5 de abril de 2020

Inconstancia


Los dioses –que abrevan de nuestra piel- nos evaden
Dios nos teme
El mundo, tan simple, tan profundo y tan nuestro
Sólo espera de nosotros
La devolución de su encanto

Confía
Que solo nosotros
Los breves de propósitos
Los que no queremos nada más que
Una tierra deshabitada de sus demonios
Le devuelva su belleza, su majestad, su gracia
Esa de la que fue despojada
Esa arrancada con azote y hachazos
Eso que sólo lleva a la muerte
Del mundo, de la inspiración, de la vida

Los dioses –que supimos venerar en nuestros labios
Hoy piden que los escuchemos
Cuando fueron ellos los que nos abandonaron
Dios gime, Dios se agobia, Dios llora
Y no llora por nosotros: llora por Él

Llora por su omnipotencia ultrajada
Llora porque un virus lo acosa
Lo seduce y lo cerca
Lo quiere despojar de todo atributo
Lo quiere morder, destruir, aniquilar
Lo quiere ver padecer

¡Ey! Tu que no crees que el hombre
Se ha vuelto lobo del hombre
Carcelero del hombre
Promotor de su hambre y de su hastío

¡Ey! Tu qué me dices
Confía
Esto ya pasará
Esto es solamente una pesadilla
Tú, y tu daga, tú y tu veneno, tú y tu ira
No vencerán
Ya han llegado al límite
De lo tolerable
De lo que imaginábamos
Que podía ser el dolor
Que nos procuraban
De lo que sospechábamos
Era la tristeza
A la que querían
Condenarnos

Váyanse a cagar, con su enfermedad, basuritas del presente
Seguiremos hablando sólo con las aves, como San Francisco
El intrépido, el inconsciente, el inconstante

Váyanse, a cagar con sus oropeles de una escena sin fasto
Váyanse, a arruinar la vida a otros planetas y que sea lejos
Váyanse

Váyanse
Antes
Que el sol de la bravura
El sol del coraje
El sol del sacrificio
El sol del heroísmo
El sol de la inconstancia
Los queme

Los arrase
Los despoje
Los queme.


Inconstancia (2)


No me digas que no te dije que todo estallaría
No me digas/ que no te avisé/ que el fin de su mundo/ alboraba

Y vendría cargado de su infinita miseria
De esa medianía que asquea
De su incapacidad para conmover

Y no me digas/ que no te avisé
Que su racismo implosionaría
Y verías su verdadero rostro

Ese odio que calcina y los quema
Esa desesperanza que les carcome el alma
Ese miedo que le tienen al otro y a la peste
Que, para ellos, es lo mismo

Que se pudran navegando en la malaria
Que nosotros conocemos de ida y de vuelta
Si su mundo fracasa, nosotros bailaremos felices
Sobre sus ruinas

La revolución nace del derrumbe
La dicha, de la lucha
La pasión es nuestra
El pueblo sufre
Pero nunca muere
Ellos, sí

No son/ inmortales
No son/ invencibles.

Pablo Cingolani
Desde algún lugar, 4 de abril de 2020

Imagen superior: Ojos del Salado/ TeleSur
Imagen inferior: Obra del artista Lander Zurutuza dedicada a Pablo Cingolani.

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30 de marzo de 2020

Cuarentena


Maurizio Bagatin

“El pesimismo de la razón es un óxido que ya adhiere al optimismo de la voluntad” 
- Paolo Rumiz -

Cuarentena, este término se originó en el siglo XIV en Venecia, durante la Peste Negra, quarantèna es originariamente la forma véneta para quarantina; en la Serenissima, cuando se detectaba una posible amenaza entre los pasajeros que llegaban en una embarcación, la misma quedaba totalmente bloqueada y no se permitía el ingreso a tierra hasta que no transcurriera cierto espacio de tiempo: cuarenta días de espera, de aislamiento, de angustia. Luego, tal vez, la muerte. La cuarentena es la contumacia, para apestados y para astronautas de vuelta de la luna, sifílide, lepra, fiebre amarilla y cólera ayer, Lazzaretto Vecchio, una isla entre las cientos de la laguna de Venecia; Ébola, Arenavirus, SARS, Nipah, COVID-19 hoy, el lazareto es nuestra casa, nuestro departamento, nuestro hogar. Nuestro infierno.

