin aquello que la proyecta y que, paradójicamente, es también la que mejor define sus contornos.

Porque sabemos que algo termina, y por eso lo miramos.

Sabemos que una tarde no volverá, que una voz puede convertirse en recuerdo, que una casa puede dejar de ser nuestra casa, que incluso nosotros mismos vamos abandonando, sin advertirlo, las personas que alguna vez fuimos.

La muerte está también allí: en la manera de atravesar la vida dejando puntos finales y despedidas a cada instante. No solamente en el último momento, sino en esa lenta desaparición de las cosas que llamábamos permanentes.

Quintana parece percibirlo sin convertirlo en tragedia. Hay en su mirada una delicada irreverencia frente a lo definitivo. Como si la muerte mereciera menos monumentos y un poco más de conversación. La mira con la misma ternura con que mira un pájaro o un jacarandá florido en la Praça da Alfândega.

Es posible que por eso su poesía pueda ser melancólica sin ser triste.

Quintana no necesita negar la muerte para afirmar la vida. Tampoco necesita prometer una eternidad para encontrar sentido en lo efímero. Le basta con mirar. Mirar verdaderamente. Y acaso mirar sea ya una forma de resistencia contra la desaparición.

Porque cuando miramos algo con verdadera atención, lo arrancamos, aunque sea por un instante, de la indiferencia del mundo. Un rostro deja de ser apenas un rostro; una calle, una tarde, una palabra o un poema adquieren una presencia que antes no tenían. Es una forma mínima de resistencia frente a aquello que la muerte, tarde o temprano, habrá de tocar.

Y quizá ahí resida la extraña sabiduría de Quintana: comprender que nuestra condición mortal no vuelve inútil la existencia. La vuelve preciosa sin necesidad de decir que lo es.

La finitud puede ser la medida secreta de las cosas.

Hay algo todavía más desconcertante en la manera en que Quintana se aproxima a la muerte: no la imagina como una visitante que un día llegará desde afuera. En uno de sus poemas más reveladores, Minha morte nasceu, invierte la dirección de nuestra imaginación. La muerte también tiene un nacimiento.

Si la muerte nació, entonces no comenzó con nuestra última respiración. Ya estaba vinculada a nosotros desde el principio. No como una sentencia suspendida sobre la cabeza, sino como una posibilidad que crece silenciosamente al mismo tiempo que crecemos nosotros.

La muerte, entonces, no sería solamente un acontecimiento. Sería una compañía que dura toda la vida.

Durante buena parte de la vida hacemos todo lo posible por no mirarla. Vivimos como si pudiéramos aplazar indefinidamente esa conversación. La escondemos detrás de proyectos, obligaciones, pequeñas urgencias. La miramos de reojo y la dejamos para después.

Quintana hace algo distinto: la sienta a nuestro lado.

Y sentarse al lado de la muerte no significa vivir obsesionados con ella. Tal vez signifique exactamente lo contrario. Cuando deja de ser una figura monstruosa que aguarda en algún lugar remoto, puede empezar a formar parte de la intimidad de la vida. Obligando a preguntar: - ¿Qué hago con el hecho de estar vivo?

Ahí la poesía de Quintana adquiere una delicadeza que fácilmente podría pasar inadvertida. Su conciencia de la muerte conduce hacia una atención más fina, como si saber que las cosas terminan obligara a mirarlas mejor.

Quizá por eso en su universo poético lo pequeño adquiere tanta importancia. No porque Quintana ignore las grandes preguntas, sino porque sospecha que las grandes preguntas viven escondidas en las pequeñas cosas, así como también la muerte.

Después de todo, morir no es solamente abandonar el mundo. Antes de eso, hemos pasado la vida perdiendo pequeñas parcelas de él. Hay lugares que ya no existen, personas que ya no podemos llamar, edades que no regresan, versiones de nosotros mismos que quedaron atrás sin ceremonia alguna.

Por eso la muerte, en la obra de Quintana, comienza mucho antes de la muerte. Pero también su permanencia.

