13 de septiembre de 2019

Sal


El aire olía a humedad, a vértigo, a nada. Desde la orilla de arenas, un grupo de indios, sentados en cuclillas, miraban en silencio. Alguno, desde la nave, les hace algún gesto exhausto. Nadie responde a las señales de los fantasmas. La decepción cunde, a pesar de que la marea algo los impulsa: la mañana, cargada de nubes de tormenta, ha vuelto al rio, un inmenso lago gris, pegajoso de temibles dudas, puro misterio inalcanzable.
Después del mediodía, nadie ha comido, la marea crece, se vuelve contra ellos. A lo lejos, ya no ven ni indios ni manatíes: sólo algunas palmeras de escuálido porte, algún cocotero solitario entre manglares donde revolotean zancudas, alguien reconoce a un ibis. Le dice a su compañero, los dos acodados sobre la borda:
—¿Sabes, Mendoza? A estos picudos, los vi en el Egipto…
Mientras el sol comienza a desfallecer y deshilacharse en flecos naranjas, la marea cede, y los elegantes ibis echan a volar en dirección contraria. El marinero sentencia:
—Si los siguiéramos, llegaríamos al África y saldríamos de este infierno…
Al otro, algo le late adentro. Él también conoció esos andares del mundo, trajinó la Barbería de corsario en un barco capitaneado por un malagueño. Se inquieta:
—¿Y dónde queda África?
Luca, se yergue altivo, y señalando el oriente, advierte que suaves olas, largas y lentas, lamen la barca. El agua turbia se ha convertido en verde. Un verde de jades, un verde aguamarina, un verde tan esperanzador que lo hace gritar con todas sus fuerzas:
—Comandante, comandante…. ¡venga usted a ver!
Un hombre pequeño de cuerpo, “mal agestado”, con los ojos tan juntos que daban miedo, que no dormía nunca, cargando siempre sus armas, sus dagas y espada, acudió al llamado.
El sol naufragaba, la niebla se espesaba, un silencio espectral buscaba envolverlos.
—Vasco, ven…. Ven, mira aquí…—El otro aceptó la confianza. Está esperando una revelación, un milagro. Ha peregrinado medio mundo en nombre de Dios, atravesó la selva más grande del orbe, ha matado sin piedad al “francés” de Ursúa, a la “puta” de la Atienza y a todo aquel que osó enfrentarse a él y a su patria líquida, la patria de los marañones, su sueño de libertad que desconocía… Cuando observa el agua verde, agua de jades, por segundos, siente en todo su cuerpo, maltrecho y ajado por el tiempo y los combates, un estupor extraño, siente la epifanía, siente que Dios desarma su ira y que la fe, la fe más ciega –que es la más pura- revitaliza sus manos, su piel, su hígado, cada molécula de su cuerpo se estremece, grita:
—Miguelico, ¡arroja el balde!—y Miguelín de Álava arrojó el balde. Cuando lo recoge del manso oleaje y se lo entrega a Lope de Aguirre, todos los del barco lo están rodeando, todos espectros expectantes, todos con el último ardor contenido. Lope hace un cuenco con su mano y lleva agua a su boca:
—Sal—dice.
Agrega, elevando su mirada al cielo:
—¡Esto es sal, señores! ¡Estamos salvos!—Los gritos de júbilo de la tripulación inundaron el vacío. Habían arribado al Atlántico. Diez meses de ferocidad y de navegación del Amazonas habían terminado.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 12 de septiembre de 2019
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7 de septiembre de 2019

Carta a Burroughs

Querido William Burroughs:


Disculpa que te moleste dentro de tu nube de bienestar eterno y celestial pero no puedo dejar de escribirte tras que leí una entrevista que te hicieron cuando cumpliste 80 años –fue en 1994- y allí pude volver a comprobar lo inoxidable de tu manera de ser, estar y ver al mundo y cuánto nos (me) haces bien, tomando en cuenta que te escribo desde el año 2019 y el que el mundo se está yendo cada vez más al carajo y la era de la boludez –como diría un grupo de rock argentino que se llama Divididos y que intuyo te hubiera gustado escuchar- parece no tener clemencia, ni menos final.

