14 de agosto de 2017

Esta pesadilla: la historia (6)


Roberto Burgos Cantor

En el viento de las pesadillas quedaron, barriletes perdidos, voces de sensatez, clamores de compasión. El magistrado Reyes Echandía, el joven erudito Gaona Cruz, el culto educador Carlos Medellín. Y las filas de mujeres y hombres sin un zapato, la camisa incompleta, los ojos devastados por los gases y un desconcierto sin sosiego. Los conducían a la casa del Florero donde respondían a los policías y militares con su solo aturdimiento, sin documentos. Un día el recinto de gritos y bofetadas que se consagró a la independencia, mostrará las ironías de la historia, aquella comedia de chapetones y criollos tendrá la placa de la estación siniestra a la cual muchos fueron conducidos y no se supo más.
¿Qué pudo impulsar a una guerrilla ilustrada a semejante delirio sangriento? Siempre la búsqueda del acto heroico como inmolación.
Unos días antes habíamos ido a un restaurantes de buena cocina suiza, en el centro, todavía vivo, de la Capital, a probar, invitados por el poeta Álvaro Mutis, el steak tartare que allí fue famoso.
Como era usual con el viejo Álvaro, así lo llamaba su hijo, las conversaciones podían navegar de Bizancio a su vida en México. Esta vez hicimos el juego de preguntarle por algo difuso. ¿Cuál era el más colombiano de los presidentes de Colombia y su característica? Lo pensamos difuso porque de alguna manera la dirigencia del país hizo de la inautenticidad su sello de reconocimiento.
Para nuestra sorpresa Mutis contestó que Rojas Pinilla. Le dijimos que habíamos creído que respondería que Belisario Betancur, por su aprecio al Pielroja, el Renault 4 y el Everfit, amén del gusto por declamar.
Dijo entonces una frase corta, sin explicación: Belisario es el más frío.
Ese noviembre de desgracias permitió que comprendieramos la sentencia. Y de paso alumbró un poco el entendimiento de la reiterada fe de Mutis: la monarquía. Entendí que el poeta reivindicaba la posibilidad de acogerse a un fuero que estuviera más allá de las debilidades humanas, de la corrupción, de los intereses. El poeta indagaba un designio Divino para aquello que no podía confiarse a los hombres.
Cuando consideraban convidar al poeta monárquico a Cuba, atribuyen a Fidel Castro esta reflexión: No veo el problema, al fin y al cabo ambos detestamos a la burguesía.
Se puede ver entonces cómo la generación a la cual pertenezco estaba en las orillas de la infancia cuando la muerte de Gaitán produjo el levantamiento popular. Límite del comienzo. Y con los fracasos intermedios alcanzó el límite de esa orilla incierta, brumosa, de la juventud adulta.
La crítica a las armas, el apego al militarismo de los románticos de la transformación, los tribunales del ejército para civiles, el ejercicio estatal de la represión sin límites, las muertes de líderes de partido políticos, solidificaron el clima de desencanto.
¿Adiós a uno mismo?

Imagen: Alvaro Mutis
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Esta pesadilla: la historia (5)

