16 de mayo de 2019

Serenidad


Intuyes que ese vendaval veloz y absurdo no es el mundo que te mereces: tienes razón

Sin embargo, no sabes ni cómo hacer volar tú solo (o acompañado) la isla de Manhattan como profetizaba Drummond

Y entonces te enrollas como un pulpo demente –como el divino conde, como Lautremont, exiliándose de Montevideo- en el fardo del no-way, de no sentir la luz de faro que amanece cada vez que abres los ojos, no sientes que abrir los ojos en este mundo veloz y absurdo que no te mereces es en sí mismo un acto de voluntad, un acto de poderío, un acto revolucionario, es en sí mismo un camino y deberías honrarlo como sólo se honran verdaderamente los caminos: sintiendo que el fragor de la arena es el único aire que nos agasaja, sabiendo que si la arena se escapa de abajo tus pies es porque no te estás moviendo y concluyendo, en fin, que si no te mueves, mi señor, es que estás congelado o estás muerto

Entonces, serenidad, ante todo –diría aquel del que menos te esperas que te inspire

Serenidad, ante todo: si el mundo es un inútil dardo desbocado, si el peligro del mundo, la osadía del mundo se acaba en la tele y en las redes, si sabes que todo eso es mentira y que la mentira es ese límite que no sólo no toleras sino que jamás vas a cruzar, échate a andar y “larga muchacho tu voz… cómo larga la luz el sol/Que aunque tenga que estrellarse/Contra un paredón/Que aunque tenga que estrellarse/Se dividirá en dos” (León Gieco: Hombres de hierro), échate a andar y busca la arena

Esa misma arena que ansiaba Drummond y la encontró sin azares, pura tierra: nacionalismo, querencia, arraigo: nunca fascismo; compromiso con el pueblo, siempre; creatividad no dogmática, libertad definitiva a la piel y a la palabra: poesía pura, belleza pura, “menino do Río…Menino vadio/Tensão flutuante do Rio/Eu canto prá Deus/Proteger-te...” (Caetano Veloso: Menino do Río)

[Dios y la arena… la arena, Dios y el Santo Niño de Atocha para que nos protejan, ¡ay, cuanto quisiera yo que también sea así!… ¡fuera venablos! ¡Fuera venenos! ¡Fuera dagas! serenidad, ante todo. Serenidad]

Pablo Cingolani
Antaqawa, 16 de mayo de 2019
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Fotografía: Jorge Muzam
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En memoria de Leopoldo Brizuela

Pablo Cingolani

Me acaba de impactar la noticia. Que Leopoldo Brizuela se haya muerto me impacta y duro. Tenemos la misma edad. No es justo que se haya muerto.

Leí sólo dos de sus obras: Inglaterra y Una misma noche.

A Inglaterra la amé desde el principio. Novela compleja, erudita, inclasificable. Cuando la leí -¿Cuándo? No sé, hace mucho tiempo, se había ganado un premio-, sentí una empatía muy simple y muy directa con el autor: este tipo siente lo que yo siento, me dije.

Siente el desarraigo, siente los confines, siente que el puto fin del mundo es un lugar y que se puede escribir desde allí, que se puede construir otro mundo –un mundo sensible- desde allí. La literatura sirve para eso, ¿o no?

Inglaterra era una especie de intrépido revival y nueva versión del Mascaró de Conti. Tenía esa misma energía pero era distinta: no era distante, era el fruto de la nueva era, de la nueva literatura argentina post dictadura, post la sangre y la desgracia de la muerte. Era, sin dudas, más electrizante que la Fuegia de Belgrano Rawson y era complementaria, en un mundo sin hostilidades al pedo, de la también magistral La tierra del fuego de Silvia Iparraguirre. En suma: era Brizuela.

En el medio, hubo otra empatía colosal: su traducción de Nueve Noches del brasileño Bernardo Carvalho. Otra obra magna de desarraigos y de confines: otra versión del fin del mundo desde donde poder enviar un mensaje, así sea un S.O.S. Le agradecí siempre en secreto haberlo hecho.

Con Una misma noche, tuve empatías y desconciertos igual de profundos. De hecho, como el protagonista de la novela, yo también me eduqué en un instituto militar en medio de la dictadura de Videla, en medio de esa parte de esa misma noche pero mis experiencias y mis conclusiones sobre la vida y la literatura y todo lo demás también fueron diferentes a las que proponía Leopoldo en su obra. Me hubiera gustado poder discutir todo esto con él. Ya será.

Se ha muerto Brizuela. Me duele como si, de repente, me arrancaran un brazo. Su Inglaterra ha sido siempre algo demasiado inspirador para mí como para que no lamente su partida. Ha muerto Brizuela. Ha muerto un escritor. Ha muerto un creador. Paz en su tumba.


Antaqawa, 14 de mayo de 2019
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*Publicado originalmente en blog Sugiero Leer.
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13 de mayo de 2019

Nieve


Nieve a la distancia. La cordillera amaneció blanca. Verla te engalana los ojos. Les concede gracia. Asombro. Entusiasmo. Vitalidad. Algo así como felicidad.

