19 de septiembre de 2018

Café con leche después del trabajo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Habla el poeta de sonrisas de entrepierna. Dice el psicólogo que aquí hay gato encerrado, o escondido, y que su característica es sexual. Yo solo veo un cuerpo enterrado, no desollado sino incólume, albo donde tiene que serlo y penumbral donde también. Reflexiono sobre el árbol crecido por encima de las tetas. Y recuerdo, las recuerdo, con sombra de hojas de molle al lado de una pared de Tiquipaya. Por ahí queda una hojita, quedaba, en este jardín gitano en que se ha convertido el derredor.

Shiva baila en bronce negro, encima del tocadiscos, sobre la destrucción de los mundos. Lo miran dos marionetas balinesas, ajenas al poder del destructor. Dibujo, escribo, Tatiana contesta al significado de la palabra “amor” como de suprema importancia. Te lo diré en tu boca, zumba. Oksana se ha callado. Juró fidelidad que le duró un día y desapareció. Los túmulos de Piñami están llenos de mujeres muertas, de cráneos sonrientes. Truena y llueve. Encima de una ruina que fuera cocina se moja un cráneo de mujer. Corro, lo embolso y lo tiro. Sonreía. Han pasado cuarenta años y sonríe. ¿Quién eres?, le pregunto. Soy ella, responde, Eva, la muerte y la resurrección.

Leo a Muzam, Jorge Muzam, y su tristeza pesa más que su montaña. Lo cierro, entorno la puerta y lo dejo doblado en su mesa. La pena tiene belleza, no hay duda, y la mortificación aún más. Escribe mientras pasa el rastrillo por los vellos púbicos de la enterrada. Siembra en ellos maíz casado con frijol. Que para algo sirvan las mujeres, parece afirmar, ya que se llevaron hasta las nubes, que nos dejaron sin lluvia y sin lluvia ni lágrimas hay. Ya no me quedan. Ni las venden. Se agotaron. Les subieron el precio. Cuestan más que la gasolina.

Tres torres gemelas de libros inclinan la mesa de cerámica. Cronistas y poetas; faroleros y empedernidos. Son las siete del domingo y quiero que mueran las restantes horas. Me acurruco en el seno de la vida, apoyo la espalda en el árbol, y cuento las canicas en el bolsillo, las que le robé a mi hermano porque nunca gané un desafío.

02/09/18 
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Publicado originalmente en el blog del autor, Le Coq En Fer, (2/9/2018)
Imagen: František Vobecký. Photomontage. 1935
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Extrañando a Evita


Pablo Cingolani

Ay, Evita, ay compañera, ay la abanderada, ay la bandera, ay nuestra Patria
Vos sí, vos si Evita, vos, sólo vos, con tu voz indomable, con tu voz de aguijones, tu voz certera
Que no decía nada más que la verdad, una verdad que dolía, nos dolía
Pero les dolía más a ellos, a aquellos que sabían que la verdad revelada, no tiene treguas

Ay, Evita, ay comandante, capitana, compañera, guía inmortal, faro de luz perpetua, cómo quisiera volver a verte viva
Desde abajo, desde adentro, desde el hogar humilde, desde el que no tiene hogar, desde el último rancho perdido de la pampa, desde la puna inmemorial, desde el fondo mismo de nuestra historia lacerante pero digna
Tan digna como fuiste vos, tu voz, tu don, tu honor, tu ímpetu imparable, tu fervor guerrero, tu mística demoledora
Tu decidida manera de inspirarnos y de ser mujer, de ser argentina, de ser aguerrida, de ser peronista, de ser siempre y solamente Evita

Ay, Evita, ay cómo extraño tu voz como truenos despertándonos, tu voz de tambores llamando al combate, tu voz desgarrada y más nuestra que nunca aquel día del renunciamiento y latiendo, viva y eterna, estos días infamantes que van pasando

Tu voz que desmiente al olvido, a la historia negra de los olvidos, a esa desmemoria que nos carcome y nos inmoviliza frente a toda la ignominia que destruye nuestra Patria, tu Patria, Evita, tu Patria