Roberto Burgos Cantor

Arturo Alape había escrito un libro celebrado por lo acucioso de la investigación, la novedad de las fotografías, y lo ambicioso de su historia: El Bogotazo. Su calidad de crónica histórica despertó, después de años, el interés por esa tragedia.
Esa mañana de noviembre, húmeda, desabrida, la ciudad estaba envuelta en una niebla espesa de ceniza luctuosa y detrás de los cerros una nube generosa parecía llevarse las llamas de la Plaza de Bolívar.
Tuve la breve esperanza de que los aviones no pudieran volar y quedarme en silencio.
Alape tenía el rostro desencajado y con las devastaciones de las vigilias. Me confió que tres días antes había esperado en el aeropuerto a su amor. Llegaba de unas vacaciones en el mar. Sin mediar piedad, antes del abrazo de bienvenida, le dijo, con voz salitrosa, que no quería verlo más. Ninguna de las dialécticas de la ternura logró que la mujer dijera algo más. Una explicación, aunque fuera de mentira, de compasivo homenaje a lo que fue. Nada.
Arrulló la desolación viajando, por rutas de azar en buses urbanos.
Justo el día anterior, compartió sonrisas con una mujer joven. Le escribió un poema. Se concedieron una cita. Y sintió que el pozo de lo amoroso no se había envenenado.
En medio del espanto que enmudeció a Colombia, esta historia de desgracia íntima y resurrección del corazón, me estremeció. Algo de ello relató el conde Tolstoi.
En el aire, entre los inciertos dolores, comenzamos a hablar. Era difícil razonar en medio de una tragedia que rebasaba la capacidad de aguantar sufrimientos. Por todos.
Recordé que el movimiento que tomó el palacio de justicia, se anunció al país con una especie de tribunal popular. Secuestraron a un líder obrero, negro, y mediante carteles en los cuales se enumeraban sus faltas contra la clase obrera, se llamaba a votar por su condena. Apareció su cadáver al cabo de semanas en una bolsa plástica de basura, encima de la hierba húmeda de uno de los círculos del tránsito, en pijama y con el preciso hueco ensangrentado por el cual se le fue la vida. Hueco que vimos hasta el asco en los años de Colombia que siguieron.
Muchos detestamos ese culto a una juridicidad ajena y cuestionada hasta el hartazgo por su ineficiencia, su ineptitud, su falta de creatividad y su burocratismo kafkiano.
Supimos que el motivo de la toma del palacio era incoar un proceso, por incumplimiento de promesa, de pacto, contra el Presidente de la República. Otra vez la subordinación a lo jurídico. Con un agravante: nadie que aspira a transformaciones profundas de la sociedad puede pretender apropiarse de símbolos que no le pertenecen. Justicia burguesa, procesos, sentencias. ¡Qué necedad!
Y un imperdonable desconocimiento de la realidad de esa Corte. Allí se incubaba una fuerza transformadora de magistrados surgidos de la entraña popular y formados en las mejores escuelas.
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TATA


Pablo Cingolani
 
La vida es corta y el amor muy dulce
mirá a toda esa gente corriendo por sus vidas en la calle
¿De qué escapan? ¿Hacia dónde corren?
Andá y preguntales, yo también quiero saberlo
Leé y destruí todo lo que leas en la prensa
Leé y destruí todo lo que leas en libros
es una pérdida de tiempo
es un gasto inútil de energía
es un desperdicio de tinta...
 