Nieve tan cercana. Has recorrido esas montañas. Has celebrado sus piedras. Sus horizontes derramados. Sus apachetas celestes. Has bajado de esas cumbres por laderas infinitas. Has encontrado hielos como dagas, deseosos de inmortalidad. Y belleza pura. Ahora todo es blanco: cada grieta, cada oquedad, cada huella.

Alguien, hace mucho tiempo, dijo que todos los caminos son buenos.

Alguien, hace mucho tiempo también, dijo que al final del gran viaje, hay una comarca donde todo es blanco.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 13 de mayo de 2019
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Fotografía: Claudio Almuna Garrido

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El testamento de un liquen



Sepan que viví mil años o algo así aferrado a una piedra
El tiempo es algo que jamás me importó
Nunca supe si era un día o un año los que se sucedían
Me cortejaban las aves y los vientos: eso me seducía

No hubiera querido ser ni ave ni viento
Ni menos que menos hombre: orgulloso estoy
De haber sido siempre liquen
Ni acacia, ni cedro, simplemente un liquen

Cuando me di cuenta que era eso, que era un liquen
Viví cada amanecer como si fuera el último
Y a cada noche agradecí seguirme amparando
Estoy feliz por ello: mi vida era mía y de nadie más

Ahora que estoy muriendo, escribo este testamento
Sepan una cosa: mil años o un día es lo mismo
Si no saben ser líquenes, líquenes auténticos, profundos
Líquenes como yo me siento, la vida es nada, el tiempo menos.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 10 de mayo de 2019

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Esperanzas


Nace una flor, todos los días sale el sol…
Charly García

En algún lugar, mi voz renacerá…
Celeste Carballo


Todos los silencios me hablan
Todos los vientos me limpian y me dan fuerza
Todas las sangres se aúnan y se vuelven una sola sangre
Toda la sangre junta es invencible

Todos los ríos me nutren
Todas las montañas conjuran
Todas las sangres se incitan, se sublevan, se vuelven una sola sangre
Toda la sangre junta es invencible

Toda la sangre junta es la fe, es el amor, es la pasión de un pueblo
Toda la sangre junta son los ríos y las montañas marcándonos el camino
Toda la sangre junta no es imposible: es inevitable. Y es invencible.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 10 de mayo de 2019
Tras tu llamada, Facundo

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Fotografía: Claudio Almuna Garrido
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Zona íntima / Mirando de abajo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El mundo político delincuencial pareciera haberse consolidado. Nada es lo que parece. Nadie creería que Plinio habría de perecer bajo el volcán. El tiempo está contado para todos. No me arriesgo a hablar de destino porque eso nos quitaría el libre albedrío y nos convertiría en jugarreta de un dios o varios dioses, en héroes argivos y troyanos siendo engañados por divinidades jugando a ser hombres, o toros, o cisnes.

Dejemos que la historia mueva su rodillo a su propio paso. Suele a veces tardar o desembocarse. Está fuera de nosotros decidirlo, pero viene, ella no es la amante que abandona en definitivo: siempre regresa, renovada, briosa, vengativa y terrible. El amor de la historia, a veces, arriba rodeado de muerte.

Hay que enroscarse en uno mismo, salir del dolor ajeno para entretenerte con el tuyo. Una silla, una mesa, tú y tus reflexiones. Desactivarse del entorno, dejar, por un rato, que los mariscales de la política supongan haber alcanzado la vida eterna. Nunca lo harán, ni tú tampoco. Hacer la pausa, marcar uno a uno los puntos suspensivos, el espacio justo para hacer eso que los psicólogos repiten como lugar común: encontrarse.

Es necesario, justo. Imprescindible, para que el otro, los otros, no crean tenerte en la red y que decidan que dejaste de ser pez para convertirte en pescado. No.

Pues en eso he abierto un vino, el primero de un rincón vacío que comienza a pertenecerme. Un pequeño sirah, aromático, suave, distinto al vino de casa que bebí ayer en un bar y que sin ser malo tenía la rudeza de lo tosco. Este californiano llenó la sala de olor a chocolate y fruta negra. Además era mío, solo, sin interferencias, él, el vaso y yo, tan simple como un tríptico de Max Beckmann, tan colorido.

Al vino siguió la noche, el sueño todavía poblado de espectros, de ballenas horrorosas como las que Béla Tarr pasea por los pueblos de la puszta. Luego el arte, los cuadros a colgarse en la pared, el afiche del festival de cine de Rotterdam, del 2015, enviado por una lujuria pasajera, un placer de mujer aromático y suave como el vino, blanco, sí, no oscuro, de piernas y vellos rojizos como pastos del atardecer. El mapa asiático del siglo XVIII, del que tanto he hablado, con bandas de cosacos errantes y países que ya no son… volvemos a lo efímero.

Arte, música, cocina. Libros. Una gran crónica norteamericana sobre un comerciante de fósiles de dinosaurio. Uno que fue por lo grande a vender el esqueleto completo de un tiranosaurio mongol, del Gobi, de las profundas arenas del Taklamakan. Me lo regaló mi hija Emily, por otro cumpleaños solo, de los cuatro, o cinco, que cuentan en los últimos veinte años.

