30 de septiembre de 2016

Maldita musa

EMANUEL MORDACINI .- 



“La musa” se llama un cuento que escribí allá por 2003, a mis veinticuatro años. Fue mi primer relato escrito a consciencia; mi arrebato inaugural, podría decirse. No es un cuento muy profundo ni muy largo ni muy trabajado. Apenas cuatro páginas garabateadas que sirven como incipiente muestrario de mis obsesiones. Es un cuento trágico, asfixiante según algunos. La verdad, a mí nunca me pareció gran cosa. Siempre lo consideré menos triste que cursi, menos lúgubre que melodramático. Lo escribí durante un ataque de pánico que me mantuvo encerrado por más de dos años. Leía poco por aquel entonces (nunca fui consecuente como lector, ahora que lo pienso), de modo que no podría decir que “La musa” estuviera influenciada por algún autor o vertiente literaria en particular. Puedo afirmar, eso sí, que mi inspiración al escribir el cuento vino desde otra parte: del cine y de la música, para ser más exactos. Como los accesos de pánico me impedían socializar, mataba mis horas devorando películas a diestra y siniestra. Hubo dos films que fueron el germen de “La musa”, cada uno a su manera: “Lost Highway”, de David Lynch, y “Secretary”, de Steven Shainberg.

No más de una semana me llevó finalizar el relato y por esos días ni siquiera pasaba por mi cabeza la idea de publicarlo. No obstante, unos meses después, medianamente recuperado de mis fobias, acabé publicándolo en un portal bastante rudimentario llamado Literatos S.A, pero el sitio fue dado de baja al poco tiempo. Gabriela estaba fascinada con el cuento y me estimuló a que lo presentara en algún concurso, a lo que accedí sin estar del todo convencido. “La musa” obtuvo una mención en un certamen provincial y yo recibí un lindo diploma que extravié al cabo de unos meses. Entre finales de 2003 y principios de 2004 esbocé (otras) varias historias, pero ninguna de ellas llegó a buen puerto. “La musa” quedó allí, impoluta y anónima, y yo terminé olvidándome del asunto. La cuestión es que ese relato, que odié durante años y recién pude asimilar hace poco tiempo, fue el impulsor de un demencial raid literario, una absurda telaraña de historias que terminaría por dañar mi credibilidad y mi cordura.

En cierto sentido, toda la culpa fue de Gabriela. Su obsesión por el cuento era tal, que terminó por infectar todo cuanto nos rodeaba. “La musa” se había enraizado en nosotros como una extraña especie de cáncer. En diciembre de 2005 el cuento se publicó en Palabras Malditas, una revista literaria virtual orientada al erotismo, y el texto tuvo tan buena recepción que me ofrecieron convertirme en colaborador permanente. Sin Límites se llamó mi sección en la revista y desde allí escupía al mundo mis letras más secretas y repulsivas. Si algo caracterizó a Palabras Malditas en sus inicios fue el perfecto equilibrio entre sexo manifiesto y contenido literal. Esa postura transgresora y desprejuiciada frente al erotismo visual y escrito atrajo mi atención en un primer momento y me llevó a presentarles “La musa” a modo de prueba. El relato se transformó en uno de los más leídos del portal y Carmen, la editora, me dio luz verde para escribir lo que quisiera, siempre y cuando mantuviera cierta periodicidad.

-Escribe, Emanuel -me dijo Carmen desde México-, dale para adelante que “La musa” ha sido todo un éxito.

Diez años escribí para Palabras Malditas, la mayoría de esos textos (que todavía andan por ahí, pese a mi vergüenza) son lisa y llanamente basura. Y lo más triste y aterrador; muchos de esos abortos literarios fueron escritos para contrarrestar los devastadores efectos de “La musa”.