John Weldon Cale
 
 
A Fabián Luna
 
 
Cada vez que voy a peregrinar por los cerros –sobre todo si voy a la wak`a a ofrendar a la Madre Tierra-, necesito señales que validen, certifiquen, refuercen el rito. Tal vez, esto sea un mecanismo vano, innecesario –el sentimiento lo es todo- pero, valga la redundancia, lo siento así. Debe aparecer una señal que blinde el fervor y el corazón, que potencie los buenos augurios, que amplifique la buena ventura. Y siempre sucede, siempre sucede.
Hoy, acudí a las montañas por una ofrenda concertada, a más de tres mil kilómetros de distancia, con un amigo. Suelo hacer eso: ir a ofrendar, diríamos, por encargo. No todos tienen montañas tan a mano para hacerlo. Y en el convencimiento de que la montaña atesora el poder supremo de la sanación y de la alimentación nutriente del destino, cualquiera sea, pero nuestro destino, al fin y al cabo, es que voy por otros, voy representando a otros, desde ya, seres que sé que caminan conmigo, en sus sentires y en sus adhesiones, física y espiritualmente.
Entonces, hoy fui. Y lo más increíble de todo –por eso, lo escribo, muy esperanzado- es que la señal, la dichosa señal, que siempre anhelo ratifique el pacto con la naturaleza, selle el amor por el vínculo, aumente y dispare la energía, sucedió antes de comenzar la caminata, se precipitó, y por lo mismo, fue epifánica, tremendamente reveladora de lo que sabe el destino y nosotros, si nos abrimos, podemos recibir, podemos aprehender, podemos sentir en la profundidad de nuestro ser.
Sucedió esto: ahora que pasan los años, usamos transporte público para hacer la aproximación a los cerros. Son cinco minutos en minibús –pateando es media hora, algo más. Abordé la navecita con neumáticos. Estaba llena: voy de pie, doblando mi cabeza. Pasa nada, un minuto, el carro se detuvo. Hay lugar para que otra persona, en las mismas condiciones, viaje a mi lado. Cuando veo quien sube, me estremecí: es un tata, un hombre mayor, flaco, arrugado, sereno, vestido como cualquier campesino antiguo de Río Abajo se viste: con las únicas pilchas que debe tener. Subiendo le preguntó al chofer: ¿Taypi? El chofer asiente. El tata terminó de subir y nos acomodamos como se pudo.
Pasa otro minuto: dos personas se bajan del minibús. El tata y yo nos bajamos de la movilidad para permitir que lo hagan. Aquí empieza a desencadenarse la magia. Obviamente, dejé que el tata suba primero. Cuando lo hago yo, veo que el tata se acomodó del lado de la ventana del asiento doble que había quedado vacío. Obviamente, me senté a su lado. Cuando me aposento, mi mochila encima de mis rodillas, sentí una tremenda energía: es el tata, sonriente, que se vuelca y me extiende su mano, mientras murmuraba algo en aymara. Nos estrechamos las manos. La suya era rugosa, dura, de piedra: poderosa huella de una vida de trabajo en el campo, de sol a sol, para alimentar a esa vida, a sus hijos seguramente, al mundo que nos rodea. Jupapina se acababa, el valle se abría, tras una curva del camino. Dos minutos después, ahora soy yo el que repito el gesto y volvemos a estrecharnos las manos. La misma alegría, la misma certeza compartida de que eso es sano, es bueno, es vital. Me bajé del minibús sabiendo que la señal ya estaba dada, sintiendo que no hay nada más potente ni nada más feliz en este mundo que la comunión entre los seres humanos, que el respeto entre desconocidos-hermanos arrecie, que la dicha de saber que eso suceda, siempre sucede.
Pero hay algo más, algo definitivo: el tata, cuando subió al vehículo, preguntó al chofer si iba hasta “Taypi”, ¿se acuerdan?
En esta comarca, Taypi es la contracción de Taypichulo o Taipichulo, una comunidad de Río Abajo, desviando del camino principal, más próxima al río mismo. Busco en el libro de toponimias altiplánicas de La Paz que compuso el Mauricio Mamani Pocoata, el significado de la palabra “chulo”. Chulu, dice el meritorio investigador andino, es lobo pero allí no hay lobos, aclara´. Tal vez sean pumas o perros cimarrones. Como sea, el topónimo, según Mauricio, remite a la hacienda, a las épocas de opresión al indígena: el lugar del centro –donde vivía el patrón- donde protegían el ganado con perros. Como sea, lo que yo sí sabía era el significado de la palabra taypi. Taypi, en aymara, será siempre el centro, el medio, algo equidistante entre dos extremos, dos opuestos, dos tensiones, dos fuerzas.
Entonces, aquí termina de configurarse y revelarse la señal. Sucede la epifanía. Cuando el tata subió al minibús pidió que lo llevasen hasta “Taypi”, hasta el taypi, es decir al lugar donde, filosófica y cósmicamente, todo confluye, todo se resuelve, todo se anuda, porque esos extremos, esos opuestos, esas tensiones, en la cultura de los Andes, no son solamente eso, sino que son las dos puntas de un mismo lazo.
Taypi es la herencia ancestral, la más clara y la más decidida, de un pensamiento totalizador, esclarecidamente profundo, que tiene que ver con una sola cosa: con el arraigo y la armonía con lo que nos rodea.
El Taypi es la resolución de las contradicciones donde naufraga la cultura occidental para encontrar, desde las montañas, un punto de equilibrio, algo que sea más poderoso que la mezquindad humana y algo que, a la vez, lo explique y lo resuelva todo.
El tata que me brindó su mano –en gratitud, por lo que fuere, tal vez por el gesto de dejarlo subir primero, de respetarlo, de considerarlo y respetarlo en todo sentido, algo que me enseñaron mis padres, y que tal vez el valoró así porque en su vida, eso, tal vez, no fue lo frecuente-, el tata iba hacia el taypi, su taypi, iba hacia el centro, iba hacia el sitio donde no hay angustia, no hay ansiedad, no puede haberla: iba, en suma, no sólo hasta Taipichulo –donde los pumas- sino que iba directo hacia el centro de mi sensibilidad, hasta el centro mismo de mi corazón.
Cuando me bajé del minibús, en una curva subiendo hacia Alto Lipari que permite acceder a la quebrada de Huacallani, sabía, sentía, sonreía con tanto entusiasmo y tanta fe por lo sucedido ya que estaba persuadido que todas las señales estaban ahí, se habían –como dije- precipitado, anticipado, resuelto en unas cuantos minutos donde se habían condensado la intensidad y el sentido de todo: de una vida, de la vida, de lo que nos hace vivir, compartir, crear, creer. De la vida y del mundo, de la tierra, que la alienta, que la inspira, de eso que hace que todo siga, todo perviva, todo renazca, todo regenere, nada muera. Aunque padezca, aunque sufra, aunque envejezca: nada muera. El taypi también es eso: el centro de lo que somos, el centro de ese estar siendo siempre, más allá de las tormentas, más allá de los dolores, más acá con lo que nuestro morar en la tierra puede brindarnos como recompensa por el simple hecho de estar vivos.
Entonces, entrando caminando a la quebrada, sintiendo a plenitud todo lo que ahora escribo, pensé: al tata me lo envió la Diosa Madre, la Pachamama, era Tunupa revivido y transfigurado en el cuerpo de un viejo campesino, uno que labró siempre la Tierra para darle sentido, para concederle un significado, y para que ese sentido y ese significado podamos compartirlo nosotros, aquellos que nacimos sin saber nada pero que lo que sentimos, lo que sabemos, lo fuimos aprendiendo, lo fuimos labrando igual que él.
 
