21 de febrero de 2017

"Elogio del caminar"


HOMERO CARVALHO OLIVA

Para mi amigo Pablo Cingolani, un caminante de nuestro mundo inesperado y para Jackeline Rojas Heredia, cuyos caminos la llevan al infinito.

Estuve releyendo el libro Elogio del caminar de David Le Bretón, un pequeño tomo acerca del placer de recorrer lugares, autores, espacios y tiempos, en el que su autor constata que “caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, podría suponer una forma de nostalgia y resistencia” y que “el caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Lo sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena”, su lectura me trajo de vuelta muchos de los textos que incluí en mi libro Diario de los caminos, en el que realizo un intenso viaje interior por lugares, gente y autores que conocí.
Le Bretón afirma que “el tiempo es también por sí mismo un viajero sin reposo como observa Basho viendo pasar las estaciones y los días” y yo escribí en Diario de los caminos: “Toda partida/ nace de un silencio/ y si dices que vas a partir/ es porque ya te has ido/ y el camino peregrina en ti/ así como las montañas/ los ríos las quebradas/ y las ciudades que imaginas/ distantes como la que vas a dejar/ ya son esencia enraizada/ en tu paisaje interior”. Las ciudades, por ejemplo, hay que caminarlas como si uno fuera un flâneur, un caminante que busca el asombro cotidiano entre las calles y los transeúntes. Hay que caminarlas para perderse en ellas, el conocimiento está en el encuentro inesperado, en la serendipia. Incluso en la calle por la que pasamos todos los días, si observamos con cuidado, siempre habrá algo nuevo, algo que estuvo allí desde hace muchos años, pero que esperaba el momento oportuno para revelarse ante ti. La poesía resucita cuando te alejas de la realidad/real/cotidiana y dejas que surja en ti el tiempo mítico con el que naciste; ese tiempo que amanece en ti cada vez que te duermes.
El libro de Le Bretón también me trajo recuerdo al Tao Te Ching o Libro del camino de Lao Tse, en el que aprendemos que es necesario pertrecharnos de amor antes de dar una batalla y que nos rebajemos de la misma manera que aspiramos a la grandeza. Lao Tse también nos propone el equilibrio entre el ser humano, el cielo y la tierra, es decir tres planos metafísicos propios de la cosmovisión asiática que también están presente en las culturas nacionales, entre los aymaras el Alaj Pacha o mundo de arriba, el Aka Pacha o mundo de aquí y el Manqha Pacha o mundo de adentro y de todos los seres que habitan estos espacios;  para los guaraníes son Ivate, Ivi y Japipe y para los moxeños es Anugie’e, Poigie’e y Mo’e. Los Weenhayek los nombran Pule, Wikywet y Honhat, su traducción vendría a ser el Cielo, de arriba, el Cielo de abajo y el Cielo de adentro.

Uno de los poemas del Tao Te Ching dice: “conocer a los demás es sabiduría/ conocerse a sí mismo es iluminación”, por eso el camino más largo y difícil es el camino hacia uno mismo y es un camino que a veces nos cuesta la vida. Quizá por eso escribí: “Los caminos poseen sus lenguajes/ los vas aprendiendo paso a paso/ y un día descubres que el camino/ te va confiando sus ignotas cifras/ con las que tu cuerpo/ va aprendiendo a caminar hacia tu alma”.

Luego de leer a Le Breton me pareció que lo había conocido en algún descanso del camino, donde alrededor de la fraternidad de la palabra, en la que el yo es el de toda la especie humana, deslumbrado por la forma pura de la narración, el reino de la memoria, aprendí a respetar a los que, ante la más fogosa y entretenida conversación, guardan silencio como si fueran rocas inmutables frente a las furiosas olas del diálogo.

Tornaviaje
¿Quién es?
No es nadie, solo soy yo

Tal vez me queden muchas preguntas por hacerle a los caminos; pero ya me han respondido las necesarias y ya sé que somos lo que caminamos, así que cuando aparezca un nuevo camino sabré que estoy frente a un espejo y cargaré con tinta azul marina mi antigua plumafuente para contar de los seres de palabras que encuentre en la travesía; yendo y viniendo de la memoria a la escritura seguiré contando historias. He caminado hasta mi alma y ahora sé que mi alma puede soñar con mi cuerpo, y aunque mi cuerpo quede sedentario, mi alma seguirá siendo nómada. He reconocido que la voz interior que me acompaña desde mi niñez, cuando la creía un amigo imaginario, lo hará para siempre y ella me ha enseñado a verbalizar el sustantivo esencia para “esencializar” la palabra. Me he apropiado de mi espacio, he encontrado mis raíces y una renovada melodía oral me despierta por las mañanas, ahora sé que pertenezco a los que me aman. Las palabras fueron el viaje y la poesía el retorno.