¿La primera música en la calle Clarkson? Hoy que saqué del escondite el tocador de discos y lo armé sobre un mueble chino de imitación antigua… Sidney Bechet: Summertime. Muy suave, me dice Anna Volskaya, para un sexo fuerte. Lo sabrá ella, supongo, que nunca estuve en piernas con Bechet de fondo.

Así pasó el domingo. Las noticias cuentan que ningún tirano cuelga hoy de un árbol. Día apacible, entonces, a aprovecharlo. Encuentro entre el revoltijo de ropas y papeles, mi pasaje en bus desde el Mar Negro hasta la frontera rusa, cómo me desenvolví en un país donde nadie hablaba inglés, las noches en que bajaba desde mi sombrío apartamento de Kiev en el 22 de la calle de León Tolstoi para ir a comer arenques fríos y pepinillos en escabeche con cerveza blanca ucraniana o negra irlandesa. Era libre ese octubre, noviembre; soy libre ahora. Otra vez, por el momento.

05/05/19
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Texto publicado originalmente en el blog del autor, Le Coq En Fer (12/05/2019)
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Ensayo sobre Los reinos dorados


Ensayo académico publicado en la Revista Igarapé del Programa del Máster Académico en Estudios Literarios de la Universidad Federal de Rondônia.


Los Reinos Dorados, poesía, historia, ficción y mito. (1)

Dante Ribeiro da Fonseca (2)
Resumen:
En este artículo me propongo analizar la obra Los Reinos Dorados de Homero Carvalho Oliva, libro en que el autor boliviano explora con calidad poética las riquezas de Bolivia, especialmente del oriente boliviano. Las herencias culturales del país son presentadas por el poeta que también describe la génesis, el sentido y el apocalipsis de los reinos dorados.
Abstract:
Los Reinos Dorados (Golden Kingdoms) is a poetical work written by the Bolivian author Homero Carvalho de Oliva. In this article I argue that the poet presents us his poetical work in a unique and fascinating style. Carvalho Oliva´s poetry helps us to understand the Bolivian pre–Hispanic heritage, its origins, and its apocalipsis.