Te escribo motivado por la siguiente, que leí en la entrevista de marras: por tu defensa cerrada del bajo perfil.[1] ¡Ey, viejo Bill! Vos no te imaginas lo que ha pasado con la galaxia terráquea desde que partiste: algo llamado Facebook, algo llamado Instagram, algo llamado, genéricamente, redes sociales, ha inundado el planeta y tu antiguo proyecto de derrumbe/epifanía de la arquitectura neuronal humana, ha sucedido, pero al revés.

Donde vos, veías iluminación, ahora reina la oscuridad más profunda.
Donde vos promovías clarificación, se enseñorea la confusión y lo fake.
Donde vos sentías esperanza en la especie, ahora cunde el desasosiego.

Bill: la maldad se ha desatado sobre el mundo, los demonios acechan, los fantasmas de la máquina han despertado y están asediando a la condición humana.
El bajo perfil que vos proclamabas se fue a la mierda y ahora TODOS, todos los seres humanos que andan colgados de esas redes moluscas y anti-energéticas, TODOS trabajan gratis para la CIA, para la NSA, para la yuta (para la policía), para los empresarios chupa-sangres, para todo el mal, los demonios, la desgracia humana, la nada que avecina.

Escucha: son 2500 millones de seres que han perdido el “low-profile”, el bajo perfil, que se desnudan a diario, y sin pudor, en las dichosas redes, que no saben o no entienden que el poder está aplicando sobre ellos tu dichosa revolución neuronal, pero al revés.

Donde vos vibrabas por una liberación, ahora se profundiza la dominación.
Donde vos veías una alborada y una salvación, ahora huele a apocalipsis, a tumba.
Donde vos sentías fertilidad, ahora sólo es yermo, yerma, deshonra, el hastío manipulado hasta el infinito, la sinrazón, el sin sentido.

Habría que volver a los majestuosos planes de X. de inundar el sistema público de agua de las ciudades con cuantiosas dosis de lisergia, y ver qué pasa.
Vos decías que la hecatombe neuronal de la especie fue producto de un cataclismo global y masivo: un diluvio, por ejemplo.
Habría que provocar otro, algo que catalice el cerebro humano y cristalice en hombres nuevos.

Hubo un maestro en los Andes, tal vez lo conociste en tus lecturas, que se llamaba Simón Rodríguez.

Fue el mejor de todos, de todos los maestros. Y como el, hasta hoy, no hay ninguno que se le compare.

Fue el maestro y mentor de otro Simón, de Bolívar, ese que, en Boyacá, liberó a la Colombia que vos tanto quisiste por el Richard Evans, por el yagé y por tantas otras cosas más que te abrieron la cuca y que luego escribiste.

Simón Rodríguez, el Simón primero, creía eso: en los hombres nuevos. Decía que no se podía construir reinos de libertad y de justicia con hombres viejos, con hombres amansados por el antiguo régimen, por los oprobios y por la tolerancia a la injusticia.

Había que –decía- hacer todo de nuevo, desde los cimientos, y sesenta años antes que Nietzsche, dijo que esa semilla era la educación de los niños.

Era nuestro Aristóteles –fue mejor que Ari porque no nos brindó certezas, sino certidumbre para la sangre, para la lucha, para el combate- y vos fuiste luego, a tu manera, flower power forever young it´s only rock and roll but I like it- nuestro Simón Rodríguez.

En fin, ya creo que me dejé entender, así que para qué abundar.

Te mando mis mejores abrazos y si lo ves por ahí a Simón, tomate un café con él, y si lo ves a Jimi Hendrix, decile que lo quiero mucho.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 6 de septiembre de 2019
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2 de septiembre de 2019

Junta palabras


Junta palabras, todas las que quieras, publícalas e indígnate, pero sabe una cosa: tal vez, nunca concluyamos la descripción de la nieve

Junta palabras, reúnelas, dales de comer con tu frenesí insensato y si algún día te detienes, te dejas de lastimar, hablemos de danzas de tortugas, danzas de líquenes, danzas de peces en el río de agua de diamante

y hablemos de la nieve también, a ver si alguna vez intentamos, juntos, mirarla de frente, olerla y describirla, siquiera rozarla


Apenas respiramos sintiendo poco, sabiendo nada


Fuera, en la distancia, diez mil vicuñas claman, te están llamando –a diez mil guerreros de Túpac Yupanqui se los devoró la selva del Amaru Mayu

Fuera, en la distancia azul que se vuelve infinito, las vicuñas claman y un volcán ocre y azufre, las ampara


Apenas respiramos sabiendo poco, sintiendo nada.