Si vas a salir a caminar llévate este poema:

La partida

Toda partida
nace de un silencio
y si dices que vas a partir
es porque ya te has ido
y el camino peregrina en ti,
así como las montañas,
los ríos, las quebradas
y las ciudades que imaginas
distantes como la que vas a dejar,
ya son esencia enraizada
en tu paisaje interior.

El otro, que también soy yo,
me avisa que no olvide
que la partida entraña
la ceremonia del retorno,
en la que el fuego de la palabra,
será el principio que concentre
lo perdido, lo temporal y lo eterno.



Leer más...

Bajo el volcán con Claudio Ferrufino-Coqueugniot

PABLO CEREZAL

Pablo Cerezal. Babel Estudio.
Andaba jugando en la ducha con Munay. Mi hijo es más maduro que su padre. Por querer enredar, aún más, el cordel afelpado de su sonrisa, he ejecutado un paso en falso y me he roto la cabeza contra el grifo. Afortunadamente no he caído. Eso hubiese sido peor: podría haber arrastrado a Munay conmigo, haberle causado algún daño. Nada de eso ha ocurrido: él ha reído con fuerza, la crueldad es asignatura instintiva y temprana.

Así que casi me mato, en la ducha, jugando con mi hijo, y una brecha que me devora la calvicie da fe del asunto. No quiero que se me escapen las ideas, por la brecha. Justo pensaba, antes de entrar al cuarto de baño, en rematar con tinta cibernética el fresco de un día ya lejano en que también, por poco, no me mato en la ducha. Por aquel entonces era distinto. Munay tenía un año menos y estaba dormido desde hacía largo rato, arrullado por la inocencia de su corta edad y por el duermevela avizor de su madre. Aquella noche caí en la ducha, como hoy, y tal vez el motivo sea el mismo.

Vengo, estos días, releyendo Bajo el volcán, de Lowry, y quizás por ello me atrapa el síndrome del Cónsul, cerveza, vino, y gintonic esta misma tarde, para terminar la tónica, que quedaba un suspiro, cualquier excusa es válida, estoy en Madrid, España, y en España se celebra cualquier cosa, como en Bolivia, con alcohol. Yo ya no recuerdo que celebraba hoy, tal vez la amistad extraña y sincera de Emilio Losada, otro Poeta que conocí gracias a las redes sociales, de idéntica manera que a Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Al final, hoy, lo único que celebré fue mi propia irresponsabilidad: no era momento de ducharse con Munay, es evidente. Sabah, ajena a mi enajenamiento, ha acudido presta para socorrerme: te pondré hielos en la cabeza no ni lo intentes no queda ni uno los usé para el gintonicy a te vale pero no te preocupes no hay problema te traeré una bolsa de guisantes congelados. Ya lo dejó dicho el propio Claudio: Pablo está casado con Sabah. Casado con Marruecos. Y Marruecos es tierra de injusta carestía y remedio urgente. Allí no se precisa alambicada modernidad para socorrer al prójimo. Pongo mala cara. No es por el dolor. Es que odio los guisantes. Lo tuyo es muy fuerte, me espeta ella, y tiene razón.

