15 de enero de 2017

Fuego en Tartaria

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Retiro de la pared la Carta de Asia (junio 1723) de Guillaume Delisle, geógrafo primero del rey de Francia, para ubicarme en el contexto terrenal de la Rebelión de los tártaros, de Thomas de Quincey (1830), literatura que relata historia, la recrea en mucho sin saberla en detalle creando una obra de ficción histórica notable, breve e intensa, la de la huida de los calmucos del oriente del Volga hacia las fronteras de la China. Liberarse de Rusia, era el lema, en una historia de intrigas entre el khan y un pariente suyo que se consideraba relegado de un puesto que por origen debía pertenecerle.

Diáspora genocida que causará un cuarto de millón de muertos por las penurias del viaje, el constante asedio cosaco, kirguiz y bashkir hasta llegar a orillas del Gobi para ser recibidos por el Hijo del Cielo con los brazos abiertos. Se levantarán columnas allí en medio de la nada recordando la hazaña tártara y la benevolencia china.

El pretexto para devorar este libro del comedor de opio inglés, que no conocía hasta leer un texto de Pablo Cingolani al respecto, me sirve para desentrañar el misterio de este mapa que poseo con fortuna. De un metro de largo y sesenta centímetros de altura, comienza en el cuerno de África, Abisinia y Somalia, hasta el Japón y las islas del Mar del Sur, toda la tierra con formas extrañas. Abajo el Mar de las Indias y al norte el Mar Glaciar, Nueva Zemlia. El centro destaca la parte que nos interesa en el libro, la Tartaria moscovita, la Gran Tartaria, la Tartaria independiente, la china, etc. 

Turquestán, el reino de Astrakán, el del Gran Tibet; los desiertos pequeño y grande por donde huyeron los calmucos y el de Chamo o Gobi como una frontera impasable hacia el este, con el reino de Tebetchinga al norte, los mugales negros en la parte oriental y Tangut y Chensi al sur. No olvidemos que la Carta de Delisle es de 1723, y el hecho narrado por De Quincey comienza en 1771.

Cincuenta años de guerra constante; calmucos que servían al zar o la zarina en su momento en contra de pueblos belicosos de origen turco, los mismos, como los bashkires, que se lanzarán a segar cabezas rebeldes siendo parte del castigo ruso. Volvemos al mapa: calmucos blancos a orillas del Caspio, rodeados por la extraña descripción del geógrafo de “bandas errantes” de cosacos, dedicadas sin duda al pillaje y extendidas por toda el Asia Central. Calmucos negros más hacia el norte en los límites bashkires, del reino de Kazán y hordas como la de Ablai, mongolas, obstáculo hacia la más lejana Siberia y bastante cerca de los kirguizes.

Dice Luis Loayza en el prólogo del libro hablando de aquellas divisiones de ficción y no ficción, que en una “estimamos la originalidad, el poder de invención; en la otra exigimos la veracidad, el rigor objetivo”, no se aplican a De Quincey. Y cómo, si a partir de un hecho real el poeta transmigra por su emoción y su fantasía hacia mundos que imagina y que sin embargo no cesan de existir como concretos. Prosigue Loayza: “En su obra, la parte de ficción es casi insignificante, mientras lo que se llamaría la no-ficción –las memorias, las biografías, los ensayos históricos o filosóficos- son una creación imaginaria: dicen la verdad pero una verdad suya, una “verdad sospechosa” lo cual, según Alfonso Reyes, es una buena definición de la literatura”.

No todos los calmucos de Rusia huyeron con el khan Oubacha y el intrigante y celoso primo Zebek Dorchi. De estos dos, el “bueno” sobrevivirá y será acogido por el emperador de la China; el otro, acorde con una ley natural que castiga la ignominia, terminará muerto. No la totalidad, decimos, porque los que habitaban el oeste del río Volga no tuvieron tiempo de hacerlo. Hoy, siglo XXI, todavía sus descendientes viven en una república autónoma, parte de la Federación Rusa, con sus propias leyes y religión budista. Esa Kalmukia (a poca distancia de lo que fue Stalingrado) recuerda el inmenso drama de sus parientes.

Hago como De Quincey y me pierdo en las posibilidades de la literatura con el pretexto de la historia. Elucubro acerca de Astrakán, de Saratov que fue calmuca y luego alemana, en plena Rusia. Con Delisle descubro nombres que ya no se encuentran en la virtualidad moderna, que no desaparecieron gracias a un papel colorido, ajado, que no sé por qué razón tiene en colores destacados a Persia, Laos y Japón.