Ay, Evita, ay mi hermana, yo lo sé, yo lo siento, yo te siento. Con tu voz de volcanes sin contención, con tu voz de geologías profundas, con tu voz de micas rebeldes, tu voz de arideces tribales que no se rinden, tu voz de milagros inesperados, milagros populares, voz de fe, voz de mucha fe reunida, junta, convocada, movilizada, voz que entre todas las voces buscó siempre redención, redenciones colectivas y más milagros

Andarías armando, armando de valor, de entusiasmo, de coraje y de esperanza, a los obreros, a los trabajadores, andarías armando de emoción y de alegría al pueblo pobre, a los villeros, a los eternos descamisados, los eternos cabecitas de la historia luminosa de nuestra tierra, al hombre y a la mujer argentinos, a aquellos que vos quisiste como ninguno los quiso antes y después, a aquellos a los cuales tu amor, tu amor de matria, signó para siempre porque somos tu pueblo, amada Evita, y nunca jamás vamos a dejar de serlo

Andarías por ahí, Evita, bregando, huelleando, clamando por un nuevo 17 donde la justicia social vuelva a florecer, vuelve a desatarse y arreciar y, esta vez, sea irreversible

Andarías por ahí, casa a casa, barrio a barrio, andarías por ahí, por las montañas, los esteros y los valles, proclamando la unidad, la unidad invencible, la unidad victoriosa, la unidad del pueblo, porque ya está de más tanto dolor, ya está de más tanto atropello, tanto saqueo, ya está de más tanta desolación y tanto sufrimiento.

Andarías por ahí, pregonando con tu voz de aludes, tu voz de vientos, tu voz cascada por tu propio dolor, que ya es la hora, ya llegó la hora de la justicia popular y de hacer tronar el escarmiento.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 18 de septiembre de 2018
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Deja vú


Pablo Cingolani

Recuerdo como un murmullo inquietante una canción que cantaba Edie Brickell con los Nuevos Bohemios. Se titulaba Círculo y lo que decía la letra era espantoso: era una defensa a ultranza de la soledad, del estar solo. La voz de Edie era maravillosa, era agua del arroyo, la banda sonaba ajustada, sofisticada, cargada de una levedad imparable, todo estaba bien, salvo el puñal que debías clavarte en el corazón. Es mejor estar solo para que nadie te haga daño, susurraba Edie –dice mi recuerdo de la canción. 

Para esa misma época, los noventa, R.E.M. en la voz desgarrada y desconsolada de Stipe lanzaba al mundo un S.O.S.: Everybody Hurts, todo lastima, todo hiere, algo así según mi traducción. Leí por ahí que el tema había sido elegido como el más triste de toda la historia del rock. El rock, a priori, era rebeldía, era entusiasmo, era alegría y alegría desmesurada por la vida, una superación dialéctica y viable –nadie ansía la muerte- del sexo, drogas y rock and roll de los comienzos.

De mi país de cuna, de la Argentina, ¿qué recuerdo? Vuelvo a sentir la potencia demoledora de un power trío genial, Divididos, pero las letras me resultaban jeroglíficos. Recuerdo algo del llamado “rock chabón”, algo de La Renga, algo muy honesto pero también muy desolador. Recuerdo el “Se vos” de Iorio que me hizo escuchar Gargiulo una noche de demonios desatados en San Telmo. Se me olvidó que te olvidé a mí que nada se me olvida, canturreaba en el límite un Miguel Abuelo que zarpó con sus naves y sus abuelos hacia la nada.

Aquí en Bolivia, mejor dicho, aquí en La Paz, esos mismos noventa, había El Socavón. Tremendo hallazgo. Contra ruta de la historia global. La complementariedad Sol Mateo- Grillo Villegas provocó un milagro. Recuerdo el homenaje aluvional cuando el tío Frankie, cuando don Frank Vincent Zappa, maestro y guía eterno, también zarpó con sus madres y sus invenciones hacia otras galaxias. El Cé Mendizábal estaba allí esa vez y fue así que pude publicar un obituario delirante en Ultima Hora. Fue una noche alucinante, como eran casi todas.