Hoy vemos imágenes apocalípticas nunca vistas, calles, plazas y pueblos que salen de los cuadros de Giorgio De Chirico, narraciones dantescas en un mundo que poco a poco está viviendo, siempre más, bajo control… millones de cámaras controlan a los ciudadanos chinos, el occidente es cada día más vigilado, las calles de centenares de países viven entre cuerpos fantasmales de policías y de militares, vive el hombre la muerte, tal vez, de muchos derechos civiles… y para nada feliz, estropeando a Huxley, violentando a Orwell y reduciendo a Bradbury; ¿esta gran narrativa relajará al inquieto? ¿Inquietará al relajado?

En un profético libro (Spillover), David Quammen anunció el virus invisible, era el 2012, no habíamos aún derrotado la gripe A (H1N1) cuando el escritor estadounidense fue informado, por algunos expertos muy recomendables, The Next Big One, de un virus que nos reconduce a la antigua verdad darwiniana -la humanidad es de verdad una especie animal-, y que el virus, éste y otros más, son la respuesta inevitable de la naturaleza al asalto del hombre a los ecosistemas y al medio ambiente. Hoy recuerdo las narraciones de mis padres sobre la pelagra, la escabiosis, la gripe española que hizo más muertos que la Gran Guerra: miseria, ignorancia y mucha muerte. En el África que viví, todos los ataques son de los seres más pequeños -en el inmenso continente de los mamíferos más grandes, los más pequeños son los más poderosos, nos recordó Kapuściński- la mosca tse-tsé, el mosquito mut mut (Tipulidae), el más grande: la enfermedad de la lombriz de Guinea (dracunculiasis). Todos apenas visibles, todos terribles.

Hoy se mueren los más viejos, los mayores de edad, los más débiles, como en una Esparta, ilotas a su destino (en un diario italiano, il manifesto, se recuerda a Eneas cargando a Anquises: el pasado, la memoria, la experiencia); me pregunto: “¿Las fábricas de armas, siguen produciendo?” “¿No habrá cuarentena también para la producción de armas y para las guerras?” 

¿Extraño desasosiego? Lo de siempre, el de Abel y Caín, el de Rómulo y Remo, trascendencia y Derecho, siempre muerte fratricida… No hubo Phronēsis como tampoco hubo Metis, nos olvidamos del Mito, omitimos toda nuestra Historia, descuidamos lo efectual de la Historia, su inconmensurable importancia.

Así seguiremos en cuarentena, hasta el fin de la noche… la Metafísica es la antesala del surrealismo.
24 marzo 2020

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PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Sucre), 29/03/2020
SUGIERO LEER, 29/03/2020
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29 de marzo de 2020

Contradanza macabra


Miguel Sánchez-Ostiz

Llevo días dándole vueltas a esa danza que parece haber llegado para quedarse al menos durante un tiempo y sustituir otras rutilancias. No tengo la menor confianza que el confrontarse por fuerza con la abrumadora certeza de la muerte sirva de aviso para nada... venimos ya muy desbaratados. Seas o dejes de ser un cenizo, siempre amanece, pero la noche puede ser muy larga, cuando al fin llegue el día puede estar tan nublado que tal vez no se distinga este de la noche.

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Texto extraído del Facebook del autor  (29/3/2020)
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25 de marzo de 2020