Busco en Google las hordas de Taifa Jalbadois, Kontascini, Kasania, sitas en la estepa sin ningún resultado. Nombro el reino de Usurtai o de Calka y me refiere a un libraco viejísimo y voluminoso de Antoine-Augustin Bruzen de La Martinière donde anota que según Marco Polo “Calacia” era una villa de idólatras donde había unos pocos nestorianos con tres iglesias; sujetos al gran Cham y tejedores en lana blanca de hermosos textiles. Allí donde se pierde ya la historia y comienza el infatigable mundo de los sueños.

03/01/17

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 08/01/2017
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13 de enero de 2017

Las pirañas (de nuevo y un poco de historia)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Bien, Las pirañas a las puertas de volver a ser publicada. Fue hace casi 25 años cuando se publicó por primera vez, en diciembre de 1992. Casi todo lo bueno y lo malo que me ha ocurrido como escritor desde entonces ha sido, de una manera o de otra, gracias a esas páginas o por su causa. La novela sentó mal, tanto en la ciudad en la que nací como fuera de ella, dando lugar a un apretado anecdotario. Yo no escribí una novela sobre nadie en particular, sino acerca de la influencia que tenía en una persona, el protagonista de la novela, llamado Nuestro Hombre, un medio social pacato, cerril, represivo, cruel, violento en el que había vivido y en el que se tenía en menos que nada la independencia personal y la libertad de conciencia y acción, y acerca de un momento muy peculiar de arrebuche generalizado, el de los felices ochenta, los eitis de la movida y sus rebabas suburbiales, del que disfrutó una generación de bandarras que se sacudían el pelo de la dehesa de manera tan ruidosa como grosera y que, como me dijo uno de ellos, «se ponían las botas de champán Beluga», tal cual. Había pasta en el aire y no hacía falta más que extender la mano para cogerla y a ello se aplicaron con pasión y ventaja, corruptos hasta las cachas o abogados y asesores de estos, hampones de banca y caja de ahorros, y guapetones del Partido Socialista, los urralburidos del GAL y el saqueo de lo público. Me quedé corto. La cosa fue a peor, como vi en Madrid ocho años después, ha ido a peor. Podría decir, con Goya, «de aquellos polbos», pero eso se dice solo.

Si de algo trata de verdad la novela es de un caso de castración y de ruina personal, de un personaje autodestructivo y de pocas dotes para moverse en lo que es una mezcla de pozo negro y de pileta de murenas, y del descenso (modesto) a sus infiernos personales: el verdadero ajuste de cuentas es con sus demonios. Quien de verdad se pone en la picota es él. De haber escogido yo el cuadro de Goya, Los brujos, para la cubierta, habría puesto sin duda la parte inferior del mismo. Fue cosa de Pere Gimferrer. Y si hubiese sabido entonces la historia privada de ese cuadro, tal vez no lo hubiese utilizado.

Las pirañas pudo haberse publicado en Plaza Janés, con un jugoso contrato que me hubiese facilitado de verdad la vida, como bien sabe Enrique Murillo, pero acabó editándose en Seix Barral, porque tanto Mario Lacruz como Gimferrer me transmitieron la amenaza empresarial de demandarnos si firmaba el contrato con Plaza Janés, basándose en un precontrato leonino y a pedo burra, que había firmado con ellos en el año 1986, cuando Gimferrer leyó unas pocas páginas de borrador, que no están en la novela, de lo que luego fue el libro que ahora se vuelve a publicar. El nuevo contrato, pero también a pedo burra, fue firmado por mediación de la agente Mercedes Casanova que me dejó tirado un año después. No he tenido suerte con las agentes literarias, ninguna.

Ahora que me acuerdo, las primeras páginas de Las pirañas se publicaron en 1986 en la revista Pamiela con el título “Viaje al país de las pirañas”, y con un seudónimo que ahora mismo no recuerdo, una de las raras veces que lo he hecho.

