8 de diciembre de 2016

Esas pajas memorables/Homenaje a Laura Antonelli

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Gritarán contra la mujer-objeto, contra el icono insano de la desnudez sin sentimiento; recurrirán al amor. De ahí hay un paso hacia el papa Francisco; a Cristo, la religión, y terminaremos en Sodoma y Gomorra. Savonarola quemando a Savonarola, aunque este estuviese quizá más cerca del moralismo de De Sade que del santo de Asís.

Imaginen sin embargo una villa deleznable como Cochabamba a mediados de los 70, cuando teníamos quince y diez al menos los habíamos vivido en dictadura militar. Los hermanos Alarcón se paraban en las puertas de los cines para impedir el paso a la fílmica de Leonardo Favio, entre otros. Las puertas de la universidad se entumecían en ataduras verdes. La hierba crecía a destajo. Imaginen una villa que se derrumbaba antes de haberse levantado. Había alcohol, cómo no, y los maridos daban pateaduras públicas a sus mujeres. Se golpeaba a los niños; el indio era indio.

Contaba mi padre de su juventud, de las fiestas en que las damas se emperifollaban como en el mal cine de Hollywood. Se acercaba Ferrufino a una a invitarla a bailar. Nooo, cómo se te ocurre, yo no bailo. A otra… nooo, qué te pasa, qué crees, qué te crees. La tercera… Putas de mierda, decía el viejo, por eso me fui de aquí al mundo.

A los diecisiete, Bob Dylan cantaba Hurricane. Iba yo de una en otra “rebotando”, como se llamaba entonces a esa malhadada costumbre de ser rechazado. Treinta años después, y como en el tango, aquellas señoras habían cambiado, y ni crema ni pastiche mejoraban una ruina por demás esperada y lógica. Claro, tanto tiempo después ya no las invitaba a bailar y las dejaba matizar la charla femenina con singani, mientras la cumbia movía otras caderas sólidas.

Pero ese supuesto castigo de envejecer no tiene mucho que ver con el texto. O sí, porque ajenos a la caricia femenina nos hicimos imaginativos. Un coito cochabambino quedaba de momento desechado. Tal vez las estrategias eran pobres o el verbo débil, porque no faltaban apuestos parlanchines que para mostrar sus dotes incluso llegaban al embarazo. Hoy caminan con las Mireyas de allá muy atrás, arrastrando el peso por el mercado, bolsa en brazo, al lado de alguna robusta heroína que creímos hermosa y era ficticia. Gracias, gracias, porque eludimos sin quererlo una vida roma, prosaica y ajetreada.

La represión no impedía el cine erótico. Tiempo de las divas italianas, voluptuosa la Fenech, ligera Agostina Belli. Laura Antonelli en Malicia, mujer que soñábamos, de grandes pechos con pezones de perfecto diámetro. Era la novia, la amante, la esposa en esas callejas mal iluminadas y profundamente solitarias. El frío del concreto en las galerías, que costaban un tercio de la platea, servía para distender cualquier ambiente. En esa sombra que cortaba el haz de luz de la película existía una paz amatoria como no volví a sentir. Incluso en lleno total, en las “noches populares”, no era difícil acariciarse el sexo delante o detrás de la bragueta. Aquella era una cita para los presentes, y poco se interesaban en la moralidad del desconocido vecino. Cita con Laura Antonelli.

El tiempo pasó desde Malicia. La actriz trabajó con Visconti y con Scola. Tenía talento; por lo general ese te mata. Crecimos, y aprendimos de cine, que la Antonelli sobrepasaba la dicha de sus tetas y podía actuar. Ya entonces, creo, alguien de carne y hueso se había dignado al sacrificio de la piel. La premura desapareció, pero no el gusto, la soberbia delicia de haberse acostado infinitas veces, en innombrables posiciones con ella. Única a pesar de compartida, Laura, amada, deseada, urgidos de inventar que poseíamos sus calzones blancos y los olíamos como de azahar.

La mujer-objeto. Ella nunca fue mujer-objeto sino mujer-sueño. Tenía lo que ninguna tuvo; poseyó lo que otras jamás: la alegría del cuerpo, de soltarse en las plegarias de Onán, ser amada por multitud, idolatrada más que cualquier María de velo y rictus amargo. ¿Malicia? Claro que también la hubo, porque parte de ello es. Enamorados, sí, pero hambrientos de devorar los portaligas, de morderle los dedos de los pies, de remojarnos en su bendita agua. Por los siglos de los siglos.
28/07/15

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur-Chuquisaca), 03/08/2015

Foto: Laura Antonelli
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7 de diciembre de 2016

D de derrota

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-


Si su espíritu ronda durante la semana, finjo no darme cuenta y la dejo salir por la ventana. Si ando inspirado, la agarro con una mano en el aire, la aplasto contra la pared y la refriego con la palma hasta volverla una mancha negruzca, imborrable. El espejismo ejerce su efecto: me siento un triunfador por esta supuesta fuerza física, sino descomunal, al menos hábil. Por si fuera poco, como por arte de magia, mi cuerpo ya no me resulta un extraño.