Guisantes en mi cabeza, hurgando la herida, queriendo fermentar aromas de guiso en mi cerebro. Quizás surja un rico plato de guisantes con jamón, tan español, con más grasa que carne, se trata de mi cerebro, que nunca fue músculo ni fibra ni materia aprovechable. Sólo pura grasa. Mientras se cocina el guiso me siento al teclado y recupero aquella noche, cuando pude al fin abrazar a Claudio.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Había sido tiempo antes, otra noche, cuando di con él, en el ciberespacio. Lou Reed acababa de morir. Las sombras jugaban a dibujar palomas de sonrisa amable contra las paredes despedazadas en sol de una Cochabamba caníbal. Lou Reed había muerto y Cochabamba parecía no enterarse. Un paseo por el lado salvaje, venus in furs, el satélite del amor y el amor estrellado, como satélite fuera de órbita, contra el empedrado grosero de la calle España, calle de los bares, no podía ser menos: España, nación de orfebrería alcohólica y levantar el sombrero por airear las envidias que, muriendo por lo ajeno, alumbran calvicies y malos presagios. Y a mí las ideas se me escapan por la brecha con que ha decidido redecorar mi sien el juego niño de Munay… o mi jugar a la niñez olvidando la edad que amedranta el rostro de mi carné de identidad. Bajo el volcán, decía, Lou Reed, Cochabamba y el fundador de una ONG que me había decidido joder la vida llevado por su incapacidad para hacer nada más que no sea vivir del dolor ajeno… miserias de la cooperación internacional: ¿a qué pretenden colaborar, tantos, más allá de al propio enriquecimiento?, ya lo contaré en otra ocasión, este no es momento, aunque cualquier momento es válido para los que hacemos de nuestra vida barro de letras. Y en ese barro tomó vida, de improviso, la efigie anarco del alquimista del verbo andino: apareció Claudio, y pude leer en algún lugar que se le consideraba el Henry Miller boliviano. Llevado por tan dignos presagios, devoré su literatura de puñal y seda. Y nos encontramos en la red. Él glosaba al desaparecido Lou Reed. Yo también. Coincidencia doble: Miller y Reed, ¿será realmente boliviano? Eso me pregunté. Uno sigue cargado de prejuicios, sepan disculparme. Aquella noche inicié un nuevo viaje, uno de los más fascinantes, esta vez en compañía de alguien a quien no conocía. Escribamos algo juntos. Hagámoslo. Dale. Así comenzó todo. Así el barro fue erigiendo un busto bifronte de amarga poética ebria. Claudio vivía en los states y escribía sobre su ciudad de origen: Cochabamba, en la que yo vivía mientras escribía sobra la que acunó mis primeros desvelos: Madrid.

Fue después, ya casi finalizado nuestro Madrid-Cochabamba, que pude conocer, en persona, a Claudio. Él volvía a su ciudad natal para saldar dolorosas cuentas, inesperadas, indeseadas, con el pasado. Yo aún andaba batallando contra los estalinismos migratorios, para poder regresar a mi lugar de origen.

Seis de la tarde y Munay ya se entrega a su pesadilla de ojos de trapo negro y palomas que no levantan el vuelo. Sabah está cansada. Hemos intentado encontrarnos con Claudio, para acompañarle con nuestro intimidado pésame. No ha sido posible. Llamo desde un locutorio al teléfono de su hermana, y el propio Claudio me conmina a reunirme con él, esta vez sin falta, en el Café Fragmentos. A las 8 de la tarde, ahí estaré, no tengas duda, Sabah no podrá asistir, ya andará cantando a Munay nanas de algodón magrebí.

Había soñado en numerosas ocasiones poder conocer a Claudio, poder abrazarle y compartir trago con él, celebrando la victoria de nuestra amistad de kilómetro y adverbio. Escribíamos y nos escribíamos como lo hacen dos amigos que mucho han compartido. Eso somos, al fin: hemos compartido memorias, presentes y miradas al cielo del mañana para ver si amanece despejado. Pero aquella ocasión no era la más propicia. Yo no sabía cómo comportarme ante el dolor de un hombre hecho de fierro y ternura. No sabía cómo no sentirme fuera de lugar en esta celebración del dolor en que él oficiaba de irreverente sacerdote.

Llegué al Fragmentos a la hora indicada. Donde imaginaba encontrar sólo a Claudio, como mucho, también, a Ligia, su bella esposa, hallé una reunión familiar que iría creciendo al ritmo de los relojes, las jarras de caipirinha y las botellas de cerveza. Estrechamos el cariño en un abrazo ausente de palabras. Las palabras, ese breve ejército de sensaciones en que, militando, nos habíamos conocido, decidieron desertar en aquel momento. Tampoco es grave, ya no hacían falta palabras. Su mirada fiera se rompía en esquinas de llanto contraído. Su sonrisa franca escondía esos mundos que le habitan y que tan magistralmente sabe plasmar en sus textos, para burlar a la muerte.

Claudio dibujaba sonrisas de siglos, trasegaba licores, repartía abrazos, y susurraba sensaciones. Yo permanecía atento y agradecido. Formaba parte de una reunión familiar. Yo, que no era familia. Lo fui enseguida. Lo era desde el primer momento. Así pude sentirlo y aún hoy. Abrumado, bebía, toma otra caipirinha, Pablo, sí, claro, por qué no, una más, otra más.

