15 de enero de 2018

Interviú.




 Jesús Ibrahim Chamali.
                      Era el 22 de mayo de 1976 y en poco más de una semana yo cumpliría catorce años. Era un adolescente tímido, encerrado en mis miedos y con una bulimia lectora que hacía que devorara cualquier cosa que cayera en mis manos, desde un comic hasta el Discurso del Método, del viejo Descartes. Mi vida, como la de la España de aquellos años, era un maremágnum insólito que se debatía entre una educación religiosa y fascista y los deseos de libertad que todos empezamos a sentir en esos años  de nuestras vidas. A Franco, el dictador, todavía se le llamaba el Caudillo o el Generalísimo, con un tono a medias entre el respeto a quien fue Jefe del Estado (y amo y señor de nuestras vidas) y el miedo a que, en el fondo, a pesar de llevar meses muerto y enterrado bajo una losa de tonelada y media, fuera capaz, como Jesucristo, de resucitar y volver a tomar las riendas de ese país que ya empezaba a desmelenarse.
                         Como dije, yo estaba a punto de cumplir catorce años y las hormonas estaban en plena ebullición. El sexo, "eso" que estuvo prohibido durante cuarenta años en España, empezaba a ser el centro de todo; conversaciones, portadas, libros, películas, tesis doctorales y, por supuesto, era mi único pensamiento claro y recurrente a pesar de ser  ese bulímico lector como ya he confesado. Y en ese ambiente, esa semana, nació INTERVIÚ. Era una revista que, de alguna manera, imitaba a PLAYBOY, recogiendo noticias de calado, haciendo reportajes de una calidad inusitada hasta ese momento en la prensa escrita española y  llenando las páginas centrales (y mis deseos, claro) de cicas famosas ligeras de ropa. INTERVIÚ fue el revulsivo que necesitaba España y su aburrida prensa en esos momentos.  
                          Hoy tengo casi cincuenta y seis años. Durante los últimos cuarenta y dos me ha acompañado, semana a semana, destapando no solo mujeres de bandera sino que haciendo, tal vez, el mejor periodismo de investigación que se haya hecho en este país en toda su historia. Algunos de sus reportajes fueron míticos y algunas de sus portadas, con esas chicas (y algunos chicos en su última etapa) fueron tan buscadas que llegaron a agotarse a la media hora de salir a los kioscos. 
                          Hace una semana, el Grupo Z, propietario de, entre otras cabeceras, TIEMPO o INTERVIÚ, decidió tras una reunión con los trabajadores que duró diez minutos, decidió que cierra ambas revistas. ¿Qué nos ha pasado? ¿De verdad en España solo vende ya la prensa basura? Algunos le echan la culpa a la crisis. Otros a Internet, diciendo que desde existe la red, nadie necesita leer en papel noticias o ver a mujeres más o menos desnudas pero siempre con una perspectiva de erotismo y no de pornografía. Lo cierto es que en INTERVIÚ escribieron personajes como Joaquín Sabina, Juan José Millás, Forges, Fernando Savater, Luís Sepúlveda, Jesús Torbado, Joan Barril, Francisco Umbral,, Camilo José Cela, Villalonga, Vazquez Montalbán, Manu Leguineche... y esos puntos suspensivos seguirían hasta el infinito. ¿Es que ahora ya no interesa la literatura periodística? ¿Tan bajo ha caído este país como para que solo consuma prensa rosa, salmón o amarilla?
                        Yo soy como soy gracias a INTERVIÚ, a su valor a la hora de denunciar casos y cosas y de elegir temas de peso y autores de calado para escribir sobre ello. Aprendí a perder el miedo a pensar libremente, aprendí a ver a una mujer desnuda con naturalidad, sin sentir culpabilidad demoniaca o sin sentirme sucio, aprendí que nunca hay que aceptar a la primera lo que te venden, ya sea en literatura, en política, en la prensa o en la vida, sino que hay que revolver, revisar y releer todo antes de aceptar nada como auténtico. Si yo hoy fuera ese adolescente catorce años que fui en 1976, ¿qué referente tendría? ¿Cómo sería la vida de ese adolescente dentro de cuatro décadas? 
                        Hoy, como cuando Franco vivía y mandaba, vuelvo a sentir miedo por el futuro y asco por el presente. ¡Qué país, este!
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¿Umbral ya no interesa?