Pablo Cingolani
Antaqawa, 1 de septiembre de 2019

Fotografía de Lorena Ledesma

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Macri y los macristas


Pablo Cingolani

Siento esa alegría recóndita –a la que alude mi cumpa Federico-, esa alegría de subsuelo, como diría Scalabrini Ortíz, frente a lo que es el fin, la caída, de Macri.
El gobierno de los CEOs, de los impresentables a lo Vidal que los apoyan, de los chorros corporativos más grandes de la historia argentina, está llegando a su fin.
Fueron cuatro años de padecimiento y de dolor, pero como dice Héctor Tizón en su última obra, en sus Memorias de la Puna, hay que padecer para vivir, sólo se termina comprendiendo el sentido y el significado de la vida si nos la escamotean, si nos torturan y laceran, si padecemos para vivir. T.S. Eliot y la ESMA.
Ojalá todos hayamos aprendido la lección y la manito, cuando votamos, no se tuerza más a la hora de meter el voto en la urna: Macri, hay que decirlo, debe ser un accidente, nefasto y degradante, de eso que llamamos democracia, algo con lo cual nunca comulgué, pero que, en fin, es la manera que tenemos políticamente de relacionarnos entre nosotros, entre pueblos.
De López “Reggae” –Capusotto dixit- a Durán Barba, de Alfonsín y sus dos demonios al demonio único de Mauricio, hemos recorrido un largo camino, muchacha, y allí tenemos las consecuencias: la sangre, el martirio, el dolor y la tristeza siempre lo pone el pueblo, los que sufren son siempre los de abajo, los humildes son siempre los condenados y los castigados de la historia.
Eso debe acabar. La Argentina, que, en la década de los 50s, atesoraba, para su pueblo, una mejor calidad de vida, para todo su pueblo, que la que tenían la URSS socialista y, sobre todo, los “gloriosos” USA de los capitalistas –que ni siquiera respetaban a sus negros, los muy cabrones y los muy hipócritas-, debe recuperar, en el siglo XXI, bien adentro ya del siglo XXI, los mismos niveles de dignidad, de justicia social, de soberanía y de autodeterminación que tuvimos. Nunca más el ARA San Juan. Las Malvinas son argentinas y los excombatientes, nuestros héroes.
La década ganada de los K debe considerarse como un ejercicio, como un buen momento coyuntural. Fue el paraíso frente al infierno macrista. Pero la Argentina verdadera, la Argentina para todos, “la Patria para todos porque si no, no habrá Argentina para nadie”, es un proyecto a construir, a construir sobre las ruinas que nos lega el macrismo, pero he ahí el desafío.
Y ahora, lo encarna Alberto, y he ahí también la magia de la política, y he ahí también el mérito (y la gloria) de Cristina y su renunciamiento. Ojalá que se entienda la clase y la calidad de desafío que enfrentamos.
Macri ya fue, como dice la cumbia. Macri ya fue, Vidal ya fue, estoy seguro que Larreta también será. Ya son zombis, cadáveres políticos, la pregunta del millón es: ¿y qué hacemos con los macristas? ¿Qué hacemos con esos obstinados que siguen creyendo, en el fondo, que la única desgracia que tuvo la Argentina fue el peronismo como fogonearon Mauricio M., Duran-Duran B., Marquitos P, Elisa C. y todos los demás bandidos durante los últimos 4 años? En el fondo, la pregunta es: ¿cómo diluimos, de una vez y para siempre, el gorilaje?
La idea es no meterse en honduras, ya que estamos en guatemala. Bolívar, el genial, tuvo un plan para con los españoles que no querían aceptar la Independencia: pagarles el pasaje para que se vuelvan a España. El Che, a los gusanos que aún quedaban, no les pagó el pasaje a Miami sino que los fusiló en La Cabaña. Pero ahora, ya sabés, vivimos en democracia. Y en democracia, no hay paredones… ¿entonces, ¿qué hacer, como diría el que ya sabés?
Creo, firmemente, que la primera tarea del próximo gobierno, la prioridad, es volver a poner un plato de comida en la mesa del pueblo. La Argentina debe volver a trabajar, debe volver a producir, debe volver a recrear su mercado interno, siempre pensando y creyendo primero en los argentinos y en nadie más que ellos.
Si hay que nacionalizar, nacionalicemos, y dejensé de joder con la correlación de fuerzas. Evo lo hizo y la correlación de fuerzas era todos contra él, salvo el pueblo que lo acompañó. El pueblo argentino debe haber madurado también después de tanta desgracia que le cargó el macrismo sobre su vida, sobre su futuro, sobre su esperanza.
Luego, y sigo siempre a mi cumpa Federico, lo que debe venir es una profunda revolución, una profunda comunicación, una profunda explicación al detalle de cómo estos hijos de puta le robaron al pueblo.
El pueblo debe entender que los grandes empresarios pueden prometer cualquier cosa –pobreza cero decía el gran infeliz el 2015- y después no sólo hacen todo lo contrario, sino que ganan millones y millones por el simple hecho de ser dueños de sus empresas y dueños del estado.
Petras, en los ochenta, advertía sobre este peligro. No eran los militares –ya vencidos- la sombra de las transiciones democráticas y de la democracia en sí misma en “Latin America”: eran los delincuentes, eran los delincuentes de cuello blanco –no los políticos corruptos, políticos corruptos hubo siempre- los que ponían en peligro el Nuevo Mundo.
A esos delincuentes, el nuevo gobierno, el nuevo poder, debe extirparlos quirúrgicamente, debe explicarle al pueblo el porqué de la extirpación, para crear una hegemonía cultural de nuevo orden donde nunca más el pueblo vote ladrones, vote a cacos corporativos, vote a reverendos mentirosos.
Si asumimos como segunda tarea prioritaria, caiga quien caiga y cueste lo que cueste, desmontar el aparataje macrista, diciéndole al pueblo la verdad, la verdad de cuatro años de latrocinio, de maridaje corrupto entre los CEOs amigos de Macri y el Estado, el pueblo va a desterrar el gorilismo hasta que sólo quede un 10 por ciento de argentinos que sigan creyendo que “el único negro bueno es el negro muerto”, parafraseando la ignominiosa sentencia del general Custer, hdp.
Ese 10 por ciento de gorilas, tiene los recursos –que le robaron sistemática e históricamente al pueblo trabajador- de irse a la mierda solos, de irse a esquiar –como dice Elisa C.- y no volver nunca más a la Argentina que siempre ultrajaron y siempre despreciaron.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 1 de septiembre de 2019
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31 de agosto de 2019