El dolor por una pérdida es desarreglo de los sentidos que no prescribió el doctor Rimbaud. Él se refería al que acaece a posteriori, cuando el licor es marea en que intentamos ahogar la melancolía. Pero, irremediablemente, flota. Claudio tripulaba la nave, su mirada desprestigiaba recuerdos tiznándolos de anécdota brutal. Bolivia es un país de poetas, Pablo, ¿aún no te has dado cuenta?, tienen todos palco en ministerios y prensas, y una carcajada feroz desarreglando las arquitecturas enmohecidas de aquel patio en que unos y otros comentaban cuestiones que a mí se me escapaban, mañana es Urkupiña, vamos caminando hasta allá esta noche, sí, de rodillas, a ver a una virgen que ni lo es ni nunca deseó serlo, como todos los que hasta allí se acercan, que sólo les mueve el trago, sentimiento muy cristiano desde que aquel bendijese su sacrificio con vino peleón, y en ese plan, la irreverencia de sus páginas hecha piel en sus labios y sus recuerdos, sus bigotes profusos como sudados de escarnio, brindis o apetito, quién sabe. Y yo sin saber si sonreír o ingerir más alcohol. Quizás sonreía. No lo recuerdo. Sí bebí más elixir brasilero, mucho, demasiado.

Miriam iba y venía con jarras y cervezas, regalando sonrisas y tintineo de pezones que quieren despertar aullidos a la noche y mordiscos a los perros de la lluvia. Claudio piensa que mi mirada se perdía en la senda sinuosa de sus pechos. Pero de ser así, todo es posible, lo hice para evitar la deslealtad de contemplar embelesado a su hermana Elena, la persona con la que más hablé aquella noche, creo. O a su hija Zara, tu sobrina, Claudio, que a falta de hacer bandera de sus pechos de respiración y sonrisa, enarbolaba el sosiego inteligente de su conversar, y asomaba el pausado diptongo libanés de sus labios a los barrotes de una mirada que para sí quisiera cualquiera de los dictadores que son y han sido. Lo siento, Claudio, espero no te ofendas. En cualquier caso, puedes estar tranquilo: no está, ni estaba, uno, para lances amatorios, que el amor me esperaba en casa sin imaginar que llegaría en estado de mayúscula ebriedad y deseando romperme la crisma contra la bañera para airear el chaquique me aguardaba al día siguiente. Una buena brecha airearía la segura resaca. Así pensaba, por eso me desplomé en el espacio que hacía las veces de bañera. No recuerdo cómo logré salir de aquel taxi en cuyo interior de chatarra y silencio me acomodaste, pero evidente que lo hice, conseguí abrir la puerta de casa, evitar la coreografía felina de Angie con torpes pasos de bailarín desestimado en las pruebas para figurantes de una nueva versión de West Side Story, y dirigirme al cuarto de baño, donde logré derrumbarme y casi me rompo la crisma, como hoy, con Munay, en la ducha. Nada ocurrió, más allá de los gallos acuchillando mi roncar emparedado entre los azulejos de la ducha, al amanecer… y aquel soberbio dolor de cabeza.

Imaginé a Claudio inaugurando el día con puñetazos de nostalgia, derribando mesas y licores, inventándole sostén a unas sillas sucias de noche y tabaco. Me dolía la cabeza, pero mantenía la lucidez suficiente para avergonzarme por mi deleznable comportamiento. Pasé el día tumbado, jugando con Munay y Angie, jugando con mi melopea.

Ahora que casi termino de escribir, me avergüenzo de nuevo. Elena leerá esto. También Zara. Espero no se alarmen. En mi descargo puedo asegurar que soy inofensivo y que, si por un casual dejase de serlo, la edad evitaría mayores dislates. Sólo espero que no decidan unirse a las tropas burocraticogubernamentales para impedirme la entrada a Bolivia, caso de que quisiese regresar. Tendría entonces que quedarme en Madrid. En tal caso lo asumiré, y te esperaré aquí, Claudio, hermano, que nos resta mucho que hablar y compartir. Tu sobrina, por supuesto, tiene también aquí hogar y frazada, por si la vida, esa puta, decide vestir de frío su piel de futuro y fiebre.

Munay me mira y se ríe. Aún no es consciente de lo que es estar bajo el volcán… que nunca lo sepa.


*Publicado originalmente en Palabra Abierta (20/2/2017)
Leer más...