Miguel Sánchez-Ostiz

«Umbral ya no interesa: Planeta iba a quemar sus libros (por falta de ventas) y su Fundación los salva. Te lo cuento aquí», escribe Lorena G. Maldonado para publicitar un artículo publicado en El Español sobre el protocolo editorial de quemar excendentes editoriales. Es posible que desde el punto de vista del pelotazo comercial eso sea cierto, que haya dejado de interesar el ecritor, eso según para quién o quiénes. Un buen lector que no se dejara arrastrar por los prejuicios que el mismo autor provocaba con sus apariciones públicas o por las filias y las fobias de la feroz tribu literaria (así la llamaba el escritor) sería raro que no encuentre un libro de Umbral que le seduzca: imágenes deslumbrantes, incitaciones lectoras, ideas originales... No me importa confesar que tengo debilidad por el escritor, no por todos sus libros desde luego –si ha muerto esas páginas más pronto lo hizo la época de la que fueron crónica y exorcismo–, sí por los más diarísticos, más autobiográficos y confesionales, más de construir un personaje sólido y, detrás, de afirmar en la escritura una persona que no tuve la suerte de conocer.
Pero el artículo enlazado invita a reflexionar sobre la suerte de tus libros publicados desde hace años y recordar las cartas que recibías (algunas en falso) anunciándote la destrucción de títulos. Te das cuenta de que acabas siendo un autor de libros desaparecidos que nadie quiere, que los tuyos son por fuerza trabajos efímeros condenados casi con seguridad a la inexistencia. Poco importa que hayas publicado mucho si esos libros no están en el comercio como no sea de viejo y aun así porque los antiguos saldos me parece que ya no son protocolares: autor de pocos lectores, pero seguros, que conforman no sé qué orden medio monástica, medio rebelde y brava de lectores, a su aire, que te sostiene. Lo otro va con el aire del tiempo contra el que muy poco puedes hacer. Demasiado viejo para estudiar el mercado y subirte al carro de alguna moda. Y si eliges quedarte fuera de las redes sociales, todavía desapareces un poco más... Un escritor póstumo, sea o deje de ser inédito, es ya algo muy raro. El escritor solo puede confiar en su presente, lo demás es bibliofilia o biblioteca, Rastro, Encantes, chirrión...

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (15/1/2018)
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14 de enero de 2018

Céline y sus panfletos antisemitas

Miguel Sánchez-Ostiz

He comprobado que quienes hablan de Céline lo hacen muchas veces de oídas y poco de leídas, ya sean sus novelas mayores o sus panfletos antisemitas (ninguno que yo sepa traducido al castellano) u otros textos (por no hablar de la masa de su correspondencia), y repiten lugares comunes y anatemas ya muy desgastados. El antisemitismo, lo mismo que el ser filojudío (en el grado que se quiera) es un asunto candente y complicado del que pocos son los que se escurren como pueden. A mí, el antisemitismo, por diversas razones, me produce asco e irritación.

Con Céline unas veces es una cosa y otras, otra, pero casi siempre la misma: su antisemitismo activo antes y durante la Ocupación, de cuyas consecuencias intentó escapar eludiendo, en la medida que pudo, acusaciones de colaboracionismo. Ahora le ha tocado el turno a los panfletos antisemitas, Bagatelles pour un massacre (1937), L'école des cadavres (1938) y Les Beaux draps (1941), y uno antisoviético Mea culpa (1937). Panfletos virulentos, escritos en un tono de exasperación casi teatral, a ratos, de exaltación otros, propagandísticos sin recato, que tuvieron en su época muchas ediciones, algunas ilustradas, tanto antes de la Ocupación como durante esta. Al margen, están los artículos de prensa que Céline dedeñó diciendo que eran meras cartas al director. 