Soy un escritor culposo, taciturno y autodestructivo. No hablo sobre mis creaciones y mucho menos opino sobre mis personajes. En este contexto, escribir sobre “La musa” solo puede considerarse una suerte de exorcismo. Aunque, en honor a la verdad, no interesa tanto la historia en sí como su personaje central: Julieta, la musa misma, la que otorga entidad al relato. La narración se inicia de esta manera:

“La primera vez que la usé como modelo fue una fría tarde de julio. Atrás habían quedado mis tiempos de pintor reconocido y sobrevivía en ese momento gracias a cuadritos inconsistentes y mediocres que lejos estaban de aquellas monumentales obras que supieron significarme los elogios y aplausos de los más exquisitos aficionados al arte. La inspiración que otrora me valió el respeto y la admiración de los grandes parecía haberse desvanecido y esa ausencia de matices me había hundido en un abismo oscuro y putrefacto. El dinero comenzaba a escasear y la venta arbitraria de horribles lienzos polícromos me proporcionaba unas cuantas monedas con las que comparaba algo de comida y drogas.”

A partir de ahí, Manuel X, pintor en crisis y alter ego de este servidor, cuenta cómo conoció a Julieta en un bar de mala muerte y cómo se embarcó junto a ella en un intenso y trágico romance. Todo está narrado con ligereza, sin ahondar en detalles. Cualquier atisbo de profundidad psicológica es absolutamente involuntario. Ya lo dije: escribí el cuento de un saque, por puro instinto, sin sospechar siquiera el embrollo en que me estaba metiendo.

Pero quiero detenerme en ella, la chica nacida de mis letras. Julieta es hija directa de las obsesiones y fantasmas que me asolaban en un momento en que mi vida se estaba literalmente desmoronando. Recién ingresado en mi veintena, había pasado de exitoso estudiante de informática a paciente psiquiátrico multifóbico en apenas un pestañeo. Vivía recluido: actividades tan naturales como ir al supermercado, viajar en colectivo, cortarme el pelo o entrar en una discoteca se volvieron auténticas odiseas. Estaba inmovilizado de pies a cabeza, el pánico había barrido con todo mi universo. Comencé a ir a terapia y a tomar ansiolíticos. Mi perversión innata se vio de pronto agigantada por la rabia: me volví cruel, retorcido y desquiciado. Gabriela giraba alrededor mío como una libélula disciplinada, ayudándome en todo lo humanamente posible. Incluso nuestra vida sexual se había vuelto extraña, como si no acertáramos a encontrarnos uno con el otro. Saturaba la claustrofobia de mis noches con música gótica, revistas pornográficas y densos dramas cinematográficos. Así se fue gestando Julieta: en la angustiante intimidad de mis horas de pánico, en las truculentas historias que me devolvían las pantallas, en el eco de canciones oscuras y paranoicas, en el reverberar de hipnóticas y furiosas guitarras, en el sopor de las pastillas mezcladas con cerveza, en los gemidos de Gabriela, en el sonido sucio de mi pelvis chocando contra sus nalgas. Julieta estaba hecha a mi imagen y semejanza: era la perfecta génesis de las mujeres que atormentaban mis sueños. A la manera de Frankestein, fui armándola uniendo retazos de diferentes personalidades artísticas de mi preferencia, brindándole más oscuridad y pesadumbre conforme sucedían los párrafos. “La musa” iba tomando forma paulatinamente, una doncella quebradiza de sino invariablemente trágico. Julieta tenía algo de la Patricia Arquette morocha de  “Lost Highway” y otro tanto de Lee Holloway, la torturada secretaria personificada por Maggie Gyllenhall en el film homónimo. También había en ella cosas de Mia Kirshner, una de mis actrices fetiche, de Asia Argento y de Amy Lee, la etérea cantante de Evanescence. Eran los tiempos de Fallen, disco que despertó en mí un macabro fanatismo. Eran los tiempos de Bring me to life, Going under y My inmortal, canciones abismales que me empujaban a la más erótica de las penumbras.

-¡Levántate, Julieta! -parecía gritar desde las nieblas de mi angustia-. ¡Ven a mí y canta y llora y mastúrbate, que acá estoy para recibirte!

