19 de julio de 2018

La bajeza humana se suele ensañar con las personas de alma pura


Encarna Morin

“La bajeza humana se suele ensañar con las personas de alma pura”
(Jorge Muzam)

Le cuesta mirar el sol cada mañana con optimismo y sensación de descanso. Tuvo en su momento ganas de salir corriendo dando gritos pregonando una injusticia cometida con su persona. De atarse con una cadena y no moverse del sitio como forma de protesta. Se ausentó de su cuerpo y de su alma y viajó al vacío pensando en el dolor que apenas le dejaba vivir en paz consigo misma. Su gran error fue olvidarse de sus valores como persona y darle a alguien el poder de hacerle sentir tan dolorida.

Un texto denuncia de cinco personas, remitido de forma fría y distante por la inspectora solicitando una respuesta por escrito a un conjunto de incongruencias cargadas de maldad hacia su gestión directiva y función docente, atravesó su cuerpo como una fría puñalada trapera hasta alcanzar el fondo de su alma, rompiéndola en mil pedazos.

De pronto, sus ganas de vivir, sus esperanzas y su entusiasmo por la vida y por el trabajo se derrumbaron y echaron por tierra la labor de más de ocho lustros y de una vocación que databa desde niña cuando ejercía de maestra en el juego de “la escuelita” con sus amigas. Siempre le gustó la docencia como algo natural y en eso tuvo mucho que ver doña Melitona, su primera maestra, con la que aprendió a disfrutar de la lectura y de muchas cosas más que le dieron buena base para su trayectoria escolar.

Con 20 años tenía su título de maestra y desde su primera clase nunca dejó de tratar a sus alumnos con el afecto que le gustaría que alguien tratara a sus hijos (ahora sería a sus nietos). Siempre contó con el apoyo de las familias, los compañeros y los gestores de la Consejería. Además del maravilloso regalo que son los abrazos que cada día recibe de forma espontánea de los niños y niñas del colegio.

Uno de los veranos en la casita de la playa situada frente a las salinas de Ventura y en cuya base rompían las olas, con apenas catorce años, le propusieron dar unas clases particulares a unas niñas de un colegio privado de la capital de Lanzarote. Dijo que si, sin más, y al terminar el estío la madre de las niñas quiso darle un dinero que ella no quiso recoger dado que no lo consideraba un trabajo, pero terminó aceptándolo ante la insistencia de la familia.

Su mejor recuerdo de la etapa de bachillerato tiene su entorno en Gran Canaria, donde tuvo que venirse a vivir con la familia y dejar a la abuelita en Lanzarote ya que necesitaba un lugar donde poder realizar el bachillerato Recuerdos importantes de aquella etapa fueron algunos docentes que impartían bien la historia y la literatura, sus asignaturas favoritas. Un privilegio fue contar con Eugenio Padorno el docente y escritor con el que descubrió en nuevo mundo de la floreciente literatura hispanoamericana. Con quince años pudo leer Rayuela, Cien años de Soledad, Ulises de Joyce e incluso conocer y valorar a un gran porta canario de la isla de la Gomera: Pedro García Cabrera.

Tras casi treinta años ejerciendo de directora de centros públicos. Jamás se tropezó con tremendo golpetazo. Un texto de apenas hoja y media cargado de blasfemias, mentiras, descalificaciones e insultos, cuestionaba una gestión muy valorada por la comunidad educativa y el entorno del barrio, incluso públicamente con una propuesta para las distinciones Viera y Clavijo el curso anterior, lo cual supuso un gran regalo inesperado.

Se siente mal y cargada de dolor, duerme, sueña y se despierta cada mañana pensando en el colegio y en todos los pasos a dar para sea un lugar apacible, sereno, motivador e innovador. Hace las gestiones necesarias para que la innovación, la democracia, el afecto, la gestión compartida y el buen ambiente no desaparezcan del colegio nunca jamás.

¿Qué hay detrás de todo esto? Se pregunta ella constantemente cuando siente dolor y amargura, no solo con las autoras del escrito sino con las inspectora que se ha convertido es una especie de fiscal de algún delito, aún a sabiendas de que todo eso es falso.

No deja de tener presente la frase “Las personas somos buenas por naturaleza, no hay gente mala, sino gente buena que actúa mal”, que escuchó en el taller impartido años atrás en Euskadi por Harvey Jackins, autor del libro “El lado humano de los seres humanos”.

Recuerda que Harvey insistía en denotar que todos nacemos llenos de grandes capacidades, que el desahogo es un proceso curativo y que si conseguimos escucharnos unos a otros de forma correcta podemos encontrar solución a los problemas del tipo que sean.

Y de pronto, las aguas vuelven a su cauce. Un grupo de vecinos y familias del centro, al enterarse de dicho incidente inician una recogida de firmas, durante las fiestas del barrio, valorando de forma explícita la labor y el afecto demostrado por su directora, más allá de la estricta labor docente. Más de setecientas firmas fueron entregadas a la Administración educativa.