Tata.
 
Tata.
 
Tata.
 
Gracias.
 
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 22 de julio de 2017
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Carta de lejos



Miguel Sánchez-Ostiz

Cuando estás lejos, estás a otras y el interés por lo que sucede en el lugar del que te has ido decae por fuerza, por aburrimiento incluso, y lo que puedes contar de lo que a cambio ves y vives tiene un interés relativo, a no ser que te propongas escribir una crónica de motivos exóticos, que no es el caso.

Contar, por ejemplo, de los grupos de muchachos cleferos (los que aspiran pegamento) que hacen rap en el centro de la ciudad de La Paz, diurnos y nocturnos, y cantan de manera alucinada su desdicha y su desgarro, su marginación y rebeldía, su muerte olfateada, pues con un pie en el estribo están muchos de ellos, antes de que el pozo de la noche se los trague.

¿A quién le interesa esta historia en el país del turismo y a la vez, ahora, de la rebeldía y protesta que adquiere formas grotescas, contra esa industria turística por fuerza masificada, y a la que se le culpa de males sociales ligados al deterioro de la pintura amable del paisaje de una época que no lo es?

A mí me gustaría saber con exactitud qué bien se pretende proteger con el movimiento antiturismo y a qué se invita en concreto a reflexionar. ¿Se pretende acaso que las ciudades regresen a ser el belén entrañable que, de haber sido alguna vez, lo fue allá lejos y hace tiempo, ese lugar al que no se puede volver? ¿Se desea que el mundo rural deje de ser un parque de atracciones y vuelva a su pureza originaria intocada? Me da la risa solo de escribirlo. Y qué decir de los pastelones históricos que se inflingen al turista cultural que entre la procesión y el peregrinaje se asoma a las oscuridades de la historia y a quien se le resume lo que no tiene forma alguna de ser resumido, salvo de manera interesada, dando oficialmente gato por liebre para no meterse en honduras. ¿También habrá que cancelar los circuitos histórico-identitarios? ¿Imponer un turismo a la carta, propio de la reserva?

