Lo Último

24 de agosto de 2016

Seria todo

EMANUEL MORDACINI .- 

Cajera del super: “¿Sabés de quién es la culpa? ¡De los K, de la yegua de Cristina, de esa conchuda! Macri no puede arreglar en meses lo que ella deshizo en 4 años ¿O no leyeron los diarios?

Yo: “Decime, con todo respeto ¿Qué diarios leés?”

Cajera: “Cristina se robó todo, dejaron el país hecho mierda”.

Yo: “Sí, ya sé, ¿pero qué diarios leés?

Cajera: “Clarín, La Nación, ellos te cantan la justa...”.

Sería todo.


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El Ulises, de José Salas Subirat

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MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

No es aventurado afirmar que ese ejemplar de la primera edición de 1945 en castellano de Ulises, de James Joyce, era el único que había en mi ciudad y el que probablemente hubo en mucho tiempo. Una rareza en una ciudad con el mayor seminario de España (obra de Eúsa), erizada de campanarios y apretada de conventos y cuarteles, sin universidad, sin industria digna de llamarse de ese nombre... con los rebaños de ovejas pastando por lo que hoy es el centro de la ciudad. Su poseedor, Fermín Negrillos, abogado y hombre de fortuna, tenía en su biblioteca enmarcados sendos permisos del obipo de la ciudad y del gobenador civil para leer libros prohibidos. Siguió a los ballets de Diaghilev e hizo relación son Serge Lifar.  Con seguridad que la suya era la mejor biblioteca privada que había en aquella ciudad de unos 50 000 habitantes. Miles y miles de libros, desde comienzos del siglo XX a los años sesenta todavía. ¿Quién más tendría y habría leído con minucia La Recherhe du temps perdu conforme iban saliendo los tomos..?.
Libro de contrabando el de Joyce, eso seguro, de los vendidos bajo manga, que llegaban en la posguerra vete a saber cómo... ¿Comprados en Madrid? ¿En Biarritz? ¿En Tanger? En París? No sé. Tuvo suerte, su biblioteca ni fue expurgada ni quemada ni incautada como las de otros ciudadanos.

IMG_0259La biblioteca de Negrillos la diseñó un magnífico arquitecto, Víctor Eusa, que fue miembro de la Junta Central de Guerra Carlista, la que decidía quién vivía y quién moría en aquella retaguardia criminal de 1936-1939.  A dos pasos de la casa de Negrillos y sus vidrieras modernistas habían fusilado a algunos vecinos que él por fuerza conocía: el churrero Roa, el abogado Astiz, el estanquero Juanito Etxepare... Hoy hace 80 años que hicieron una matanza en la que fueron asesinadas 52 personas, de las que él conocía a varias; también hace 80 años de su viaje por "la España en paz" hasta Badajoz  pocos días después de la matanza de Yagüe para que el director del periodico, Raiumunod García Garcilaso,  escribiera una patraña venenosa que encubriera el crimen y acallara el clamor internacional
Eusa es el autor del ex libris racionalista que marca el libro con las iniciales de Fermín Negrillos. En aquella  biblioteca se reunían golpistas, como Garcilaso y Eúsa, y otros adheridos con entusiasmo a la nueva situación, que salieron  bien de la guerra, es decir, más ricos de como entraron. La biblioteca se desbarató en los años ochenta, como bien sabe Juan Manuel Bonet, que estuvo en el desbarate, hurgando en el sótano de la librería de Abárzuza, y metió a su propietario en el Diccionario de las vanguardias donde lo da como amigo de Eusa y como diletante. Me gusta esa edición porque es la primera que leí, en una edición de Rueda, pero más tardía,  libro regalado por el poeta José Luis Insausti.
A su traductor, el argentino José Salas Subirat, me lo encontré hace unos años en un relato del boliviano Oscar Cerruto, escrito en Bueno Aires, durante la estancia del escritor en la Argentina. Un relato protagonizado por el pintor Cecilio Guzmán de Rojas en su época de Londres e investigaciones esotéricas que lo llevaron a la pintura escrementicia... la época en la que tropezó con un impostor argentino que se hacía pasar por arquitecto y que, trdauctor del Ulises, se hacía llamar Salas Subirat. Guzmás de Rojas fue vícitma de sus engaños.  El impostor  fallecería más tarde en extrañas circunstancias anunciadas, pero esta es otra historia y no solo el relato La muerte mágica de Cerruto, tejido sobre episodios reales de la vida de Cecilio Guzmán de Rojas, pintor, enamorado y suicida.
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23 de agosto de 2016

Cornejas de Bucarest

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Al atardecer de la descalabrada Bucarest, miles de cornejas cruzan de manera incesante el cielo, pasan por encima del boscoso parque Herastrau, por el solitario Carol, por el doméstico Cismigiu –el del patinaje del invierno helado y de la nieve, y las colosales glicinas de la primavera– o, más lejos, sobre el cementerio Bellu, el de las leyendas siniestras y los monumentos extravagantes, y se instalan en las ramas a pasar la noche.

Dicen que las cornejas llegan desde las fértiles llanuras del Danubio, pero nadie da razón precisa del fenómeno, con los perros callejeros pasa lo mismo. Por la mañana han desaparecido, aunque todavía pueden verse algunas en los árboles viudos que dejó la destrucción de la ciudad después del terremoto de 1977, como los que crecen junto a la vieja sinagoga Mare y al templo Unirea Sfanta, el museo de la comunidad judía de Bucarest, que exhibe, además de documentos del horror de la Shoah rumana, el catalejo de Julius Popper, el bucarestino buscador de oro en Tierra de Fuego, criminal cazador de indios fueguinos y las monedas que acuñó en los confines del mundo.