Desde las primeras horas del viernes, surge como una amenaza apenas divisable en el horizonte. Es la advertencia de que la libertad ad portas jamás será para siempre. Por fuera, creyéndome un roble pre cordillerano, aparento que el asunto me importa  poco y nada. Y hasta me lo creo.

Durante el sábado, la sensación ya se perfila como un malestar efectivo, pero que se puede ignorar con libros de aventura, meditación por correspondencia, juegos fantasiosos, medicina natural -y de la otra-, la mirada de una niña en bicicleta. Pero llegado el domingo, desde las primeras horas, el pecho siente la presión gradual de unas tenazas. Más abajo, las entrañas concentran una fuerza única, avasalladora y pesada. Nada sirve de paliativo. No hay desayuno, ilusión, divertimento, caricias ni miradas que valgan la pena. El día se escurre como agua por el cuello de una botella. Me es inútil tomar la forma de una tapa rosca, tapón o corcho. Mis dimensiones no alcanzan a cubrir ni un cuarto del perímetro del orificio y el chorro me arrastra consigo hasta el fondo del recipiente. Sólo me queda agitarme lo menos posible para mantenerme a flote. Hasta que el sueño me venza. Si lo logro, dejaré de atormentarme por otra semana que, sí o sí, llegará con su incertidumbre acostumbrada: clases, campanas, maestros y deberes. Quizá no me salve de morir ahogado. 
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6 de diciembre de 2016

Una brevísima historia de Cuba


PABLO CINGOLANI -.

Cuba.

La isla Juana. 

La tercera ínsula que Colón vino a descubrir para Europa. Epicentro, núcleo, la joda (y la joya) conquistadora y del capitalismo emergente: desde La Habana, puerto, fortaleza y adiós, partió Cortes a hacer lo mismo con México. Nada más y nada menos.

Arman México, arman Perú, arman la joda y la movida de la conquista y la dizque colonización de América: negocio redondo, saqueo, explotación, genocidio: trescientos años. A pesar de nuestros rebeldes indios: Tomas, Gabriel, Tupac, Julián, Katari.

Las serpientes.

Los jaguares.

En medio, necesidades del capital, secuestran a los negros esclavos desde África. Luego, los negros haitianos se rebelan: Haití es la primera independencia de Nuestra América. Todos somos haitianos, aunque nunca lo asumamos. Pero un tal Martí y otro llamado Fidel sabrán muy bien –la historia siempre es una promesa de futuro- quien fue Toussaint-Louverture, nuestro Espartaco.

Luego, entonces, vienen Bolívar y San Martín, viene el criollaje indo mestizo (San Martín guaraní) y echan a sablazos a patadas a coraje a los godos a los rojos a los españoles: a eso lo llamamos la Guerra de la independencia, y está bien que lo llamemos así. 

En México, Bolívar se llama Morelos –un cura, por si acaso- y nuestro padre, Vicente Guerrero, dijeron también los zapatistas de don sub Marcos; en Centroamérica, Morazán. En Cuba, nada, la joya era. 

La historia latinoamericana se llena, se colma, descuelgan y chorrean los valientes: los que se jugaban todo por la patria. 

Todos.

Por la patria.

A los susodichos, agrego por agregar nomás y por honrarlos: los Belgrano, los Hidalgo, los O´Higgins, los Castelli, las Juana Azurduy, los pro-pueblo. Los que morirían en el olvido, despreciados por las nuevas castas: los que, como Castelli, proclamaron: la revolución es el sueño eterno.

Revolución.

Tiwanaku, Castelli. El sueño eterno.

Pero aún había pasta. Y huevos. Entonces, muchos años después, viene Martí, José Martí. 

La dimensión histórica de Martí sólo la conocen a cabalidad los propios cubanos. 

Martí era un poeta –memorable, un rimador, un coplero diríamos con el gringo Aguirre- y un periodista –de los primeros, como Mark Twain- que además de poeta y periodista de garra y fuste, se jugó la vida –y murió- por la libertad, por la independencia, de su patria. Por Cuba. 

Patria

O

Muerte.

Cuando entendamos la magnitud, la plenitud, la belleza, de un Martí –patria, poesía, guerra, muerte-, vamos a entender mejor lo que es la revolución –la cubana y todas las revoluciones que nos faltan hacer- pero el que sí que lo entendió fue Fidel, el occiso, el que se acaba de morir para mayor rabia de los fachos, que ni muerto lo aceptan.

Tras la muerte de Martí, Cuba se independiza formalmente de esa España colonial moribunda pero bajo control del enemigo número uno de todos los pueblos, de los que ellos mismos consideraban y lo siguen haciendo, su patio trasero, su prostíbulo y su fuente sempiterna de saqueo: los Estados Unidos de Norteamérica. 

Fidel Castro es la reencarnación de Martí. 

Fidel. Martí. Castro, José.

La isla, la poética, la guerra.

La patria o la muerte.