Todo ello, unido al apoyo recibido por la Consejera de educación tras su visita al centro,en el que valoró mucho la gestión innovadora llevada en el mismo así como el ambiente en el que se imparte la docencia. También se ha manifestado reiteradamente el apoyo del director territorial a buena gestión del centro educativo.

En su despacho rememora a Julian Weiglas: “En educación no debemos entrar en competitividad, hay tanto por hacer que hay espacio para todos” “Si queremos vivir en un mundo más justo debemos apostar por un cambio positivo del sistema educativo”.
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18 de julio de 2018

Una vizcacha medita sobre los hombres


Pablo Cingolani
a Dana, 
a sus 13 años
junto a nosotros

Sé que temen a las montañas. O les son indiferentes. O las aborrecen. Quisieran que no estén allí, Van y vienen apurados y atribulados por los cerros subidos a unos artefactos de fierro y caucho que son feos, muy feos, y donde se aferran o se apiñan y así atraviesan estos parajes sin detenerse o, si lo hacen, es para arrojar desechos, más fierro, más caucho, que ensucia y degrada el paisaje, que contamina y envenena la tierra, que nos hiere y nos mortifica y nos va matando de a poco y, seguramente, también a ellos.

Siempre me pregunto por qué lo hacen –porque actúan sin un sentido, sin un propósito aparente o evidente- y no termino de encontrar una respuesta. No los entiendo. No entiendo porque se afanan tanto –parecen siempre ajetreados, parecen siempre preocupados por algo que no sé que es y qué pueda ser- y no se tranquilizan y no acuden hasta aquí a tomar el sol, a recibir su luz, a escuchar el canto de los pájaros o el rumor de los arroyos o, simplemente, a admirar tanta magnífica obra de la naturaleza, la auténtica majestad de estas montañas que son nuestra cuna, nuestro lar, nuestro amparo y que serán nuestra tumba, claro. Mientras ellos, van y vienen, erran sin descanso, parecen cansados de llevarse siempre puestos y de no ceder en ese ir y venir insensato, enloquecido, febril.

¿A dónde irán? Dicen que así como se apiñan y abigarran en esos feos artefactos donde se trasladan, igual lo hacen donde moran. Dicen que viven unos encima de otros en unas construcciones, hechas con fierros también y feas igual que las otras, que se alzan hacia el cielo, como las montañas. No se entiende: si las montañas ya están hechas y son bellas porque se obstinan en elevar sus moradas y vivir allí todos juntos y encerrados.

No todos los hombres son iguales, hay que decirlo. Algunos, los menos, viven en las montañas y las celebran y las ofrendan y celebran al sol que despunta y al sol que reconforta y calienta y lo ofrendan también y ofrendan a las piedras que juntan en montículos y allí realizan sus ceremonias y, por un momento, al verlos, uno siente que son felices, que son auténticos, que son verdaderos. Que esos hombres levantan su mirada hacia las alturas, hacia el sol, hacia el vasto mundo de arriba, y parecen agradecer todo lo dado, lo iluminado, todo lo que se brinda, todo lo que uno puede recibir si se atreve a hacerlo. Espero no equivocarme. Espero que en verdad lo sientan así y dejen a un lado esa pesadumbre, esa ira, esa angustia, esa frustración, que parecen cargar y los agobia y los lacera.

Sucede que son torpes. Se tambalean en sus largas extremidades y tal vez sea por eso que le temen a las montañas: cuando caminan por aquí o son lentos –se concentran para dar cada paso- o parecen ebrios y uno los mira y está seguro de que cualquier rato pueden caerse. No saltan: no saben saltar. No entienden la ley de gravedad. Son necios. Será por eso que no aprecian los riscos, los abismos, las grietas, las peñas, los precipicios. Será por eso que ven a las montañas con hostilidad y que por eso se asustan y no las respetan y no las quieren.

Los menos, los que moran sencillamente y van a pie o acuden a estor reinos de piedra y viento, atesoran o creo que atesoran un fervor por comunicarse con esa piedra y ese viento que los insumisa y los distancia de la tristeza que parecen cargar los otros, los que se apilan y se apiñan y no saben cómo detenerse. Hay que mirar al sol de frente, alzar el rostro a su luz bienhechora y parar, pararse y agasajarse y sentir y brillar y agradecer y así es, así siempre fue: desde que somos lo que somos lo venimos haciendo y nunca nos ha fallado. Si alguno me escuchase, le diría eso: el sol, la luz del sol, todo lo aclara, todo lo inspira.

Tal vez sea ese el desgarro que portan, que perpetúan y heredan por algún motivo que desconozco,  y los vuelve tristes: no darse cuenta que todo lo que está revelado, está dado, y es para compartirlo, es para disfrutarlo, es para alegrarse de que exista y sea y esté allí donde está y se está y estuvo y se estará y no se debe ni contradecirlo ni alterarlo: se debe comprenderlo. Que el sol es sol, que la piedra es piedra, que el viento es viento: ¿es tan difícil aceptarlo? ¿Es tan complicado entenderlo?