Bucarest es una ciudad de bisericas muy hermosas y de sinagogas protegidas como fortalezas. Entre las ruinas del viejo barrio judío todavía cuelgan los coloristas cartelones del Teatro Hebreo, centro de resistencia contra el nazismo. Algo más lejos se escucha el sonido de los martilletes de la toaca, ese tablón que hace las veces de campana, como en la puerta de la recóndita biserica Radu Voda, la más antigua de Bucarest, rodeada del cementerio de sus popes.

Ése es un Bucarest que tiene poco que ver con el de los casinos non stop, los matones, las putas, las limusinas, las discotecas, las boutiques de Kalea Vivtoriei o de los alrededores del mercado Amzei, ni con el inevitable Palacio del Pueblo y su escenografía megalómana.

Hay un Bucarest golfo y nocturno y otro culto en teatros como el Act; y hay un Bucarest más popular, como el que asoma en los comercios de trajes de novia de Lipscani, en los alrededores del estadio del Dinamo y del Circo Globus; y aún otro, solitario, solemne y misterioso, el de las calles por donde vivió el escritor Eliade -Mantuleasa, Armeneasca, Mosilor-, que exhiben todavía el prodigio de la arquitectura Brancoveanu, del XVIII, y la racionalista o modernista de Marcel Iancu, uno de los fundadores del dadaísmo.

Como hay un Bucarest convencional que se asoma a una Europa neoliberal, pero que no logra apagar ese otro secreto, escenario de vidas que ya fueron, en el que abren sus puertas pequeños restaurantes que ofrecen carne de oso y en cuyos patios, a mediodía, se asan las albóndigas mititeis, cerca de las sibilas que iluminan los muros ahumados de la biserica Sfintilor que vio en su esplendor Paul Morand, no lejos del precioso café Ego y su camarera pelirroja.

Del mundo judío reprimido con extrema dureza en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial y en la época de Ceausescu, que redujo a escombros lo que fue el Bucarest conocido y descrito por Gregor von Rezzori en Memorias de un antisemita o por Mihai Sebastian, queda, además de las sinagogas, el cementerio sefardí, en cuyas lápidas truenan los nombres españoles.

A riesgo de tropezar con alguno de los miles de perros vagabundos que recorren sus calles, los mejores hallazgos de Bucarest están todavía en los patios traseros de las edificaciones, donde aparecen bisericas, casas racionalistas más o menos destartaladas, comercios, talleres minúsculos de oficios humildes: uno de los patrimonios arquitectónicos más ricos de Europa.


Bucarest es una ciudad de mercados populosos, como el Matache, con sus mostradores de vino, sus golpes de hacha de verdugo medieval sobre las piezas, sus cubas de encurtidos y sus tragos de licor de ciruela; o como el de Obor, con sus especieros y herbolarias, sus carros de tripicallería y sus montones anaranjados de embutidos, sus sanguinolentos pescados del Danubio y sus pozales de caviar. Era un lugar común entre los viajeros de los años dorados, como Paul Morand, que en Obor empezaba Oriente, un Oriente cada vez más desdibujado si no fuera por los tímidos minaretes que asoman donde menos te lo esperas. Obor, ahora mismo, con su mezcla de razas, sus gitanas fumadoras de pies descalzos y pañolones de colorines, vendedoras de lo invendible y de lo vendible.

Junto al gigantesco Obor salen y llegan los atestados autobuses de la inmigración, los de los sueños y las esperanzas que recorren media Europa, hacia el Oeste hecho Jauja: las calles menos frecuentadas de Dublín o los arrabales madrileños.

Bucarest y sus viajeros dorados del café y restaurante Capsa, como Morand o Agustín de Foxá, o del Athenée Palace, como los Bibescos y su corte ilustrada en la que figuraba el judío Mihai Sebastian. De aquel mundo queda alguna enseña, como la del Gambrinus, donde reinaba el dramaturgo Caragiale, en el bulevar Elisabeta. Todos los restos del pasado interbélico se los ha llevado por delante la especulación salvaje, la que a bandidos de la corrupción política nombra cónsules en España.

Bucarest fue una ciudad de pasajes de inspiración parisina, como el Macca, donde los cafés ofrecen narguilés, o el Pasajul Englesz, el de los antiguos prostíbulos de lujo, hoy una ruina, entre Victoriei y Academiei.


Ciudad de acusados y seductores contrastes, como contrapunto al pomposo artesonado del Circulu Militari, las fachadas de las calles Matei Millu o Campineanu siguen recorridas por los muchos impactos de bala de los combates callejeros de diciembre de 1989, cuya confusión reflejan bien las tumbas del Cementerio de los Héroes donde están enterrados tipógrafos, estudiantes, policías, militares, igualados por la heroicidad del momento. Al sol de invierno, no faltan mujeres arrebujadas que rezan junto a las tumbas y alimentan las velas. Enfrente, entre edificios de la época comunista, surge el minarete de la mezquita. Los turcos nunca se fueron del todo.

En Bucarest se derriba con furia, con prisa, y se construye con parejo empuje. Unos meses bastan para que el paisaje urbano cambie y para que no encontremos lo que habíamos dejado para la próxima. La ciudad que fue se desfigura y moderniza.

Bucarest es la ciudad del rabioso presente -cafés de diseño, acero y cristal en los espejos arquitectónicos donde se reflejan las cúpulas Secesión- y del recuento del pasado; una ciudad entre Oriente y Occidente, dicen, aunque Oriente haya ido poco a poco desapareciendo; una ciudad multiétnica, en la que conviven mal que bien armenios, griegos, húngaros, transilvanos, turcos de origen lejano y gitanos, claro, muchos; una ciudad que engancha, un buen escenario de la errancia ciudadana, ya sea alrededor de los rotundos palacios de Cotroceni o de la avenida de los Aviadores, o entre las callejuelas que el invierno hace sombrías de los barrios de Vitan o Dudesti, donde viven los griegos, pero que en primavera, como todo Bucarest, huelen a lilas, a glicinas luego.