Urge la unidad

Homero Carvalho Oliva

Hace unos días leí esta cita de Benito Pérez Galdós: ¿No es triste considerar que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos?; sin embargo, después de ver las redes sociales, los noticieros y las actitudes de nuestros políticos, incluyendo uno que está fuera del juego, creo que no aplica para Bolivia. Me explico: acabo de ver un spot de los candidatos a las elecciones presidenciales de 2019 en Uruguay, todos unidos en un solo mensaje contra el COVID-19, todos unidos en la lucha por la sobrevivencia, apoyando un objetivo: la salud del pueblo uruguayo. Los nuestros se preocupan de la salud de las encuestas.
Estoy de acuerdo que debemos comprender que muchos de nuestros hermanos viven al día y necesitan salir a la calle a vender, que para muchos de los que viven en la pobreza este virus es otra enfermedad de las tantas que los matan cada día, que hay gente que sigue creyendo en teorías de la conspiración (recuerdo que cuando era joven y quería irme a las montañas con un fusil en la mano creía que hasta los terremotos eran producidos por el imperialismo yanqui), que hay sujetos que lo único que quieren es joder a los demás porque ese día amanecieron enojados contra el mundo, que hay otros que creen que la sociedad les debe todo y no les ha dado nada, que los que en estos 14 años se despilfarraron dinero en tonteras ahora vienen a dar recetas mágicas, Cuba no tiene la vacuna, allá también hay muertos, los famosos médicos cubanos no son expertos en epidemias. En 14 años no construyeron una sala de cuarentena en ningún hospital nacional, ahora no critiquen y se hagan los capos, tampoco vayan a jugar fútbol a sus canchas sintéticas, es peligroso.
Es cierto que hay muchos motivos para quejarse, para odiar al prójimo, para protestar, yo mismo lo hice con toda mi bronca cuando vi que hay individuos que se oponen a que nuestros hospitales reciban a los enfermos del virus. Me enojé y no lo niego.
También es cierto que, muchos de los que hablan en nombre de los desposeídos, lo hacen desde la comodidad de sus hogares y no los he visto decir que pueden compartir un plato de comida o que pueden ayudar al vecino. La solidaridad es o no es. Es fácil hablar a nombre de los pobres, lo difícil es actuar por ellos y a veces creo que lo hacemos por tapar nuestra conciencia pequeño burguesa. Siempre habrá motivos, eso no debe preocuparnos, lo que debe ocuparnos (no PREocuparnos) es el presente.
Lo peligroso, además del virus, es que, ante nuestra incapacidad de ayudarnos nosotros mismos a sobrevivir, estemos alentando, promoviendo y “justificando” ESTADOS DE SITIO. Eso es peligroso, sencillamente porque con los militares en la calle nos arriesgamos a mayores abusos, ellos están entrenados para la violencia, no esperemos que nos reprendan con una amonestación cristiana. Cuidado que los militares no son los salvadores de nada.
Urge que los políticos se unan por esta vez, no importa que cuando pase el peligro vuelvan a sacarse los ojos, háganlo por nosotros, por sus hijos, por ustedes mismos. No se den la mano porque es arriesgado, dense el codo o un saludo levantando la mano o las cejas, no importa, lo importante es el mensaje, especialmente se lo digo a aquel y aquellos que creen que solamente ellos tienen la razón, que esperan que los otros hagan algo para oponerse. Ahora es cuando debemos mostrar solidaridad con los demás, que se unan y busquen soluciones. Yo propongo una: estoy dispuesto a dar la mitad de mi sueldo de docente de la UTEPSA a un fondo para aquellas personas que viven de vender en la calle y que se están perjudicando, que el gobierno vea como canaliza estos fondos para que sean manejados con honestidad.

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Publicado originalmente en perfil de Facebook del autor boliviano (25/3/2020)

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22 de marzo de 2020

Rumias de confinados

Miguel Sánchez-Ostiz

Los tiempos son descabellados, decía el poeta, uno, importa poco cuál, como tampoco aquel otro que afirmaba que en parecida época, nos íbamos a encontrar con nuestra propia sombra. Tiempos de echar en falta lo que ayer parecía sobrarnos, de atender lo que no escuchábamos ni oíamos. ¿Qué hacías tú hace dos semanas, qué hacían los tuyos, los amigos, los vecinos, los conocidos…? Parece mentira. ¿Qué haces hoy? Pues cada cual se reinventa como puede, con o sin balcones, sin chiflos o jotas raciales, sin habilidades culinarias o asombros de limpieza doméstica…

De los solitarios forzosos, sean o no ancianos, no hablo porque su situación me parece temible y frente a eso me siento impotente, como muchos de ellos se sienten desprotegidos. ¿Y de la gente que todavía nos atiende en el supermercado, qué? Pocas ganas de hacer bromas por mucho que pienses que la risa es necesaria, si reparas en la gente que de manera directa atiende a los más dañados.

La verdad es que por mucha aburrición que cause el confinamiento y provoque la venenosa tentación de echarse, yo al menos me siento un privilegiado frente a toda la gente, no solo la sanitaria, que sostiene mi refugio, mucho más expuesta al contagio. Si esto funciona todavía es porque hay mucha gente que lo hace funcionar. ¿Buenismo el mío? Sí, hombre, está la cosa como para consideraciones de ese tipo. No gano nada en el naufragio de los juicios, las culpas, la auténtica y verdadera actitud que hay que tener en estos casos, a juicios de los sabios de turno. Aquí no hay catecismos ni manual de instrucciones que valgan. Sobran médicos, virólogos y tribunos de barbecho. Hacemos lo que podemos y frente al esfuerzo de esa gente que se juega la vida, yo al menos me quito el cráneo.