Se ve que el turista molesta, merodeando o gamberreando a la puerta de tu casa, haciendo más o menos lo que le viene en gana porque paga, pero tú estás convencido de que no molestas cuando turisteas en otra parte y te metes a husmear donde te parece y de manera más o menos ruidosa; tú compras donde mejor te parece tu pasajera parcela de paraíso, de sueño, de otra cosa, de respiro leve entre dos largos períodos de trabajo; y ese derecho no hay quien pueda discutírtelo, no lo admites, tú pagas y no hay otra ley que esa. Probablemente ni siquiera seas capaz de ver que alguien se sienta moleste con tu presencia de curioso impertinente. En una época de viajes incesantes todos somos el turista indeseable para otro, hagamos lo que hagamos. Puestos a estropear paisajes, tú también lo haces sin pretenderlo.

Turistas y no turistas, viajeros, unos por gusto, otros por necesidad, porque no les queda más remedio: los refugiados, que si no han desaparecido por completo del horizonte informativo, al menos se les ve menos, ocultos tras una niebla mediática, detenidos en esa tierra de nadie de las fronteras y las alambradas, indeseados y convertidos enseguida en indeseables, en problemas, blanco de los odios raciales, los abusos y la extrema precariedad existencial. No son acogidos, se ven como una amenaza, los políticos así los tratan jugando a la patraña estadística, acallando sus conciencias y las de la ciudadanía: la acogida es mucho menor de lo que dicen. Empezó la época de cerrar puertas y de no desear la presencia de gente de lejos en nuestro paisaje.

El imparable goteo de muertos en el Mediterráneo ahí sigue, escalofriante a nada que pienses un poco en ello, sin que sepamos con certeza cómo sigue el viaje de los sobrevivientes a los naufragios, los rescatados, cuando no pueden hurtarse a los centros de internamiento sobre los que penden denuncias de infamias. Si por fin llegan a donde pretendían llegar, esta gente de lejos no viene y se va, como el turista, sino que se queda, se hace un hueco, y probablemente para siempre, sobrevive como puede en este paraíso que no engaña a nadie y en el que se les quiere poco o nada, como obra de mano barata, como mucho, concitando odios y desprecios cada vez más visibles. Amable sin duda nuestro mundo, quieto, idílico, vacacional…


*Publicado originalmente en Vivir de buena gana (14/8/2017)
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13 de agosto de 2017

¡Ay que se quema Erquis!



Pablo Cingolani
 
¡Ay que se quema Erquis! ¡Ay que se quema Sama!
¿Se habrán quemado mis huellas por donde andaba y andaba?
 
Reviven aquellos días cuando vagabundeaba por Erquis
Buscando gemas, delicias, maravillas simples, las cosas sencillas
Como el agua de los arroyos, como a las piedras
Como esos tapiales derruidos de la casa del poeta
 
Yo andaba feliz respirando todo ese sol de fervores
Impregnando a los cerros de tanta dicha y no sólo en abril
Todo el tiempo me andaba por ahí, por La Victoria y por Erquis
Sintiendo que todo era efímero y a la vez era eterno
Que mis huellas en la arena, en las playas, en las sendas
Jamás se borrarían, resistirían, cantarían siempre
Cómo sólo saben cantar los pájaros o los churquis o los molles
Que se aferran y aferran en la claridad de mi recuerdo, nunca en el olvido.
 
El fuego, ese fuego de duendes malheridos, ese fuego de hambres y alaridos
Está quemando esos montes, está incendiando a las tapias y a los molles
¿Acaso volverá ceniza también estas memorias?
¿Acaso las hará llorar entre las llamas que arrasan talas y rocas?
¿Acaso mis huellas desaparecerán?
Ni todo el dolor del universo podrá ocultarlas, arrancarlas de mi lado
Por más hachazos de fuego y de tiempo que las acosen
Esas huellas, esos churquis, esas piedras seguirán latiendo, seguirán cantando
Esas huellas están seguras. Están presentes siempre. Están tatuadas en mi corazón.
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 11 de agosto de 2017

Imagen: El Diario, Bolivia.
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11 de agosto de 2017

El falso inca, de Roberto Payró


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
a Pablo Mendieta Paz

Denver, Broadway Avenue. La calle explota en pubs, cafés, restaurantes fusión, tiendas de arte, de moda, ropa antigua. Nuestro destino usual está en la esquina con Bayaud: la pizzería neoyorquina Famous Pizza que visitamos por más de una década.