Comerlos crudos

Pablo Cingolani

Tras trajinar todo el santo día, cuando volví a la casa, el gato Limón se lanzó encima de mí, más africano que nunca: si pudiera, me hubiera comido crudo

Cómo entendí el mensaje, decidí premiarlo: una pechuga de pollo fue a parar a su boca. Previo, el gato saltaba de alegría: la misma alegría que de seguro tuvieron los charrúas cuando se lo tragaron al señor Solís en aquel memorable año de Dios de 1516, en la recién “descubierta” banda oriental del Río de la Plata

Carne cruda o misionero a la olla: la cultura occidental condena el canibalismo y el carpaccio humano. pero una de las historias más conmovedoras y nutrientes que conozco es la de los rugbiers uruguayos –y dale con los charrúas- que sobrevivieron a los Andes tras un desdichado accidente de avión

Ahora uno puede ver en la tele los estúpidos shows de realidad que hacen las grandes cadenas de manipulación masiva de la mente y ver a esos ex comandos –asesinos profesionales que además te cuentan, por cuenta gotas, pero te cuentan –ese es el pecado, eso es lo subliminar- de sus fechorías en Afganistán o en Irak- y luego te “enseñan” cómo sobrevivir en la tundra. Bastardos…

Los pibes uruguayos lo hicieron solos, sin que nadie les enseñara nada: lo hicieron, sobrevivieron, para demostrar que la condición humana, cuando se la prueba, es capaz de soportar cualquier contingencia, por más extrema que esta sea, con tal de seguir demostrando eso: que los seres humanos tenemos derecho a la existencia y a lo bello y a lo sublime. De lo contrario, somos Hitler, somos Pinochet, somos Videla, somos History Channel, somos Discovery, somos toda esa basura mediática que mata más que las balas…