Con su bellísima oda Los Reinos Dorados Homero Carvalho Oliva presenta, de forma única y fascinante, la comprensión poética de la herencia prehispánica presente en el Oriente Boliviano. De la misma forma que el poeta griego, su homónimo, transfirió de la tradición oral a la escritura los poemas que narran las peripecias de Ulises, el autor describe la génesis, el sentido y el apocalipsis de los reinos dorados. Por cierto, es el propio Carvalho Oliva que nos habla sobre la responsabilidad de traer ese nombre:
“Mi padre, el escritor Antonio Carvalho Urey, me bautizó con ese nombre en homenaje al autor de La Ilíada y de alguna manera me predispuso. No es fácil ir por el mundo con un nombre que posee una carga literaria tan grande. Sobre mi tartamudez, cuando yo era niño no podía contar los cuentos que otros contaban y me prometí a mí mismo que algún día los iba a escribir y así fue”. (Li Magazine, abril, 2009).
Cumplió la promesa y, como en toda epopeya, hay en esa poesía un poco de historia y un poco de ficción. Para que entendamos esa síntesis entre la ficción, la poesía, el mito y la historia, es necesario dejarnos incorporar por el espíritu de la Patria de las Aguas. Es necesario admitir el encanto de un atavismo que permite comprender la herencia y el origen del hombre oriental, especialmente del hombre beniano. Es todavía Carvalho Oliva que declara su principal influencias literarias:
“Cuando leía García Márquez me di cuenta que él describía la misma realidad que la de mi pueblo. Peces que llovían del cielo, niñas que se iban volando en sábanas, niños que nacían con cola de cerdo. Las descripciones geográficas y climáticas eran similares, en mi pueblo también llovía diez días seguidos y esas cosas del realismo mágico”. (Li Magazine, abril, 2009).
Y así lo hizo, pues el poema invita al lector a (como en estado de vigilia) mezclar el sueño y la realidad. Lo ocupa con sus recuerdos y palabras, para con él compartir esa fantástica historia, sumergida en una verdadera anarquía creadora, esa poesía paradójicamente es histórica mientras que la historia en ella contenida es ficcional. Obtiene por esa vía una síntesis definitivamente dialéctica. Síntesis que impide cualquier discusión inútil en cuanto a la preeminencia de una u otra forma de comprensión del mundo. Prohíbe, por lo tanto, cualquier tipo de monocracia epistemológica, explicativa y relacional, del entendimiento humano.
La narración comienza al admitir el poeta que conoció los reinos, que recuerda en sus sueños y que describe en su poesía libertaria, a través de su padre. Y él hablaba de Los Reinos Dorados con la pasión de quien habla de la mujer amada, como quien habla de su propia vida. Esta narración nos permite percibir el atavismo en ella contenido, pues nos presenta la comprensión poética de una historia vivida de esa parte oriental de Bolivia.
Además de las fuentes literarias que le sirvieron de inspiración, las palabras del autor, arriba reproducidas, nos permiten otra identificación clara, su país y su pueblo natal se confunden en ese testimonio. Carvalho Oliva nació en el Departamento de Beni, en las Tierras Bajas de Bolivia. Es hijo del intelectual e historiador beniano Antonio Carvalho Urey (Santa Ana de Yacuma, Beni, Bolivia, 1931 – Trinidad, Bolivia, 1989) (3). Es, por lo tanto, un oriental. Nació en el pequeño pueblo de Santa Ana de Yacuma en 1957, desde donde salió en 1961 para vivir en La Paz. Se matriculó en el curso de sociología que no concluyó, pues tuvo que exiliarse en México en razón de la persecución de la dictadura del general García Meza entre 1980 y 1981. Se volvió después periodista autodidacta. Carvalho Oliva es autor de innumerables publicaciones: cuentos, poesías y antologías (4). Fue también agraciado con diversos premios literarios.
Acerca de sus influencias literarias que no sean de su familia:
“Creo que las otras influencias fueron Borges, García Márquez, Cortázar y Rulfo. La verdad es que le debo a tantos que ya no recuerdo muy bien quién me gusta más. Creo que cuando las influencias literarias son muchas es porque uno ya encontró su camino después de transitar por el de otros.” (Li Magazine, abril, 2009).
Sin embargo, la herencia de la primera infancia y juventud se convierte en parte inseparable de nosotros, por toda la eternidad, no importa a dónde vamos, ni donde quedamos. Este atavismo también se observa en Carvalho Oliva. La temática de su obra permite observar la influencia de la naturaleza beniana donde:
“La policromía del paisaje ha influido profundamente en la formación intelectual de nuestros artistas y literatos, y así cada uno de ellos, impresionados por un factor especifico de nuestra naturaleza ha emprendido distinto derrotero en el campo de las letras y las artes.” (ARAMAYO, 1992, p. 15).
Las palabras de Oscar Rivero Aramayo parecen dirigirse inmediatamente a los motivos ya la temática de la poesía de Carvalho Oliva:
“Los hay aquellos que estimulados por la multifacética forma del ser moxitano, incursionaron en la investigación del nuestro ser ancestro. Otros impresionados por la vastedad, a veces indomable de nuestra geografía, diéronse a preguntar como así se produjo la conquista de éste jirón del planeta.” (ARAMAYO, 1992, p. 15).
Carvalho Oliva aunque sea un intelectual del Oriente Boliviano, su obra alzó dimensión nacional e internacional. Es él mismo partícipe de una parte de la historia beniana, pero también de la historia de su país en lo que se refiere a la literatura.
No siempre, sin embargo, fue esa la dimensión de los intelectuales orientales en el contexto boliviano. El final del siglo XIX fue marcado por profundas modificaciones en América Latina. En Bolivia esa era comenzó en el año 1880 cuando tras la derrota para Chile en la Guerra del Pacífico, la elite minera andina elaboró ​​un proyecto de modernización nacional. Como en los demás países latinoamericanos, esa modernización no apuntaba a la transformación de las injustas estructuras sociales existentes en esos países. Este proceso de modernización conservadora excluía de la participación a los indígenas y, como sabemos, Bolivia es el país más indígena de América del Sur.