La editorial Gallimard iba a publicar esos panfletos, pero después de encenderse la polémica, se ha echado atrás***. Y es que ese de Céline, del antisemitismo, de las redadas, los campos, la deportación y los expolios a ella unidos, es un episodio no cerrado en la sociedad francesa, por mucho que se saque pecho y cacaree su mestizaje y cosmopolitismo: Francia tiene diversos muertos en el armario, y tiene una France profonde en el corazón mismo de París. El antisemitismo es un hecho, lo fue y me temo que lo sigue siendo.

A mí no me hubiese importado ver esa edición de los panfletos convenientemente estudiados, anotados, situados en su momento... ¿Pero cómo? ¿Cómo acercarse de una manera fría y solo académica a lo que, además de una prosa de prodigio, es una incitación al odio, a la vioencia, al desprecio y un monumento al racismo? ¿Cómo abstraerlos de la época de los campos de exterminio? Hay escrituras en las que tomas partido hasta sin darte cuenta y lo mismo absuelves de manera abusiva que alanceas en el papel lo que crees que no fue alanceado en vida. Como bien dice Le Monde, los panfletos están ahora mismo ampliamente accesibles en los libreros de viejo, más incluso que hace unos pocos años (por liquidación de las bibliotecas de sus lectores de época) y en la Red. El conocimiento cabal de la obra de Céline no sé si pasa por la lectura de esos panfletos. Para mí sí, porque no hay un Céline bueno y otro malo, pero esta es una opinión personal.

Sobre la no publicación de los panfletos, Philippe Muray, un estudioso de Céline a quien dedicó un ensayo ineludible, sostenía en otro texto que «Los panfletos de Céline expresan en el mejor y en el peor de los casos! el inconsciente de las colectividades occidentales, como si la colectividad no quisiera saber lo que ha pensado desde hace dos mil años...» («Pourquoi y a t-il du Céline plutôt que rien?» Stanford, febrero 1983). En este sentido, los panfletos de Céline servirían para que el lector reflexionara no sobre lo que pensaba Céline en 1937-1941, sino lo que él mismo piensa hoy de los judíos. Incomoda reflexión, lo sé, y poco admitida.


*** La prensa española con mayor o menor fortuna se ha hecho eco de esa



*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (12/1/2018)
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13 de enero de 2018

Breve historia de una masacre


Homero Carvalho Oliva

Tenía yo 22 años, cuando el 15 de enero de 1981, durante la dictadura de los Luchos (Luis García Meza y Luis Arce Gómez, el “Caballo” y el “Sapo”, los llamaría el grande escritor Jorge Suárez en su novela La realidad y los símbolos), fueron masacrados en la calle Harrington, de la ciudad de la Paz, algunos de las importantes líderes del MIR: Luis Suárez Guzmán (padre de mi amigo Hugo), Arcil Menacho Loayza (padre de mi amigo Ricardo), Ramiro Velasco Arce, Artemio Camargo Crespo, José Reyes Carvajal, Jorge Baldivieso Menacho, Ricardo Navarro Mogro y Gonzalo Barrón Rendón, estos últimos dirigentes universitarios y compañeros de lucha en los años feroces de recuperación de la democracia. En esa masacre sobrevivió nuestra amiga Gloria Ardaya, que era mi catedrática en la carrera de sociología de la UMSA. Ya antes, en el día del golpe, el 17 de julio de 1980, cayeron asesinados Marcelo Quiroga Santa Cruz, Carlos Flores y otros que fueron asesinados y desaparecidos en los siniestros meses de la dictadura, entre ellos Elías Raphael, un amigo poeta, su madre murió sin saber dónde están sus restos, al igual que la familia de Quiroga Santa Cruz. Muchos de los paramilitares asesinos que ejecutaron esos crímenes siguen en libertad. Honor y gloria a los caídos en la lucha por la democracia.

