Márcia Batista Ramos
Grande Sertão: Veredas, de João Guimarães Rosa, es uno de esos libros que modifican nuestra manera de entender qué significa narrar. Más que contar una historia situada en el interior brasileño, Guimarães Rosa parece haber comprendido que, para penetrar verdaderamente en ese mundo, era necesario transformar la propia lengua. La geografía del sertón exigía otra forma de decirla, porque el portugués convencional, con sus límites y sus hábitos, no alcanzaba para contener la dimensión física, humana y metafísica de aquello que el escritor quería hacer aparecer.
Por eso su escritura no se limita a incorporar palabras regionales. João Guimarães Rosa interviene la lengua desde dentro: inventa neologismos, recupera arcaísmos, altera la sintaxis, aproxima la escritura a la oralidad y explora una musicalidad que hace que las palabras parezcan avanzar, retroceder y desviarse como los propios caminos del sertón. No se trata simplemente de reproducir una manera de hablar, sino de construir una lengua capaz de revelar una realidad que todavía no había encontrado una forma definitiva de ser nombrada. El lenguaje deja entonces de ser instrumento de representación para convertirse en territorio.
El sertón de Guimarães Rosa no es solamente un espacio áspero del interior brasileño. Es una geografía que se desplaza constantemente entre el mundo exterior y la conciencia. Está en el polvo de los caminos, en los ríos, en los animales, en la violencia, en la guerra entre los jagunços, en el miedo y en la muerte, pero también está en aquello que los hombres piensan, desean, recuerdan y no consiguen comprender. El sertón termina entrando en quien lo atraviesa hasta convertirse en una forma de conciencia.
Por eso el mapa de Grande Sertão: Veredas no puede reducirse a coordenadas ni a una topografía convencional. Está dibujado con el pulso de la palabra. Guimarães Rosa no utiliza el idioma para colocar delante del lector un paisaje que existiría previamente, esperando ser descrito. Hace algo mucho más radical: permite que el paisaje, los hombres y sus destinos vayan adquiriendo existencia a medida que son pronunciados. La realidad parece surgir y desaparecer en el propio acto de narrarla.
La voz del protagonista Riobaldo, es decisiva para comprender esta operación. Él habla desde la distancia de quien ya vivió aquello que intenta contar, pero esa distancia no le concede claridad. Al contrario, recordar significa volver a entrar en una experiencia que permanece abierta. Riobaldo cuenta su vida mientras intenta descifrarla; reconstruye los acontecimientos al mismo tiempo que los interroga, los juzga y, en ocasiones, parece desconfiar de aquello que él mismo acaba de afirmar. Un recuerdo conduce a otro, una certeza abre una duda, una explicación vuelve a convertirse en pregunta. Su relato no avanza en línea recta porque tampoco la memoria, ni la conciencia, ni la vida obedecen a una línea recta.
En ese sentido, las veredas del título adquieren una dimensión que excede la geografía. Son también las bifurcaciones de la existencia. Cada camino recorrido contiene otros que quedaron atrás y que ya no pueden ser recuperados. Riobaldo narra desde ese territorio en el que vivir significa elegir sin conocer plenamente las consecuencias de la elección.
La frase que atraviesa la novela —“el sertón es del tamaño del mundo”— adquiere así una resonancia que va mucho más allá de la extensión territorial. El sertón es inmenso porque contiene las preguntas fundamentales de la existencia: el amor, la violencia, la muerte, el miedo, la libertad, la culpa, el deseo y la posibilidad de que nuestras decisiones estén determinadas por fuerzas que no alcanzamos a reconocer. El mundo entero cabe en ese territorio porque, en realidad, el sertón funciona como una figura de la condición humana.
Y allí reside una de las grandes audacias de Guimarães Rosa: la novela no utiliza el lenguaje para representar el mundo; hace que el mundo vuelva a nacer dentro del lenguaje.
Las palabras de Riobaldo no son un simple vehículo narrativo. Poseen tierra, ritmo, memoria e invención. En ellas conviven la oralidad y la literatura, la palabra popular y la experimentación erudita, la tradición y aquello que parece surgir por primera vez. João Guimarães Rosa no describe el sertón desde una distancia segura; deja que el sertón contamine la lengua, que la transforme, que la vuelva irregular y, por momentos, casi indomable.
