9 de enero de 2019

Destino


El destino no tiene sentido, hasta que lo encuentras
Estaba ahí, desvelándose, hasta que lo viste, lo oliste, lo sentiste
Ibas por ahí, ibas por la huella, sin saber de amarres o de estrellas
Ibas por ahí, sin entender que padecer es vivir también
Y que el que padece, no perece, el que padece, el que tiene conciencia
De su padecer, no parece: simplemente, es, se está, empieza
A entender que el destino lo acompaña y lo alumbra o se alumbra
Solo en su acompañamiento febril, incesante, perpetuo

El destino es eso: es la convicción de que para algo viniste a este mundo
Y el mundo puede que sea hostil pero eso no significa que el destino lo sea
El destino es siempre deslumbrante, atrapante, movilizador
Hay que sentirlo vivo, hay que encontrarlo, para que me entiendas
Ayudan los desiertos donde hasta los cactus claman por una verdad
Aportan su dosis el sacrificio, la extenuación, el apasionamiento sin límite
Contribuyen a aclararte la sed, el hambre, la necesidad de una mística
Vas por ahí pero vas con fe y el día menos pensado, lo encuentras
Y ¡por Dios! no huyes frente a su presencia, no lo esquivas, no dudas

Los hombres se envanecen con cosas, con artefactos inútiles, con palabras huecas
Los hombres se encandilan con luces de artificio, con maniquíes y con vidrieras
Los hombres se cargan de necedad con el dinero que los corrompe y los exilia
Hay un lugar donde sólo hay nieve o sólo hay piedra o sólo hay viento
Hay un lugar donde sólo hay despojo, el continuo despojarse de lo superfluo
Y lo estéril, de lo vano y lo elusivo, de lo que no tiene raíz ni vuela
Hay un lugar donde no hay casi nada pero donde está todo y todo danza
En ese lugar, hallarás al destino, tu destino. Luego lo alientas, te calmas y vives nomás.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 5 de diciembre de 2019
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2 de enero de 2019

He olvidado

Cuento de Dino Buzzati

Traducción de Guillermo Ruiz Plaza

Vine desde muy lejos, oh príncipe, para decirte algo. Hace ya muchos años que llegué a tu ciudad y aquí me he establecido. Nada más verme comprendiste que no podía decirte enseguida lo que era mi deber informarte; el viaje fue tan largo que, al final, lo había olvidado. 

Tal vez todas las noches, durante la primera parte del viaje, antes de quedarme dormido, en mi fuero interno repetía las informaciones que debía transmitirte; y así fue como me convencí de que las sabía y consideré que, aunque me lo propusiera, ya no podría olvidarlas nunca. Estaba demasiado seguro de mí mismo; tanto, que al final perdí la buena costumbre de repasar mi lección; no me di cuenta de que la niebla del tiempo se abría paso en mi interior: el día que al fin llegué hasta ti, ya no recordaba nada. 

Así pues, sucedió que al abrir la boca para decir la primera palabra, esta no quiso salir y me quedé mudo. Entonces me miraste con una sonrisa paciente. No te sorprendía en lo más mínimo. Miles de hombres como yo, venidos de los reinos más remotos, entraron en esta ciudad para hablarte; a todos les ocurre lo mismo: en el curso del viaje demasiado largo, olvidan el mensaje, que no volverá a su memoria sino muchos años después. Sabiéndolo, les hacías una señal discreta para que fueran a descansar. En efecto, una vez pasada la fatiga del viaje, algunos recuperan la memoria, y su pena no ha sido inútil; otros, en cambio, aunque la solicitan, no logran despertarla y se quedan aquí mirando cómo pasa el tiempo, con la esperanza de recobrar algo ya sin duda inalcanzable. Pero no los riñes ni los amenazas, no das golpecitos impacientes con el pie; los miras y sonríes, dándoles a entender que eres magnánimo. 

Hay otros incluso que fingen traer grandes noticias, anunciando que se trata de un asunto de vida o muerte; a la vez, pretenden haberlas olvidado; necesitarán mucho tiempo para recuperarlas del fondo de su memoria. Fingen, pues en realidad no tienen nada que decirte salvo las tonterías de siempre. 

Yo puedo asegurarte que no formo parte de ese grupo; yo sé que he venido hasta aquí para comunicarte informaciones que te resultarán preciosas. Noticias de la más alta importancia; las he traído conmigo, pero ¿por qué no logro recordarlas? 