Cuando lo juzgan a Castro, Fidel, Ruz, por el asalto a La Moncada, cuartel, ejército cipayo, y el mismo, en su defensa contra la farsa democrático-burguesa que lo condenaba, proclama que la historia lo iba a absolver, no estaba pensando en él, estaba pensando en ese ejemplo, en esa montaña de dignidad, en ese adalid de la causa de los pueblos que fue y seguirá siendo el gran José Martí.

Entonces, y luego, seguiría habiendo huevos: Historia real. Historia conocida: Fidel organiza la guerrilla que libera Cuba y le mete el dedo en el culo, como nadie que yo conozca hasta ahora, a esos señores del norte, a los dichosos yanquis, a los norteamericanos. 

Fidel hizo carne guerrillera estos versos de Martí: Yo soy un hombre sincero/ De donde crece la palma/ Y antes de morirme quiero/ Echar mis versos del alma. 

Lo demostró, mejor que ninguno, en la Sierra Maestra, cuando cantó con Martí: Yo vengo de todas partes/ Y hacia todas partes voy:/Arte soy entre las artes/ En los montes, monte soy.

Ahora que Fidel se ha muerto, todos se creen con derecho de decir cualquier cosa. 

Fidel, bla, bla, bla.

Lo único que yo voy a decir para cerrar esta brevísima e intrépida versión –mi versión- de la historia de Cuba, de Latinoamérica y de toda la humanidad es que ojalá sigan naciendo hombres luminosos como Martí o como Fidel, como Giap o como Ho Chi Ming, como Bolívar, como Perón: siempre tuvieron claro que nuestro enemigo principal son los USA y que no hay otra manera de ser felices, entre nosotros, que combatirlos. 

Hacerlos morder el polvo, como en Vietnam. Resistir a pesar del bloqueo, como en Cuba. Industrializar y no depender de ellos, como hizo Perón. Invadirlos, para que no se sientan los reyes del mundo, como hizo Bolívar. 

De toda la estupidez publicada y acechante que ha circulado a propósito de la muerte de Fidel, quiero rescatar, por su honestidad, las palabras de un escritor del fin del mundo, otro como yo, un escritor chileno llamado Jorge Muzam, que ha escrito en su blog, cerrando de manera certera esa puta distancia que los fachos quieren establecer entre lo que es justicia y lo que es libertad, usando a los escritores disidentes como pretexto. 

Dice Muzam, sintética y magistralmente: “Y lo lamento por los que fueron perseguidos, los que abandonaron la isla ejerciendo su legítimo derecho a buscar su propio horizonte. Pero la isla tiene educación y salud que nosotros nunca tendremos bajo estos yugos de corrupción liberal. Dignidad sin lujos de la que nunca disfrutaremos entre tanta injusticia, inoperancia y miseria”. 

Es, sin dudas, otra brevísima versión de la historia de Cuba, de Latinoamérica y de toda la humanidad. 

Esto que dice el señor Muzam habría que pensarlo dos veces, digo, desde aquí, a propósito de Evo y de Bolivia, ¿acaso no somos una isla en el medio de los Andes amazónicos?

Un final a este texto: Amo a Severo Sarduy pero vamos, vía el Che, vía Camilo, vía la sierra y la guerrilla y la gloriosa Revolución Cubana y los cambios positivos y benéficos para el pueblo cubano que trajo consigo, también lo amo y lo amaré, por siempre, a ese faro, a esa inspiración, a ese patriota llamado Fidel.

¡Vivan las islas!

Ahora, en esta democracia que casi todo el tiempo nos abruma con sus encuestas, sus opinadores seriales y su incesante mistificación de la historia y de la realidad, la batalla es cultural porque el dominio es cultural. Como diría Perón: ¡a los yanquis, ni justicia! Como diría Cerati: ¡gracias totales, compañero Fidel!


Pablo Cingolani
Río Abajo, 5 de diciembre de 2016
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30 de noviembre de 2016

El tiempo

CONCHA PELAYO -.

Llevo tiempo analizándome e intentando descubrir el motivo de mi desconexión conmigo misma, la huida hacia ninguna parte, la sensación de que mi vida ya no me pertenece por completo y ello me produce cierto desequilibrio emocional. Llevo mucho tiempo, como digo, añorando aquellas horas de quietud y de silencio, de profunda introspección, que me llevaban a exponer cualquier suceso que ocurría a mi alrededor y lo llevaba con el máximo rigor a la hoja en blanco. En ella abordaba la naturaleza ocre del otoño en la que implicaba mi cuerpo y mi sentir hasta convertirlo en una pieza arbórea que se integraba en el paisaje. Me conmovía la mirada de un anciano, en soledad, sentado en un banco del parque. Me gustaba escrutar su rostro, sus lágrimas resecas pegadas a sus mejillas. Bastaba esta imagen para dedicar un tiempo, sentada ante mi ordenador y armar una historia imaginaria. El tiempo, las horas, entonces, eran mías; nadie osaba arrebatármelas y fluían mis palabras, frase tras frase hasta construir un emotivo ensayo.