*** Artículo publicado a origen en El País, de Madrid, con el título pintoresco título «Bucarest acelera», el 6-III-2010. Las fotografías las saqué en mi primer viaje, diciembre de 2005.

Texto extraído del blog del autor: https://elsecreterdelindiano.wordpress.com/


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Caótica Belén

EMANUEL MORDACINI  .-

Belén, la hija de mi casera, está pronta a cumplir 18. Recuerdo un año atrás, cuando empecé a iniciarla en los deleites del cine de autor. "La vida de Adele" fue nuestra primera película, el germen de una Belén mucho más interesante y perversa. A partir de entonces, fue imposible detenernos. La volví cínica, oscura, fascinante y temible. Hoy la chica es un huracán desatado. Creé un monstruo, a veces tengo miedo de mí mismo.

Belén me confesó que tiene fantasías con su amiga Silvana. Esto fue luego que viéramos “Bound”, de los hermanos Wachowski.

-Vos y tus películas, Ema –dijo-, me estás volviendo adicta.

Leyó un par de cuentos míos y desde entonces anda muy acelerada, como si tuviera pájaros en la vagina. Me contó que estuvo una vez con una chica cuando tenía 15.

-Sólo fue besarnos y meternos los dedos –precisó-. Nada de otro mundo.

Ahora la veo arreglarse y me pregunto cómo reaccionará su madre si algún día nos descubre.

2.
Belén está obsesionada con "Muñeca devoradora", un cuento lésbico que escribí en 2007 y que se publicó en una revista mexicana en abril de aquel año.

-Vivía borracho por esa época, Belén –le he aclarado cientos de veces-. Ese cuento es un delirio.

-Es la primera vez que un texto me calienta tanto, Ema –me responde-. No sabés como estoy ahí abajo. Vengo tocándome sin parar desde hace más de una semana. Sos vos, Ema, son las cosas que metiste en mi cabeza.

Me mira y sonríe, y yo siento que la noche se ha iluminado un poco. Y así me va.

3.
Belén siente curiosidad por el libro que estoy leyendo: "Diario de un seductor" de Soeren Kierkegaard. Pregunta si tiene sexo, le digo que no lo sé, que acabo de empezarlo. Parece interesada. Le llamará la atención el título, supongo. Olvido un rato a Kierkegaard y me ocupo de ella. La beso, me lleno las manos con sus pechos, su pelo, sus nalgas.

-Me volvés loca, Ema, no sé qué me pasa –susurra-. Me tenés caliente todo el día.

Juego a creerle. Últimamente con demasiada frecuencia.

4.
Belén peinándose. Belén desabrochándose el corpiño con dedos nerviosos. Belén masturbándose. Belén leyendo uno de mis libros amados: “The Buenos Aires affair” de Manuel Puig. Belén discutiendo con su madre. Belén gritando que todos en la pensión son una mierda (pero vos no, Ema, vos no). Belén conteniendo los gemidos. Belén con un pañuelo limpiándose el semen del abdomen. Belén desnuda con su sonrisa demente y sus soquetes blancos.

Belén sigue alterada. No parece dispuesta a darme un minuto de tregua. Me está exprimiendo, literalmente. Pasé de una forzada abstinencia a tener que clavarme en esta jovencita demente casi todas las noches. No quiere irse ni dejarme tranquilo, pero la tranquilidad nunca fue mi fuerte de todos modos. Ahora está en uno de sus trances violentos. Puedo besarla, apretarle los pezones, escupirla o penetrarla contra la pared y a ella le dará exactamente lo mismo. Y así me va. 

Imagen de la película "La vida de Adele"


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Un loco, un niño y un borracho

PABLO CINGOLANI -.

A las siete y media de una mañana de domingo en invierno, no es recomendable salir a ningún lado. Menos en los Andes. Hace frío, mucho frío. Pero igual salgo, cierro la puerta y salgo. La soledad es total, pero no tanto. Siempre sucede algo.

Vivo en los arrabales de La Paz. Son un tipo especial de extramuros. Donde el campo resiste, aunque languidece y la ciudad no logra terminar de imponerse. El campo, en este caso, es un bagaje cultural de cinco mil años. La ciudad, por el otro lado, es una mezcla avasallante de modernidad forzada, copia de la copia de la copia, que abruma, traumatiza, vence, algún día terminará de vencer. Pero no hoy.

Siete y media de la mañana en Jupapina, Río Abajo. La colosal soledad de la montaña parece invadirlo todo. No hay taxis parqueados en el templo evangélico. No hay cholas que se afanen con sus bultos. No hay movilidades en el camino. El capitalismo y su superestructura aún siguen durmiendo. Pero algo siempre sucede. Por eso, es preciso estar ahí. El frío es menos frío cuando ocurre, cuando empieza a ocurrir.

Veo la figura de un niño viniendo por la carretera vacía. Lo siguen una decena de perros, que revolotean como moscas, mueven sus colas como látigos, saltan, están excitados, entusiasmados, frenéticos. El niño es un niño aymara, un niño indígena, está abrigado, tiene un gorro de lana de color negro y una chamarra azul desteñida donde está impresa la cara de Michael Jackson. Tiene un bulto que carga con él, y el contenido del bulto, supongo, es lo que afana a los canes.

Sigo el recorrido del niño con la mirada e intuyo a dónde va: a una tapera donde se alojan unos caballos de paseo. La tapera está al borde un barranco profundo, frente a unos cerros tan hermosos que son magnéticos. Allí siempre hay muchos perros, que cuidan a los caballos. Son caballos tristes porque son caballos trabajadores, forzados a trabajar, no son caballos libres, salvajes.