El punto es este: el gato, feliz, comiéndose toda una pechuga. Bien

Los charrúas, felices, manyándose a don Solís, bien también.[1] Como todo el arco originario de lo tupí-guaraní –la marca fundante de lo que hoy es Brasil- de comerse exploradores y misioneros. No comían por comer. Era parte de un ritual que los reafirmaba como seres humanos, que les proveía sustancia y energía. Era también honrar al adversario, al enemigo

El Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade, no sólo funda ese Brasil culturalmente potente que conocemos todos - ¿qué cosa fuera Caetano o Amado, Elis o Drummond sin la razón forjante del Manifiesto? Era esa fidelidad, esa fertilidad y esa dignidad que hoy, en democracia, invento ultramarino y poco imaginativo, por cierto, se nos escapa, nos elude, nos niega

Los pibes uruguayos volvieron ese mismo ritual, en coordenadas más próximas a nosotros, un mensaje de redención, de lucha por la vida, de esperanza fecunda. En este mundo de mierda que promueve el capitalismo, en este mundo televisado, cruel y en red, no hay nada que se compare con ellos

No necesitamos ver sus “hazañas” televisadas de los ex asesinos en Bagdad cuando comer, comer comida nomás, en La Matanza, en Guayaquil o en cualquier barrio pobre del tercer mundo es más difícil que hacerles la guerra a los que causan el hambre

En el medio, en el medio de los tupíes –de la memoria de los tupíes- y de los gatos, estamos nosotros

¿Qué cosa hacemos, dime tu, nosotros, que no comemos carne cruda y menos que menos nos comemos a todos los que nos vienen a joder de afuera y de adentro?

Ya te dije: dímelo vos.
                                                                 
Pablo Cingolani
Antaqawa, 3 de julio de 2019


[1] Es interesante consultar a la Wikipedia sobre este punto. Miren lo que dice: “Viendo indígenas en la costa oriental, Díaz de Solís intentó desembarcar con algunos de sus tripulantes (entre ellos Pedro de Alarcón y Francisco Marquina) en un paraje entre Martín Chico y Punta Gorda, o en alguna isla situada frente a esa costa coloniense. Solís y los suyos fueron atacados por un grupo de indígenas que los ejecutaron ante la mirada del resto de los marinos, que observaban impotentes sus muertes desde la borda del buque, fondeado a tiro de piedra de la costa. Los cadáveres fueron asados y devorados por los indígenas, que algunos autores identificaron como charrúas. Aunque en la actualidad se cree que pudieron haber sidos [sic] guaraníes de las islas del Paraná ya que estos eran antropófagos”. Esto lo escribió algún facho: la culpa, como siempre,  la tienen los otros.


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El gato, Herzog y la selva

Pablo Cingolani

Terminé de leer Conquista de lo inútil de Herzog –un libro esencialista, un libro sobre algo de lo más esencial: la selva- e intento escribir sobre él, sobre Herzog y sobre su libro, cuando el gato me mira tan fijamente

Que dejo de escribir sobre el bávaro y su bitácora y me pongo a escribir esto

Y escribo, ante todo, lo mismo que hace unas horas le contaba a W.

Mira, hermano: Este es un gato de una raza llamada Sabana (Savannah)–es una mezcla de gato común con un felino africano llamado serval, un venerable salvaje, al cual a un idiota –un yanqui- se le ocurrió mezclar con alguna gatita hace menos de dos décadas… algunos mestizajes mediante…aquí está Limón que te/me mira fijamente… y siento el poder de sus ojos felinos/cazadores/fatales y bueno, empiezo a escribirlo

Aunque, pensándolo bien, no es que he dejado de escribir sobre el bueno de Werner y su maravilloso libro, lo estoy contrapunteando –cuidado, además, que el dios Ra se me enoje y la diosa Bastet me deje de cuidar

En definitiva, digo, hay la conexión, el vínculo esencial, entre la mirada certera/homicida del gato y la selva de la cual habla todo el tiempo don Herzog en su libro y es este

Y es que lo esencial no es invisible a los ojos

Es la selva. Es un gato, semi-salvaje, son sus ojos que te reflejan lo mismo

Mírame, escúchame, tócame, sálvame –estoy recordando (libremente) a Tommy de The Who[1] –y las correspondencias fluyen: la ópera, mi hermano Esteban que la ama, Manaus, Fitz, las boas, los hermanos Villas-Boas, Sydney, el Álvaro Díez Astete, los jaguares, el gato Limón, el libro de Herzog, la reunión que sostuvo con Belaunde Terry, presidente del Perú de ese entonces, para pedirle que proteja a los indios, el territorio de los indios, el cine Lara, el rock and roll, los indios, los indios machiguengas que le ofrecieron a H. asesinarlo a Kinski por neurótico y desquiciado, los mismos machiguengas que defendimos con la FENAMAD y con AIDESEP y con el Álvaro y con Sydney, y el mundo que es una mierda pero que, a veces, intenta dejar de serlo