De lo que puedas hacer mañana, ese día después que muy cercano no parece estar, cuando el confinamiento domiciliario acabe, es casi mejor no ocuparse porque ahora mismo no pasa de ser una fantasía. Prefiero huir de los augurios y de propalar alarmas, aunque no sé cómo, porque las palabras de los gobernantes se comentan solas y a veces resultan oscuras y más propias de un jaleo deportivo. ¿Es un consuelo saber que la epidemia podría dejar más pobres que fallecidos o un drama difícil de aplacar?

Tiempos descabellados y propicios para los profetas de calamidades del tipo «a cojón visto todos son machos», que disfrutan de sus aciertos, y para los ojalateros, como llamaba el general isabelino Diego de León a quienes le decían cómo debería haber actuado cuando la acción en la que no habían participado, había acabado. Ya lo habían dicho, con toda clase de adornos apocalípticos que dejan chiquita la situación actual. Cierto, pero a mí al menos se me había escapado la extrema gravedad de lo que estamos viviendo. Prefería convencerme de lo que me convenía, es decir, de que esto que ahora vivimos con temor cierto –a la muerte y a perder la vida que teníamos– quedaba lejos y demás blablablás. Del posible colapso sanitario no tenía ni idea. Y estoy seguro de que no he estado solo en esa ignorancia. No soy un gobernante, sino un gobernado, y añado que de las epidemias solo sé lo que he leído, que no es lo mismo que padecerlas o ser un especialista en ellas, que los hay, en este país, y con capacidad de hablar con autoridad por haberlas vivido en otros países y circunstancias. Tal vez lleguemos a saber con certeza cómo se ha originado esta epidemia, una vez que los bulos que circulan se apaguen, que es lo que suele suceder.

«Nada va a ser lo mismo», es una de las frases que más se escuchan. No hace falta ser profeta ni adivino del porvenir para entender que esta situación epidémica va a dejar secuelas a las que habrá que sobreponerse, con o sin ayudas. En efecto nada va a ser lo mismo, ni las circunstancias ni tal vez nosotros mismos, por mucha fiesta que le echemos, porque ya no lo es. ¿Escaldados, provistos de una serenidad estoica, feroces…? Está por ver.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y en el blog del autor, Vivir de buena gana, el 22-III-2020
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19 de marzo de 2020

Dime: de dónde vienes

Roberto Burgos Cantor

En tiempos de zozobra, apelar a los recuerdos alivia del desencanto. Aparecen corales incontaminados, zonas donde todo valió la pena y quien participó se supo vivo, libre de añoranzas. Como las piedras de ámbar, el ojo del tigre, el colmillo de caimán relleno de hilos y semillas.
Al contrario del lamento del bolero, recordar para qué, aquí se recuerda para visitar huellas de la vida, vivencias perfectas que quedaron allí, sin lamentos por incompletas ni ambición de repetirse. Huellas de un rumbo de la vida que nadie guardó, ni les construyó un museo. Están porque si.
Ideas como estas, en medio de un presente donde lo efímero se repite como incapacidad, no como renovación, y parece un tiempo atascado por el peso de una conformidad vulgar, me llevaron a apreciar el libro, Si no la cuentas tus hijos la olvidan, de Juan Dager Nieto.
Quizá, marcar los senderos de pertenencia ayude a los miembros de una comunidad a reconocerse, a alejarse del vacío que impulsa a tantos a hallar en la corrupción un logro deseable que realiza el sueño o la pesadilla del dinero.
Esa especie de tradición sin alborotos ni escándalos, sin magnificar el transcurso de la vida con dificultades y satisfacciones, a lo mejor constituye la reserva para enfrentar las claudicaciones, potenciar el valor de la resistencia.
Ahora que Antanas Mokus, vuelve a la política por la puerta del Senado, ha dicho, a propósito de la corrupción delirante que se apoderó del mundo, que la solución no es aumentar los castigos contra los delitos, que basta con la vergüenza y el arrepentimiento del bandido.
Lo anterior sería correcto si los sentimientos invocados existieran en el criminal de hoy. Justo un problema es que el delincuente se enorgullece de su crimen. Por ello desapareció la sanción moral. Incluso dudo de que aumentar penas sea el camino de redención. Este delincuente de hoy está desprendido de cualquier orden. Está al acecho.
Por ello, rescatar el culto a lo que cada grupo humano ha hecho es necesario.
El libro de Dager Nieto, con sus imágenes de infancia, las cartas, la vida de sus mayores con las alegrías de la época, Gardel, María Felix, la importancia del barrio, la escolaridad, la religión, las comidas, muestra la dignidad de un pasado que al preservarse apunta a un porvenir posible.
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Andrés Nagel (recuerdos durmientes)