Pisos de madera, sillas y mesas simples. Algo de tinte no muy limpio, nada aristocrático, casi descuidado. Parece un rincón de Nueva York. Así lo creemos desde siempre y actuamos como tal mientras ordeno una de requesón y muzzarella con espinaca, la única pizza blanca, que adobo con ajo en polvo, cayena y orégano. Instantes de distracción, de traslado.

Luego a una librería de viejo donde en la sección de lenguas extranjeras encuentro un Onetti y el Fausto de Estanislao del Campo (pienso en Borges). Paso libros en chino, en ruso, serbocroata, y, escondido, con las tapas naranjas de Editorial Losada en impresiones pasadas, hallo a Roberto Payró que me mencionó Alicia Coqueugniot. El casamiento de Laucha, Chamijo, El falso Inca, novelas breves en ese orden y en un volumen, aunque la primera y la última preceden a Chamijo por 20 años. Sucede que en términos de historia, la más nueva debiera ser preámbulo de El falso Inca. De ahí la distribución.

La historia del pícaro Laucha me retorna a la literatura gauchesca, al inicio de mi vicio de lector, iniciado con Güiraldes y Guillermo House. Retrata la Argentina cambiante, luego de guerras que la asolaron por tanto tiempo. En sus páginas vive el criollo, entre el azar y el engaño, y comparte la gran soledad del llano con los primeros inmigrantes italianos que se insertaron en la pampa hablando un idioma a medias y mucho ahínco.

Pedro Chamijo, o Pedro Bohórquez como se hacía llamar, era sevillano y llegó a hacer la América en 1620. La enciclopedia dice que quizá fuera morisco o mudéjar, hecho que en la historia contada, por el tinte de piel, le serviría de algo.

Hechizó a muchos, varios de muy alto nivel como virreyes, con historias que afirmaban conocer la ubicación exacta de grandes tesoros, del Gran Paititi. Al fracasar en dos oportunidades resultó perseguido por sus auspiciadores y vivió a salto de mata. Termina afincándose, lo que es mentira en su irremediable nomadismo, en los valles calchaquíes del Tucumán casi 40 años después (circa 1656), utilizando el mismo argumento como otrora hiciese en Lima para encandilar la ambición de los pocos españoles del área. Decíales que el cerro Famatina, adorado por los indios, escondida minas tapiadas desde la muerte del Inca, Atahualpa, de envíos de oro y plata que se contaban para el rescate y que se escondieron al saberse el horrendo crimen contra el hijo del sol.

Este cerro encantado por los machis (brujos) mostraba riquísimas vetas de mineral que brillaban a lo lejos, pero al acercarse los extraños eran alejados por furiosas borrascas. Bohórquez afirmaba saber cómo encontrar esas minas explicando el sistema que habían seguido los nativos para ocultarlas en imposibles riscos. Así logró convencer al gobernador del Tucumán y conseguir el frágil apoyo de los desconfiados jesuitas.

A la par de congraciarse con los jerarcas españoles, indagaba en los pueblos indios acerca de la futura rebelión que se veía venir. Por cien años el valle calchaquí habíase turbado en revueltas que causaban temor y desasosiego en conquistadores y colonos. Claro que Chamijo, a quien ya conocían las tribus con el sobrenombre de Huallpa-Inca, incluso sabiendo que no descendía de Manco Capac, ni de “Sinchi Roca el valeroso, de Lloque Yupanqui, el zurdo, de Capac Yupanqui, de Inca Roca, el prudente”, ni “del gran Yaguar Huacac, el que lloraba sangre, de Ripac Viracocha, que anunció la futura llegada de nuestros nefandos opresores, del noble y denodado Titu-Manco-Capac-Pachacutec, perturbador del mundo, del heroico Yupanqui (…), del padre deslumbrador Tupac-Yupanqui, de Huaina Capac, el joven rico, conquistador de Quito y padre del sol de alegría Inti-Cusi-Huallpa, y del traicionado y atormentado Atahualpa (…)”, fue aceptado porque necesitaban un liderazgo que los condujese en unidad hacia el fin común.