En la literatura boliviana, el proyecto modernizador excluyente reflejaba la dinámica política y social, pero también ficcional, como en la novela de Nataniel Aguirre (Cochabamba, Bolivia, 1843 – Montevideo, Uruguay, 1888):
“La literatura de la época registró la configuración simbólica de este proyecto en la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre (1885). En este texto, considerado por la crítica como la ficción fundacional de Bolivia, se postulaba al mestizaje como el elemento integrador de la nacionalidad. Pese a su aparente connotación positiva en la novela de Aguirre, el mestizaje en realidad escondía una compleja pero implícita jerarquización racial: la contribución criolla, “blanca” en el mestizaje era vista como superior a la contribución indígena.” (Prólogo de José Edmundo Paz Soldán en el libro Raza de Bronce, p. XI).
En el mismo año de publicación de la novela Juan de la Rosa, Gabriel Rene Moreno (Santa Cruz, Bolivia, 1836 – Valparaíso, Chile, 1908), él mismo un oriental, publica un ensayo biográfico titulado Nicomedes Antelo. De esa obra, concluye Paz Soldán:
“Si Aguirre podía, pese a sus jerarquizaciones, articular la nación a través del mestizaje, Moreno señalaba la imposibilidad de esta articulación si se quería pensar en una nación moderna. Los indios debían ser eliminados para así evitar el mestizaje: “la exterminación de los inferiores es una de las condiciones del progreso universal” (En el prólogo al libro Raza de Bronce, José Edmundo Paz Soldán, p.XIII).
Nicomedes Antelo, un cruceño que termina su vida como oscuro maestro de escuela en Buenos Aires, se convierte en una especie de mentor intelectual de Moreno que, tras su muerte, escribe su biografía, sacándolo así de la oscuridad en que había vivido. En las últimas páginas de esa biografía leemos que para Nicomedes Antelo el indio y el mestizo se constituían en riesgo permanente para la nacionalidad boliviana, dadas sus características fisiológicamente negativas: su índole perniciosa y mente inadecuada. (5)
Las llamadas tierras bajas bolivianas eran entonces denominadas Territorios de Colonias. De hecho estaban en proceso de ocupación colonial acelerada a partir de los Andes, tanto para la toma de las tierras indígenas para la constitución de haciendas y para la explotación de la goma elástica. A la par del crecimiento ya visible de la economía del caucho, la elite andina presentaba aún desinterés por la región que, como la Amazonia Brasileña, iniciaba a ser ocupada por una nueva ola de colonizadores blancos.
Si el nativo altiplánico y de las laderas andinas, antes asimilado al Imperio Incaico, era considerado por muchos en aquella época un degenerado, incapaz de contribuir al progreso nacional, ¿imaginarse aquellos nativos del Oriente boliviano? Eran ellos tenidos como bárbaros y salvajes. Según Anzai (2008):
Administrativamente, el Oriente boliviano está compuesto por los actuales departamentos de Pando, Beni, y Santa Cruz, parte de los de La Paz y Cochabamba, lo que representa más del 50% del actual territorio nacional. Este territorio puede ser dividido en tres subáreas: llanuras de Moxos, a 338. Revista Eletrônica Igarapé– Nº 03, Maio de 2014– ISSN 2238–7587
Chiquitania o provincia de Chiquitos, en la Cordilheira de Chiriguanos.
Interesa, para fines del entendimiento de la obra de Carvalho Oliva, sobre todo las antiguas provincias jesuíticas de Mojos y Chiquitos, a las que se atribuía la barbarie y el salvajismo. A finales del siglo XIX poco se sabía de la literatura producida en esa región. Existían escritores orientales, como René Moreno, pero la cuestión es si existía una literatura poética y ficcional con temática oriental. En otras palabras: ¿había una literatura oriental? El libro La literatura boliviana, breve reseña de Santiago Vaca Guzmán, publicado en Buenos Aires en el año 1893, nada habla sobre la literatura de las Tierras Bajas, con excepción de la publicación de uno u otro periódico. (1986) afirma a este respecto:
[...] hasta la mitad del siglo XX el oriente boliviano históricamente quedó relegado al ocultamiento no sólo dentro de la historiografía del país, sino en todos los campos incluyendo las producciones literarias, artísticas y musicales que, según él, fueron sistemáticamente marginadas y condenadas la vida provinciana no por falta de calidad y merecimiento, sino por simplemente cerrar la puerta a esta cultura.
En cuanto al nativo del Oriente boliviano palabra camba (6), usada para denominarlos, se transforma aún hoy, en la boca de los altiplánicos (Colla) o de los valles (Qochalo), en un epíteto, dada la forma peyorativa que se usa. (SILVA, 2011: 211). A las desigualdades sociales se sumaban las desigualdades regionales e incluso agudas desigualdades intrarregionales. Es sintomático el texto de Moreno cuando declara:
“Hasta hace treinta años se enseñaban magistralmente en Santa Cruz cuatro cosas: bailar, el latín, el amor y la historia natural. Es la única población boliviana que no habla ni ha hablado nunca sino castellano; ha sido también la única de pura raza española, y se miraba en ello. La plebe guardaba eterna ojeriza al colla (altoperuano), al camba (castas guaraníes de las provincias departamentales y del Beni), y al portugués (brasileños fronterizos y casi todos mulatos o zambos). De aquí el artículo inviolable de doctrina popular cruceña: Los enemigos del alma son tres: Colla, camba y portugués”. (MORENO, 1960, Parte II)
Es la historia de ese nativo, del camba, en forma de poesía, que Carvalho Oliva pretende rescatar de las brumas del tiempo. Una historia rechazada por los conquistadores y luego por la elite política y económica boliviana, tanto nacional / altiplánica como provincial / oriental.