Sí, hace un tiempo, el velo que las cubría se levantó un poco y pude recordar el principio. Corrí entonces a tu palacio, temeroso de que se me escaparan de nuevo, ¿te acuerdas? Con voz ansiosa, empecé: 

“Voy a contarte de inmediato noticias secretas, que ignoras; yo mismo las he formulado antes; por el momento no te has enterado de nada, así que no podrás decirme: Por supuesto, lo sabía. No han llegado a tus oídos ni a tu conocimiento, ni siquiera has escuchado rumores al respecto. Son las primeras y las últimas. Mi boca, semejante a una flecha afilada, va a pronunciarlas y, estupefacto, inclinarás la cabeza hacia delante con lágrimas de bendición. Fue en…” Pero, llegado a este punto, todo se volvió confuso en mi mente y no pude continuar. 

A medida que yo hablaba, me escuchabas sonriente, hacías señas de aprobación con la mano, pero tu rostro aún no se iluminaba con la luz que yo había esperado… 

Y esto se debía a que mis palabras, hermosas y llenas de promesas, no representaban sino una ínfima parte de lo que yo debía decirte, tan solo la introducción, el preámbulo, una fracción ridícula comparada con el resto, todavía prisionero en mi interior. Quedaba por decir lo más importante y el día que lo escuches, oh príncipe, se alegrarán el cielo y la tierra. 

Pero el tiempo pasa y no logro recuperar las palabras que faltan. Los hombres que llegaron al mismo tiempo que yo cumplieron ya con su deber, fuera este vital o insignificante. Solamente yo me retraso y agoto mis fuerzas tratando de alumbrar lo que aguarda aún en lo más hondo. Hay días en que me parece entreverlo, tiendo las manos para aferrarlo, pero siempre se me escapa. 

Pero el tiempo pasa y deambulo por las calles de tu ciudad, expectante. A menudo me niego a buscar; tal vez sea mejor no obstinarme, insistir no puede sino empeorar las cosas. Tal vez todo lo que tengo que decir volverá a mí solo, de improviso, en el momento menos esperado. 

Pero el tiempo vuela y tu paciencia, oh príncipe, no puede ser eterna. Tarde o temprano te verás obligado a convocarme y a ordenar que regrese. Los peregrinos que llegaron hasta aquí, hayan realizado o no sus anuncios respectivos, deben volver sobre sus pasos. ¿Es tu voluntad o la de aquel que reina en el país remoto? ¿Eres tú quien decide expulsarlos o no haces sino complacer a tu amigo de la realeza? Lo ignoramos. Y no comprendemos tampoco por qué a un mensajero, que te ha transmitido su aviso con diligencia, le ordenas que vuelva enseguida cuando a otro, que te ha hecho esperar sin rendirte tributo, pareces olvidarlo, tolerando que viva durante años, sin que nadie lo moleste, una vida apacible. 

Mirad a mi madre. Desde el día en que llegué aquí creyó en mí con la confianza más ciega que pueda concebirse, me observaba con una mirada ardiente como si yo fuera portador de un milagro. Desde hace cierto tiempo, parece haberla invadido la duda y, aunque no me diga nada al respecto ni me haga preguntas ni insista, veo lástima en sus ojos, que me siguen en silencio por toda la casa. Incluso, en mitad de la noche, entreabre mi puerta y se queda allí, mirándome en la oscuridad, acechando mi sueño por si acaso pronunciara palabras incoherentes que dieran la clave de lo que he olvidado. 

¡Y los amigos! Tampoco ellos confían en mí, ya no. Y si me tratan con más indulgencia es porque ya no asoma en sus rostros ese acecho envidioso y sombrío que antes me halagaba. Otros, que no son mis amigos, me observan con ironía, como diciéndose: Helo ahí, había prometido el cielo y la tierra, pero en realidad es perfectamente incapaz de cumplir su palabra. 

Pero hay algo más triste todavía, y es que yo también empiezo a dudar. Desde hace unos días, al considerar el tiempo infinito que ha transcurrido sin resultado, no puedo evitar preguntarme: ¿Estás seguro de no haberte equivocado? ¿Estás seguro de tener en ti esa grandeza? ¿No has dado ya lo poco que llevabas dentro? 