Una de esas otras noches, que era cualquier noche, lo conocí al Gastón, al Gastón Ugalde. Esa noche, esa primera noche, hablamos sobre los chipayas. Hablamos sobre la belleza de las trenzas de las mujeres chipayas, hablamos de sus casas, de sus corrales, hablamos de su río Lauca, hablamos de ese otro mundo pero que, como diría Eluard, también estaba aquí. A partir de ese encuentro nocturno en el “Soca”, nos embarcamos con Ugalde años, décadas, videando, pintando, escribiendo, fotografiando, creyendo, soñando, peregrinando esos desiertos.

Había llegado a morar a esta hoyada el año 87 y aquí latía algo, algo que era más fuerte, más sincero, más panorámico y más esperanzador que en el resto del planeta. No era inesperado para mí pero aquí era masivo y era tumultuoso.

Ese algo, eso revelador, eso que contagiaba fervor y destino, eso que diferenciaba a La Paz, a Bolivia,  de los USA o de Argentina o de Hungría, eso, no era solo rock and roll: eran los indios.

Pablo Cingolani
Rio Abajo, 18 de septiembre de 2018
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Aquí viene la inundación [1]–mi traducción


Pablo Cingolani

Cuando todo arrecia, cuando la sangre no puede cuajar
Con nuestros sueños, con nuestras ilusiones
Cuando todo lo que dice la radio es espantoso y es mentira
Cuando todo el viento parece soplar en contra

Es momento para que te dejes de llorar, te dejes de joder
El mundo no está hecho para nosotros, pero nosotros
Siempre podemos hacer un mundo nuestro

Cuando la tele angustia, cuando las noticias te dictan que todo
Va en contra, va en contra de vos, va en contra del mundo
De ese mundo que queremos amado, dichoso, bondadoso
Un mundo que no sea tan cruel como te lo venden en los medios

Un mundo que se pueda tocar con las manos, sentirlo en la piel
Un mundo fragante y no esa mierda en la que intentan sumergirte
No toda esa desgracia que no es la tuya porque vos no la pariste ni
La nutrís comprando como idiota, viajando sin saber porque te vas

Es que si es así, hay viajes que terminan cerca: llorando en tu cuarto
Hay sentimientos que se acaban sin siquiera florecer
No le podés decir a la persona que amás, que la amás sinceramente
No podés decir nada, porque cuando llega la inundación, ya estás muerto
Ya estabas oxidado, drogado, derrumbado: ya estabas muerto

Aquí viene la inundación, te van a volver a decir que tenés que votar
Que tenés que trabajar hasta morir y sacarte un crédito para comprarte una casa
Y así te van a volver su esclavo: nadie se merece vivir una vida pagando
Menos si sabemos que el mundo se puede acabar
Menos si sabemos que ellos, los usureros, lo están acabando

Es momento para que te dejes de llorar, te dejes de joder, hermano
El mundo no está hecho para nosotros, pero nosotros
Siempre podemos hacer un mundo nuestro

Cuando todo anestesia, todo arrecia hacia abajo, cuando todo parece querer despeñarse
Cuando parece evidente que aquí llega, aquí viene la inundación
Y nadie se va a salvar de tanta desgracia, de tanto dolor, de tanta angustia
Es el momento de mirarte al espejo y no dudar
Es el momento de mirarte otra vez al espejo y no dudar jamás
Y mandarlos al carajo a todos
A todos los necios, a todos los insensibles, a todos los poderosos

Ellos no saben que vos existís
Pero es el momento de que vos creas
De que vos me creas
Y que sepas que ellos sí existen
Y que creas
Que vos me creas
Que ellos no te quieren

No les interesa tu vida
No les preocupa tus sueños
Es momento
Antes de que llegue la inundación
Que los dejes comer de su propia inmundicia
Que no los escuches más
Y que asumas el control de tu vida
La soberanía de tu propia vida

Es momento para que te dejes de llorar, te dejes de joder
El mundo no está hecho para nosotros, mi amor, pero nosotros
Siempre podemos hacer un mundo nuestro
Simplemente podemos hacer eso: un mundo, otro mundo
Entre nosotros. Y que sea de verdad. Y que sea nuestro.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 7 de agosto de 2018


[1] Peter Gabriel: Here comes the flood. El principio es así y es terrible como toda la canción. Dice: “When the night shows/ the signals grow on radios/ All the strange things/ they come and go, as early warnings/ Stranded starfish have no place to hide/ still waiting for the swollen Easter tide/ There's no point in direction we cannot/ even choose a side”. Dios y los Apus nos salven de tanta desdicha.