Y mi amigo Roque que anda por ahí, en la Paternal de Pappo y anda en su búsqueda y en sus punas, y la puna que es como la selva que no es lo mismo, pero es igual, es el mismo mírame, escúchame, tócame, sálvame siempre
Es ese Montoneros, carajo, que suena a gloria
Es ese Salva la Selva, que clama un destino
Es ese dont kill the whale –no maten a la ballena- en la voz desgarrada de Jon Anderson
Es Francisco, bro: el dinero es el diablo
Es Cristo, hermano: bienaventurados los que sufren porque para ellos construiremos la Patria Liberada
Volveré y seremos millones, dijo Espartaco, dijo Túpac Katari, dijo Evita y el mundo es una mierda, pero, a veces, intenta dejar de serlo
El gato Limón –que se trepa por mis brazos mientras te lo escribo
El gato Limón - ¡Liberen a Limón! ¡Liberen a Limón! Clama mi corazón, pero la vida me lo trajo hasta aquí y no puedo volverlo carne de masacre
El gato Limón –sucesor de Valentín I, el Rey de Todos los Gatos de Mi Estarme con Los Gatos- está, en estos momentos que lo escribo, intentando destrozar un cuadro del Gastón, hoy que además el Gastón está celebrando sus años –y dejé de escribir y lo llamé por teléfono a Gastón y le anuncié la buena nueva
Gastón, mi Gastón querido, cumpleaños feliz
El mundo es una mierda, pero, a veces, intenta dejar de serlo
Ya te lo dije por el aparatito, el viernes, ojo con ojo, Gastón, nos vemos
Siempre es lo mismo, siempre será lo mismo: mírame, escúchame, tócame, sálvame
Tommy is the way, Tommy es el camino
El mundo es una mierda, pero, a veces, intenta dejar de serlo.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 1 de julio de 2019
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29 de agosto de 2019

El buscador (2)


El buscador late
El buscador sangra
El buscador delira…
Yo soy el buscador
Ese que no se encuentra
En los silencios
Por donde se fuga la vida…

El buscador se oxida
El buscador se pierde
El buscador se exilia…
Yo soy el buscador
Yo soy el peregrino
Ese que no sabe
De milagros
Que no puedas
Sentirlos piel a piel
Que no puedas
Tocarlos con tus ojos
Y con tus manos

El buscador duda
El buscador teme
El buscador se mira triste
En el espejo…[1]
Mientras las verdes vegas
De las montañas
Resplandecen
Y, entre las piedras
Los pequeños arroyos
Cantan…

Yo soy el buscador
Ese que no vuelve nunca
La mirada atrás
Ese que jamás
Se rendirá
Por eso que vuela
Eso que danza
Eso que no se olvida.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 28 de agosto de 2019


[1] Gandhi

Imagen: Erich Heckel
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El buscador


El buscador, andariego de lunas y estrellas, camina solo en el desierto del hastío
Esta solo, está ciego, en el medio de la oscuridad que acecha
La modernidad lo abomina con sus luces, con sus espejitos
Las redes, la internet, lo quieren atrapar: lo seducen
Quieren “chuparlo”, secuestrarlo, volverlo un NN más
El buscador tiembla y se aleja, el buscador siente el peligro y se aleja, el buscador se va…

El buscador, naufrago de abismos, camina, camina, camina…
Ve a lo lejos un oasis en medio del hastiante erial: es arena, pura arena, arena de verdad
Se dice para sí: estas huellas son las mismas que pisó el Chacho, son los marcas de Gengis Kan…
El buscador, espejo de arenas y espejo de sí mismo, se alegra, ve, goza, cree, siente, vive
Se dice para sí: siento, al fin, que encontré un destino
El buscador ya no se apena, ya no teme, ya sabe a dónde ir, ya no le duele, ya no duda más.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 28 de agosto de 2019

Imagen: Erich Heckel

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