Llevo tiempo analizando y veo que el tiempo huye a gran velocidad, que se me escapa y no vuelve. Cuando niña, esperaba que ese tiempo corriera para llegar, para llegar, ¿a dónde? ¿a dónde quería llegar? ¿qué metas quería alcanzar?. Y así han ido pasando los años. La niñez quedó por algún lugar recóndito, mi juventud también huyó y se disipó entre alegrías, fiestas, celebraciones, idas y venidas; bailes, amores y amistades. Y  se sucedieron las bodas de mis hermanas, los bautizos de mis sobrinos;  las bodas de mis sobrinos, también. Y fueron sucediéndose los encuentros y desencuentros familiares, las discusiones, los disgustos, las penas….Los viajes, ah, los viajes. Los viajes han llenado mi vida, me han descubierto lugares remotos, culturas extrañas, rostros diferentes, sonrisas abiertas, gestos hoscos…los viajes han sido, durante mucho tiempo, junto a mi vocación literaria, los motores de mi vida.

Llegué, al fin, a una edad en la que los problemas se han ido amontonando a mi alrededor. Recuerdo que mi madre, con mi edad, se quejaba de que no tenía vida ni tiempo para ella. Mi padre arrebatado por el Alzheimer que lo consumía, mi abuela, muy apegada a mi madre que la requería permanentemente; sus cinco hijos (cinco problemas, decía mi madre) que discutían entre ellos, que la apremiaban y ella no sabía qué hacer.

Y yo, pobre de mí, he llegado también a la misma situación de mi madre. Ella, una anciana que ha perdido las ganas de vivir, que desea morir y me pide que rece por ella para que se vaya pronto de este mundo. Mi marido, frágil y vulnerable tras ser sometido a la extirpación de un pulmón. Mi hermana Manoly, presa, como mi padre, de un Alzheimer galopante. ¡Vaya herencia! ¿Qué fue de aquella bellísima hermana, vivaracha, grácil, inteligente, deportista? ¿Qué será de ella en un tiempo no muy lejano? Me mira con una mirada dulce, siempre lo fue, con una sonrisa tímida que es casi una mueca. Sufre, sin embargo, por la situación de nuestra madre. Sufre, imagino, porque sabe que es el único lazo potente e irrompible que le queda. Una madre es un tesoro, una madre es lo que mueve la vida y hace a los hombres dignos. Siempre  que contemplo a una madre que lleva en brazos a su hijo; que lo acaricia, que lo protege, que lo mima, me digo: “ese es el misterio por el que se rige el mundo, porque de ese amor y de ese lazo que se establece entre madre e hijo se producirán los mayores bienes de nuestra existencia”.

Sigo analizándome y no sé de cuánto tiempo dispongo para seguir haciéndolo.



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Entre la falta de agua y la de Fidel


PABLO CINGOLANI -.