Una mancha de tinta marcó el fin del proceso. Me sentí orgulloso de “La musa”, orgulloso de esas cuatro páginas garabateadas que tantas complicaciones me acarrearían en el futuro.

“Y entonces, en medio de aquel antro ominoso y ruin, como una rosa encarnada sobresaliendo de un pantano cenagoso, la vi por primera vez. Era una muchacha fresca y radiante, de piel blanca, caderas ondulantes, senos respingones, nalgas leves y cabellos negros que caían suavemente sobre su espalda.”

“La musa” reafirmaba mi predilección por las mujeres de cabellos negros (más negros que el ala del cuervo a medianoche), doncellas pálidas y torturadas de labios hambrientos y ojos como diamantes. Gabriela había leído el cuento mucho antes que se publicara en Palabras Malditas y su obsesión comenzó a vislumbrarse de forma gradual, como esas brisas veraniegas que derivan en furiosas tempestades. Bastaron solo un par de semanas para que Julieta se instalara definitivamente en las fantasías de Gabriela. Eso no dejaba de provocarme una oscura fascinación: yo, que no era ni por asomo un lector consumado y lejos estaba de considerarme siquiera un proyecto de escritor, había logrado, a través de un personaje propio, conmover y vulnerar la inestable psique de esa cuarentona atractiva y conflictuada que contaba además con el aliciente de ser una destacada profesora de letras. ¿Qué extraño capricho cósmico había puesto a mi lado a un ser tan enrevesado como Gabriela? ¿De qué iba en realidad nuestro vinculo, ese psicótico carrusel que no cesaba de empujarnos hacia los abismos de nuestra torturada humanidad? Y entonces apareció Julieta, la inexistente, la musa maldita y ya nada fue lo mismo. Los celos enfermizos de Gabriela se vieron inexplicablemente acrecentados.

-Me pone muy mal tu cuento -me dijo una vez-. Pero no puedo dejar de leerlo, y cuando más lo leo, más poca cosa me siento. Yo no soy como Julieta, no puedo dejar de sentirme una basura. Ella, pura, virginal, con un cuerpo tan hermoso y yo así, vieja, fofa, oscura, depresiva. Aún así, me encanta la manera en que la describís y también me perturba. Tenés un gran talento para describir mujeres, sos un excelente paisajista de la femineidad. Escribir minas es como cogértelas, ¿no? Se nota que sabés mucho de minas, Emanuel, y además tenés un gusto definido: morochas. Y yo no puedo dejar de darme manija, no tengo el pelo lacio y negro como Julieta, no tengo sus tetas ni su cintura de avispa, ni sus ojos claros, ni sus caderas. Soy fea, soy una vieja fea…

Gabriela no era fea en absoluto, sino una hermosa mujer de cuarenta y ocho años que derrochaba sexo por todos lados. Y como toda mujer atractiva de mediana edad, poseía un pasado sentimental del que yo carecía. Gabriela tenía una hija, un ex marido y varios ex novios desparramados por ahí. Si alguien debía sentir celos, era yo. Pero ella continuaba con su cantinela y en un momento el asunto de verdad comenzó a molestarme. Las menciones a “La musa” se volvieron grotescas y deliberadas, casi parecía que Gabriela se estuviera burlando de mí con todo ese rollo de sus celos hacia Julieta.

-Sabés, Emanuel, tu cuento me recuerda a “El túnel”, de Sábato ¿Lo leíste?

-No. “Sobre héroes y tumbas” fue lo único que leí de él. No me gusta Sábato.

-Bueno, “La musa” tiene muchos puntos en común con esa novela, las galerías de arte, los talleres de pintura, todo eso.

-¿Sí?

-Sí.