*Publicado originalmente en el muro de Facebook del autor (13/1/2018)
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5 de enero de 2018

Noche de Reyes

Miguel Sánchez-Ostiz

Nunca he podido olvidar ni aquella tarde de los Reyes en el Hospital de Navarra del año 1957 0 1958 –¿Por qué allí? Algo relacionado sin duda con uno de mis tíos abuelos que tal vez estuviera internado en un pabellón que allí sigue en pie, decorado para la ocasión con reposteros de aparato– ni el día, muchos años más tarde, que hice de rey Melchor en una cabalgata oficial, siemplemente para probar que la funcionaria municipal cinéfila que cuando soplaba en el calderete de las listas negras, y sostenía que yo gastaba pose de maldito, era una tufarra. Eso de maldito, en Madrid, en un pueblón manejado por riquitos golpistas, como los de su familia, es patético. Pero me di el gusto de entrar en mi pueblo por el Portal de Francia, a lomos de un camello o dromedario, en medio de volatineros y humazos, y de ver una caras que había olvidado. Fue una noche memorable. Era mi despedida de trueno, pero fue en falso, cagüen... Al día siguiente, casi sin pegar ojo, estaba en Madrid, en un bar de la calle Ayala, cerca del Pelaéz, pero esta es otra historia.

Tengo el olvido difícil, se lo dije en La Paz a una funcionara de la Embajada que se agarró un rebote de aúpa. Me gustaría ser magnánimo, siempre, pero me cuesta. Me lo decía el otro día día mi amigo Freddy: «La mara es como es, chico, ni puedes cambiarla ni puedes tomártela en serio». Igual es cosa de las porfirinas, de la genética, del qué sé yo.

Tampoco he olvidado el rosco de Arrasate y la noche alborotada... Dejaban la ventana entreabierta del comedor y ponían tres copas a medio llenar de anís y coñac, y allí entrábamos en tromba, emocionados. Y mucho menos he olvidado el año que los Reyes trajeron el teatro de guiñol –llevo toda la vida viéndolo en su rincón–, rojo y verde, con cortinas correderas –conocí años después al carpintero que lo hizo–, por los curriños que colgaban del escenario, un japi, una bruja, qué más, no me acuerdo, por El Tesoro de la Juventud y por el disco de La isla del Tesoro para poner en una radio pikú vetusta y que acabé sabiendo de memoria.

*Publicado originalmente en Vivir de buena gana (5/1/2018)
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De árboles, de vientos

Pablo Cingolani

El viento no se ve pero es pura potencia. Los árboles no hablan pero te van diciendo todo, a cada momento. La vida es así. Lo esencial es invisible. Lo esencial está más allá del lenguaje. Porque sobre aquello de lo que no se  puede hablar, hay que callar.[1] O lo sientes o es silencio

La vida es así. La vida no se demora, ni se enreda en palabras. La vida no se ataja si no estás dispuesto a seguir su huella. De árboles, de vientos

La poesía duele. Te puede doler. Pero te redime. Te redime siempre

La poesía puede lastimarte. Pero al final, al final, te cura

Puedes perderte, puedes olvidarte. Pero al final, al final, siempre puedes regresar al cauce, al cerro, a la nieve, a la música: a ese más allá del lenguaje, más allá de lo que no se puede hablar. Esa es la textura inmemorial de aquello que no está escrito, ni puede decirse. Eso que labran el viento y los árboles. Eso esencial, eso invisible

Al viento no lo ves pero está siempre presente. Los árboles igual. No hablan, no gritan,  pero siempre dicen la verdad.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 2-3 de enero de 2018