Pablo Cingolani
Río Abajo, 14 de julio de 2018

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17 de julio de 2018

La belleza de las heridas


Pablo Cingolani

Nieva en las cumbres mientras te escribo. Llueve y ventea y fría que azota en el valle: hay una manera de ampararse, de compartirlo, de conjurarse. Es escribirlo

Pero dime: si no eres capaz de cortejar a la tormenta y arreciar como la lluvia, ¿de qué madera estás hecho? Si no agasajas al frío y lo acompañas y danzas con él, ¿cómo vencerás a los verdaderos miedos?

La sombra escupe su dolor sobre los cerros, vomita ese dolor, ese dolor insondable, ese dolor incunable y helado, y allí se queda, allí persiste, hasta que los líquenes lo resisten, hasta que las piedras lo penetran y se enteran y se sublevan y así, sucede, cuando sucede, que las sombras ceden, se arrepienten, huyen, se van y se repliegan, se van y, acaso, no vuelven

Esa es la historia: la historia de las sombras que acechan, que arrecian, que acosan y asedian y la historia de lo molecular, de lo mínimo, de lo apenas perceptible: el musgo que adherido a la piedra, va construyendo otra historia

Esa es, simplemente, la belleza de las heridas, la belleza de lo que lucha y no se oxida, la belleza de lo que persiste y no se olvida, la belleza del momento donde todo se aúna, se aúpa, se quiebra y se siembra sobre lo que siempre nos espera: la piel inmaculada de los dioses, los terribles dioses de la resistencia, de lo que resiste a la sombra y acaso muere en el combate, ese combate infinito contra el dolor, la tristeza, el vacío

Sucede, siempre sucede que son los ángeles de la pasión los que secundan y fecundan la fragua, la forja, los que custodian la huella, la arena, las armas

Sucede, siempre sucede que de la más pura hostilidad es donde nacen y alumbran los comandantes de la verdad, esos pastores del silencio que van dictando las certezas que derrotarán a las sombras, al hastío, a la angustia

Tatuajes de cemento y plástico; estrellas negras; territorios sin luz: poética de las muchedumbres abandonadas a su propio exilio, acaso, dime: ¿no es eso peor que la muerte?

Eso es el sistema. Vino siniestro que nos obligan a beber para olvidar al pez de los recuerdos –al Redentor del Desierto-, al charque de viento –llámese Viracocha-, al delirio de la thola, la flora sublevada, la flora vuelta poética, la voracidad, el ardor por la secuencia de la piedra y la caravana de sentimientos que son instinto de siglos, de eras, pasiones de tierra seca, sonrisas de las serpientes, luz de los valientes Kataris, pájaros que ellos olvidaron, cóndores, cordilleras, valor, voluntad, arrojo, entrega: rojo sueño rojo, rojo sueño rojo de libertad, blanco sueño blanco, blanco sueño blanco de dignidad, nunca gris, menos negro porque negra es la muerte y hay que olvidarla. Sólo hay que saber recibirla

Si dudas aún, recuerda, recuerda a la gran Simona, a Simona Manzaneda: la arisca geometría abolida por el vértigo de la inspiración: entre las aguas del río hipnótico y las hélices de las montañas, recuperas el lenguaje de la tormenta y el idioma de la nieve, y así, simplemente así, vas, vienes y vas y siembras estrellas que recuperan a los guerreros de su danza inmóvil y a los héroes de los sueños: no hay duda, ellos te amparan, no hay incertidumbre, ellos te guían, ellos te guiarán siempre hasta que, alumbrada final, luz de faro, vos mismo te reconozcas guerrero y héroe, vos mismo –como Simona- la emprendas hasta Itaca, hasta la gracia, hasta la gloria si hace falta, hasta el lugar donde nos redimamos y todos juntos encontremos la paz, la tranquilidad ausente, el rumor del arroyo, la estética del agua, la sanación de las heridas, los peces que nos hablan, los líquenes capaces de señalar un destino

Y aún así, aún si alcanzamos la victoria, volverás a soñar, y volverás a cantarle a la belleza de las heridas, a la estéril belleza de la desolación y el desamparo, porque el mundo es así: el mundo se está, puede ser cruel, puede ser feliz, pero nunca jamás se detiene. Es el mundo, es la vida: son las heridas las que te prueban que el mundo es mundo y la vida es igual. La vida es vida.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 14 de julio de 2018

La base de este texto está construida sobre la narrativa de un proyecto que trabajamos con Gastón Ugalde hacen más de veinte años atrás + aportes de Kavafis, de T.E. Lawrence, de Nietzsche, de Kusch, de Jaime Sáenz y de Kennedy Toole. Se celebra y se agradece a todos los anotados.