¿De qué "reinos" nos habla Carvalho Oliva en su poesía? Reinos cuyo espíritu e inteligibilidad heredó a través de las palabras de su padre. Reinos a los que buscó ansiosamente revivir en el universo de sus propios sueños y recuerdos. Y es en ese infinito universo de los devaneos que reencuentra a su padre, sentado en su casa en Beni, en la pequeña localidad de Yacuma. Allí su padre, rodeado de flores, hace con un soplo, como hizo el Creador al dar alma al hombre, surgir para él los antiguos reinos que hoy ya no existen:
¿De qué nos habla la poesía de Carvalho Oliva? De las grandes civilizaciones imaginarias, de las culturas poéticamente consideradas y de una historia concreta. Tan concreta cuanto puede ser el pensamiento real o cómo son las varias dimensiones de la realidad. Nos habla de reinos que muchos consideran fantasiosos, como la Lemuria, la Atlántica, la Thule (7) y... El Dorado. Nos habla de sus seres humanos, de sus relaciones, de un ambiente social inmerso en el bosque con la que forma su unidad, como en simbiosis (... porque nuestra era la vida y el orden espiritual de la naturaleza).
Es una poesía de la génesis al describir la ocupación primordial del hombre en esas tierras. Tan incipiente que cuando los incas vinieron del altiplano para intentar dominarlas percibieron entonces que todo allí era nuevo. La llamaron entonces Tierra Nueva (musus en quechua). Como la tierra era nueva, y el hombre primitivo, en ella se revelaron también por primera vez los nombres de los árboles y de los animales. En ella surgieron las innumerables lenguas, pero también el don del entendimiento pues, todos sabían que Amarumayo era del Río de las Serpientes. En ese mundo fueron domesticados los vegetales, como la macacera (yuca) para que fueran inventados la chicha (8) y el chivé (9) Todo lo que el conquistador europeo allí encontró fue creado en ese mundo, de los Reinos Dorados.
En esos reinos, los animales conocían y anunciaban los sueños de los hombres. La realidad anárquica encontraba límites en todos los reinos, pero no había ninguna capital. Así, el poeta, declara al lector la sujeción de los habitantes de esos reinos sólo a la libertad (como en Rousseu aparece aquí la libertad como el imponer a sí mismo los límites de sus acciones). Es la realidad poética de una territorialidad sin fronteras, de una contradictoria babel de la inteligibilidad. De la ausencia de la diferenciación social surgen Los Reinos Dorados como una utopía realizada, como un topo espiritual (... “nadie gobernaba los Reinos Dorados, todos éramos gobernantes todos éramos reyes y vasallos”).
En todo lo que evoca Carvalho Oliva hay una verdadera integración entre hombre y naturaleza. Ese era el verdadero oro de los reinos dorados, pero pocos conquistadores, incas o españoles lograron verlo. La naturaleza (o los dioses) poseía alma y conversaba con los hombres a través de los sueños. Cazar y pescar era permitido sólo con la autorización de los dioses tutelares de los lugares. Cuando un guerrero abatía un tigre, tomaba su nombre para que nada fuera olvidado.
Como es del orden de las cosas que todo tenga fin, a la génesis de los reinos dorados sigue el apocalipsis. Los reinos de las aguas, de las lluvias y de los ríos en cuyos márgenes surgió, se constituían en civilizaciones fluviales. Este universo fluminense daba sentido a sus propias existencias como esencia primitiva y razón de ser (Amábamos el Agua porque sabíamos que cada gota albergaba otros reinos otros mundos). Fue el agua el principio y el fin, pues el agua estancada se pudrió cuando vino la destrucción de ese mundo (la conquista). De nada sirvió la advertencia de los tiarauquis (10) el tiempo de los reinos dorados se acabó en agua, como en un enorme diluvio. La historia de estos reinos fue destinada por el conquistador al olvido en las brumas del tiempo de esa Tierra sin Mal (11).
¿Qué queda? El mantenimiento por los descendientes del cataclismo de un recuerdo ancestral y nostálgico de haber sido un feliz pueblo de las aguas. Este recuerdo puede ser renovado cada vez que esos hombres, abandonando las faldas de la vida, caminen por el mar vegetal de la llanura mojeña, de los senderos sinuosos buscando la Loma Santa.
Es por eso que nada hasta hoy indica la existencia del Gran–Paitití u otros reinos semejantes, tal como quedó en el imaginario de los nuevos colonizadores de origen español. Es que estos buscaron los reinos dorados donde no estaban. Gentes de los Andes: incas, españoles, collas, descendieron a la selva cerrada, en busca del reino quimérico donde los monarcas se bañaban en oro. No vieron la realidad edénica de la Tierra sin Males. Vieron los chamanes, que utilizaban la ayahuasca, las guerreras de lanzas coloridas o los guerreros que reducen las cabezas de sus enemigos y cosen sus ojos, narices, bocas y oídos para aprisionar a sus almas. Fueron esas gentes los que trajeron la barbarie, los que hicieron que el flujo del agua se estanque y luego tomara otro rumbo.
Muy lejos de la existencia de esos reinos ha quedado en los recuerdos de las poblaciones nativas conquistadas. Posiblemente, el recuerdo de ese reino de oro situado en las selvas debajo de Los Andes persistió en la memoria altiplánica como una leyenda posible, bella y mágica, salvaje y primitiva de modo que: El puente mítico de la relación incaica con la selva continuaría con lazos invisibles hasta la conquista española (12). (1991: 155–6).
Estos pueblos, de hecho existieron en esa gran región. Vivían en ese corredor que comienza en la selva amazónica y sigue hasta espaciarse en el chaco compartido por tres fronteras: de Brasil (Mato Grosso), de Bolivia y del Paraguay. Vivían donde estaba el mítico Gran Mojos. Según Zeitum López (1991, p, 155), el Gran Paitití estaba situado en las inmediaciones del río Madre de Dios (formador del Beni) y del río Beni. Esta región abarcaba la ladera oriental del altiplano andino y ocupaba la región de las sabanas ocupadas por el departamento del Beni, también denominada llanos (llanuras) de Mojos. Según Pereira:
En el caso de los campesinos de la provincia de Beni (Bolivia), esta llanura, además de ser una denominación geográfica por describir una inmensa sabana situada en los márgenes más altos de la cuenca fluvial amazónica, es una jurisdicción administrativa que, al inicio de la colonización, se remonta al área misionera de Mojos, cuyo perímetro era establecido por las principales redes fluviales (los ríos Beni, Mamoré, Guaporé y sus afluentes) y por los diversos grupos indígenas orientales de por estos márgenes (2012, 33).
¿De qué naturaleza estaba constituido ese reino? ¿De castillos de piedra habitados por una nobleza opulenta adornada con oro, plata y piedras preciosas? No, pues ninguno de esos reinos se parece a los reinos dorados que los exploradores buscaban en las selvas de Mojos.
En la región de Llanos de Mojos vivían grupos indígenas hablantes de diversas lenguas, principalmente los mojos y baures (hablantes del arawak); cayuvava, canichana, movima e itonoma (lenguas sin clasificación). A esa diversidad lingüística recordamos que en el período anterior de la conquista había también una diversidad de desarrollo sociocultural. Esta diversidad recorría una escala que transitaba entre grupos nativos de cazadores–recolectores (como los Sirionós) hasta aquel que vivían bajo el régimen de cacicazgos (como los mojos, baures y cayuvavas).
Los mojos, primera etnia de habla arawak contactada por los misioneros religiosos durante el período de la conquista europea, vivían a orillas de los ríos Mamoré y Yacuma. Practicaban la agricultura permanente de tubérculos, maíz, tabaco y algodón a partir de un sistema agrícola sofisticado. Esta agricultura comprendía obras hidráulicas de irrigación y control de las inundaciones, pues las sabanas de los llanos de Mojos son inundadas estacionalmente en el período de las inundaciones de los ríos resultantes de las lluvias y del deshielo de la zona altiplánica.
Las obras, como los montes y lomas, eran inmensas lomas artificiales que permitían el mantenimiento de la agricultura y la fijación sedentaria de esas poblaciones, incluso durante los períodos de las inundaciones. Tales obras permiten suponer una organización social que no nos permiten considerar bárbaro y salvaje al mojeño.
Esos son los testigos de ese pasado, que se refugió del cataclismo en el espíritu. Las lomas artificiales, las cerámicas esplendorosas y los adornos con los que se enterrar a los muertos. Allí están las cumbres de los campos de cultivo elevados, los canales que se convertían en calles de los reinos dorados, todas las obras encontradas en los llanos de Mojos.
Aquí Homero Carvalho, nuevamente como Rousseau, vio una época de oro en los primordiales de la humanidad en ese espacio de América del Sur. Al rechazar la existencia material de tales reinos en la selva afirma su existencia espiritual, o más propiamente social. Declara una época dorada donde la selva misma estaría contenida en los reinos dorados. Esta declaración radical no significa ningún vestigio de materialidad, sino de pura abstracción. No significa, como interpretó Coímbra en su novela que Siringa que:
Los hombres habían localizado definitivamente lo que durante la Conquista fue la fascinación de la aventura castellana: la Tierra del Gran Mojos o del Gran Paitití. Pero las riquezas de "oro y pedrerías" no eran vistas precisamente en su forma mineral... (1989: 27).
Durante el período gomífero la riqueza que el viajero quería ver en esos inmensos territorios sólo podría ser el "árbol del oro". La siringueira, anunciaba toda esa riqueza de El Dorado, del Gran Paitití o del Gran Mojos. En otros períodos fueron las especias que daban también sus nombres a la región: País de Canela, Montes de Vainilla. Fue también la quina o chinchona de cuya cáscara en infusión se aplacaban las fiebres que mataban a los conquistadores. Sin embargo, no consiguieron el oro, la quina, el caucho, el copal, como ahora no conseguirán la madera, la casta y el petróleo, porque la codicia de sus espíritus dejó un vacío inagotable, una sed que nunca es saciada, la sed de una riqueza que no existe porque es materia, es finita, no espíritu. ¿Cuál es el mundo que aún no había nacido todavía en aquel tiempo donde ya existían la vida y la muerte? El mundo o el tiempo nativo como sinónimo del Mundo Dorado. Un mundo de asombro fluido de agua, río y lluvia, de los sonidos de los animales y aves del bosque, donde esos lemures adventicios se adaptaron. La selva estaba entonces en el reino de oro porque los hombres y la selva eran igual.
Algunos conquistadores, sin embargo, lograron descubrir esos reinos dorados. De su fusión con el nativo nacieron los artistas y músicos, caminantes de la selva, descendientes de los pueblos de las aguas. Fueron aquellos que descendieron de los Andes para convertir a esos pueblos al cristianismo. Así, lengua castellana fue absorbida por los pueblos de las aguas, pero no impunemente, porque el espíritu de los reinos dorados en ella fue infundido. El cataclismo no destruyó los reinos dorados, que continúan naciendo en los seres del bosque, sin dejarse gobernar por la tristeza porque sus habitantes aman también este nuevo tiempo.
Esta eterna esperanza de permanecer en los reinos dorados, a la Tierra sin Males, sólo es posible porque está contenida en cada uno de aquellos que descienden de hombres y mujeres que poseían un corazón mucho más allá del propio corazón. Los movimientos, mojeños, sirionós, itonomas, canichanas, cavinenhos, chacobos, baures, cayubabas, chimanes, pacaguaras, otuquis, pausernas, yuracarés y muchos otros más allá del río Amazonas.