[1] Wittgenstein

Imagen: Piet Mondrian
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Como se nos van los años.../ Mirando de abajo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

… y ahora cuesta recordar, cantaba Piero. Aunque cada año es lo mismo, ponerse a hacer memoria, hablar de lo que fue hace poco, de lo que ya no será; siempre lo repetimos. Decidí, entonces, y circunstancias lo obligaron, esperar las horas de este último en completa soledad, a ver si hacía diferencia, si ante la ausencia de voces se conjuraban al olvido los fantasmas. No fue así. El cuerpo está condicionado a aguardar la medianoche de fin de año que esta vez vino gélida, gris, con la luna apenas brillando en un terciopelo opaco que cubría el cielo y eliminaba sus estrellas.

Me vestí. Una vez cada diez años o me regalan o compro alguna ropa nueva porque la necesidad obliga a que no parezcamos mendigos –y lo seamos- y disimulemos a pesar de que el público no vino o simplemente no existe. Pues zapatos, camisa, pantalón, nuevos. Afuera, del vano de la puerta abierta hacia la noche, oscuridad. El piso está duro, congelado; da siempre la nieve, o el hielo, sensación de suciedad, de desaliño, de tiempo abandonado.

Reviso la maqueta de un libro que se incuba en Zaragoza. Pienso, recuerdo, que la columna de Durruti podía ver desde el frente las torres de Zaragoza. Era, para mí, como un bloqueo mental, lo imposible, lo que nunca se encuentra ni cruzando el río. Es que la revolución, la “verdadera” en esta era de verdades y mentiras, no podía pasar de un sueño loco, de la visión en la distancia de una mujer que asoma al alféizar y apoya sus blancas tetas que no podremos tocar. Y sabemos que esa piel treintañera ha sido recalentada por el sol y que debe sentirse agradable, mullida, descanso para labios cortados de sed y sal. En la Zaragoza inalcanzable, crecen páginas mías, tejidas en muladares del sur, el kilómetro Cero, donde la vida nunca valió nada. Y menos la muerte. Cochabamba, jardín de la república. Flores negras.

En sesenta segundos el año se fue. Entre lo viejo y lo nuevo, un instante. Entre tú y yo, siendo tú ahora que estoy solo una muchedumbre de ellas, disformes, amalgamadas, conjuncionadas, confundidas. El desafío radica en que año que pasa, año en que las percepciones tienen que ser más agudas. ¿De qué sirve el aprendizaje si no? Observo. La vecina de la izquierda tiene el televisor prendido, sin volumen. En la sala, un foco ilumina un bastante buen cuadro abstracto. Los de arriba, los armenios huidos de Siria, guardan una oscuridad silenciosa y asustada. Ese es un año, el que marca distancias que pudieron haber sido fatales. Imagino que miran con sus inmensos ojos oscuros las figuras casi humanas que el frío forma entre las corrientes de aire, lo que en el medioevo eran espectros y no son y recuerdan las reales, humeantes y dolorosas, de hace un año. Hace pocos días me trajeron gran cantidad de nueces de regalo. Agarro tres a cuatro al mismo tiempo y las rompo bajo presión mientras tomo un café aromatizado. Cuánto podrá significar una nuez, muchas en este caso, para un sirio que escapó de la muerte… Feliz Año Nuevo.

Cuesta recordar, y cómo no si día que pasa día en que acumulamos. Recibo cartas, felicitaciones, buenos deseos y un gasto de optimismo. Un año atrás, otro balbuceando en fracción de segundos. Esto del tiempo es maldad divina, porque sin calendarios quizá ni cuenta daríamos que ayer difiere de hoy y que mañana quién sabe.