Tal como los otros, el día de hoy ha pasado en vano. Nada ha subido hasta mi corazón, ni siquiera un eco impreciso. Atardece ya y pronto caerá la noche, otra noche que será ceniza. Al entrar en esta sala, llegó hasta mí una música de días lejanos y fue como si quisiera hacer brotar todo el resto, es decir, la estación, la luz de la tarde, las ilusiones que había suscitado (pues era la época en que aún estaba permitido anhelar, teníamos toda la vida por delante, desconocida y misteriosa, abierta a los sueños más descabellados). Entonces, por un instante, me sentí tan cerca del acto, del hondo pensamiento que habría iluminado tu rostro de alegría, oh príncipe. 

Pero no fue más que un momento fugitivo. Enseguida esas imágenes desaparecieron y volví a encontrarme tan vacío como antes. Ahora aguzo el oído pues, a cada paso que se acerca, temo que sea un guardia del príncipe que me busca para ordenar mi partida… Uno tras otro, aquellos que tenían fe en mí me han abandonado: me he quedado solo y soy el único que todavía cree; y ya no es suficiente. Se oyen pisadas cada vez más cerca, adentrándose en el pasillo, ahora están a menos de tres metros de aquí, aguardo el golpeteo en la puerta. Nada. Las pisadas pasan de largo y se alejan, solo Dios sabe quién era. Pero tengo miedo, vivo en alerta y no puedo dormir. Hasta el amanecer, irregulares y sospechosas, esas pisadas pueblan la casa. 

He aquí que el hombre que ha recorrido ya un buen trecho del camino se da cuenta de que no ha conseguido lo que esperaba realizar y de que siempre deja todo para mañana, cuando sus fuerzas disminuyen cada día; y sin embargo, aún mira hacia el futuro como si todo quedara por hacer; el último plazo se acerca y él comprende que ya no le queda mucha libertad de acción y que no podrá lograrlo a tiempo: pero bromea, se engaña a sí mismo, hace todo por prolongar un poco más la juventud excesiva; ¡lo mismo de siempre! 

Con todo, créanlo o no, la tengo acá, encerrada en el pecho, esa grandeza que traje desde tan lejos. Palpita y cada día que pasa parece cargarse de no sé qué gravedad, de no sé qué hondura. Siento cómo se agita en mí, cómo sube hasta aflorar en mi garganta: y yo contengo la respiración, anhelante, tal vez sea la ocasión propicia. Pero una pisada, una triste pisada, resuena allí abajo en la calle, acercándose, y despierta el miedo. Y me invade la angustia, que no cesará hasta el amanecer. 

Si tan solo fuera capaz de marcharme lleno de desprecio por vosotros, que no supisteis esperarme; lleno de desprecio por ti también, oh príncipe, que tal vez te ríes de mí en tu fuero interno. Si pudiera marcharme llevándome, intactas, las cosas que no he sabido deciros. Pero soy un cobarde y te suplico; príncipe, príncipe, espera todavía un poco, no me mandes a tus guardias, dentro de un año o dos o un poquito más te daré lo que te debo. Pero sigues sonriendo solamente con los labios, pensando en cosas que ignoro. Cada día recibes miles de súplicas como la mía, patéticas; cada quien tiene un buen pretexto para pedirte un poco más de tiempo, no te alcanzaría la vida para escucharlas todas, aunque no hicieras otra cosa del alba al anochecer. 

Yo sé, pues, cómo va a suceder todo. Un día, próximo o lejano, lo ignoro, pero siempre demasiado pronto, el hombre portador de tu orden vendrá a casa. Temblando, me veré obligado a encaminar mis pasos hacia la puerta. Y entonces, solo entonces, se me aparecerá lo que busco desde hace tantos años. Se desgarrará el velo en mí y, una tras otra, las palabras decisivas volverán a mi memoria en todo su esplendor. Pero ya no tendré tiempo, no podré quedarme ni un minuto más. Veré cómo se encogen las blancas columnas de tu palacio solitario bajo el sol, y te veré a ti, de pie en la última galería, mirando el mundo. Me volveré, gritaré con todas mis fuerzas las palabras tardías, sumergidas durante demasiado tiempo en mi cuerpo. No las oirás. Solo por un instante, como si hubieras oído algo (¿pero sería posible con una distancia tan grande?), girarás la cabeza hacia mí, escrutando el espacio. Pero no verás sino los tejados de la ciudad y la muchedumbre hormigueante hasta perderse de vista. Solo por un instante. De inmediato tu rostro desaparecerá de la galería, que quedará vacía. Y cuando pase la última muralla, tú y los hombres de la ciudad ya habréis olvidado mi nombre. 