Hablar de la muerte en tiempos de Trump / MIRANDO DE ABAJO



CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT

¿Puede uno, cuando lo arrebata el dolor, olvidarse del entorno? Cuando se conduce por los inmensos caminos de Colorado, por la llanura que comienza aquí y se extiende hacia Kansas, al imperio antiguo de los búfalos, todo tiende en su monotonía de color herrumbre hacia la placidez, incluso si esas distancias antes insalvables son el límite entre la vida y la muerte, si conducir por kilómetros tiene como fin un hospital gigantesco en medio de la hoy nada y mañana urbe.

No la muerte, no ahora, no esta vez, pero su gusto a cerveza amarga, a India Pale Ale y su textura casi de turbión señala que ella, porque dicen que morir es femenino, ronda por ahí, noche de ronda, qué triste pasa, qué triste cruza, por mi balcón.

Quien muere descansa y el vivo pena, no al revés, por eso me creo fácil candidato al egoísmo eterno, al asueto gentil del fin de las preocupaciones. Mientras conduzco el Accord 2002, verde desgastado y seis cilindros, escucho música variada, desde calypso hasta corridos perrones, alternando la eficacia de los coros de Purcell que martillean el alma. Recuerdo, cómo no, uno recuerda a sus muertos cuando a la lista quieren añadirse otros; listado perverso, inverosímil, casi creer que la noche se hace imposible ante la idea de una nueva ausencia. ¿Cuántas podemos soportar, una, dos, tres?

La rutina dolorosa a riesgo siempre de convertirse en trágica. Ajustar la cremallera, cerrar la chamarra, abrigarse, a no olvidar los guantes que es invierno, ni esas gorras que se doblan en los extremos y me dan, con barba, un aire bukowskiano en un aquelarre de Goya, un laberinto cilíndrico donde minotauro y yo somos uno y ambos intentamos matarnos. Sería el laberinto de Minos la mortificación del suicidio… Divago, ante la perspectiva de que el otro se va, nos deja, cómo puedes ser tan implacable, tan egoísta si sin ti no soy nada. Las palabras no pesan, plumaje de viento, algodones que vuelan desde grandes álamos de tronco blanco.

A ratos cambio el dial hasta la BBC. Aquí Londres, radio reloj, “el presidente Trump…”. En la esquina de Arapahoe y Easter han puesto bloques de concreto para desviar el tráfico. Hora de trabajar. Cruzando el puente y adentrándome en la pradera vería el caparazón del hospital donde duerme Ligia, bien recortado contra la luna que no tiene oposición en el llano. Unas ratas que parecen gerbos cruzan a ratos por la carretera, y esas matas secas que ruedan desde los westerns de la infancia a la realidad migrante hoy. No sigo, desvío el camino hacia un caserío mal iluminado (Colorado es un estado donde no hay luces públicas en las calles) y arribo al trabajo, a sonreír porque un encargado no debe dejar de hacerlo. La pena se queda en el vestidor con el abrigo. La responsabilidad no acepta pretextos, por duros que fueren.

De Londres salto a la música klezmer; de Polonia hasta el Épiro y ya confundo músicas, lecturas, sangre, sondas, estómagos, esófagos, oxígenos, morfina, trajes azules, verdes, capuchas, máscaras, una luz que me cae en el rostro, casi como en prisión, y me impide dormir profundo. A ratos me entretengo con Por nuestra perestroika, novela de Alejandro Suárez, para invalidar el miedo.

A las dos de la mañana un tumulto sonriente pero serio afirma que hay que operar. A las cuatro vuelven a penetrar en el dormitorio arreglado y se me hielan los dedos creyendo en las palabras que nunca han de ser dichas.

Las horas pasan. Enfermeras de azul, el gremio de limpieza en marrón. De reojo miro el New York Times que no ha sido abierto y leo el nombre del demonio. Hemos entrado en época de averno. Podría decir que entonces los pájaros comenzaron a cantar y salió el sol. Este nunca se había entrado y los otros andarían lejos. Esa noche, sosegado, eludo las barreras y cruzo Arapahoe. Amarro los cordones de mis botas. Parecía tiempo de guerra, pero no gimen los heridos, ya no.


20/02/17
_____
Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 21/02/2017, y en el blog del autor, Le Coq En Fer.

Imagen: Instrumentos de disección sugeridos por Andrea Vesalius
Leer más...