El niño es una especie de flautista de Hamelin pero al revés: en el bulto que carga entre sus manos, supongo comida. Menudencias de cordero o de cerdo. Un corazón de vaca aún palpitante, un tremendo bofe. Algún pariente ha carneado y el niño ha ido temprano a procurarse el alimento para los perros. Vuelve feliz por ello, misión cumplida, y eso denota su rostro cuando me saluda: ¡hola, tío!, exclama cómo exclaman los niños del altiplano, los niños rurales, los niños campesinos. En la ciudad, los niños ya no saludan. La Ley de Trata y Tráfico de Personas, y todas las demás leyes, los protegen pero igual no saludan.

Sigo caminando por la carretera desolada. El sol no puede salir del todo, atrapado por una muralla de nubes heladas. Apenas alguno de sus rayos se cuela por alguna rendija, provoca eso que busco siempre: la visión serena del destino. La montaña y su soledad cósmica te regala eso, domingo a la mañana o cualquier día de cualquier año, toda la vida.

Me tienta un prado agreste, embellecido por la luz, que se abre en balcón hacia unos cajones imponentes que labró, que va labrando perpetuamente, el río Achocalla. Pero algo me dice que no, que siga andando por el camino donde, ahora que el niño de los perros se ha ido, no hay nada ni nadie. Y sucede, siempre algo sucede.

Una camioneta destartalada fondea en la banquina. De la caja de atrás, baja alguien. Un hombre. Viene de arriba, acaso de El Alto, acaso de acá nomás, de Mallasa. Voy a cruzarme con él. Cuando ya estamos cerca, advierto una cosa: el hombre está completamente borracho. Ebrio, beodo, yuca. Me saluda con efusión y me dice “buenas tardes”. Son las ocho menos diez de la mañana.

Mientras el hombre sigue su rumbo, voy sintiendo la inmensa alegría de habérmelo encontrado. Ese “buenas tardes” lo sintetiza todo: ese hombre, aunque ni él lo sepa, ha logrado algo que todos los seres humanos de todos los tiempos han querido hacer y no lo han logrado: ese hombre ha abolido el tiempo, ese hombre ha hecho un bulto con el tiempo –como el bulto con la comida de los perros- y lo carga sin pesar, sin dolor y sin pausa por el camino, por la mañana del domingo, por la puta vida.

Allí es donde te anoticias de una cosa. Una cosa sublime, gloriosa: he ahí la generosidad de Dios, he ahí la gracia y la bendición de los dioses.

Algunos dirán: ¿de qué hablás? Es sólo un borracho. Ese hombre será sólo eso, un ebrio, para aquellos que están atrapados en las telarañas de la civilización. Con esto que afirmo quiero corregirme: cuando anoté acerca de “todos los seres humanos de todos los tiempos”, me refería sólo a ellos: a los hombres civilizados, a los que presumen de ello, y condenan a los demás por salvajes o por borrachos.

El hombre en pedo del camino con su “buenas tardes” no sólo abolió el tiempo –el tiempo es el mejor de los chantajes que el sistema, el capitalismo y sus mitos deformantes ejercen sobre nosotros-, sino que desmiente a su vez todas las versiones de eso que conocemos como civilización, eso que abruma, traumatiza, vence, algún día terminará de vencernos, algún día acabará con todos los borrachos que anden proclamando sus verdades por los caminos. Pero no hoy, eso está claro.

Entiéndase bien: el sistema lo que quiere son adictos solitarios y seres humanos narcotizados por la tele y el consumo, que son lo mismo. No quiere profetas que vagabundeen por ahí, no quiere iluminados que alienten a los corazones, no quiere, insisto, borrachos a la libre, domingo a la mañana, que en vez de ir al templo o ir a misa, anden filosofando, arrasando con todo –demostrando que la abolición de la maldad es posible-, rebotando en los caminos, entre las montañas, que además, son tan bellas. El sistema no quiere celebración, no quiere fiesta, música, no quiere lírica, no quiere poesía y arena: quiere que trabajes calladito y punto.

Sigo caminando y lo que veo, confirma todo lo anterior o lo desmiente entero, acaso lo suspende, porque la escena, como sea, es desgarradora y brutal: un loco está metido de narices en el basurero público, un tráiler asqueroso que la empresa de recojo de las basuras deja ahí, a la entrada de algo que se llama Parque Nacional Mallasa o el infierno.

El loco está loco, y el loco, obviamente, no saluda ni filosofa ni nada: está rematadamente ubicado, atrapado en su mundo, dentro de un botadero, rodeado de basura y de mierda, con la que juega, come, se viste, se calienta, dialoga, sufre, se alegra, confía, desconfía: no sé.

El loco cruzó todos los limites y se perdió en su laberinto, el laberinto de esa situación que, como decía, afirma el sentido de todo lo anotado hasta aquí o lo desecha, como la basura donde el loco escarba, el loco se solaza, el loco se entierra: no sé.

Conmovido, ahora si me salgo del camino y voy directo hacia los desfiladeros que caen sobre el río, otro río, a la derecha: un lugar hermoso y caótico, tremendo de abismos, al que nadie acude, al que nadie mira. A los turistas los llevan a un simulacro domesticado de todo ese paisaje, y encima les cobran por sacarse fotos. Pero mientras voy caminando, recreo la secuencia –el niño feliz de los perros, el borracho libertador del mundo y el loco emporcado en la mierda de ese mismo mundo- y me invaden las palabras, me empieza a secuestrar de allí este texto, esto que estás leyendo.

Decido volver, decido abandonar el camino hacia la belleza absoluta y redentora, y volver a casa, y escribir.