Pedí prestado “El túnel” a un amigo: nouvelle vibrante y absorbente, pero saturada de esos desvaríos metafísicos propios del hombre de Santos Lugares. El libro me generó sentimientos encontrados: me entretuvo con ferocidad al tiempo que me irritó soberanamente. Muy a mi pesar, había empezado a disfrutar de esas ambivalencias. Quizá sin saberlo, Gabriela había abierto las puertas a nuevas formas de intimidad y experimentación.

-Morochas, preferiblemente de ojos claros y cutis pálido. Tu fijación con esa clase de minas me resulta fascinante. Nunca una rubia, nunca una pelirroja.

-Las pelirrojas también me gustan mucho. Las rubias no, me aburren.

-Ya lo sé, pero lo tuyo son las morochas, estás obsesionado. Pienso en Mia Kirshner, en la tipa esa de “La Secretaria”. ¿Te inspiraste en ellas para crear a Julieta, verdad?

Gabriela se aferró a mis hombros y me clavó una mirada de intensa lubricidad. Sus ojos pardos brillaban como carbones encendidos. Eran cerca de las once de la noche, la habitación se hallaba casi a oscuras. Estábamos desnudos. Yo, sentado en una pequeña banqueta de madera, ella a horcajadas encima de mí. Me agarré de sus nalgas y mordí uno de sus pechos. El tibio pezón pareció bailar entre mis dientes. La vagina de Gabriela se ajustaba a mi pene como una ventosa. Aquella estrechez suya no dejaba de sorprenderme: era casi como cogerse a una veinteañera.

-No sé por qué insistís con lo mismo, Gabriela, a veces te ponés demasiado densa.

-No me puedo sacar esas imágenes de la cabeza. Julieta, su cuerpo, su pelo oscuro, su sensualidad ¿Sabés cuál es la parte que más me enloquece?

Comenzó a moverse acompasadamente, como una gata enjaulada. La abracé con fuerza, inmovilizándola de súbito. Dudaba de mi propia resistencia. Si seguía moviéndose así, iba a estallar sin remedio.

-Claro, lo sabés de sobra –continuó con la voz tenue y estertorosa-. Pero te lo voy a repetir: la escena en que te acostás con Julieta, está escrita con tanta elocuencia, con tanta pasión, que no sé, es raro, Emanuel, no te imaginás como me pone recordarla.

La escena es esta:

“Entonces sentí un ardor furibundo invadirme el cuerpo, como una irresistible quemazón que me devoraba de a poco el corazón, las entrañas y los miembros, y me pareció verla a Julieta sobre un océano de fuego, llamándome. Acerqué mis labios a los suyos, besándolos suavemente. Con mis manos rodeé su cintura y la atraje hacia mí con vehemencia, hasta sentir sus senos aplastados contra mi pecho. Su piel brillaba como la arena del mar y un leve sudor le brotó de los poros emanando un perfume de flores. Entonces, la besé con más fuerza y su boca fue un cántaro de miel vertiéndose en la mía. Despojándola de sus pudores, la cargué en brazos y la tumbé sobre la cama, ultrajándola, hundiéndome en ella como un nómada sediento”

Pensé en su ex marido y en los posteriores ex novios con los que ella alardeaba. Pensé en mi escasa experiencia con mujeres. En lo patético que debía verme escribiendo cuentos inspirándome en actrices. Deseaba con urgencia una Julieta real, pero en ese momento Gabriela era mi única realidad posible.

-Estás celosa de alguien que no existe. Si no te conociera, hasta podría ofenderme…

La fantasía se había apoderado totalmente de ella. La fui soltando de a poco, a medida que mi prematuro clímax se alejaba. Controlarme, no eyacular antes de tiempo, dejar que Gabriela naufragara en su propio delirio erótico, contemplarla y sacar provecho de ella. A eso se reducía todo. Su fijación con (mi) Julieta me resultaba tan repulsiva como excitante. La miré a los ojos, puse mi cerebro en blanco y dejé que ella continuara con lo suyo.