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El éxito, según Stefan Zweig


Miguel Sánchez-Ostiz

Semejante éxito público se prestaba peligrosamente a desconcertar a alguien que antes había creído más en sus buenos propósitos que en sus capacidades y en la eficacia de sus trabajos. Mirándolo bien, toda forma de publicidad significa un estorbo en el equilibrio natural del hombre. En una situación normal el nombre de una persona no es sino la capa que envuelve el cigarro: una placa de identidad, un objeto externo, casi insignificante, pegado al sujeto real, el auténtico, con no demasiada fuerza. En caso de éxito, ese nombre, por decirlo así, se hincha. Se despega de la persona que lo lleva y se convierte en una fuerza, un poder, algo independiente, una mercancía, un capital y, por otro lado, de rebote, en una fuerza interior que empieza a influir, dominar y transformar a la persona. Las naturalezas felices, arrogantes, suelen identificarse inconscientemente con el efecto que producen en los demás. Un título, un cargo, una condecoración y, sobre todo, la publicidad de su nombre pueden originar en ellos una mayor seguridad, un amor propio más acentuado y llevarlos al convencimiento de que les corresponde un puesto especial e importante en la sociedad, en el Estado y en la época, y se hinchan para alcanzar con su persona el volumen que les correspondería de acuerdo con el eco que tienen externamente. Pero el que desconfía de sí mismo por naturaleza considera el éxito externo como una obligación de mantenerse lo más inalterado posible en tan difícil posición.
Stefan Zweig, El mundo de ayer

Que la publicidad nos desgasta, lo tengo claro. Me acuerdo de ello cada vez que me hacen una entrevista, cuando en tu privacidad, a boca cerrada, sabes que ya muy poco puedes añadir a lo tantas veces dicho. Me pasa lo mismo en las presentaciones de mis libros cuando veo las caras de decepción de alguno de los asistentes que sin duda esperaba otra cosa. Cuando no puedes convertirte en una empresa o en un negocio, la publicidad y tu permanente exhibición te usan, pero no ante el público, sino ante tí mismo, sobre todo cuando no has perdido de vista quién eres o quién no eres ni por asomo. El pudor te impide mostrarte dubitativo, inseguro, misántropo, tímido, perplejo... y acabas saliendo en los escenarios como la sombra de ti mismo.

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Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (14/9/2018)
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17 de septiembre de 2018

Sintiendo a la vida con un pijcho en la boca


Pablo Cingolani

Uy, dios, ya cumplí 55 años y lugar común: me cuesta creerlo
El Ricardo me decía: vos sos un sobreviviente, y yo sigo aquí
Tecleando esta máquina insensata, y él, el “68”, mi amigo
Mi compañero del alma y de la JP, el, él está muerto: aún más, me cuesta creerlo

¿Qué hace que este ripio por donde rumbeamos siga horizonte y brillo?
¿Cómo no nos asfixiamos en medio de tanto derrape y tanto dolor?
¿Será que estrella astilla y duele y aúlla y estalla e igual se zafa?
¿Será que es así nomás y uno se está y resiste aunque duela y demuela?