Mientras regreso, mientras voy desandando mis pasos –el loco seguía ahí, botado en el botadero, ahora catatónico, inmóvil, casi muerto-, quiero ponerle radio a la situación y aprieto OK a la función Radio FM de mi celular.

Seré escaso, sólo para que conste: a las nueve y pico de la mañana de este domingo cualquiera, el menú radiofónico te ofrecía sermones de distintos credos y congregaciones, sermones todos ellos que vomitaban todos ellos esas medias verdades que los habitan y donde, me dije, no caben ni un niño que sonríe, ni un borracho abolidor del tiempo y menos que menos un loco de remate, cagao y recagao por la vida.

Seguí cambiando el dial y, sin aviso, empezó a sonar una música disco, muy sofisticada, bien hecha, insinuante: era tal el contraste y tal la sensación de irrealidad que no podías aguantarla. Pensé: esta es la droga que ellos quieren que consumas. Me reí conmigo y para mí. Pensé. Padre, aparta de mí ese cáliz.

Seguí caminando, con cuidado, ya que el camino, a esas horas, ya se poblaba de carros, y seguí buscando mensajes en el aparatito: encontré un rapero (boliviano) tan depresivo y tan suicida que me asustó.

Rapeaba sobre la soledad urbana, las calles vacías, no tener amigos. Lo imaginé con sus maquinitas de sonido, metido en un cuarto oscuro, gris, digo negro, en Villa Salomé o en Pampajasi. Y lo imagine en ese momento, en sincronía. Y pensé que al rapero le hacía falta una dosis de pastillitas de montaña, de la soledad cerril y no impostada, hacerse amigo de los cactus, de las quebradas y del viento, ¡hacerse amigo del borracho! Vería al mundo diferente.

Cambié de vuelta la estación radial y para no estar ni mal ni bien con el momento, sino todo lo contrario, empezó a sonar Amor prohibido, el tema emblemático de la emblemática Selena, muertita joven y adorada por el pueblo como nuestra Gilda. Lo dejé ahí, seguí caminando.

Cuando ya pensaba que nada más podía ocurrirme, vino el final de este texto a sucederme. Ahora nomás lo escribo. Fue así:

El cementerio de Jupapina es un lugar casi invisible. Está en la entrada del poblacho, al borde del camino, y como este está pavimentado y justo allí encara un par de curvas medias bravas, los autos vienen rápido, frenan para tomar las vueltas, y por ello, nadie lo ve. Tenés que andar caminando para saber que allí hay un cementerio.

El cementerio de Jupapina es un cementerio de pueblo pobre, desangelado, sin mausoleos ni puertas de entrada: son unas cruces tristes sobre unos nichos tristes desparramados entre las piedras y las malezas pero en medio de un escenario majestuoso: las áridas montañas de Río Abajo.

El borracho del buenas tardes estaba parado en la entrada del cementerio. Bajé la música porque no quería interferir. Hablaba en dirección a las tumbas, hablaba con alguien, y se despedía y a la vez, hacía el gesto del todo bien con una de sus manos alzadas. Quería arrancar pero volvía: volvía a una vez más a despedirse y a indicarle al muerto que estaba bien, que todo estaba bien.

Me emocionó ver y sentir la escena como ahora me emociona escribirla. El hombre que estaba borracho no sólo había abolido el tiempo, no sólo había desmentido a la pulcra e infalible civilización, no sólo me había brindado su amor por el mundo y su dionisiaco desenfado, sino que también no iba solo, no estaba solo: caminaba con sus muertos.

Caminaba, compartía con sus muertos: está todo bien, tata, está todo bien, mama, no pasa nada, estoy aquí, honrándolos. Está todo bien, hermano mío, qué lindo hubiera sido estar con vos y seguir la farra, pero igual está bien, ahora que te abrazo. Está todo bien, Eulogia, ahora me voy a la casa y me duermo, está todo bien ahora que vos me acompañas.

Domingo a la mañana. El sol ya calienta. Bajo por una callejuela de paredes de adobe, abro la puerta y Dana, mi perra, salta.

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Joseph Roth

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Rescaté del olvido, en un desarreglado depósito de ciudad dormida, el tercer libro de memorias de Ilia Ehrenburg, letra fundamental de mi conocimiento de autores y obras. A Ehrenburg le debo Velemir Jlébnikov, Julian Tuwim, Robert Desnos, Panaït Istrati, Perets Markish, Viteszlav Nezval, Ernst Töller y Joseph Roth...

Roth está de moda hoy en los Estados Unidos. Hay nuevos traductores que lo han rescatado al inglés; los artículos sobre él son constantes, de interés porque Roth es la imagen de la entreguerra europea, rico testigo de la caída de los imperios, y perspicaz escritor que vio como nadie, el drama por venir. En la edición de enero del New Yorker, una crítica (Joan Acocella) habla de su novel descubrimiento de este autor judío-austriaco.

Como todos los textos actuales sobre él, no hay un sólo comentarista que mencione como referencia las monumentales memorias del escritor soviético y el capítulo dedicado en ellas a Roth. Quizá se deba a que aquí el conocimiento es específico y las referencias se limitan, o las delimita la academia, sin gusto por la amplitud. Acocella menciona que Roth fue el primer escritor que incluyó en su obra el fatídico nombre de Adolf Hitler. Sin embargo, y no lo sugiere Acocella, no es este olfato político, o espíritu de supervivencia, lo suyo más importante. Joseph Roth representa un mundo que moría y es, literariamente, un hermoso remanente del siglo XIX. Dice Ehrenburg: "El crepúsculo del Imperio de los Habsburgo formó e inspiró a muchos escritores en distintos idiomas. Cuando el imperio se desplomó, Italo Svevo tenía cincuenta y siete años, Franz Kafka treinta y cinco y Roth tan sólo veinticuatro. A pesar de todo, escribiera lo que escribiera, Roth volvía siempre no sólo al género de vida, sino, además, al clima espiritual de los últimos años de Austria-Hungría". En París, pobre, alcoholizado y con su bella mujer recluida en un manicomio, Roth acercaba en sus páginas la nostalgia por aquella sociedad que a pesar de su desgaste y sus errores venía a ser una ilusión, la del estado supranacional donde las etnias convivían pacíficamente en medio de cierta elegancia y variedad cultural, donde los judíos galicianos, de donde era originario Roth, juraban lealtad a Francisco José mientras bosnios y moldavos marchaban ufanos en los esplendorosos desfiles imperiales.