Miguel Sánchez-Ostiz

Hacia 1970 Andrés Nagel era ya un mito en el ámbito universitario de aquella ciudad en la que unos besos mañaneros en un parque podían costarte 50 pesetas de multa si te denunciaban, que lo hacían. Nuestra educación sentimental fue más de clerigalla y cuartelera que veneciana. Les feuilles mortes estaban bien en la voz de Juliette Greco, pero las hojas muertas del otoño sin violones, podían costarte un disgusto. El artista pintaba paisajes terrosos o mendigos al paso o escenas castizas, y en la otra trinchera, la escuela de los «santos oleos», bendecida por Moreno Galván, se aplicaba a un arte plano, de difusa denuncia, brumoso y pretensiones líricas. En ese panorama Andrés Nagel era una excepción que invitaba a echarse las manos a la cabeza. Andrés Nagel, fascinante, desde aquella ciudad de 1969, diciembre, en la que estudiaba Arquitectura y atacaba sus primeras esculturas, rostros, cuerpos, rescatados con malla metálica... Había un arquitecto de su curso que me hablaba con devoción de su obra, entre trago y trago cuartelero que aliviaba aquella polvareda de secarral... Y estaba también Manolo Jiménez, inolvidable amigo, arquitecto, que pintaba como Dios... Nagel era lo que yo creía que quería hacer y no hice, como uno de los Compson, en El ruido y la furia por entonces leído.

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Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana  [17.3.2018]
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6 de marzo de 2020

Felicidades, a veces



Roberto Burgos Cantor

Es de esperar que no ocurra siempre.

La ocurrencia se refiere al aparecer del pasado. No tiene que ser reciente, en el cual uno participó y lo protege el secreto, su escaso ámbito. Puede ser el remoto que pertenece al fondo común de archivos que hacen memoria. 

Cuando expreso el deseo de que no aparezcan siempre, me dirijo a los acontecimientos cuya permanencia avergüenza. Acrecientan el descreimiento en el presente al dejar ver su sólido transcurrir. 

Los hay bellos, iluminan las penumbras de la vida y ofrecen un sosiego a su transcurrir de fatalidades infames. 

Así fue: 

Empecé a mirar un documental que recuperaba 108 películas de los hermanos Lumiére, de Thierry Frémaux. 

La salida de los obreros de la fábrica. Ese colectivo de mujeres y hombres que tomaban la misma dirección de la calle, capturaba un sentimiento de alegría que entre todos crearon y de la cual participó hasta el perro. 

La memorable llegada del tren a la estación que asustó a los espectadores cuando la máquina se dirigía directo a escapar de la pantalla. El mismo miedo de quienes, en el teatro Manga, vimos los caballos de los vaqueros detenerse al borde de la silletería y nos arrojaban el polvo que levantaban los cascos. 

Toda una serie de sorpresas que disponían a los espectadores a pensar por qué la vida filmada arrojaba algo que en su realidad repetida no era aprehensible. Algo que le devolvía la cámara y que rendía culto al misterio de vivir. Para bien y para mal. 

En 1.900, Lumiere, viajó con un director a Namo. En esa aldea de Vietnam pusieron la cámara en una silla de manos. Los niños del lugar corrían con un contento celebratorio. A lo mejor maneras de la bienvenida, inocente y abierta, a unas personas que llegan de otro mundo y que reverencian un aparato que no es para la siembra, ni para el corte, y lo ponen en el lugar donde se sientan los humanos, quienes la cargan. 

Las niñas iban vestidas y los niños desnudos. Corrían. Sus cuerpos sin el pergamino del hambre pegado a los huesos, brincan, juegan, sonríen. 

Entonces me estremecí. 

Cuantos años pasaron para esa portada de revista, imagen del horror, donde niños quemados por el napalm, un desconcertado vietcong tiene el revólver incrustado en la cabeza y sale la bala. 

¿Qué puedo agregar? 

La esperanza de que alguna vez fuimos felices. 

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Fotograma de película de los hermanos Lumière filmada en Vietnam.
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