Yo no lo sé. Lo que sí me consta es que medio siglo y un lustro he ido y he vuelto
He nomadeado cargando al Riki y a todos mis muertos conmigo y no me pesó
Saber que yo caminaba con ellos, recordándolos, sabiendo que no murieron en mí

Yo sé que si un día los olvidase, me perdería, me iría al carajo, me incendiaría
Por eso vuelvo siempre a los lugares amados, a los seres con quienes los compartimos
Porque allí está mi vida, allí está la vida. Los escribo, y con un pijcho de coca en la boca
Es mejor. Es más dulce para resistir el dolor. Es mirarlos. Es, otra vez, sentirlos vivos.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 16 de septiembre de 2018

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11 de septiembre de 2018

Hay que empezar por algún lado

Pablo Cingolani

Vas y volvés sobre las mismas heridas cuando ni siquiera supiste nunca donde se libraba el combate

Vas y volvés sobre tu propio desasosiego, tu propio desencanto, tu propia angustia y sólo porque te aferras a eso que crees que es la vida, cuando la vida, en verdad, la vida es otra cosa

La vida no es lo que te contaron, menos es lo que leíste en libros, menos que menos es algo que pueda definirse como ismo, menos que menos la vida tiene que ver con ideología

La vida, la vida plena, la vida de verdad, sólo tiene que ver con poesía, más no esa poesía libresca y distante, sino con la poética de vivir la vida cotidianamente, más allá de ataduras, más allá de convenciones que te desgarran y te amputan la boca y la piel y el canto –todos deberíamos cantar, cantar por cantar, como cantan los pájaros

Esa distinción entre naturaleza y cultura, eso es lo que nos está matando, eso es lo que te está matando –ese es el límite: toda la filosofía occidental, desde Platón hasta Hegel, y hasta más acá también, insisten en desgajarnos, persisten en el tajo, la fisura, el abismo, el desgarro

No hay desgarro, no hay grieta, no hay desconsuelo, no hay inundación, no hay traición, si caminas la vida como si fuera un poema que vas escribiendo contra ese mismo muro que ellos te han impuesto, contra la muralla de idioteces y prejuicios y chismes y banalidades que vos mismo te crees, y los transitas como si fuera la vida: pero no es la vida, es la simulación de la vida, es la desolación en vida, es el hastío, es la nausea, es la nada, la tierra baldía, la puta nieve amarilla como diría el señor Frank Vincent Zappa

La vida no es lo que te contaron que era: asúmelo, investiga, prueba, falla, camina, vuelve a levantarte, trepa, cáete, vuelve a levantarte

La vida no la puedes leer en libros: eso te protege si pueden cuidarte, más si vas por el camino verdadero, tu propio camino, donde sólo tus fuerzas servirán para ampararte, no esperes que página ninguna pueda guiarte. Confía en tus pies, en tu piel, en tus labios. Confía en lo que te dicta el viento, en lo que se escurre entre los hielos, en lo que brilla la nieve. Confía, si la huella te lleva hasta ella, confía en tu OPM, si acaso pueda volver algo tan maravilloso como eso, como una Organización Político Militar. Por de pronto, confía en tu gato[1]

Confía en la mirada de tu gato

Eso era antes. Todos éramos humanos. Cuando digo todos, somos todos, o mejor dicho: éramos todos. Y todos somos todos: nosotros, los gatos, los demás animales, los helechos y todas las otras plantas, las piedras, las montañas, el viento, la lluvia, la arena, el peñasco, la orilla, el misterio, todo. Todo era humano

Hubo un diluvio, un colapso neuronal diría W. Burroughs, una catástrofe, hecatombe, apocalipsis, algo hubo, algo tremendo, algo (hasta hoy) aparentemente irreversible, algo que nos alejó para siempre, algo que nos sigue alejando, nos sigue negando, dañando, haciendo daño

La virtud –el arjé que no comprendieron los helenos- era no diferenciar. No sentirnos superiores. No creerse ese versito del neón, de la publicidad, de la civilización (sí, siempre sí, a la barbarie), la cultura frente, adversa, hostil, contraria a la naturaleza. Eso era antes pero puede ser también ahora, para desmontar todo este simulacro, para abolir todo el dolor y toda la mierda que nos roe y nos rodea

Confía en la mirada de tu gato

Hay que empezar por algún lado.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 11 de septiembre de 2018


[1] Vale lo mismo para can.
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10 de septiembre de 2018

Franco, Franco...