Como decía don Federico: lo que no te mata, te fortalece.
Desde aquí, desde Bolivia, hay que agradecer a la vida, hay que agradecerle siempre a la vida, pero especialmente a estos momentos donde los sentimientos afloran a la superficie y se ven, con nitidez, las dos orillas del río.
De un lado, el pueblo, los pueblos.
Los que saben vivir, con agua, sin agua, y si hay agua, bien le cascaremos, y si no hay agua, bien aguantaremos. Porque, para empezar, parafraseando a don Cristo: no sólo de agua vive el hombre. Hay cerveza y hay singani, por si acaso alguien anda muy apurado en beber alguna cosa. Pero también hay otra cosa: hay dignidad.
La dignidad que tienen los pueblos, el pueblo, que sabe que hoy puede que falte el agua –porque hay sequía, porque hay algunas cosas que hay que ajustar en el gobierno popular- pero no jodan, mis queridos contreras, no habrá una nueva “guerra del agua” porque el pueblo sabe, porque no puede haberla, porque hoy el agua es del pueblo mismo, y no de las trasnacionales del agua, como fue el caso, esa vez, heroica, en Cochabamba.
Lo mismo pasa con Fidel, que ahora que ha partido, también nos falta (Fidel era como el agua. Nada podía detenerlo. El agua, sólo el agua es capaz de horadar las montañas. Así enfrentó al imperialismo, como sólo el agua podía hacerlo, cómo sólo Fidel supo hacerlo. Fidel era como el agua: vital, imprescindible, irremplazable).
Pero, vamos, a lo hecho, pecho y a no llorar, por el agua derramada y por la muerte de Fidel.
El  agua es nuestra, y ya arreglaremos lo que haya que arreglar y además la Pachamama proveerá, y a Fidel, a Fidel Castro, lo llevaremos siempre en el corazón, porque Fidel es nuestro, Fidel es del pueblo
Fidel es Maradona
Fidel es Evo
Fidel es montonero
Fidel es agua
Fidel es Cuba
Fidel es tuyo también
Fidel es de los pueblos.
Que se jodan los que no lo sienten así. Ese es el otro lado del río.
El de los amargados de siempre, los conservas, los que lloran por la democracia cuando hay más democracia que nunca, los que claman por Bolivia cuando Bolivia siempre les importó un carajo, los que no son capaces de aflojar en su amargura y reconocer que es mejor esta Bolivia que todas las anteriores porque esta Bolivia es la más viva y completa de todas: ahora estamos todos juntos, el pueblo y los contreras, conviviendo, de igual a igual, todos juntos.
Con agua o sin agua, con Fidel o sin Fidel, lo más importante de todo –por eso, luchamos- es por la felicidad del pueblo, es por la alegría en el rostro de los humildes, es por devolverles esa dignidad que es suya siempre porque la soberanía popular es la dignidad popular y, ahora, en Bolivia, hay más dignidad y más soberanía que nunca antes.
El agua, gota a gota, es capaz de demoler montañas. Es capaz de demostrarle a los poderosos que ellos, si nos unimos, si somos agua que fluye, agua combativa, podemos vencerlos en una y cien mil batallas. Ese es el ejemplo de Fidel, del Che, de Camilo, de Playa Girón, de todos y cada uno de los cubanos patriotas, como Martí, como (casi) todos los cubanos.
Los que celebraron la muerte del Caballo, del Comandante, de ese Fidel Eterno que agradeceremos siempre a la vida y a la historia, no saben lo que es la alegría, no saben lo que es la dignidad, no saben, ni siquiera, lo que es celebrar, como nosotros, de este lado del río, celebramos, ahora que se fue, la vida del que ha partido, esa vida donde Fidel se jugó entero, dijo primero Cuba, dijo primero mi pueblo, y se embarcó en el Granma y cambió la historia, la de Cuba, la del pueblo de Cuba, y también la de todos nosotros.
¿A ver si ustedes se animan a dejar todo atrás y hacer lo mismo que hizo Fidel por su patria y por su pueblo?
Gracias Fidel y gracias Pachamama por ponernos a prueba. En las crisis, en los momentos de duda, de zozobra, de incertidumbre, se ven los hombres y las mujeres: se ven los que luchan y se ven los que lloran.
Ustedes siempre van a llorar, nosotros siempre vamos a luchar.
Un río nos separa, y no es sólo de sangre: es de dignidad.
Un río siempre nos separará: es de amor. Al pueblo.
Ustedes siempre lo detestaron, lo usaron, lo humillaron.
 ¿Cómo es posible, quiero que me digan, que lo puedan amar?
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26 de noviembre de 2016

Vivir

PABLO CINGOLANI -.

Vivir esperando iguanas como alhajas. Vivir recogiendo piedras como pasteles. Vivir tramando las palabras como juguetes de espuma y trapo. Sumar, cada vez, más ofrendas –más jade, más ébano, más coleópteros-, llenar la barca del día a día y lanzarse a navegar, a navegar sin amarras, sin muelles a la vista, con sed, sin sed, no importa: navegar es preciso

Vivir abrigado de líquenes. Vivir comiendo piña, higos, pacúes, una roca caída de la luna, todo lo que te haga soñar. Vivir orinando como linces, desde la borda de la nave, en el mar abierto, sabiendo que tú eres ese colibrí que parte hacia el cielo del verano, sabiendo que te convertirás en cometa, constelación, estrella madre

Vivir sin silencios que no necesites. Vivir cantando a Djavan. Vivir caminando sobre nubes, sobre niebla, sobre los charcos de agua abandonada, dentro del mar o del bosque que se abre, que te abraza, que te espera, que te ampara: allí está la musa, esperándote, como las iguanas, como las diademas, como las alhajas

Vivir queriendo ver tu nombre grabado en un meteorito. Vivir en Júpiter, en Susques o en Cochabamba. Vivir como si siempre vivieras a caballo o a pie de nómade a punto de cruzar el Danubio e invadir la ciudad de Viena donde una manada de dioses bajará a celebrarte con licores y guitarras
Vivir sin aliento pero colmado de fe. Vivir sin mapas y tus ojos llenos de geografías, retamas, obsidianas, vientos. Sin coordenadas, sin cotos de caza. Vivir sin cifra y sin ungüentos

Vivir favoreciendo el viaje y la ofrenda. Vivir sin prendas, desnudo de contratos y de tarjetas de crédito

Vivir deseando grietas y alamedas, acantilados y prados llenos de saucos que hubieran emocionado a Van Gogh. Polen eléctrico procúrate. Hierbas que no atenúen la intensidad. Salivas proveedoras de aventuras y la lima de la voz de Janis Joplin serruchándote las dudas, la culpa, la incertidumbre

¡Qué lindo el sol, carajo! –deberás proclamar cada mañana. Será tu ábrete Sésamo a ese mundo inolvidable que es el de todos los días

Vivir libre, vivir sin eufemismos, vivir sin metáforas; vivir luchando, vivir riendo, de eso, simplemente, se trata.
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A Fidel dedico este mambo


PABLO CINGOLANI -.