Imagen: Ferdinand Hodler
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14 de julio de 2018

Paco Ibañez en Zamora

Concha Pelayo

Anoche me perdí un concierto de Paco Ibáñez en el incomparable marco de la Catedral de Zamora. El concierto, auspiciado por el ayuntamiento, era gratuito y en la plaza, unas mil quinientas personas. Aunque desde el primer momento sabía de este concierto, no despertó interés en mí porque, sinceramente, apenas recordaba a este cantante pese a que, según parece, somos de la época aunque él, algunos años más que yo. Mi sorpresa, al día siguiente, es que mucha gente y amigos de mi época no se lo perdieron y hoy, al leer la prensa me doy cuenta de que me perdí algo grande y que, además, las canciones de Paco Ibáñez forman parte de mi propio pensamiento. Pero como yo soy muy testaruda y me pregunto constantemente el porqué de las cosas he intentado averiguar por qué mi falta de interés por este cantante. Y creo que he encontrado las razones. Como he dicho alguna vez, fui una niña educada en el franquismo, hija de un padre franquista y ejerciente del franquismo. Es decir yo vivía en una “dictablanda” aunque según me fui enterando después, vivía en una dictadura. Oiga, para mí desapercibida; como aquel niño, amiguito del niño del pijama de rayas que no sabía lo que ocurría al otro lado de las vallas, ¿recuerdan?. Pues bien, yo crecí sin que nadie me inoculara ningún sentimiento de odio hacia el dictador. Además, lo veía siempre en la escuela, sobre la pared principal, en un retrato junto al Crucifijo y José Antonio Primo de Rivera. Vamos, como si de la familia se tratara. Pasaron los años, y allá por los 20 míos, fui a estudiar a Madrid Secretariado de Dirección, a una escuela privada de la Calle Claudio Coello, muy cerquita de donde mataron a Carrero Blanco. Mi residencia de monjas josefinas estaba en la Calle Martínez Campos. Mi recorrido desde la Residencia hasta la escuela cuando el buen tiempo permitía ir a pie, era descender por Martínez Campos, llegar a Castelar, seguir toda la Castellana hasta Goya y ya, enseguida Claudio Coello. Durante los tres años que duraron mis estudios en Madrid, mi vida se desarrolló por esta zona madrileña. Ahora sé que mis amigas y compañeras de aquella época pertenecían, también, al régimen franquista. Espero que el lector intuya que nada en mi ambiente hacía suponer que hubiera resistencia u oposición al régimen. Todo era apacible y sin sobresaltos pese a estar en los años 64, 65, 66. Recuerdo que una primavera surcaban el cielo de Madrid aviones con unas banderolas desplegadas que decían: 25 AÑOS DE PAZ. ¿Quieren creer que yo no supe entonces a qué se refería aquel mensaje? Terminados mis estudios regresé a Zamora a seguir mi vida tranquila y apacible. Tuvieron que pasar los años, morir el dictador y tomar conciencia de mi misma para saber lo que había sucedido en España durante cuarenta años. Más adelante, cursaría estudios de Sociología lo que me permitió despertar a tantas cosas como había ignorado hasta entonces. En mis años de bachiller no conocíamos ni a Neruda, ni a León Felipe, ni a Alberti, ni a Miguel Hernández, ni a Lorca…porque nadie nos hablaba de ellos ni figuraban en los libros de texto. Y aunque yo era una gran lectora, mis lecturas no iban por la cosa política. He ido creciendo íntimamente gracias a la observación, a la reflexión, a saber pensar por mí misma, a la lectura de diferentes pensadores... y de todo este proceso me he convertido en alguien independiente que prescinde de ideologías aunque las distingo unas de otras, que prescinde de partidos políticos aunque estén ahí para nuestra desgracia. Probablemente, cuando Paco Ibáñez, socialmente reconocido y admirado, interpretaba canción protesta, yo oía música del Dúo Dinámico, o Julio Iglesias, o de Adamo. Más adelante sería Leo Ferre y otros muchos pero los tiempos aquellos que cuentan, donde los estudiantes corrían delante de los grises y de corear a estos cantantes valientes, yo no los viví. Paco Ibáñez no estaba entre mis recuerdos. Por eso anoche yo me perdí un magnífico concierto a decir de los que estuvieron allí.
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13 de julio de 2018

Ser novelista...

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Definirse como novelista... A pesar de considerar el género como el más libre, creo que también es el más difícil, no por la complicación que hay en contar una historia sino el hilo con que se la va manejando. He leído, y muchas inéditas en Bolivia, novelas con grandes historias, pero narradas en tal forma que lo único que queda es anecdótico, nada literario. Una buena comida, y un buen libro, se definen por las porciones de especias mixturadas, incluso en aparente irracionalidad. Bolaño en su Cuaderno de Chile narra, perora, discursea, en un inmenso párrafo que constituye una magnífica novela, una que a primera vista da la sensación de pérdida de tiempo y que termina perfectamente coordinada. Thornton Wilder creó otra soberbia con cartas de sus protagonistas: César, el poeta Catulo. No hay fórmula, pero hay dosis. Armado y trabajo. Definirse como parte del género tiene implicaciones de rigor, que no necesariamente lo limitan.