Pere Gimferrer tuvo auténtico entusiasmo por el libro y puso mucho empeño en que escribiera esta novela y no otras (en aquel momento), porque se dió cuenta de que yo demoraba el reto que suponía su escritura. Suyo es el texto de la contracubierta de la primera edición; texto que no creo volviera a escribir ahora. Alguien nos malmetió hace unos años y la relación se hizo humo. Una pena. En su opinión, acertada, las novelas que había publicado antes de Las pirañas, eran una especie de biombo o antifaz elegante tras el que me ocultaba, empezando por El pasaje de la luna, novela que él presentó al Premio Nacional de Literatura de 1984. Lo cierto es que la escritura de Las pirañas me permitió escribir de otra manera, con un lenguaje y un léxico de verdad propios, y que con ella rompí timideces y reparos, y si he escrito lo que he escrito ha sido gracias a haber podido escribir este libro en concreto, con su precisa prosa. O escribiendo te la juegas o mejor dedícate a otra cosa. Ahora sé que cuando me he apartado de la brecha que con ella abrí, ha sido un error.

Yo, que escribí la novela, sé de qué trata y de qué no. Nunca traté de escribir una novela sobre una ciudad concreta, eso no se sostiene con el libro en la mano y página a página. Eso es de paletos, muchos de ellos vinosos y malintencionados que se buscaron en sus páginas y cuando no se hallaron, fueron con el cuento a otros para armar camorra. No se trataba de leer la novela –de lectura muy exigente por otra parte–, sino de a ver «quién salía» o quiénes imaginaban que salían, lo que acabó produciendo situaciones enojosas por cuenta de libreros, macarras, camellos, puteros y aristócratas borrachuzos… uno de ellos, cuando se ponía muy bravo, le juraba al novelista Pablo Antoñana que antes de morir me iba matar con una pistolita. Y Antoñana lo reducía con atinadas reflexiones y le acompañaba a su casa para dejarlo en manos de los bolivianos de servicio. De modo que el libro fue un magnífico pretexto para encender mentideros escachafamas, andadas morrocotudas y cuchipandas diversas en las que además de los platos de racial tradición, me merendaron al chilindrón. Aquello acabó de mala manera.

La novela hizo ruido y también alborotó el gallinero literario a pesar de que solo hubo una edición. La prueba, la copiosa colección de recortes de prensa que conservo. Tuvo críticas muy elogiosas y otras cargadas de bilis o demostraciones palmarias de que no se había leído. De los profesores lameculos que se me acercaron, mejor no hablar. Debí sospechar que sus adulaciones acabarían en el silencio, como así ha sido. Estoy seguro de que no volverán a escribir los elogios de entonces, y no están solos.

Las pirañas estuvo de finalista de los premios nacionales de Literatura y de la Crítica de 1993. Javier Marías la daba como ganadora y Juan Palomo, desde su columna del ABC, rompió a su favor lanzas que no volvería a romper nunca más… sic transit gloria mundi.

También la pusieron de finalista del premio de las lectoras de la revista Elle, gracias al ruido mediático que había hecho, aunque, en un almuerzo de lujo que me dieron, ya me dijeron que no podían darle el premio a la novela porque sería un escándalo, que lo comprendiera. Lo comprendí porque, en efecto, aquello era un despropósito mayúsculo, pero le dije un par de cosas al difunto García-Posada que había colaborado en aquel enjuague, cavando con ello un poco más profunda la tumba donde yace mi amigo, con la inestimable ayuda de otro amigo que le tomó el pelo al crítico de mala manera, pero con mucho ingenio, demostrando con ello la filfa de esta feria y antes de proclamar a voz en cuello que el fuagrás de los canapés estaba oxidado. También le hice una broma a Vila-Matas, tipo simpático y escritor valioso, porque me preguntó a ver si sabía dónde se podía conseguir opio en Pamplona y no sé si le sentó muy bien que le dijera que debía conformarse con el pacharán. Fue sin mala intención. Noche de fiesta aquella, embarullada, muy de Las pirañas.

Las pirañas tuvo una edición de Círculo de Lectores, que fue la última, gracias al veto de sus asesores a las 14 novelas que le han seguido. Le puse un prólogo que ahora me doy cuenta no he releído, tal vez para por si acaso.

Durante estos años nadie ha tenido o mostrado interés alguno en volver a publicarla, por muy mítica y legendaria y del culto ese famoso que fuera o sea. La primera edición está destruida desde hace tiempo, de modo que cuando recibí la oferta de Limbo Errante y me di cuenta de que tanto sus editores como la gente que con ellos está creían en los valores estrictamente literarios del libro, acepté la oferta sin dudarlo.