Sublevaste los corazones, Fidel
Y hasta las piedras bailaron
La historia, esa maga, ya te absolvió
Cuando abriste sus puertas
Y por allí entraron los yerberos
Los pescadores, los descalzos
La historia ya te absolvió, compañero
Cuando volviste a Cuba
Esa isla brava, esa isla martiana
Una patria, una inspiración, un faro.


Fotografía: Enique Meneses.
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21 de noviembre de 2016

La Perla/MADRID-COCHABAMBA, cartografía del desastre

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Avenida Siles, la última de la ciudad. Al lado izquierdo la Coronilla, el campo de batalla, Belgrano que pregunta eternamente que dónde están las mujeres de Cochabamba. Todas muertas, general, enterradas en el campo del honor. Dicen que sus huesos, unos huesos, encontrados al pie de la colina se exhiben en la iglesia de san Antonio. Siempre que voy está cerrada. Aprovecho entonces para cambiar dólares en la esquina. Un individuo mea un chorro verdoso al costado de un gran basurero… verde. Las enceradas mandarinas brillan; opacas las chirimoyas. Un huayño cuartelario resuena por los pasillos de las artesanías. Busco tejidos, awayus, aksus, busco las rutas perdidas de Calamarca y Pacajes, sin éxito. Se las llevaron los gringos.

Avenida Siles, la última de la ciudad. Al otro lado de la Coronilla, el cementerio. Soñé alguna vez enterrarme en el árido brezal. Da el sol, y si se puede salir del nicho cuando no hay gente, sentarse a leer, mirar a los chiwalos con granos de molle en los picos, habrá valido la pena morir.

Avenida Siles; siguiéndola se llega al aeropuerto. ¿Qué más que el cementerio y el aeropuerto para marcar los límites de una ciudad? Eso era antes, la pericia andina del comercio ha avasallado los límites. Hong Kong del sur, Macao, sin puerto, ni agua, ni esperanza de cambio. Vaivén del dinero, péndulo. 

Pollos a la brasa. El dueño coreano parece que tiene los ojos cerrados, que duerme, que no ve, pero no se le escapa nada a esa visión de submarino, de periscopio horizontal, paciente, ambicioso, implacable. Devedés, de todo lo imaginable. De los clásicos porno de la Cicciolina, magnate esposa de Jeff Koons ahora, fuera de la verga y de la imitación de orgasmo, a hilarantes aberraciones de Álex de la Iglesia. Brillantes chanchitos en barro cocido, con una ranura en el lomo. Los recuerdo cuando nos los regalaban, incitando al ahorro. Recuerdo de cuánto costaba matarlos, romperlos para juntar las monedas. Entonces hasta el barro tenía nombre y misterio. Hasta el barro tenía amor.

Obviemos el tráfago del presente. Vayamos cuarenta años hacia atrás. Cochabamba, segunda ciudad del país, villa somnolienta y caduca. Los viejos comentan, cuando por algún evento pasamos por la Siles rumbo a uno de sus marcantes hitos. La combi Volkswagen de color verde claro, la camioneta Chevrolet, roja, 1951, el Brasilia azul, que nos trasladaron por los años, cualquiera de ellos, de un lado a otro, ajenos o solidarios con lo que pasaba, alegraba, atormentaba. Comentaban los viejos que aquella era La Perla, el único -o connotado- lupanar de la ciudad. Mito. Una casa de por sí no llamativa, de dos pisos, donde jamás se veía a alguien. Con el mismo aspecto desértico del cerro enfrente, hediondo por las aguas servidas que corrían por la Serpiente Negra, en las cercanías, encima de un promontorio desde el cual bajaba la antigua ciudad, la del conquistador Jerónimo de Osorio, que eligió mal lugar para sentar vivienda.

Cochabamba se infló. La ponzoña del progreso subió por las colinas, se adentró en los espinosos matorrales; no hubo tierra que no se violentara. Así se destrozó la niñez, desde lo externo, presionando para que el mundo ilusorio se convirtiese en mercantil. Poco a poco nos fuimos haciendo hombres, o deshaciéndonos quién sabe.

En las esquinas de la plaza de la cárcel, debajo de balcones que fueran coloniales, la fritura de tripas colma el ambiente. Olor y sonido. Tripas con picante, tripas con chorrillana. Llanterías que abren la noche entera, veinticuatro horas. La casa de la Siles se ilumina. La totalidad de las luces se enciende, pero hay cortinas que si bien anuncian presencia no muestran cuerpos. Por espacio de unas horas llegarán autos, o borrachos insomnes querrán otra cerveza, la última, en un ambiente que apesta a sudor de culo mezclado con 4711, el perfume de moda.

A pesar de eso, atrae. Año tras año, imaginando que un día se develará el misterio.

Y ocurre, una vez, no otra, en un lugar y tiempo del que no puedo acordarme. Habría alcohol en las venas, y cargados veinte años de ganas. El jeep UAZ ruso de Chino, casi antediluviano, visita el vicio de la ciudad que finge dormir. Meticulosamente inspeccionamos las ratoneras de la ya urbe, congeniamos con putas cariocas de piel de negro neón. Bailamos -mal- salsa, ritmo demasiado rápido para nuestra cadencia andina. Everybody salsa.