Su novela "La marcha de Radetzki", pieza compuesta por Johann Strauss padre en honor a las victorias del mariscal Joseph Radetzki en el norte de Italia, comienza en la batalla de Solferino (1859) y retrata una saga familiar de tres generaciones cuyas acciones y desventuras reflejan las huellas del imperio. Muchos acusaron a Roth de conservadurismo, de hacer elegías a un régimen monárquico autoritario y desacreditado. Ehrenburg, póstumamente, sale en su defensa. No significaba que el escritor extrañara los detalles políticos del tiempo que le tocó vivir, sino que su letra era de melancolía por la niñez, por las cosas muertas o que habrían de morir, sino trágico que persiguió a muchos de sus amigos, tal vez a toda una generación austriaca que representaba lo más sutil y garboso de occidente y se hallaba de pronto en un mundo fétido y prosaico. Stefan Zweig se suicidó en Brasil; lo hizo Töller; Ernst Weiss también, en 1940, el día que los alemanes entraban en París.

Yo, emocionado ante el encuentro de "La marcha de Radetzki", en 1986, en Valencia, escribía: "Sus amigos lo describieron magro y extraño, con un bastón que golpeaba el piso del cambiante mundo".

Acocella termina su artículo: "Ernst Töller escapó a Nueva York, donde, en 1939, se ahorcó en su cuarto de hotel. Cuando Roth lo supo, se encontraba, como siempre, en el bar. Cayó de la silla; llamaron una ambulancia que lo llevó al hospital donde murió cuatro días después, de neumonía y delirium tremens. Tenía cuarenta y cuatro años. Al año siguiente, como parte del programa de eugenesia del Tercer Reich, Friedl (su esposa) fue exterminada".

Ehrenburg: "Ernst Toller se suicidó. Por las calles de Praga desfilaban las divisiones alemanas. A Joseph Roth, gravemente enfermo, le trasladaron de su café a un hospital. Había cumplido cuarenta y cinco años pero no pudo vivir más. Entregaron a los amigos unos manuscritos y el viejo bastón".


14/9/04
Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), septiembre, 2004
Imagen: Joseph Roth
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22 de agosto de 2016

La vida vuelta trámite

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Desconocidos, por entonces, los dos. Divisada subiendo en el paradero 18 y medio -arco metálico oxidado, apenas techado, límite del conjunto de casas malpareadas, sin una banca donde posar el contenido de su bluyín clorado, bañado de polvo en suspensión de la periferia, entre lavado y lavado que se va gastando- con su tarjeta de transporte sin saldo, la luz roja alardeando la infracción, usted clamando un permiso lastimero y el chofer levantando los hombros, más que por amabilidad, por hallarnos en tierra de nadie, donde cada quien se salva como puede. Tampoco tendría un descanso dentro de esta cápsula enlatada, de fuelle, compartimentos, asientos hundidos y elevados -todos con ocupantes-, cristales temblorosos, escotillas clausuradas, así que a seguir sosteniendo entre sus brazos, toda incómoda, a la cría sonrosada, calurosa, de llanto pulmonar, muy irritable. Resignada usted, sí, pero con esperanza y fortalecida, a pesar del sol de pobres en plena cara, sin mediar subsidio, ayuda externa, oxigeno de reserva, rumbo a un trajinar revuelto con trámites y resoplidos (por entonces, visitar a su hermana, se volvía trámite; motivar al marido a que la follase, se volvía trámite; la vida entera se nos volvía trámite, angustiándonos de tanto papel encima del otro, de tanta buena razón encima de la otra, sin dejar nuestro desorden en paz y tal vez por eso, volviéndonos una alianza irreductible) para quedarse detenida en mitad de pasillo, afirmada del (otro) fierro, a medio metro mío y de muchos otros, aprovechándose del frenazo y la acelerada, la cría colgando en su regazo, ese domingo pasadas las doce, conmigo ya presente, habiendo abordado en el centro, lejos de casa, tras un trasnoche de vagancia, bar de Matucana, topless de Bandera, fuente de soda de San Antonio, paternidad de soltero desempleado, llanto y ahogo silencioso, mercado persa de Franklin de consuelo, tesoros –falsificados y de los otros- a reducir y hacerme unos pesos. 