Corregir Las pirañas para su publicación no ha sido tarea grata. No solo porque me ha obligado asomarme a los años de su escritura –entre 1985 y 1992– y a hacer por fuerza un balance de mi vida entre líneas durante estos 25 años, sino porque he tenido que admitir que no podría escribirla de nuevo, por falta de fuerzas y de ganas. El texto no es fácil (para mí tampoco) y presentaba dificultades y errores de puntuación que hacían la lectura más difícil todavía, por no hablar de los asuntos de los que trata, poco gratos y muy irritantes para mí. Ni me reconozco en el protagonista de la novela –digo porque me conviene, claro– ni en quien la escribió.

Publicarla ahora no significa para mí hacer tabula rasa con nada, como pudo haber sido hace 25 años, sino hacer astillas la dichosa mesa. Ya no hay juego.


*Publicado originalmente en el blog del autor Vivir de buena gana (13/01/2017)
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He aquí la vida,marchad a su encuentro.




MARISA PEÑA-.

La vida es de cualquiera que pueda soportarla. De cualquiera que pueda sostener la tristeza de la lluvia y el dolor de un tiempo detenido; de cualquiera que pueda empujar la certeza y evitar el derrumbe.
La vida es de quien sepa afrontar la alegría con la humilde entereza de quien se sabe alegre, sólo por un instante de eterna brevedad reconquistada.
La vida es de cualquiera que se atreva a vivirla, sin miedo a los abismos o a las dudas, con las manos abiertas a las penas, y dispuesto a abrazar las soledades en las noches insomnes y febriles que le han de acompañar…aunque no quiera.
La vida es de cualquiera, de quien sepa, y hasta de quien no sabe ni le importa. La vida es de los justos y los crueles, de las víctimas y los verdugos, de quien se aferra a ella y de quien la detesta.
La vida no hace nunca absurdas distinciones: se ofrece como es, impúdica y fatal, humilde y altanera; arbitraria, insensata, fugitiva; plena de luz y sombras, de ecos y de voces, de gritos y silencios,de dolores intensos y placeres fugaces.
"Ite, vita est,"marchad a su encuentro, no dejéis que se escape sin haberla vivido, sin beber de su copa hasta la última gota, y sin apurar ,con avidez, su maravilloso engaño.
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12 de enero de 2017

Robinsonadas (Diario volátil)



MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Robinson Crusoe: "Un hombre que se autonaufragó para vivir fuera de su tiempo en un mundo propio. que podía compartir con otro ser humano, même un sauvage..", eso escribe Henry Miller en uno de los textos que componen Primavera negra.

Confundir al misántropo con Robinson es manía de burlado.

Robinson, el de la conquista de una felicidad relativa, en su cueva o fortín, con sus pertenencias, pecios rescatado del naufragio, objetos necesarios y elementales hechos con sus propias manos (necesidad)... felicidad relativa.

Acogerse al opio de los sueños para aguantar aquello que te resulta insoportable (Miller)... enseguida desarrollas tolerancia, lástima.

Los dolores corporales como recordatorios de episodios ingratos protagonizados por matones y guapetones de alcurnia golpista... y a fecha fija.

Extrañeza, desapego, desarraigo... "La fuerza de las circunstancias me convirtió en un chino" (Primavera negra)

"Yo creo que los muertos están con nosotros", decía el difunto John Berger... algo así decía también Borges al final de su vida de modo insistente además: ser lo que perdemos, aquello que hemos perdido. Julián Marías por su parte decía que somos nuestros muertos.


"Engañado como poeta por palabras que caerían sin vida de su pluma" (E. Williamson en "Borges. Una vida")... A ver quién es el guapo que lo admite y sigue en el escenario como si nada.

Gracían, en su Arte de Prudencia, hablaba de la "infelicidad del necio: errar la vocación en el estado, empleo, región, familiaridad."... una ida muy parecida a esa con la que Quevedo cierra su Buscón cuando Pablos dice que después de consultarlo con la Grajales se pasó a Indias "y fuéme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres." 

De "vidas echadas a perder" habla Max Aub en sus Diarios, refiriéndose a los antiguos compañeros de generación a los que, en un viaje a España, encuentra baldados, adocenados, vencido: para cuando te das cuenta es demasiado tarde.
Vivir como una flecha a la diana (conversando con Carlos Castilla del Pino) o a merced de las riadas, en su chirrión.