La avenida Siles no tiene más esa aura metafísica de los límites. Ha sido engullida por el pequeño Leviatán. Pero incluso así sigue territorio vedado para nosotros. Territorio apache de guerras clandestinas, innobles e intrascendentes, aunque no hay guerra noble. Hasta que la cornamenta del UAZ se dirige hacia allí, a confrontar los miedos y los deseos de una infancia reprimida. 

¿Lujo? Ninguno. Una vivienda común alquilada para casa de putas. Muchachas parias del oriente boliviano, de ojos achinados por la herencia indígena chistan para llamar la atención. Alguna panameña, pocas sudamericanas, chilenas de duro acento y largo aliento. Nos sentamos. La mesa de fórmica está pegajosa. Ni quien la limpie. Un par de mozos con paletós guindos no presta atención. Hasta que les regalamos diez pesos. Traen cerveza e informan de las putas. Cada cual elogia a la que será su amiga. Tendrán comisión por coito. A las mujeres, a cada entrada, la patrona, detrás del mostrador, les entrega una pulsera de plástico de colores, para contabilizar el sexo como ábacos brutales.

Arrechos pero pobres. Uno se anima, luego el otro. Los demás se ahogan en trago, crían legañas, bostezan. Con tanta luz no se sabe si afuera ya amaneció o permanece noche. El ruido de automóviles da cuenta que hay vuelos tempranos en el aeroparque. Cansinos motores de camión grande, Scanias o Volvos suecos, van y vienen del sur. Traen maíz y los aguateros llevan agua. Hacia Pucara grande y Pucara chica. Hacia La Maica, La Chimba, Itocta.

De burdo a triste se ha tornado el ambiente. Sin dinero la cerveza se recalienta pero se la conserva para continuar. Además no vamos a dejar a los amigos solos. Y nada que hacer si el chofer “hace pieza” en el momento. Estamos condenados a una espera mortecina, porque ya ni las putas se acercan oliendo miseria. Dormitan en sillones. Nosotros en incómodas sillas recubiertas de plástico imitación de mármol. El placer, que dicen habita aquí, se arrastra moribundo por el piso bañado de inmundicia. Las mujeres que se venden son bellas porque atentan contra lo establecido, creemos. Las peripecias y el drama de la prostitución nos son ajenos. Pero hasta las bellas han perdido compostura. Se agolpan en los rincones, se acurrucan, a una se le escapa una teta, del pezón cae una lágrima. Grosz, George Grosz.

Chino enciende el motor del jeep ruso. El alba recorta la Coronilla y la convierte en sombra. Parece el penacho del Cristo redentor. Cuenta que una de las “chiquillas”, término chileno usado para el gremio de las putas, siendo ella originaria de aquel sector, le pidió que la acompañase. A pesar de ser un hombre frío sintió el cosquilleo de la aplastante bragueta. Subieron las gradas, atravesaron una explanada que hacía de balcón, a un cuartucho de puertas abiertas. “El cuarto de la sirvienta”, pensó. Era el baño. Imaginó, hablamos todo en fracciones de segundo, que apuntaba a sexo gratis. “Agárrame la mano”, dijo ella. Él se la ajustó. Ella con la otra bajó el calzón con rapidez, se sentó, y se puso a defecar. La noche cochabambina afuera anunciaba, por su frescura, esplendorosa mañana. Ya se estarían cocinando las salteñas, dorándolas con clara de huevo. 

01/07/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, cartografía del desastre (Editorial 3600, La Paz, Bolivia, 2015; Lupercalia Ediciones, Madrid, España, 2016)

Imagen: George Grosz
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18 de noviembre de 2016

Presentación SIWA 5 en la Biblioteca Nacional de la República Argentina

PABLO CINGOLANI -.