Algo de lo vivido se queda en nosotros de una manera que no sabemos explicar. Y quizá la poesía nazca precisamente de ese territorio ambiguo: aquello que ya pasó y, sin embargo, continúa ocurriendo.

Por eso resulta difícil hablar de la muerte en Quintana sin hablar del tiempo. No del tiempo de los relojes, ese que avanza con una indiferencia casi administrativa, sino del tiempo íntimo: el que transforma las cosas mientras todavía creemos tenerlas.

Porque el tiempo no solamente pasa. También se lleva. Se lleva una edad, una casa, una voz, una costumbre. Se lleva el rostro que conocíamos de una determinada manera y que un día descubrimos cambiado. Se lleva incluso aquello que fuimos, sin pedirnos permiso y sin dejarnos siempre la certeza de haberlo vivido plenamente.

Hay una muerte diminuta en cada instante que deja de ser presente.

Una tarde cualquiera no es solamente una tarde. Es también una tarde que no volverá a ser exactamente aquella. Una conversación se está perdiendo mientras sucede. Una persona que amamos está envejeciendo delante de nosotros. Incluso la felicidad, cuando la reconocemos como felicidad, ya empieza a pertenecer a la memoria.

El presente tiene algo de despedida y, sin embargo, no por eso deja de ser presente. Quizá allí se encuentre una de las paradojas más hermosas de Quintana: la conciencia de la finitud no lo aparta del mundo, sino que lo devuelve a él. La muerte hace visibles los contornos de las cosas: aquello que puede perderse adquiere relieve, lo que puede terminar merece atención y lo que no volverá exige nuestra mirada.

El tiempo no es simplemente el camino hacia la muerte, sino el espacio donde esta ocurre en pequeñas desapariciones que aceptamos casi sin advertirlas. Cada minuto se pierde, cada día termina, mientras nosotros intentamos conservar, fijar, detener. Pero el tiempo trabaja silenciosamente: desgasta, transforma y, finalmente, convierte la presencia en recuerdo.

Y, sin embargo, hay una extraña compensación en ese proceso. Si todo estuviera destinado a permanecer intacto, quizá nada tendría verdadera urgencia. Podríamos dejar para mañana una palabra, una mirada, una visita, un poema. Es precisamente porque el tiempo se lleva las cosas que la vida adquiere esa intensidad secreta y que el instante, antes de desaparecer, nos reclama.

La muerte no es solamente aquello que nos espera; es también aquello que vuelve precioso lo que tenemos. Vivir consiste, en cierta medida, en aprender a perder: perder sin dejar de amar, dejar ir sin convertir cada despedida en tragedia, aceptar que las cosas pasan por nosotros sin que podamos poseerlas por completo. El tiempo no nos pertenece, ni tampoco la vida. Tal vez solo nos sea concedido el breve privilegio de estar aquí mientras las cosas ocurren y de mirarlas antes de que la tarde se vaya, la voz se vuelva recuerdo y nosotros mismos nos convirtamos, sin advertirlo, en alguien que alguna vez fuimos.

Pero si el tiempo se lleva, también deja algo atrás. Hay muertos que no terminan de morir, no porque exista una promesa de eternidad capaz de tranquilizarnos, sino porque algunas presencias continúan actuando después de la desaparición: permanecen en la memoria, en una frase que regresa de pronto, en un gesto aprendido de quien ya no está, en una manera de mirar el mundo que quizá heredamos sin saberlo.

Es entonces cuando aparece esa imagen luminosa: a luz do morto que não se apaga nunca. No es la luz de la inmortalidad. Es algo más frágil y, quizá por eso mismo, más verdadero.

La luz que deja un muerto no ilumina para siempre del mismo modo. Cambia de lugar. Se deposita en quienes lo recuerdan. A veces permanece durante años sin que sepamos que está allí; otras veces vuelve inesperadamente, provocada por una palabra, una música, una calle, el olor de una casa que ya no existe.