“Ho dimenticato”, incluido en Paura alla Scala, Mondadori, 1949 

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Una extraña luz



Vendrá la luz
Siempre vendrá
Cuando, con pasión,
Tú la ansíes
Tú desees que venga
Tú la ampares
En tu corazón
Si se demora

La celebrarás cuando llegue
La dejarás entrar
Dentro tuyo
La sentirás en tu piel
En tus labios
La besaras con la mirada
Eternizaras el momento
No lo dejaras escapar jamás

La luz, esa luz, será tu espejo
Miraras al mundo con tus ojos
Llenos de esa luz
Y sabrás que tanta luz
Te dará de comer
Te nutrirá de plenitud
Te alzará junto a ella
Y volarás por las montañas
Y verás que el mundo
No sólo es bello
Es tenaz y es tuyo.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 2 de enero de 2019
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1 de enero de 2019

31 de diciembre de 2018


Pablo Mendieta Paz

Siempre he lanzado los dados y abrazado la oscuridad con la escasez cantada desde muy lejos, fuera del alcance de mis brazos; con amor, quizás fama chica y toda muerte de años que volaron sobre mí; aunque siempre retorno al hogar y atizo y apago incendios de sueños de tener y no tener; claro, sin olvidar ni a Rameau ni a Grieg. Es el péndulo eterno, el de todas las vísperas.

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*Texto extraído de un estado de Facebook del autor y publicado originalmente en el blog Sugiero Leer (31/12/2018)
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Amigos (una vez más)


Al futuro

De todas las virtudes
Que se viven
Los amigos

De todas las pasiones
Que se celebran
Los amigos

De todas las derrotas
Que sufrimos, que se sufren
Ellos, los amigos, los compañeros

De todas las victorias
Que se vienen y se comparten
Igual.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 31 de diciembre de 2018
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Vete de mí 2018

Pablo Cingolani

Hay años que te marcan y este me marcó a sangre: se murió mi perra, se murió la Dana
Y no hay nada que pueda consolarme porque no tengo porque hacerlo: la Dana era insustituible, era prodigiosa, era única: siempre negaré su partida porque no me queda otra
Si me resignase, no seguiré sintiendo su presencia cada vez que me despierto y abro los ojos y la veo, entre la luz y la niebla, pero la veo
Si me rindiese a seguir sintiendo su presencia, esa ausencia se poblaría de monstruos que me comerían, de negaciones que destruyen, de tristezas que soy incapaz de soportar
Y, dime, ¿por qué tengo que hacerlo?
¿Porque tengo que abandonarla en el yermo atroz del olvido?
¿Porque tengo que dejarla de sentir como si aún respirase y estuviese viva?
Si ella era una luz, dime, ¿Por qué debería apagarse?
Ella andará –yo lo sé- por esas montañas celestiales a donde acuden todos los perros de las montañas cuando mueren
Ella andará por esas montañas del cielo que son las mismas montañas donde ella corría y corría en Río Abajo, las montañas aquí, en la Tierra
Ella andará por ahí, domando al tiempo, al tiempo que llaga, al tiempo que hiere, al tiempo que mata
Este poema es contra vos: es contra el tiempo que duele, el tiempo que rompe, el tiempo que distancia
Vete de mí 2018, vete de mí con el poncho negro que envolvió a la Dana
Vete, vete y muérete tú.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 31 de diciembre de 2018
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30 de diciembre de 2018

Antojadiza descripción de la comarca

Pablo Cingolani
De manera rauda, asciendes por los cerros. En una hora de marcha, trepas desde los 3500 metros de altura hasta los 4000, o sea, transitas desde la cabecera de valle hacia la puna propiamente dicha. El tránsito lo ocupan los desgajamientos de la precordillera: una infinita serie de cárcavas abismales, todas fosilizadas, que cargan el ambiente de un acuciante misterio, lo cual impulsa la caminata y la elevación, ya que puedes temer caer entre las simas. Hay demasiados precipicios propicios donde arrojarse.