Pícaro convertido por las circunstancias en ser trágico, jugaba a dos caras. Prometía el camino a la Ciudad de los Césares al gobernador, sabiendo que no existía, o no lo conocía. Ya descubierto el ardid y para evitar castigo, ofreció a cambio espiar entre indios para evitar la rebelión, mientras, al mismo tiempo, hablaba a los nativos del retorno a un incario que poco tiempo había tenido en la región y que había sido también combatido con denuedo, pero que servía para aglutinar a los alzados.

Payró dibuja el esquema rebelde con maestría; igual hace con los aterrorizados colonos que piden refuerzos desesperados a Lima, a Chuquisaca, a Buenos Aires. El estallido es inminente y cuando explota los valles se agitan en sangrienta turbulencia. Los indómitos Quilmes, “nunca vencidos, en sus mesetas frente al Aconquija”; “los Andalgalás, de junto a las salinas, los Acalianes del valle de Anucán, Los lejanos Lules del Tucumanhao”, los Diaguitas, los Escalonis, los terribles Calchaquíes, todos tras la figura endeble y sospechosa del Inca Huallpa que termina ofreciéndose a los castellanos a cambio de su vida. La historia no termina allí. Pasarán años y vendrá la forzada esclavitud, la muerte, el hambre. Las mujeres Quilmes se arrojarán a los abismos con sus hijos en brazos. Muchos serán expatriados a la pampa bonaerense donde desaparecerá su estirpe.

A Bohórquez lo llenan de cadenas en Lima. La reina regente, doña María de Austria, ordena que se obre conforme a justicia y gobierno. Dan garrote al reo, lo desmembran, y su cabeza “fue clavada en el arco del puente que mira al barrio de San Lázaro”.

03/10/16
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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 16/10/2016

Imagen:

1 Oro incaico.

2 Sierras de Famatina
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el tiempo de los asesinos



Pablo Cerezal

Días de enredos mentales e intentar arañar migajas al reloj. Días de ojeras en que poder acomodar el cansancio de toda una vida... también su plenitud. Escribo (cuando puedo, ya digo) y bebo (cuando me lo puedo pagar) y cuento a Munay cuentos en que Caperucita no es roja porque ha aceptado el último misérrimo convenio colectivo que la obliga a ser devorada por el lobo, a diario, en la oficina, la fábrica o el restaurante del estío que cerrará sus puertas cuando marchen los turistas y la dejará a ella en la calle a la espera de un nuevo verano, qué bonito es el verano, aunque ya no tenga bicicletas...

El caso es que escribo y avanzo, lento, en una de las varias obras "literarias" en que ando enredado. Y recién finalizo un párrafo y me pregunto para qué. Porque leo a Henry Miller, en "El tiempo de los asesinos", publicado en 1946:

¿Cuál es la tendencia actual de la poesía y dónde está el eslabón entre poeta y auditorio? ¿Cuál es el mensaje? ¿Cuál es la voz que se escucha ahora, la del poeta o la del hombre de ciencia? ¿Nos preocupa la belleza, por amarga que sea, o la energía atómica? ¿Cuál es la principal emoción que inspiran actualmente nuestros grandes descubrimientos? El espanto. Poseemos el conocimiento sin la sabiduría, la comodidad sin la seguridad, la creencia sin la fe. La poesía de la vida se expresa en fórmulas matemáticas, físicas o químicas. El poeta es un paria, una anomalía. Está en camino de extinguirse. ¿A quién le importa cuán monstruoso puede hacerse a sí mismo? El monstruo está en libertad, recorriendo el mundo. Ha escapado del laboratorio y está al servicio de cualquiera que asuma el coraje de tomarlo a su servicio. El mundo se ha convertido en número. Esta es la era del cambio y el riesgo. La gran deriva ha comenzado.