Pero, ahí está Arlt, que dicen que no sabía escribir. O Viscarra, para nosotros. ¿Barre eso esta simple opinión? ¿O en la “torpeza” también se tejen estructuras?, suponiendo que lo dicho vale y que estos dos escritores similares y dispares no fuesen duchos en arte y sí en memoria o imaginación. Entonces a veces no bastaría un buen entarimado y se realzaría el talento. Esto nos mete en una confusión peor a las 24 horas en la vida de una mujer, de Zweig, pero a la vez hace parte del encanto. Adjunto aquí un breve artículo mío del 2006 porque me parece interesante respecto a la novela como género. Recurro a Kundera.

“Dónde se genera la novela, o, mejor, dónde nace el novelista parece ser la pregunta introductoria del autor checo. Recurre a la imagen del poeta lírico, como la contraposición esencial al escritor de novelas. El poeta lírico, afirma, se genera y se contempla en sí mismo; incluso cuando se relaciona con el mundo exterior e intenta un lapso de "exterioridad" termina cayendo en su propia imagen.

Cuando Flaubert escribe "Madame Bovary" la crítica lo acusa de prosaísmo. Y ese decantamiento flauberiano, según Kundera, refleja el paso de un estado al otro, el abandono de la reflexión lírica. Una suerte -continuamos con la tesis del ensayo- de maduración donde el novelista pierde aquella esencia única del poeta y se infiltra en el devenir colectivo.

Flaubert decía que el artista para permanecer debe hacer creer a la posteridad que nunca ha existido. Proust, adentrándose más en la creación de la novela, y señalando a En busca del tiempo perdido, aseveraba que todo lo que contenían sus páginas era ficción, a pesar de que sabemos que el libro está indisolublemente ligado a su vida. La artimaña del novelista y de ahí su posible eternidad está en hacer que el lector crea que el argumento es el suyo también, que se está escribiendo sobre él, lo cual no es de modo alguno cuestionable. Kundera cuenta que creció en la ilusión amatoria de Albertine. Luego, cuando supo que Proust había modelado el personaje en un hombre al que amaba, le pareció que habían asesinado a "su" Albertine.

Después de la cuestión inicial, diferenciativa, entre el poeta lírico y el novelista, Kundera prosigue con digresiones interesantísimas que ya no muestran tal contradicción sino que se insumen en los detalles de lo que es la novela y quien la escribe. Recupera a Cervantes, habla de la crítica del joven Ionesco a Víctor Hugo, y, apoyándose en la grandiosa fama que aquel alcanzó, dice también de la megalomanía del creador de novelas como elemento esencial -y provechoso- de su carácter”.
octubre 2006

De esta nota introductoria salto hacia el tema propuesto, el de uno mismo, su obra, en el escenario local.

Partimos de un drama: que en Bolivia no se lee y no porque no se quiera leer. No se enseña a leer ni hay interés en hacerlo. Ya la cuenta, de entrada, tiene números rojos porque carecemos de políticas que excedan aquellas de simple alfabetización. De ahí la preocupación de que la literatura, el ensayo, el periodismo, alcancen apenas a un minúsculo grupo de adeptos, entre ellos los mismos que escriben, con conciencia elitista de ser pocos, caldo ideal para cultivar pavos reales, de mocos largos y plumas esotéricas, que se erijan en mandamases de opinión y modelos no desarmables. La rosca como icono boliviano, incluso en literatura.

Recibo escritos de jóvenes dispuestos a poner su obra inédita ante quien creen, falsamente, alguien idóneo para juzgar. Digo falsamente porque me considero un optimista de las letras, además de advenedizo, y veo en todo texto lo rescatable antes que lo malo. Vuelvo, y lo repito sin cansancio, a que el éxito, no en términos colectivos sino personales, no solo radica en la libertad de escribir lo que se quiera sino en lograr gracias al trabajo de relectura, reescritura, autocrítica, solidez literaria.