Leer Grande Sertão: Veredas exige aceptar esa desorientación. El lector tampoco recibe un camino completamente seguro. Debe atravesar la lengua como Riobaldo atraviesa el sertón, siguiendo señales que pueden desaparecer, regresando sobre una palabra, sospechando de una certeza, comprendiendo que muchas veces aquello que parecía ser una respuesta era apenas otra forma de formular la pregunta.
Pero quizá el verdadero sertón de la novela sea el territorio de la elección.
Riobaldo vive perseguido por una duda que nunca consigue cerrar del todo: ¿existe el Diablo o aquello que los hombres llaman Diablo nace de su propia culpa, de su miedo y de su necesidad de atribuir un sentido al mal? La cuestión del pacto no puede reducirse a una disputa entre fe y superstición. En el fondo, es una pregunta sobre la libertad y sobre la responsabilidad. Si existe una fuerza exterior que conduce nuestras acciones, entonces nuestra voluntad queda comprometida; si esa fuerza no existe, debemos asumir que somos nosotros mismos quienes elegimos, deseamos, dañamos y cargamos después con las consecuencias.
La novela no ofrece una solución tranquilizadora porque Riobaldo tampoco puede encontrarla. Su relato entero es una tentativa de comprender aquello que ocurrió, pero también de comprender quién era él cuando aquello ocurrió. Por eso el monólogo frente a ese interlocutor silencioso tiene una importancia decisiva: hablar no significa simplemente recordar. Significa volver a construir el pasado desde el presente y descubrir que cada nueva interpretación modifica aquello que creíamos recordar.
En ese movimiento aparece también Diadorim, quizás la presencia más enigmática de toda la novela. Nombrar a Diadorim es para Riobaldo volver a entrar en una experiencia donde el amor, el deseo, la amistad, la identidad y la pérdida permanecen inseparables. El nombre no designa simplemente a una persona ausente; conserva una herida. Pronunciarlo significa recuperar aquello que el tiempo no consiguió resolver.
Aquí la palabra adquiere otra dimensión. Nombrar no es solamente señalar algo que ya existe. En la novela, nombrar es volver a hacerlo presente, aunque esa presencia esté hecha de memoria, ausencia y lenguaje. Riobaldo habla para no perder completamente aquello que perdió, pero al hacerlo descubre que tampoco puede recuperar el pasado tal como fue. Solo puede reconstruirlo mediante palabras.
Por eso el acto de narrar tiene una dimensión casi ontológica. La palabra no viene después de la experiencia como una explicación secundaria. Es el lugar donde la experiencia adquiere forma, donde el caos de lo vivido encuentra —aunque sea provisionalmente— una posibilidad de sentido. El mundo no aparece primero, perfectamente constituido, para ser después traducido al lenguaje. En Grande Sertão: Veredas, mundo y palabra parecen hacerse simultáneamente.
Tal vez sea esta una de las razones por las que la novela continúa interpelándonos. El sertón de Guimarães Rosa pertenece a una geografía precisa, pero no permanece encerrado en ella. Los caminos cambian, cambian las armas, cambian las formas de poder y cambian las sociedades; sin embargo, persiste ese territorio interior en el que el ser humano se enfrenta a una decisión sin saber nunca cuánto de su vida quedará determinado por ella.
Elegir significa también abandonar los caminos que no elegimos. Y quizá toda la narración de Riobaldo pueda leerse como el intento de volver sobre esas veredas perdidas para descubrir si en algún punto de ellas existía otra posibilidad.
Guimarães Rosa no nos entrega un sertón que podamos contemplar desde afuera. Nos obliga a atravesarlo. Y al atravesarlo comprendemos que el paisaje también nos atraviesa, que la frontera entre el mundo y quien lo mira es menos firme de lo que suponíamos y que, en determinadas obras, la lengua deja de ser una ventana abierta hacia la realidad para convertirse en la realidad misma mientras sucede.
En Grande Sertão: Veredas, el verbo no describe simplemente la existencia: la convoca, la transforma y la vuelve incierta. El sertón vive en la palabra, porque la palabra es el único territorio en el que Riobaldo puede todavía buscar aquello que la vida no consiguió responderle.
El mundo no tiene una sola vereda.
Tampoco el hombre.

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