Miguel Sánchez-Ostiz

La Fundación demandadora y chupadora de ayudas oficiales durante años y más años, la tumba del dictador convertida en lugar de peregrinación, la momia hecha burla televisiva… y el nieto, sobre todo el nieto, y con él, el abuelo. Hemos estado años viviendo tan ricamente sin tener un conocimiento más que episódico del nieto del dictador y ahora lo tenemos hasta en la sopa. De cuando en cuando el Francis aparecía en las noticias, relacionado siempre con alguna trapisonda o fechoría condenada a dar en nada, como cuando anduvo por Chile en asuntos «del hormigón», dijo él, del mismo modo que otros «andaban al humo», dejando un rastro de demandas y querellas que no sé muy bien en qué pararon. A Chile se fue para medrar bajo el ala de Pinochet habida cuenta de que cuando llegaran los rojos los «iban a correr». Medró Pinochet y lo hicieron los suyos, pero el Francis tuvo que regresar con el rabo entre las piernas. Además, llegaron unos que parecían rojos, pero no llegó el Potemkin, sino el arrebuche generalizado, y no los corrieron. Los rojos estuvieron muy ocupados, más que ahora incluso. De cuando en cuando le daban a la jarca Franco algún coscorrón, si eran demasiado descaradas sus andanzas, pero no pasaba de eso. Y el nietísimo salía aquí y allá, escopeta al hombro, de furtivo o de medio furtivo, habitual de esa revista de pensamiento que es el Hola. Hace unos meses, el Francis salió muy pero que muy bien parado de un caso de atentado a la Guardia Civil que a cualquiera de nosotros nos hubiese costado mucha cárcel. Estamos acostumbrados, nuestro fatalismo lo aguanta todo, como el pan aquel de los anuncios.

A la familia de Pinochet la justicia les ha quitado lo que ellos arrebataron a los chilenos, mapuches y no mapuches, a los Franco no, porque su enriquecimiento se hizo al amparo de esa cosa tan abusiva que es «la legalidad vigente», la que el abuelo fundó desde el mismo momento del golpe, en julio de 1936.

Pero el caso es que ahora el Francis nos aparece en escena poco menos que como un estadista, con astucias de trampero en lo relacionado con la tumba faraónica de su abuelo y soltando cosas como: «Mi gran preocupación hoy es el futuro de España. “¡Dónde vamos a ir a parar! Alguien tiene que hacer algo». Ay, carajo, me temo que para esto no estamos preparados. Porque lo grave es que burlas sobre siniestras veras, desde ámbitos cercanos a ese franquismo turbio y repulsivo, que tiene presencia institucional y capacidad jurídica, se han hecho llamadas no reprimidas al golpismo. Que lo hayamos olvidado o que no se le haya querido dar la importancia que tiene, es otra cosa. En una democracia avanzada (que tienen la cara de llamarla) eso no pasa.

Hace nada, los berridos, banderas, himnos fascistas callejeros eran cosa de cuatro gatos, ahora son algo más que cuatro gatos y aparecen por todos lados como referentes de una España de orden e imperio de una ley que les permite hacer lo que les da la gana. Por si fuera poco, el franquismo no resulta tan residual ni episódico en la medida en que tiene capacidad de accionar en justicia y de ese modo obtener una inmerecida presencia pública.

Por muy residuales que sean estos personajes –el Chicharro feroz que preside la fundación franquista lo mismo–, llama la atención el protagonismo de su presencia mediática –sustituyendo a la ya muy desgastada Pantoja de hace unos años–, pero relacionados no con las cucamonas de la gente guapa, sino con asuntos de verdad graves, como es la defensa efectiva de un golpe militar y la dictadura que le siguió, amén de llamadas a la violencia, algo a lo que asistimos a diario y con muy pocas ganas gubernamentales de acabar con ello.

Me gustaría sostener que la sociedad española del siglo XXI no se merece estos oficios de tinieblas, celebrados por quienes deberían estar fuera de la ley, pero el caso es que los tiene en el menú del día, cuando otros países europeos que soportaron dictaduras totalitarias hace tiempo que liquidaron aquellas, con todas sus rebabas, y penalizaron las farsas y mojigangas que tuvieron como objetivo ensalzarlas.

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Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (9/9/2018)
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