-Sos un mentiroso compulsivo, Emanuel, te pasás el día diciéndome que sos casi virgen, que tenés problemas para relacionarte con las minas, que para vos el sexo es más literario que carnal, y todo eso, pero lo que escribiste… lo que escribiste me pone la piel de gallina, se me erizan los pelos de la concha. Esa Julieta tan real, tan sensual y tan loca, ¿Por qué mentís así, Emanuel? ¿Acaso te doy tanta lástima?

Continuó moviéndose perdida en sus alucinaciones. Casi podía tocarle la entrada del útero con el glande. Vertía jugos sobre mi vientre, transformando mi pelvis en un valle pegajoso. La vi desdoblarse, sacudirse y tensarse a medida que se acercaba al orgasmo. Mi mente estaba en blanco, el dominio de mi placer era absoluto. Gabriela se iba sin remedio. ¡Esa maldita estrechez suya, esa maldita concha de veinteañera! Gabriela no solía ser muy estridente en sus orgasmos. Acabó con un tenue chillido.  No le di tiempo a recuperarse, la cargue en brazos y la lleve a la cama. Me acosté e hice que ella se acostara al lado mío.

-Quiero que me veas…-le dije.

Me masturbé por unos minutos. Cuando estaba a punto de acabar, empujé su cabeza hacia abajo. El semen se derramó sobre mi vientre ante sus ojos fascinados. Con la culminación, sobrevino un incomprensible ataque de pudor que me llevo a intentar apagar la luz, pero Gabriela me lo impidió. Con ambas manos empezó a esparcir el esperma por todo mi abdomen.

-Julieta nunca haría esto ¿O sí? -dijo mirándome lánguida e inexpresivamente.

Por supuesto, las cosas no terminaron allí. Nuestra vida sexual pasó a girar exclusivamente alrededor de la etérea e inexistente Julieta. Tanto, que a Gabriela le empezó a costar horrores alcanzar el orgasmo sin traer a colación fragmentos de mi cuento maldito. Había transcurrido más de un mes y yo estaba completamente saturado. Aquello me irritaba al tiempo que me provocaba un placentero escozor. Duendes lúbricos descendían de mi cabeza hasta mi pene y, desde ahí, explotaban al mundo desparramando toda su ponzoña. Sentía unos enfermizos deseos de golpear a Gabriela, unas locas ansias de lastimarla. Esa violencia generó en mí una idea tan extrema como reveladora: no era a Gabriela a quién debía lastimar, si no a Julieta. “La musa” no existía más que en mi mediocre literatura, por lo tanto, literario tenía que ser su asesinato. Se trataba de esfumarla, de borrarla de un plumazo (nunca un eufemismo resultó más acertado). Si Julieta había logrado meterse en las fantasías de Gabriela al punto de infectar por completo nuestra relación, entonces debía crear otras mujeres que consiguieran desplazarla. Ese fue el inicio de una enloquecida cadena de relatos que fui publicando en Palabras Malditas en el transcurso de seis años, todos protagonizados por mujeres que constituían, a mi entender, la antítesis de Julieta. A estas chicas nacidas de mi cerebro les di el nombre de antimusas. Escribía movilizado por el despecho y por la ira, borracho y/o dopado con barbitúricos. Eran narraciones deliberadas, crueles, estrafalarias, caóticas, sucias, escatológicas, promiscuas. Cuentos oscuros y desmesurados que buceaban en el pulp más abyecto, historias por completo carentes de verosimilitud o buen gusto. No interesaban el estilo ni la coherencia, sólo resultar repulsivo a como diera lugar, escandalizar a la lectoría gratuita e impunemente. Fueron seis años de humeante y suculenta basura literaria. Zombies, ninfómanas, vampiras, asesinas, necrófilas, cualquier aberración era válida, cualquier perversión estaba permitida. Mi sección en Palabras Malditas se convirtió en un detallado catálogo de parafilias. Hoy la vergüenza me oprime el pecho al releer esos relatos y soy yo el escandalizado al rencontrarme con ellos. Pero en ese momento mi realidad era otra, hundido como estaba en el alcohol y los ansiolíticos. En ese momento solo importaba extirpar a Julieta de la mente de Gabriela, quitar de ella ese maldito cáncer. Paradójicamente, Gabriela nunca leyó esos textos de primera mano, jamás me animé a enseñárselos, sólo los enviaba a Palabras Malditas de manera compulsiva, sin corregir ni pensar en otra cosa que en esa urgente publicación. Presumo que Gabriela habrá entrado a la página más de una vez, pero nunca me dijo nada al respecto.