Burucua, Burucua: Burucua, José Emilio, escribió el prólogo a uno de los más bellos libros que he leído jamás: la biografía del Inca Pedro Bohorques, escrita por Ana María Lorandi, la gran y desconocida Ana María Lorandi, un libro titulado De quimeras, rebeliones y utopías, editado por la PUCP de Lima hace décadas, y sobre asuntos que valdría la pena no sólo seguir escribiendo libros sino ponerlas en práctica. Recuerdo que el hombre era profesor de Filosofía y Letras, cuando pasé por esas aulas.
Fabián E(steban) Luna, el orquestador anemo-arbòreo: él sabrá de que se trata. A mí me consta su amistad desde wawas. Nací el 29 de agosto de 1963. Él, el 20 de septiembre del mismo año. O sea, cronológicamente, 22 días después. Nuestras madres eran amigas, compañeras de colegio. Nosotros seguimos siendo amigos, desde entonces. Cualquier otra referencia puede opacar la importancia de ser amigos desde la cuna, o desde antes incluso.
Salvador Marcelo Gargiulo, SMG, el firmante de esta invitación y creador, editor, faro y brújula de eso llamado Siwa, a cuya presentación del número 5 nos convoca. Amigo de mi amigo antedicho, Fabián me lo presentó hace ya (casi) cuatro décadas. Vino añejo, entons. Diré de él: si hay alguien que aporte tanta belleza y tanta pasión al mundo de la edición literaria, recuperando ese aire pre-Gutenberg a la obra que se escribe, no que sólo se imprime, es el. 
Siwa, en el fondo de todos los baúles, es eso: una resucitación, súbita y trascendente como todas las epifanías, de la obra del escriba y su arte, la confección, la hechura, del libro mismo. Si no hubiera sido por eso, y es un decir, se hubieran perdido la Biblia y el Corán, los viajes de Marco Polo y peor aún: los de Heródoto, padre y madre de todas las geografías literarias donde Siwa, la Santa Siwa, se nutre. Honra, enaltece y abreva.
Por los motivos antepuestos y con suma alegría, es que desde estas montañas de los Andes, invito pues a todos los receptores de este correo electrónico a concurrir a tan magno evento como es la presentación, en esa Biblioteca Nacional de la República Argentina que supimos honrar tantas veces, de la quinta versión de Siwa. Diría don Heráclito: si vas, mejor, si no, salud!!!

Pablo Cingolani
Desde Río Abajo, Bolivia.

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Manal


PABLO CINGOLANI -.

Veo esta foto de Manal, el más sofisticado grupo de blues de la historia argentina, versión 2016, y me llueven los dejavús. 
Nosotros, el negro Marcos y yo, cantando el blues de Manal titulado Avenida Rivadavia, caminando, noche profunda, por la Avenida Rivadavia, la real y la del blues.
Caminamos una calle sin hablar/ Avenida Rivadavia (…) La mañana incoherente me sonrió/ una burla que volaba se escapó, así decía la lírica de ese tema inolvidable.
Nosotros, el negro Marcos, mi hermano Juan Esteban y yo, entrevistando a los Manal cuando el grupo se reagrupa en los principios de los 80s, cuando la dictadura comenzaba a agonizar y el rock and roll local, volvía a levantar la cabeza. Teníamos, todos juntos, una revista, un fanzine. Se llamaba Llega un momento. Por un folk-rock de Neil Young. Teníamos 15, 16 años.
Fue antes de un concierto alucinante en el estadio Obras donde Gabis deslumbró con su virtuosismo en la guitarra, el negro Alejo Medina se bancaba con su bajo todos los blues y toda la historia y Javier Martínez, el poeta, voz y baterista del grupo, seguía pareciéndose al Javier Martínez de los años cuando Manal era Manal. Gracias a Dios, pudimos vivir ese revival.
Más dejavús. Cuando Pappo grabó su versión de uno de los más lindos temas de Manal: Una casa con diez pinos. Si Clapton is God, ya lo escribí en otro texto: Pappo es Dios. Ya estaba viviendo en Bolivia –¡ya son 30 años!- y me traje Blues Local, un discazo solista de Pappo, para escucharlo aquí, entre cerros y cactus. Debe estar colgado en you tube –todo está en you tube: escuchalo. Una casa con diez pinos habla de la vida en tanto vida y cómo vivirla. Es un himno conmovedor de toda una generación musical y existencial. La misma de Spinetta: poesía pura y buenas fenders para cumplir esa profecía que dicta que Rimbaud renació –en el Río de La Plata- con la guitarra eléctrica.
El último dejavú, ya lo es: el detonante de este texto. Vuelvo a Buenos Aires, la ciudad donde nací, y veo colgada esta foto, Manal versión SXXI, Manal versión 2016, y me alegra al alma. Claudio, Javier y el Negro Medina están vivos, ¡y vayan que lo están! ¡Siguen tocando juntos!
Gabis, con su misma cara de siempre: niño bonito del mejor sonido del mundo. 
El negro Medina es Gardel: no envejece nunca y ahora se parece a Lautaro o a Cafulcurá o a cualquier indio rebelde, que la historia olvida, pero nosotros, no. Jamás.
Javier ha cambiado, radicalmente: está grueso, pelado, pero yo sé, que en el fondo de su corazón, sigue siendo el mismo Javier Martínez, ese que compuso Jugo de tomate, himno generacional, del aguante y la resistencia cultural.
Es pura devoción lo que escribo. Amo a estos tipos como se ama al viento. Ellos me brindaron algo intangible pero que no puede compararse con nada: me dieron ganas de vivir en medio del desasosiego, me dieron ganas de existir en medio del vacío más profundo, la negación más perversa de todas. Si no hubiéramos crecido cantando con Marcos los blues que cantábamos en medio de la dictadura, ¿qué seríamos ahora? 
El viento, la música, son invisibles. Pero tienen mucha alegría, demasiada potencia: son toda la fuerza que necesitábamos para ser nosotros mismos. Gracias Manal. Gracias, compañeros: ustedes pusieron la música. Nosotros, escuchándolos, pusimos también la vida.
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