Coplas a María Martha

PABLO CINGOLANI

Siempre te sentí forjada
De la madera más dura
Seguro serás quebracho
Por lo mucho que aguantás

No has nacido pa quebrarte
No sos palito ni balsa
Mujeres como vos
Son capitán y son río

Te conocí en las calles
Enfrentando al poder
Nunca me voy a olvidar
De tu manera de ser

Siempre te vi con sonrisa
Cagándote en toda farsa
Siempre te vi, anhelante,
De belleza y nuevas patrias

Esas patrias son los mías
Son las nuestras, María Martha
Patrias de montañas y ríos
Patrias que son desafíos

Patrias de sentir profundo
Como el Che siempre lo quiso
Como vos, como yo, así
Sentimos, así vivimos

Patria que me das de comer
Sólo patria y más patria
Para que ningún niño descalzo vaya
Ni haya más hambre en nuestra casa

Y las retamas florezcan
Y no haya más ninguna lágrima
Y nos abracemos siempre, María Martha
En la lucha, en el destino, en la gracia.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 20 de febrero de 2017
Aniversario de la batalla de Salta


Leer más...

"Las pirañas" sobre la mesa

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Cuando llegaba un nuevo libro a casa era motivo de celebración y un rito ponerlo sobre la mesa. Ahora no es muy diferente, pero ante este libro, 25 años después, siento una melancólica incredulidad. Miro hacia atrás y me tengo que creer lo que veo: un barullo. Tuve que escribirlo, era para mí un libro necesario, una puerta a franquear. Casi me alegro más por la gente que se ha ilusionado con su edición y puesto mucho empeño en ella que por mi mismo. Les estoy muy agradecido a (por orden de aparición) Víctor San Frutos, Beatriz Jordán, Eduardo Irujo, Juncal Pibernat y Silvia Broome. Hoy, con que encuentre un (buen) puñado de lectores, en este tiempo de pocas lecturas reales, me conformo.

Casi todo lo que tenía que decir sobre el libro ya lo he dicho en el prólogo que he escrito para esta reedición y en un texto que publiqué aquí mismo semanas atrás. Con todo, diré que nadie vea la vida del prójimo por el ojo de esta cerradura de papel, porque probablemente será la suya, la que preferiría no ver, y sobre todo diré que Las pirañas es una novela, esto es una «historia fingida y texida de los casos que comunmente suceden, ó son verosímiles», como decía el Diccionario de la Lengua Castellana, en su edición de 1786.

Para mí Las pirañas es sobre todo el retrato de una época, los felices ochenta, pero fue tomada por otra cosa. Eso no dependió de mí, tampoco ahora. Solo sé que me quedé corto y que en estos últimos veinticinco años he tenido ocasiones sobradas de escribir novelas como esta porque motivos no faltan, sobran. Ahora lo que me faltan son ganas y me temo que fuerzas, pero sobre todo ganas… ¿Para qué? Cuando te haces esa pregunta es porque no sabes responderla. Ahora todo se resuelve en equívocos, malentendidos, reclamos… Corregir esta novela ha sido una tarea ingrata, por asomarme a una época que recuerdo con disgusto, y para mí un recordatorio no ya de una serie de incidentes miserables y desagradables, sino de errores cometidos, graves, como el no haberme ido para siempre del lugar donde nací, y eso me temo que ya no tiene remedio. Yo mismo me eché un cepo al cuello con una alegría impropia de la ceremonia de exorcismo de la que se trataba. El cepo, buen título para novela… La picota tampoco está mal, porque a ella me subí creyendo que era un tablado de barraca de feria que hoy está aquí y mañana, allí. Bien, esto es todo amigos, que sus lectores de hoy sean bienvenidos…

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana. (21/2/2017)
Leer más...

Las retamas


PABLO CINGOLANI

a Eduardo "Chichizo" López

Las retamas que se agitan
Al viento que las acaricia, las hace vibrar
Las fecunda y las incita
A seguir siendo esas virtudes que florecen


Y se perpetúan: se empeñan
En seguir siendo poemas, retamas
En florecer cada vez, alegrarnos
Y brindarnos puentes amarillos, flores


Amarillas, sueños amarillos, Van Gogh y el viento y vos
-que tuviste un jardín donde amparaste a esos sueños-
Sueños amarillos, sueños de flores de retamas


Volvé a habitarte, volvé a habitar
Todos esos sueños – tan leves y tan perfectos
Como cada pétalo de cada una de esas flores de las retamas
                                                             Que nos habitan.
Leer más...

*