Para una escritor, cada libro es motivo de una metamorfosis" (Michel Tournier en El vagabundo inmóvil): escribir como quien muda de piel.

"No puedo ni con mi alma", curiosa frase hecha de una pavorosa exactitud en ocasiones porque, en efecto, no puedes con ella y errónea en otras porque la has perdido, culturas andinas.
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10 de enero de 2017

La Chuquiago Marka de Miguel


HOMERO CARVALHO OLIVA -.

Hay escritores extranjeros que se enamoran de países enteros, otros de algunas regiones, así como también de ciudades específicas. Miguel Sánchez-Ostiz, reconocido escritor español, se enamoró de nuestro país, de sus regiones y de algunas ciudades, especialmente de La Paz. Miguel, convertido en un flâneur, llegó a Bolivia hace una década y desde entonces vuelve siempre que puede y ha escrito un libro titulado Cuadernos bolivianos. Miguel ha ganado muchos premios en España y es un magnífico narrador; sin embargo algunos escritores o personajillos del mundo de la política o de la cultura, al verse reflejados en sus novelas, han pretendido ignorarlo.
Acerca de esto, Miguel, bromeando, en una entrevista a un periódico español, afirmó: “En Bolivia dicen que soy kencha. Que atraigo la mala suerte. Se ríen mucho conmigo y hacen bien porque en parte es verdad”, cabe destacar que Miguel habla de nuestro país siempre que puede en entrevistas, novelas o diarios. Los que lo conocemos y lo queremos sabemos que es hombre con una grande generosidad y cultura. En marzo, Editorial 3600 publicará su libro Chuquiago marka, dedicado a la ciudad de Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho. Me hizo el honor de enviarme sus originales.

El encanto de La Paz

Esta ciudad, por extraño que parezca, es un abismo y una montaña y sabemos que desde el abismo solamente se puede ir para arriba, llegar al cielo. En mi caso poco a poco la fui conociendo y amando como una ciudad única por su apariencia mestiza que oculta una invisible y antigua ciudad aymara. 
La ciudad del Illimani, la montaña de los tres poderes: el de la tierra, el de la palabra y el de la gente, contiene a la otra que la habita como un espíritu andino ancestral, y es una paradoja intensa, cruel y hospitalaria, generosa y mezquina, en la que todos los caminos se encauzan a un remoto río que arrastraba oro, piedras y agua, ahora reemplazados por el rumor de muchedumbre que transita por las aceras y el fárrago de los automóviles que transita por el asfalto que ha cubierto los nobles adoquines; sin embargo los paceños son magos e inventan piedras de la nada cuando de luchar se trata. 
Conviene que el viajero sepa que si hay un pueblo en Bolivia que ha derramado sangre por la patria, ése es el pueblo paceño, y los ocultos adoquines lo saben, porque guardan la memoria de los muertos y heridos en los golpes, asonadas y revoluciones. 
El paceño, además, habla de una manera especial, ha creado y crea paceñismos que ostentan una decidida influencia aymara tanto en la sintaxis y la gramática, así como en el sonido de las palabras y para ellos las cosas poseen espíritu, un ánima, así por ejemplo es frecuente escucharlos decir que tal o cual cosa “se ha hecho perder”, justificando la pérdida de un objeto. 
El libro se abre con una cita de Jaime Saenz invitando al viajero a mirar y a escuchar. Y Miguel escucha y mira a personajes vivos y muertos, a calles, a plazas, restaurantes y tugurios. Nombres de artistas, arquitectos, políticos, vagos, mal entretenidos y escritores malditos y benditos, circulan como pasando revista a una diversa corte de los milagros. Es impresionante su primer encuentro con la plaza San Francisco con pajpacos incluidos. 
Entre los escritores son frecuentes las menciones a Mariano Baptista, Juan Recacoechea, Enrique y Ramón Rocha Monroy, Ricardo García Camacho que se convierten en una especie de guía urbano. 