En la pantalla el hielo antártico atenaza al Endurance. Hay olores de fricasé por el encapotado cielo de Aurora. En algún lugar, no lejos, bolivianos han hecho campamento y cocinan.
01/01/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), y en el blog del autor Le Coq En Fer, 03/01/2018
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Los premios Nobel de Literatura

Homero Carvalho Oliva
Hace unas semanas, la Embajada de Suecia me invitó a participar en un conversatorio sobre Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017. Después de aceptar la invitación pensé en los autores que lo habían recibido y los que yo había leído a lo largo de mi vida. Recuerdo que en mi juventud hacíamos apuestas acerca del escritor que sería consagrado con el galardón literario más importante del mundo, eran otras épocas.
De 1967 a 1980
El primer Premio Nobel que leí fue Miguel Ángel Asturias (1967), inolvidable su novela El señor presidente, lo hice en colegio y su lectura inauguró para mí no solamente las novelas sobre dictadores, sino que me abrió las puertas para la magia de otros autores latinoamericanos. Yasunari Kawabata (1968) me impresionó con La casa de las bellas durmientes y un microcuento titulado Rostros, que me marcó por la fuerza expresiva del relato. De Samuel Beckett (1969), sin duda alguna Esperando a Godot, que la vi en varias versiones. De Alexander Solzhenitzyn (1970) leí Archipiélago Gulag, por un tiempo creí que era propaganda anticomunista. Del poeta Pablo Neruda (1971) creo que he leído todo, incluso sus memorias y con él todos ganamos en las apuestas. 
De Heinrich Boll (1972) recuerdo el título Retrato de grupo con señora, pero no los detalles; Saul Bellow (1976) sigue siendo una asignatura pendiente, hace años compré Herzog, espero leerla algún día. Del poeta español Vicente Aleixandre (1977) me acuerdo de haber leído muchos de sus libros, pero no recuerdo ningún título en particular. De Isaac Bashevis Singer (1978) viene a mi memoria Un amigo de Kafka y otros relatos, un consumado cuentista, sin duda alguna. De Odisseus Elytis (1979) recuerdo algo atribuido al archicitado Borges (recordado cada año como el premio que no fue), que consultado acerca de Elytis habría respondido que no lo conocía, pero que como era griego seguramente escribía muy bien. A Czesław Miłosz (1980), espero leerlo, lo prometo. A partir de la década de los setentas leí otros Premios Nobel anteriores a 1967, como Tagore, Kipling, Gidé, Mistral, France, Eliot, Hesse, Hemingway, Camus y otros; tengo una colección denominada Premios Nobel, pero ésa es otra historia. Sigamos.
De 1981 a 1999
De Elías Canetti (1981) leí muchos de sus libros, recuerdo especialmente sus autobiografías La lengua salvada y La antorcha al oído. Cuando en 1982 le otorgaron el Nobel a Gabriel García Márquez fue como si hubieran reconocido a un tío muy querido que venía a nuestras casas a contarnos historias. El señor de las moscas, de William Golding (1983), fue uno de los primeros libros que recomendé a mis hijos, les advertí que la novela era una recreación de la historia de la humanidad. 
De Jarsolav Seifert (1984) y Claude Simon (1985) no leí nada; sí leí la poesía de Wole Soyinka (1986); así como la de Joseph Brodsky (1987). Naguib Mahfuz (1988) es de mis escritores favoritos; no tanto Camilo José Cela (1989); luego viene uno de los poetas y ensayistas al que siempre vuelvo, un pensador universal llamado Octavio Paz (1990), que me hizo comprender y amar mi ser latinoamericano. De Nadine Gordimer (1991) reconozco que solamente he leído algunas cosas sueltas; no así del poeta Derek Walcott (1992), cuyo descubrimiento fue una epifanía para mí, lean el poema El amor después del amor y lo sabrán. He leído muy poco de Tony Morrison (1993), de Kenzaburo Oé (1994) y de Seamus Heanney (1995). Me enamoré de Wislawa Szimborska (1996) a la primera línea: “Medio abrazados, sonrientes/ buscaremos la cordura, / aun siendo tan diferentes / cual dos gotas de agua pura”. De Darío Fo (1997), vi su emblemática Muerte de un anarquista. Con José Saramago (1998) tengo una relación de amor y odio, hay novelas que me fascinan y otras que definitivamente no he podido leer (lo mismo me sucede con otros autores). Gunther Grass (1999), por supuesto que leí El tambor de hojalata. 