Y, después de leer esto, me pregunto para qué he escrito, yo, esto otro:

Ya no hablamos más de Miller ni de Villa Seurat. Hemos paseado Père Lachaise y las catacumbas de Denfert-Rochereau. Estamos de regreso en la habitación misérrima de este hotel en que ahora, ya, tu piel decide proporcionar nutrientes al cosmos bacteriológico de la moqueta que oscurece la estancia. No quieres tomar mi mano. Así que soy yo quien toma la tuya, con la insana intención de que organice los ritmos e intensidades que más y mejor visten el crimen desorganizado de mis erecciones. Te dejas hacer mientras intento rehacer sobre tu cuerpo las líneas que ha perdido el 17 de Villa Seurat, ensanchar tu vientre con acometidas pretendidamente serenas, bruñir la esponjosidad huraña de tus labios, trazar, por fin, en el lienzo equívoco de tu rostro, itinerarios de regocijo en los que regocijar mi propio despropósito. Pero no hay manera ... El tiempo todo lo cura o, al menos, acaba ignorándolo, olvidándolo, y además tú no eres tú, y la que yace junto a mí sólo habla francés y me acaba de conocer un par de horas antes, en uno de los numerosos cuchitriles que expenden alcohol para redecorar de vómito y desasosiego un Pigalle tan poco luminoso como en las luminosas memorias Miller.

Ni idea, ya digo, pero creo que seguiré escribiendo. De hecho, llevo ya un buen puñado de páginas. Luego, veremos si interesa a alguien. Don y maldición, como dijese Vicente Muñoz Álvarez, que casualmente tituló uno de sus libros, mucho antes de que yo titulara igual una de mis secciones periodísticas, "El tiempo de los asesinos", como el volumen en que Henry Miller dejó, también, escrito, con demoledora lucidez:

Poco importa que perdamos al poeta si salvamos la poesía.

Pues eso... buenas noches.

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Publicado originalmente en Vislumbres de El Dorado y en Sugiero Leer, 10/08/2017
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9 de agosto de 2017

Un dios, un ángel, un destino

Pablo Cingolani
 
 
A Carolina
 
Vamos y venimos siempre
Sobre las mismas heridas
Las mismas incertidumbres
Iguales desasosiegos
Vamos y venimos, nómades enloquecidos
Sobre las mismas arenas del espanto
Los fuegos del horror
Que incendian nuestra piel y nuestros brazos
Nos desolamos a más no poder
Nos desalmamos lo imposible
Creemos que el mundo es una idea
Cuando el mundo no sólo no es una idea
Una puta idea –que pueda arreglarlo, que pueda hacerlo comprensible
 
El mundo no es así
El mundo no es una idea, no hay una idea del mundo… ¡eso es tan vano!
El mundo es un sentimiento, es un ardor, es un arraigo
El mundo es la simple y profunda voluntad de volverlo eso: un mundo
Un mundo lleno de gracia, lleno de encanto, lleno de fe renovada
Un mundo lleno de esperanza
 
Allí no hace falta nada, salvo esa voluntad
Esa voluntad de vida
Labrada en mil batallas, mil huellas, todos los amaneceres
Los ríos profundos que forjan esos amaneceres
Las manos que se congregan como ríos profundos cada amanecer
Y que se te revelen en un dios, un ángel y un destino
Que desde esa profundidad de los ríos –Apurímac, Señor de los Ríos
Te gritan, te claman, te imploran
Nunca dejes de ser vos
Nunca te rindas
 
Siempre hay un dios ausente
Que se vuelve presente
Si lo convocas
 
Pacha
 
Mama
 
Siempre hay un ángel
Que te auxilia
Cuando ya no puedes
Cuando estás perdido
Y te asfixias
 
Siempre hay un destino
Que te espera
Que jamás cede
Que sabe de vos
Y te aguarda.
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 2 de agosto de 2017
Nota bene: gracias totales por la inspiración de este escrito a Carolina, a José María Arguedas y al Papa Francisco.

Dibujo: Egon Schiele

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