Los genios del alcohol

Miguel también se ocupa de los mitos literarios paceños, Borda y Saenz, de Víctor Hugo Viscarra afirma: “De Viscarra he oído hablar con devoción y con desdén, y hasta con asco (…). ‘Mirá, te respeto como borracho, pero no como escritor’, le espetó un poeta”. De este personaje se ocupa de manera extensa hasta desmitificarlo, tal como cita a Adolfo Cárdenas diciendo que Viscarra era un delincuente sobrevalorado por un grupito de escritores y periodistas. Incluso copia un tremendo fragmento testimonial de Ricardo García acerca de Viscarra. Una constatación inevitable es que sin asomarse al alcohol es imposible entender a los escritores bolivianos y cita muchos casos. 
En este relato autobiográfico también se ocupa del Panóptico de San Pedro, del Cementerio General, del Mercado Rodríguez, de la zona Sur, de ciertas calles, de los lustrabotas, de los judíos, de la Alasita y en algún momento se molesta porque La Paz que quieren narrar todos los escritores sea la sombría, la del alcohol y la delincuencia, la de la noche y sus miserias; del café Ciudad, de los borrachos, las putas y los travestis que allí se dan cita cada noche, cuando La Paz es mucho más que eso. 
Miguel nos va narrando sus pesquisas de asesinos psicópatas, colaboracionistas de los nazis, de sus encuentros con caseras, en fin… En este libro no solamente está la cara literaria con sus miserias humanas incluidas, también está la política tanto de las dictaduras como de la democracia, porque Miguel sabe escuchar y sabe mirar, obviamente buscando o perdiéndose donde un buen investigador literario debe hacerlo. La presencia de Jaime Saenz, el poeta de la noche, es omnipresente en todo el libro.
Miguel Sánchez-Ostiz ha escrito un relato intenso, fluido, acerca de una ciudad que habita a sus moradores; un libro indispensable para mirar a La Paz y entender nuestro país desde los ojos y la escritura de un extraordinario escritor. En realidad creo que Miguel nos ha prestado sus palabras y somos nosotros quienes nos miramos en un espejo.

*Publicado originalmente en www.cambio.bo (5/1/2017)
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Las palabras y sus formas

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Con motivo del prestigio de la crónica como un género literario, se ha planteado en diversos seminarios el examen de diferencias y semejanzas con las ficciones de la literatura.
Por lo general se parte de una distinción parcial. Las crónicas las escribe el periodista y los cuentos y las novelas el escritor. Por supuesto, unos y otros emplean las palabras. Y es más: hay escritores que ejercen el periodismo y periodistas que escriben ficciones, o son poetas.
Una primera conjetura puede reducir el asunto a una perspectiva de oficios. El negocio del periodista es con la realidad, su imposición diaria y, su expresión dominante: la actualidad.
Ese tráfico con la inquietud del mundo genera el asentamiento de una forma. Entrevistar. Relatar. Describir. Titular. Y en definitiva contar. Este contar implica desde el punto de vista adoptado un análisis, una manera de ver los hechos relatados.
Algunos se apegan a una regla que todavía se discute entre los encargados de escribir noticias. La objetividad. Parece que su culto es un esfuerzo infructuoso. Ser objetivo sería no impregnar la producción periodística de subjetividades. Pero, la escogencia misma de las palabras es una definición que marca y guía, muestra algo que surge de una zona no controlada por el oficio.
De repente el lector de periódicos y revistas aprecia la posibilidad de una comunicación, un diálogo con otra subjetividad, la de quien le escribe. Le importa menos la transcripción escueta de ese ícono tramposo que llaman realidad.
De lo anterior se desprende una característica del periodista: escribe para alguien, un lector definido. El lector del campo. El citadino. El infantil. Las madres solteras. La comunidad excluida. Los electores. El ciudadano.
De alguna manera el periodismo está contento de que se le considere, y acepta esta consideración, el cuarto poder. La conciencia del poder inclina a la dominación. Todo poder es feo, interesado, en pugna perpetua, afecta la libertad, incluso esa que dice defender.
El escritor de ficciones no tiene un lector anterior o previo a su escritura. Procede como el náufrago: lanza su botella, sin esperanza al mar de su época. Tal vez por ello es divertida, cuando no de pueril vanidad, aquella frase de escritores que predican: yo sé tomar al lector por el cuello y llevarlo línea tras línea sin despegarse de mi libro. ¿Es necesario? Lector esclavo o libertad de leer. ¿Lectura con manual de guía? Para qué.
Entre los escritores de ficción y los periodistas se abre un interesante desierto. Su frontera se anuncia con aquella expresión de: la realidad supera la ficción. ¿Qué significa? Acaso comparar dos sustancias distintas. La imaginación y sus revelaciones y el torbellino de lo verificable, el estatuto de aquello que sin embargo aturde, confunde, escandaliza, anima, entristece.
Temas así, de Reyes magos.
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