No inventamos la pólvora por quedarnos con las miradas pegadas a ver cuál de los dos se rendía primero y enfocaba hacia el suelo. O tal vez fue el derecho natural por un poco de celo, motejado por décadas a la inanidad y que decidió poner en práctica en un recorrido de acercamiento al tren metropolitano -según deduje más tarde entre gemidos-, algo sobre el derecho a calentarse con un ejemplar de jovenzuelo en declive, tez negra, mofletes aindiados, bañado en sudor, pero de verga lubricada y cumplidora, según lo tasado, méritos sólo de la edad, con el pasillo atetado, apenas un roce, luego otro más atrevido, y un tercero de topetón, dejó que siguiera avanzando siempre un poco más, hasta envalentonarme y bajarme tras usted en la siguiente parada. Seguirla para hablarle de medio lado, a la orilla del camino, con usted nerviosa por los balbuceos del crío -un caballero y la mamá-, hacia la casa de su hermana, vacía en ese momento, cuidándosela usted ante tanta delincuencia, intento de soborno de dulces y dinero para neutralizar al soplón, algo tenía en los bolsillos, espéreme un ratito que tengo que conversar con el tío. Llegada que se deshizo, se congeló, saqueó límites, tibieza. Se desprendió de mi descenso madrugado, neurótico, untado en somnolencia. El reencuentro se volvió mágico por su aviso, cuidado, ni te atrevas. A mi búsqueda del acalorado eróticamente necesario con que alimentaba días, distancias, certezas, valles, resortes y una que otra noche de sofoco. Para que nos fuéramos entendiendo mientras cerrábamos los pulmonesLiberación de un solo instante, multiplicado por rezos, suyos y míosManga de incrédulos encomendados al grito placentero del derrumbe. Puertas cerradas al orgasmo único de dos amorosos habitantes. Perdiéndonos entre cariciadas manos, palmas sin decencia que descienda. Después del permiso, ya puedes, ahora sí, que te siento cerca. Invitación a un menú de mil 500 pesos, incluyendo un vaso de jugo, postre o café, un plato de papas fritas para la tranquilidad del crío, cuenta y propina a bajo precio pensando en el agradecimiento y el ego a nivel de las estrellas, aunque después lo haya negado mirando al cielo, con tal de librarse del cochero de las culpas, de la multa policíaca, de la fuerza del estado, de la copucha subsidiaria que le ralentiza el pensamiento, más que la pasta base, el vaso de combinado, el aliento escabeche del marido creyéndose su dueño, si supiera.

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21 de agosto de 2016

El abismo de Andamarca

PABLO CINGOLANI -.


Una de las creaciones que más me entusiasman en el ámbito de la geografía literaria boliviana, es el Abismo de Andamarca, hallado o soñado —en el fondo, es lo mismo—, por Jaime Sáenz. Todo el amor del escritor por su tierra cabe en semejante prodigio de la naturaleza, tan bello como amenazante, tan atrayente como desgarrador. Para todos los efectos prácticos, y para aquellos que creen que don Sáenz sólo escribió sobre su La Paz natal, Andamarca y su abismo se ubican en Oruro, en pleno altiplano central.

Quien haya recorrido lo suficiente las altas planicies de los Andes, quien las ame en su soledad inabarcable, en su infinito cósmico, sabrá agradecer y emocionarse con el hallazgo o el sueño saenziano. Poblar tal espacio geográfico —de por sí, habitado por todas las deidades y los demonios de las culturas y los pobladores locales— con una construcción literaria tan colosal como la que emerge desde el abismo andamarqueño, es sin dudarlo, una recompensa y un gozo tanto para lectores como para viajeros, y si se combinan ambas actividades —en el fondo, es lo mismo—, mucho mejor.

Sitúo el abismo en el papel: está localizado entre los primeros capítulos de un libro que jamás perderá ni intensidad ni vigencia. Es el que se titula Los papeles de Narciso Lima-Achá (Plural, La Paz, 2008), una obra colmada de desenfreno, sin amarres y sin brújulas y de una belleza que hay que saberla buscar, como la que atesoran los dientes del dragón o las colas de las sirenas.

Ahora, guiado por el texto, busco al abismo en el mapa. Si desean hagan lo mismo: busquen el Lago Poopó, el agua sagrada de los Urus. Ahora, muevan el dedo hacia el oeste, hacia Chile, cuidado se caigan. 

Escribió Jaime Sáenz: “Así las cosas, avanzábamos con desesperante lentitud por un camino de pesadilla, hallándonos apenas a unos 8 kilómetros al norte de Andamarca, cuando de improviso Timoteo Huanca llamó mi atención con expresivos ademanes y habiendo señalado en dirección de las ventanas que miraban al oriente, me mostró un pavoroso y jamás soñado espectáculo, y tal un abismo aterrador que se hundía a poca distancia del camino, en invisibles al par insondables profundidades, las cuales sin dudas tocaban el seno mismo del planeta”.

Timoteo Huanca era el jefe de unos cazadores de vicuñas, que merodeaban la zona en busca de sus preciadas pieles. Por suerte, no las acabaron a todas y la tal casi gacela de las altipampas, hoy sigue siendo el animal emblemático del ecosistema andamarqueño.

La descripción del abismo por Sáenz posee un brío singular, aunque afirme que sólo tratará de describirlo, e insiste en ello ya que “era cosa inenarrable”. Fiel a su patriótico corazón, el poeta exclama: “Ya quisieran un Dante o un Milton aventurarse en regiones tales (…) comarcas que colindaban con el acabose y la muerte”. Imaginen esto: el diámetro del súper agujero, a ojo de rastreador experto como era Huanca, alcanzaba a unos 40 kilómetros más o menos. Impresiona: es mucho pero mucho más grande que el de un cráter de meteorito que también impactó cerca de allí. Era imposible determinar su profundidad: era el abismo sin fin, el padre y la madre de todos los abismos. 

Bruma, vacío, silencio, vibraciones, aniquilaciones, fuerzas, presencias, esperas, vidas y muertes eran parte de la contextura de la tremenda grieta. “Me acuerdo claramente de un olor glacial —acota Sáenz y uno ya siente el olor del recuerdo del que lo rememora— que parecía penetrar todas las cosas. Un olor de caos, de calcinación, de ceniza, desde muy lejos, un olor a nada”. Digan si estas palabras no son portadoras de una belleza tan extraña que sobrecoge de sólo leerla y evocar ese tajo en las entrañas del planeta que anda por ahí, por Andamarca, o que anda por todas partes, porque como se percata el que escribe, el abismo es uno, el abismo también es uno mismo. Las honduras existenciales tienen su espejo en las profundidades geológicas, en la naturaleza, eso a lo que le cantó también un Hölderlin, uno como el paceño, pero alemán de cuna.