La última o últimas décadas han traído al estrado una suerte de banalidad, relacionada al nexo entre academia y arte. Se cree que estudiando literatura ya se ha conseguido el oficio de escribir. Claro que no. El escritor no es una invención académica, al contrario. Esta supuesta superioridad se ha adjudicado el escenario y desdeña la labor para la que fue creada, importantísima además, la de la crítica. Fenómeno latinoamericano relacionado a la larga historia de verticalidad social, donde en la sociedad pobre el letrado adquiere una posición por encima de otros. Pareciera que hablamos del siglo XIX y está presente, no se la ha superado, e incluso se inserta más en incomprensible paradoja en la globalización que debiese hacer tabla rasa con las diferencias. No lo observo en la literatura anglosajona, donde no se relaciona al escritor con su profesión, menos con la de las letras. El riesgo es la apropiación de un espacio por una oligarquía escribiente, que a veces no tiene mucho que ver con la posición económica de sus participantes sino con la actitud rosquera de su desempeño. En situación semejante, dadas las características de Bolivia, se estaría vetando de plano y de lleno el ingreso a este parnaso a muchísima gente que escribe porque quiere escribir, porque necesita hacerlo, no porque lo aprendió en doctorales sesiones de gente cuya capacidad creativa está en entredicho. Hay que democratizar la literatura en el país, crear bibliotecas, conversar acerca de temas y autores, analizar estilos, ser vehementes e irreverentes. Publicar. Que exista la dinámica que luego llegará la estética. Sobre todo leer.

¿En este contexto, mi presencia en las letras bolivianas a qué se reduce? Soy, y me considero, un escritor boliviano nutrido en muchas fuentes. Aislado porque lo prefiero, sin decir por ello que los cenáculos son malos. Acabo de afirmar en el párrafo anterior que no. Nada tengo contra clubes de lectura y opiniones compartidas. Es una base que sirve. Pienso que en algunas novelas mías lo de la bolivianidad es obvio; en otras no. No creo importante esclarecer para el lector el origen étnico, nacional, racial de quien escribe. Buscar con énfasis “la” novela “boliviana” induce al error. Hay que dejar fluir las letras. Ellas se acomodarán a la conciencia y reflejarán en el papel lo que crean conveniente y válido, hasta si de identidad se trata.

¿Metas a lograr? Está bien si se decide hacerlo. Lo mío va con el gusto de escribir. Sin embargo no está mal fijarse recorridos y fin. Suele ayudar en el armado del rompecabezas novelesco. Va con el carácter del creador, con sus costumbres y hábitos. ¿Manías? Las hay sin duda. En mi caso, en donde la literatura se ha escrito cuando he podido, cuando se ha abierto un resquicio en medio de la lucha por sobrevivir y otros intereses, no. Da lo mismo escribir con o sin zapatos, de noche o de día, con vela o con foco, con una mujer dormida u otra colgada del cuello, con un emparedado de mortaleda o un café sin azúcar. Exteriores que decoran o molestan el instante, pero no definitorios para nada en el proceso creativo.

Los preferidos… ese es ya un dilema. Los antiguos, inconmovibles, siguen: Homero, Víctor Hugo, Sienkiewicz, Gogol… Es paradójico que no siendo yo cuentista, o pésimo cuentista, mis autores favoritos lo fueran: Schwob y Babel. Se admira lo inalcanzable, lo que no se puede lograr. Y, claro, Cervantes, Rabelais, Rulfo, Andreyev, Dostoievski, Borges, Solzhenitsin, Bashevis Singer, Vasily Grossman, Shalamov, Werfel, Musil, Schulz, tantos otros. Aparte de los ensayistas, de la literatura de viajes: Frazier, Kaplan, Chatwin, los cronistas de Indias, los navegantes ingleses y su bitácoras, los exploradores; la crónica actual, dispersa en su mayoría en revistas, la narración literario-periodística que tan bien han desarrollado los anglosajones. Y el cine, ese gran quehacer literario que llena al menos dos horas de cada día mío. La literatura de la imagen que sirve además para escribir como si se estuviera filmando. Felizmente el cine, aun restringido, tiene alcance masivo; no así los libros.

Casi todo lo que leo hoy de Bolivia está inédito. Es motivo de tristeza porque casi con seguridad quedará así. Nos priva del proceso que de la creación va a la crítica y retorna. No se puede comentar lo que no está presente. Entonces se reduce a un intercambio mínimo entre amigos. Aparte que la literatura boliviana como tal no interesa afuera. Hay cupos, cuánto de Bolivia se puede aceptar en el mercado, a no ser que hablemos de una obra soberbia, monumental, que todavía no existe, y no existirá ante tamaña precariedad. Y las roscas, elementales grupúsculos de clase o de emblema, cerrados, esquivos, intocables. Apoyo los certámenes literarios auspiciados, con todas sus deficiencias y limitaciones. Suelen ser la única ventana.

No siempre fue así. Hubo tiempos en que Bolivia era publicada y leída afuera, En Buenos Aires y Santiago. Hay que buscar el punto de retroceso. Que al menos para eso sirva globalizarse. Quizá esa fue la época dorada, la de Céspedes.