El muerto ha desaparecido. Pero algo suyo continúa encendiendo el mundo. Tal vez la memoria sea precisamente eso: una forma de luz que no consigue devolver la presencia, pero se niega a aceptar completamente la ausencia.

La verdadera permanencia no consiste en escapar del tiempo. Consiste en haber dejado algo en su interior que el tiempo no consiga borrar del todo. La muerte puede cerrar una vida. No puede determinar por completo lo que esa vida seguirá haciendo en quienes permanecen. Y aquí aparece, para mí, una memoria que vuelve imposible hablar de Quintana solamente desde la literatura.

Durante mi adolescencia, algunas veces, cuando iba al dentista —su consultorio quedaba a unas cuatro cuadras de la Rua Caldas Júnior—, pasaba por la esquina de la Rua Caldas Júnior con la Rua dos Andradas, la antigua Rua da Praia.

Era una esquina que pertenecía también a la vida cotidiana de Mário Quintana. Él trabajaba en el Correio do Povo, en la Rua Caldas Júnior, y vivía en el Hotel Majestic, en la Rua da Praia. Su recorrido cotidiano hacía posible aquellos encuentros.

Yo no iba en busca de un poeta. Simplemente, iba al dentista. Y algunas veces nos encontrábamos.

Él sonreía y me decía:

—Boa tarde.

Yo contestaba y seguía mi camino. Nada más. No había conversación ni ceremonia. Yo era muy joven y no podía saber todavía que aquellos encuentros, tan breves y cotidianos, terminarían convirtiéndose en memoria.

Quizá la vida tenga esa curiosa manera de fabricar recuerdos sin avisarnos. Aquellas dos palabras eran entonces apenas un saludo del poeta. Hoy contienen una calle, una ciudad, una edad que ya no existe y la presencia de un hombre que murió hace tantos años y que, de muchas formas, aún existe como poeta.

Cuando pienso ahora en su poesía sobre la muerte, me resulta imposible separar al poeta de aquel hombre vivo que alguna vez vi caminar por Porto Alegre, me sonrió y me saludó.

La luz que deja un muerto no ilumina para siempre del mismo modo. Cambia de lugar. Se deposita en quienes lo recuerdan. A veces permanece durante años sin que sepamos que está allí; otras veces vuelve inesperadamente, provocada por una palabra, una música, una calle, el olor de una casa que ya no existe.

No es una luz abstracta. Tiene una calle y una esquina. Tiene dos edades: la que yo tenía en aquel momento y la que él tenía. Tiene una voz.

Hay muertos que no terminan de morir, no porque exista una promesa de eternidad capaz de tranquilizarnos, sino porque algunas presencias continúan actuando después de la desaparición: permanecen en la memoria, en una frase que regresa de pronto, en un gesto aprendido de quien ya no está, en una manera de mirar el mundo que quizá heredamos sin saberlo.

No recuerdo una imagen monumental. Recuerdo una sonrisa, una voz, un saludo. Y entonces comprendo de otra manera aquella luz do muerto que não se apaga nunca

Quizá por eso Mário Quintana puede acercarse tanto a la muerte sin quedar atrapado en ella. La muerte se lo llevó, como habrá de llevarnos a todos. Pero no pudo borrar completamente su presencia del mundo.

Queda la palabra, la memoria. Queda aquello que, sin saberlo, dejamos encendido en la vida de otro. Y quizá la poesía sea una de las formas más delicadas de esa permanencia. No vence a la muerte. No promete lo que no puede cumplir. Simplemente recoge aquello que está a punto de perderse y lo mantiene, por un instante más, bajo la luz.

Por eso, cuando vuelvo a aquella esquina, no pienso solamente en un poeta muerto.

Pienso en un poeta vivo. En una adolescente que todavía no sabía que estaba viviendo un recuerdo. En una sonrisa. En dos palabras: —Boa tarde.

Y la muerte, por un instante, parece retroceder unos pasos. Porque la memoria acaba de encender una luz. Una luz que, de algún modo, todavía me encuentra.

A luz do morto que não se apaga nunca.

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