(1)     Revista Igarapé, Literatura, Educação e Cultura: Caminhos da Alteridade. es una revista del grupo de investigación LITERATURA, EDUCAÇAO Y CULTURA: CAMINOS DE LA ALTERIDAD del Programa del Máster Académico en Estudios Literarios de la Universidad Federal de Rondônia. Su periodicidad es semestral y se constituye de materias científicas, creativas y técnicas bajo la forma de artículos y reseñas en el área de Ciencias Humanas y sociales, que promuevan discusiones sobre diversidad, multiculturalismo y descolonización tanto de la Amazonia, como de otras regiones del mundo que fueron sometidas al proceso imperialista.
Revista Eletrônica Igarapé– Nº 03, Maio de 2014– ISSN 2238–7587 http://www.periodicos.unir.br/index.php/igarape
(2) Profesor Asociado II / DE del Departamento de Historia, del Programa de Postgrado Maestría en Ciencia del Lenguaje de la Universidad Federal de Rondônia e investigador de Historia de la Amazonia. Eme: zeliafonseca@brturbo.com.br
(3)Poeta, cuentista, periodista e historiador. Titulado como economista en la universidad cruceña, hizo actividad política y fue elegido diputado (1966–1969). Luego cumplió labores de difusión cultural en la Universidad Técnica del Beni. Como periodista, estuvo ligado a varios medios regionales y nacionales como ‘El Diario’ y ‘El Mundo’. A decir de Quintana y Duchén, Carvalho Urey “fue un apasionado defensor de la riqueza cultural y económica de su solar natal [...] LIBROS Poesía: Instantes al olvido (1984). Cuento: Relatos y cuentos de mi pueblo (1977); Biografía de un otoño (1983). Otros: Síntesis monográfica del Beni (3 v., 1975); Bosquejo socioeconómico del Beni (1976); Pedro Ignacio Muiba: el héroe (Historia de Moxos, 1977); Del ignorado Moxos (1978); Visión del Beni (1978).” BLANCO, D.R. Elías. Diccionario Cultural Boliviano. La Paz, Museo El Aparapita, jueves, 29 de septiembre de 2011. Disponible em: http://elias–blanco.blogspot.com.br/2011/09/antonio–carvalho–urey.html.
(4) Bolivia, 1957, escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional como el Premio latinoamericano de cuento en México, 1981 y el Latin American Writer’s de New York, 1998; dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos (1995) y La maquinaria de los secretos (2008). Su obra literaria ha sido publicada en otros países, traducida a otros idiomas y figura en más de treinta antologías nacionales e internacionales como Antología del cuento boliviano contemporáneo e internacionales como El nuevo cuento latinoamericano, de Julio Ortega, México; Profundidad de la memoria de Monte Ávila, Venezuela; Antología del microrelato, España y Se habla español, México. En poesía está incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, España; Memoria del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín y Festival de Poesía de Lima. Entre sus poemarios se destacan Los Reinos Dorados, El cazador de sueños y Quipus. El año 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Inventario Nocturno y es autor de la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España. Premio Feria Internacional del Libro 2016 de Santa Cruz, Bolivia. En el 2017, Editorial El ángel, de Ecuador, publicó su poemario ¿De qué día es esta noche?, Antología de poesía boliviana contemporánea, publicada por Amargord editores, de España y Antología de la poesía amazónica de Bolivia, publicada por Ediciones Sur, de Cuba; editorial Cintra y ARC, de Brasil reeditaron dos libros suyos.
(5) “René Moreno, en las últimas páginas de su biografía de Nicomedes Antelo expresa – con la salvedad de si es fiel en la exposición, confiada a la memoria – que “las conclusiones postreras sobre el indio y el mestizo a que había arribado Antelo en 1882”, eran de que éstos constituían una “cantidad negativa”, “un riesgo permanente y mortal para la nacionalidad boliviana, fisiológicamente, por causa de las células que elaboran índole perniciosa y mente inadecuada en el cerebro del indio y del mestizo.” (MORENO, 1960)
(6) Según Silva (2012, nota a pie de página 4) en la composición étnica en Bolivia, se distinguen: "LOS COLLAS son los habitantes de la región andina, en oposición a los CAMBAS que son los mestizos del trópico. CAMPESINOS se llaman a los quechuas y aymaras rurales de la región andina. COLONOS son los campesinos quechuas y aymaras que migrar al trópico.
(7) Thule, en la geografía romana y medieval, significaba las regiones más allá de las fronteras del mundo.
(8) Bebida fermentada y alcohólica hecha de yuca
(9) Chivé, bebida hecha a partir de la mezcla de la harina de mandioca con agua.
(10) “Además de los Comocois, o sacerdotes del tigre, había otros sacerdotes llamados Tiarauquis (los de la vista perspicaz). Estos ministros, los más venerados, eran elegidos entre los Comocois, cuando algún espíritu, invisible para los demás, se presentaba a ellos y los aletargaba por algunos instantes.” (D’Orbigny, 1845, p. 142) 

(11) La Tierra sin Mal es un mito tupí–guaraní, semejante al paraíso edénico cristiano, de una tierra donde no hay que trabajar, no se enferma y no se muere. Interesante es observar que como los cristianos de aquella época los nativos también creían en la existencia terrena de este lugar, y lo buscaban. El propio Cristóbal Colón creyó, cuando de uno de sus viajes por América, haber pasado por un lugar donde fuera el paraíso antes de la caída y expulsión del hombre.
(12) “El puente mítico de la relación incásica con la selva continuaría con lazos invisibles hasta el ingreso del conquistador español.” (López, 1991, p. 155–6) 

Referencias Bibliográficas
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