¿Quienes se perfilan? Un muro de desconocidos que escribe a pesar de todo. Santa Cruz y El Alto como productores masivos. Polos económicos, polos culturales. No hay maestros hoy, a pesar de que algunos merecen serlo y se desvanecen en la mezquindad del medio. Cuesta decirlo, pero en una sociedad como la nuestra tal vez tenga el impulso que venir desde arriba. No me gusta la idea pero bien valdría el espaldarazo inicial. Aun sabiendo que los creadores de inmediato se pondrán en contra de la mano que los alimenta, lo que está bien, muy bien. Independencia ante todo.
Junio 2015

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Texto leído en la Feria del Libro de La Paz, Bolivia, agosto 2015.
Publicado en el blog del autor, Le Coq En Fer, el 27 de octubre de 2017.
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5 de julio de 2018

Carlos Droguett: narrar desde el purgatorio

Claudio Rodríguez Morales

Nunca dio por terminada sus obras. Cada cierto tiempo, se sabía de nuevas ediciones. Las ampliaba, reducía, alteraba. Las reescribía con un sentido infinito del deber. Sin afán comercial, más bien con una porfía rabiosa y ética. Si desde la dedicatoria generaban problemas, mucho mejor. Como aquellas primeras líneas de su novela Matar a los viejosdedicadas al Presidente Salvador Allende, donde llama asesinos a los militares que lo derrocaron en 1973.

A Carlos Droguett (1912) le bastaba un lápiz cualquiera y un cuaderno cuadriculado. Llenaba sus hojas de punta a cabo con una caligrafía de leves toques orientales. Además de económicas, eran herramientas prácticas, indispensables para su quehacer. El cuaderno podía doblarlo, meterlo en el bolsillo del vestón o del abrigo. Sacarlos en la fila del pago de la luz, el agua o el banco. También sentado en un paradero o en el viaje en microbús por Santiago. Siempre que algo amenazara con quitarle el tiempo que requerían sus abultadas letras para salir al mundo.

Por las noches traspasaba los textos a la máquina de escribir. Se mantenía alerta a posibles nuevas perspectivas en sus historias. Si aumentaban en complejidad, se daba por satisfecho. No quería anécdotas baratas. Para eso estaban los folletines, las novelas rosas y las aventuras del Oeste. Esto significaba un ruido infernal hasta altas horas de la madrugada. Nunca algún vecino le reclamó por el escándalo que se filtraba a través de las paredes y las cañerías. El caballero se veía un hombre de malas pulgas, así que mejor no meterse con él, pensarían en los alrededores del barrio del Matadero Franklin. Gente modesta, humillada y dolida. Precisamente la materia prima del dueño de casa, con la cual deseaba incendiar –junto a su amigo Pablo de Rokha- los cimientos de las letras chilenas burguesas.

Como una forma de superar la necesidad de trabajar a toda hora y con más comodidad, amarró la máquina de escribir a su pecho con sendos nudos ciegos (al leer sus novelas, uno piensa que aquello fue no sólo cierto, si no necesario). Dentro de su casa, los hijos contemplaban extrañados su silueta de androide avanzando con dificultad, chocando con las paredes: “Mamá, ¿qué le pasa al papá?”, preguntaban al principio. Isabel intentaba esbozar una explicación acorde con la edad de los muchachos. Ya entendería que su devoto padre, fuera de casa y de su trabajo de burócrata en Ferrocarriles del Estado, era uno de los escritores más conflictivos de Chile. Con obras consideradas dinamita pura. Alabadas y condenas por igual. Dispuesto a cumplir su misión, aunque tuviese que metamorfosearse en un androide que ni siquiera deja de escribir mientras come.

“Te imaginas lo que habrían logrado estos viejos si hubiesen contado con la tecnología de hoy”, me comentó el escritor Juan Ignacio Colil, cuando supo de esta anécdota literaria. También me hizo pensar que Carlos Droguett siempre escribió la misma obra, un mismo narrador que, manteniendo el estilo, aborda diferentes historias con un denominador común. Una voz angustiada, incomoda, que busca agotar su discurso, repasar todos los puntos de vista. Presentar la historia y, al mismo tiempo, interpretarla. Revisarla, diseminarla y hasta cuestionarla.

Para los anales de nuestra literatura –que incluye una exposición en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile por los cien años de su natalicio-, Carlos Droguett será recordado como un escritor notable, de culto, de estilo complejo, solo para iniciados. Con fama de cascarrabias, violento y agresivo. Y precisamente esto último habría contribuido a su desaparición por décadas de las primeras planas. Personalmente, tengo mis dudas de esta tesis. Existe una pléyade de escritores chilenos, mucho más afables y pacíficos que Droguett, que han corrido su misma suerte. El olvido es más bien una conducta permanente de nuestra nación, no sólo en literatura, sino también en genocidios (algo que nuestro reseñado sabía muy bien con uno de sus hijos torturados por los servicios secretos de Pinochet y que lo instó a exiliarse en Suiza hasta su muerte en 1996).

Un profesor de castellano, gruñón y comunista, comentó en una sala de clases de 1989, que el mejor novelista chileno todos los tiempos era Carlos Droguett. En la biblioteca del liceo me facilitaron Eloy. Novela breve que narra las últimas horas de un bandolero rural antes de morir acribillado por la policía. Una pieza donde la corriente de la consciencia es el instrumento para contar una historia desde dentro. Con la violencia y la muerte alternándose. Una constante en la creación del autor.