Llaman los lugareños a las alturas con el nombre de Tiñipata. Pata, en lengua autóctona es precisamente eso: altura, lugar elevado. El origen del vocablo “tiñi” está asociado a la cultura impuesta y es una derivación del acto de teñir, de vegetales asociados con la acción del teñido. Se trata de unos líquenes que precisamente recubren las areniscas fósiles. Atesoran un verde tan frágil que magnetiza y carga de poesía el entorno. Puedes encontrar manchones extensos de estos líquenes tapizando temibles agujas o acariciando rocas negras. El contaste de colores es muy evocador.

Cuando al final de la travesía dejas atrás los abismos, la puna aparece de manera intempestiva y se muestra cargada de esplendor. La panorámica que puedes apreciar desde allí es cautivadora, así llueva o granice o reviente el sol: en dirección sur, la vista atraviesa la totalidad del valle lateral que corona Tiñipata y, a su vez, cortas con la mirada otros dos valles, el principal, en cuyo seno se aloja, hacia el oeste, la ciudad de La Paz y uno más, muy extenso también, que es el valle de Achocalla.

Entre ambos valles, se alzan los cerros de Chullpani y Hujata, bellísimos, de color rojo, rojo oxidándose. Al fondo, se instala a pico la línea  perpetua del altiplano, la invencible raya desde donde todos los caminos son imaginables, son posibles, son ciertos. En otra línea visual y casi recta, está estándose Amachuma, en el borde que se derrama (pero no se escurre) hacia Achocalla. La tormenta más colosal de rayos que vi en mi vida se precipitó por esos lados. Deberías haber asistido al tremendo y electrizante espectáculo brindado por Illapa.

La puna está caracterizada por praderas de ichu (paja brava) que doran el paisaje y lo vuelven sensiblemente terapéutico. Aquí y allá puedes encontrar plantíos humanos de papa, papa amarga, papa luki, la más resistente a las heladas. El aire es muy límpido. Hay aves maría o alkamaris que te cuidan y propician el buen camino. Se siente una extraña paz allá arriba. Son rastros de antiguos mundos que aún superviven.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 26 de diciembre de 2018
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Una dosis de mística


Pablo Cingolani

Hay que volver a las montañas

Hay que volver al seguro santuario donde las viejas verdades perviven, donde las viejas verdades se aferran a las piedras para no morir, donde las viejas verdades cantan si te animas a escucharlas

Hay que volver a los queñuales para sentir cómo se aferran a la tierra y como se elevan para engalanarla y poder deslumbrarnos con algo cierto: la belleza que atesora el árbol, ese estarse allí, con humildad, sin ansiedad: lo verdadero

Hay que volver a las montañas porque hay que volver a lo real, hay que volver a lo auténtico: sólo así recobraremos la fuerza, sólo así podremos reconocerla, sólo así la vida recuperará todos los sentidos que le han ido mutilando, escamoteando, suplantando

“Aún estoy vivo –dice el huayno-, el halcón te hablará de mí/ la estrella de los cielos te hablará de mí/ he de regresar todavía/ todavía he de volver…”.

Hay que volver, hay que volver a las montañas, a recobrar la fuerza y la sangre para alejar la simulación que nos corteja a diario, para despeñar la impostura, para arrojarla lejos y olvidarla. Hay que olvidarlos

Hay que volver a rescatar la fuerza, la energía de los dioses, la conmoción, el calor, el abrazo, la intensidad de los dioses, las verdades antiguas que ellos nos procuraban y que se obstinan y brillan entre las piedras, la nieve, el viento, la tormenta, el abismo: hay que mirar adentro, hay que morar en la convicción de estar vivo, alentar la fe, la lírica, la luz, la música, enterrar la mentira, sepultar lo que es mentira

Hay que volver a las montañas y hay que volver como siempre lo hicieron aquellos que nos precedieron en el mismo camino: hay que volver con mochilas y con entusiasmo y una dosis de mística, una buena dosis de mística, la suficiente dosis de mística para que nuestro corazón pueda templarse, aceptar la necesidad del sacrificio y celebrarlo mansamente y así abrirse con pasión a las revelaciones y a la vida

Ahora es cuando. El tiempo de la espera acabó, murió, ha cesado. No es tiempo de llorar, muru pillpintucha, asegura el canto serrano: no es tiempo de llorar, hermano. El final es estremecedor. Dice así: “La apacheta que elevé en la cumbre/ no se ha derrumbado/ pregúntale por mí”.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 29 de diciembre de 2018
El huayno está incluido en Los ríos profundos de José María Arguedas.

Imagen: Cordillera de Apolobamba (Diario Página Siete)
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