El tercer milenio
A partir de la década de 2000, la difusión de autores se multiplica al infinito, justamente por las veloces ventajas de Internet y a la posibilidad de leer autores en PDF o en EPUB, si en las anteriores décadas conocíamos a la mayoría de los candidatos al Nobel, a partir del nuevo milenio ya no hacíamos apuestas, pues nuestra información y lecturas ya no abarcan la inmensidad de autores que se han universalizado y las librerías bolivianas no traen tantos autores. Así los premiados Gao Xijian (2000), V.S. Naipaul (2001), Imre Kertezz (2002), JM Coetzee (2003), Elfriede Jelinek (2004), Harold Pinter (2005), Orham Pamuk (2006), Doris Lessing (2007) y Jean Marie Le Clezio (2008), eran nombres que solamente había leído en suplementos culturales o cuyos libros había visto en ferias internacionales de otros países, imposibles de encontrar en el nuestro antes del Premio Nobel e incluso después. 
La narrativa de pueblo de Herta Muller (2009) me recuerda al mío: “La otra gente dice que mi madre es hija de otro hombre y mi tío es hijo de otro hombre, pero no del mismo otro hombre, sino de otro. Por eso el abuelo de otro niño es abuelo mío, y la gente dice que mi abuelo es el abuelo de otro niño, pero no del mismo otro niño…”; me alegré cuando en 2010 se lo dieron a Mario Vargas Llosa, autor de muchas de mis novelas preferidas. Tengo varios poemarios de Tomás Trastômer (2011), lo leo y siento que debo seguir para entenderlo mejor; de Mo Yan (2012) leí su hermoso discurso de aceptación del Premio Nobel y tengo una novela suya en mi velador, ya llegará la hora de abrirla. El libro de cuentos Las lunas de Júpiter fue lo primero que leí de Alice Munro (2013); de Patrick Modiano (2014) y Svetlana Alexievich (2015) me enteré de sus obras por la prensa, mi ignorancia respecto a sus obras la he ido resolviendo con lecturas en suplementos y revistas. Llegamos al controvertido premio de 2016: Bob Dylan, de quien había escuchado sus hermosas baladas y había leído una que otra letra de sus canciones, me pareció bien la polémica. Me hubiera gustado que también se lo otorgaran a Antonio Tabucchi y si me preguntan sobre algún autor boliviano, les responderé que Franz Tamayo lo merecía sin duda alguna.
Volviendo a Kazuo Ishiguro (2017), no había leído nada de él hasta hace unas semanas. Había aceptado participar en un conversatorio acerca de su obra y me dediqué a buscar alguna de sus novelas para hablar con propiedad de su obra. Visité varias librerías de Santa Cruz de la Sierra y no encontré ninguno de sus libros; entonces, desesperado, recurrí al crimen: fui a los piratas. Me dolió hacerlo, pero no tenía alternativa posible. En uno de los puestos encontré su novela Los restos del día, realmente extraordinaria. Conté los pormenores de mi búsqueda en mi muro del Facebook, aceptando mi culpabilidad de buscar entre los piratas, lo que no confesé es que a la edición pirata que compré le faltan dos hojas, karma, le dicen. Semanas después llegaron algunos de sus libros a una librería cruceña y una buena amiga, Verónica Ágreda, se apiadó de este pecador y me obsequió una versión original. 
Sobre Ishiguro es sin duda un magnífico escritor, de una escritura sobria y precisa con imágenes sugerentes y elegantes.
*Publicado originalmente en Cambio (Bolivia) 4/1/2018
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