Más tarde vino una lectura en los fríos salones de la Biblioteca Nacional de la novela Sesenta muertos en la escalera, fusión de dos historias escritas y ocurridas en diferentes épocas. El asesinato por parte de Carabineros, en el edificio del Seguro Obrero, de un grupo de jóvenes nacistas que pretendían dar un golpe de Estado en 1938; por otro lado, aborda un hecho de sangre puntual conocido como el crimen de la calle Lord Cochrane. Una pareja asesina a un anciano para robarle su dinero. El enlace de ambas historias se encuentra en la pluma de un primerizo Carlos que, junto con los horrores de ambas matanzas, recuerda sus primeros días con Isabel, su mujer. Recostada, un poco enferma en casa y tal vez embarazada. Mientras él intentaba ganarse la vida como empleado de una imprenta, comiendo todos los días un asado asqueroso y una lechuga aceitosa.

De sus influencias, aquellas que iniciaron su combustión interior, habría que mencionar a Dostoievski, Knut Hamsun,. Marcel Proust, Freud, Joyce, Kafka y Faulkner, más los laberintos del Fondo Medina y de la Biblioteca del Congreso Nacional. También los relatos históricos de Crescente Errázuriz, Vicente Pérez Rosales y otros cronistas olvidados.

Sus novelas fundamentales son Sesenta muertos en la escalera (1953), Eloy (1960), Patas de perro (1965), El compadre (1967), El hombre que había olvidado (1968), Todas esas muertes (1971) y su cuento Magallanes (1967), considerado una pieza clave de la narrativa chilena.

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*Publicado originalmente en Chile Literario el 28/02/2017
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Detrás de mí


Pablo Cingolani

Detrás de mí, sólo se elevan los cerros
Que han caminado conmigo y el salitre
Que los hace brillar como si fueran faros

Detrás de mí, en las oquedades, resistirán
Mis manos aferradas a toda la luz
Que bebieron las vizcachas al crepúsculo

Detrás de mí, se aquietaran arenas
Y los molles las celebrarán en silencio

Delante de mí
El viento susurra el nombre
De extrañas piedras

Delante de mí
El cielo refleja huellas
De nuevos sueños.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 2 de julio de 2018

Imagen: Ferdinand Hodler

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Silencio de los domingos

Roberto Burgos Cantor

Desconozco la razón por la cual las elecciones, en las ramas del poder público que compiten por el favor del pueblo, se hacen los domingos.
Para quienes vivimos con el mar, ese día tiene serenidad quieta, reposada ebullición de los recuerdos, que disponen el corazón para las batallas del día a día y sus exigencias.
Si usted camina por una playa, en el final de luz de los domingos, cuando el viento rastrero le azota los pies con la arena, verá misterios y se dará cuenta que los crepúsculos duran siete minutos más que los otros días Los zapateros, sabios de pasos, prefieren no precipitar los lunes el adiós del domingo. Decantar la levedad. Permitirse el vuelo.
Es extraño que un día en el cual cada quien visita su morada interior, se ocupe de a quién confiará su voluntad.
El domingo anterior, se llevaron a cabo las elecciones para Presidente de la República. El país venía de años de esfuerzos aparatosos por implantar formas de convivencia con justicia. El liberalismo radical. Núñez. López Pumarejo. La paz olvidada de Alberto LLeras y su posterior pacto bipartidista. La búsqueda de modernización por la vía de instituciones técnicas de Carlos LLeras. Tiempos largos de fe en el milagro de la letra. En tanto, dos partidos jugando al equilibrio de sus privilegios, ahogaban el desespero de otra comunidad que tenía expresiones propias y no cabía en el sistema vigente.
Faltó inteligencia y generosidad para incorporar a un empeño nacional a las montoneras excluidas. A la menor ocasión reventaban ciudades, incendiaban, asaltaban. El sistema continuaba confiado en sus letras represivas y la iglesia en sus excomuniones. El hambre, la necesidad, no creen en nada. Y esas multitudes apartadas no tuvieron educación, no sabían leer y tampoco rezaban. 
La pobrería, con un sentimiento elemental de apego a su país que tan mal los trataba, no se incorporó al partido comunista. De alguna manera constituía una organización de ilustrados. Y ocurrió lo peor. Si los privilegios de los prósperos tenían origen en un abuso del Estado; los humildes resolverían la miseria con la astucia: primero la mariguana y después la coca.
No quedaban reductos de virtud. El maestro Darío Mesa advirtió, en sus ensayos, de las raposas jurídicas, encargadas del oxígeno pedregoso a un régimen decadente; y la aristocracia obrera adormeciendo al sindicalismo, en otra hora combativo.

Imagen: Emil Nolde
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