Sáenz asegura que el abismo desapareció sin dejar rastros, tras unos temblores que sacudieron esos ásperos lados, pero —digo yo— si bien pudo esa sima haber sido abolida, pudo haber renacido y acudido por otro lado, ahí mismo entre los lindes y mojones de Andamarca, o más al sur, hacia los lados de Pampa Aullagas, o más al norte, por Challacollo acaso, o más al oeste, quizás en las faldas del mismísimo volcán Sabaya. 

Si el abismo hubiese resucitado hacia el este, tal vez lo hiciera en el ya citado Lago Poopó, y eso podría también explicar porqué se escurre toda su agua y cada vez se queda más seco y menos lago. No sé, todo es conjetural, pero ¿por qué no volver a intentarlo? A soñar el abismo o a buscarlo en el erial —en el fondo, es lo mismo.

Tal vez lo que convendría, y esto lo digo con mucha claridad de espíritu, es ir y levantarle un monumento, una illa de piedra negra, marcando el lugar del anterior abismo, para que todas las generaciones presentes y las que vendrán se recuerden del portento, de tamaña maravilla natural y poética, de semejante derroche combinado de potencia estética y expresiva. Podría ser un digno homenaje a la memoria de Sáenz.

O en el medio de los arenales que como ponchos de oro ardiente tapizan medio Santiago de Andamarca, podríamos erguir un faro gigantesco, de piedra negra también y cuya luz bendita llegue hasta el Sajama e ilumine y ampare a las tolas, a los zorros y a los suris, y a los arrieros que se extraviaron con sus mulas cuando ansiaron en vano arribar hasta Iquique o la enrumbaron mal o no le rezaron bien a la Mamita de Quillacas, y siguen vagando y vagando.


Imagen: Jaime Sáenz
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19 de agosto de 2016

Pausas

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

En medio de las convulsiones del mundo, los estropicios de la naturaleza, la crispada y loca gritería en Colombia, a veces el generoso azar le regala a algunos un guiño de sosiego, un instante de cerrar los ojos con la confianza de estar protegidos por algo intocable que devuelve al principio de esperanza, a su indomable fortaleza.

Parecería imposible en estos tiempos, si acaso lo son los remolinos desquiciados de destrucción, defenderse de las incertidumbres y abrirle espacio a las certezas, contemplar el mundo como refugio y territorio de alabanzas, de reconocimiento, de comprensión.

Gracias sin anuncio me mostraron su enigma en los días recientes.

La atracción inevitable que detiene a los lectores ante la vitrina de las librerías aunque hayan pasado el día anterior; o los hace entrar con el pretexto renovado de que un libro esperado por años, allí los espera. O ese que al abrirlo ofrece una línea que perturba y se la siente escrita para uno. Como aquella: “ Nos dio el amor la única importancia…” Conspiraron todos para hacerme entrar a una librería.

Apenas pasé la puerta una dependiente de lentes grandes, para bucear en el aire sucio de las ciudades, me indicó con su dedo cual cerrojo en sus labios gastados por los besos, que silencio, sshhhhh. Avancé y en medio de los estantes y unas mesas de café, una niña de pocos años de edad, tres o cuatro, sobre un caballito rojo de madera, hablaba. Era de cabello abundante como si en su cabeza anidaran medusas. Contaba de una flor de hielo que contenía al mundo. La dueña de la librería quiso preguntarle algo y la pequeña le contestó:

¿Qué dijimos del silencio?

Acepté que este era mi libro: Lo que no hemos dicho del silencio. El ámbito interno que deja decir al corazón sepultado en gritos, en la fea enfermedad del poder.

Aún pensaba en la escena de la librería, unos días después, cuando me senté en un escaño de esas plazoletas de la urbe de hoy. Espacios de cemento donde la lluvia cae para cantar su monotonía y correr por el gris sin ruido. Parques para el viento, pista de papeles abandonados. Alrededor, edificios de abundantes vidrios reflejan la agitación del día, muestran escaleras, reciben la noche. En un lado se levanta una sala de conciertos. En otro está la calle y sus árboles salvados de la polución. A veces escapa una nota de alguien que ensaya, obstinado. Busca el do de su clarinete. Tres muchachas y un muchacho, vestidos de negro, con el metal reluciente de sus saxofones salen y posan para una fotografía. Sonríen.

Entran y curioso me acerco. Un cuarteto de saxofones de una universidad. El silencio de la librería me ha devuelto la virtud del ocio. Entro y me dispongo: Bach, Albéniz, Leonard, Florenzo.

Con que hay jóvenes que aman la música. Interpretan con una pasión que transmiten. Y la alegría del logro.

Acaso esto es lo que evita el colapso de una sociedad sin horizonte.


Imagen: Picasso
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Rosselle Houston / Cuadernos de Norteamérica

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Houston llevaba diez años de trabajo como estibador. Arrastraba las piernas. Levantar cajas tiene su precio; la espalda tarde o temprano se vence.

Estaba arruinado. Los patrones, por conmiseración, le permitían trabajar cuatro horas diarias. No le alcanzaba el dinero. Contaba nueve hijos y cincuenta años.

Dos veces por semana iba al médico, a recibir masajes eléctricos en los músculos, para "reconstruirlos". Sé de ese dolor constante en la columna, en varios puntos, como si los huesos estuvieran rotos.

Amigo Houston, no hay ya ron para tomar los dos, detrás de los galpones, huyendo un segundo del trabajo, en el frío amanecer.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 24/12/1991, y en el blog del autor LE COQ EN FER, 18/08/2016.

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