A continuación, y para ir finalizando, voy a hacer un breve repaso de mis antimusas más importantes y sus respectivas escenas de sexo. Así es: sólo se trata de sexo. Sin embargo, aún en la basura literaria más repelente, puede hallarse terreno fértil para que crezcan las flores del erotismo. Pues bien, aquí vamos:

“El arte de matar” es el título de un relato que salió en Palabras Malditas a fines de 2007, cuando los ecos de “La musa” comenzaban a extinguirse y el inestable cerebro de Gabriela se encontraba en su punto más álgido. Es un relato escrito exclusivamente como respuesta a Julieta, y de él se desprende mi antimusa número uno: Allegra Weisz, asesina mercenaria experta en el manejo de armas. La historia, mezcla de novela barata de espionaje y película de acción de los noventa, está narrada por Mike Callahan, killer a sueldo de la CIA y alter ego en las antípodas de Manuel X. Allegra resultó rubia por simple oposición: si Julieta era morocha, Allegra tenía que ser exactamente lo contrario. La escena sexual entre ambos personajes es la siguiente:

“Llegué al apartamento, abrí la puerta y entré. Adentro todo estaba totalmente oscuro. Allegra estaba parada frente a mí, vestida solamente con un sucio conjunto de ropa interior negra. Su sobretodo y su pantalón estaban tirados a los pies de la cama. Al verla en esa falsa actitud pasiva, mi odio hacia ella se hizo más violento. Necesitaba lastimarla, vengar de alguna manera todas sus muertes y humillaciones. Corrí hacia ella y la empujé contra la pared. A nuestro costado, ordenadas encima de la mesa, las armas relucían como juguetes demoníacos. Allegra me miraba abstraída, su cabello rubio brillaba con una luminosidad sobrenatural. Pero entonces algo me detuvo: el lazo que me unía a ella era más fuerte de lo que pensaba. Estaba lleno de odio, lleno de furia, quería estrangularla, golpearla, deshacerme de su presencia ominosa e infame. Pero no podía hacerlo, simplemente no podía. Allegra se desabrochó el corpiño y lo dejó caer. Le vi los pechos pequeños y firmes y sólo entonces me di cuenta de lo mucho que la deseaba. Ella respiraba con dificultad, como si se estuviera asfixiando. Yo comencé a acariciarle los pechos. Primero suavemente y después con fuerza, apretándolos como si quisiera acoplarlos a mis manos. Sus pezones eran serpientes escurriéndose entre mis dedos. Allegra me besó con violencia, yo la apreté entre mis brazos y sentí su cuerpo palpitar contra el mío. Nos besamos desesperadamente, como si quisiéramos herirnos, como si nuestros labios y nuestras lenguas resultaran insuficientes para tanto fuego contenido. Estábamos explotando. Ella jadeaba, invadida por un placer explícito. Yo le besé el cuello y los pechos, de un tirón le saqué la bombacha y la penetré de un solo golpe, allí mismo, contra la pared. Ella enroscó sus piernas alrededor de mi cintura y comenzó a gemir como una desaforada. Yo la aferré del culo y la embestí con más potencia, con más ferocidad, como si quisiera desgarrarla. Ella se sacudió convulsivamente. Aquello no era un acto sexual corriente, era casi una violación, una lucha descarnada, una revancha. Ella me mordió el labio inferior hasta hacerme salir sangre. Yo la abofeteé y la tumbé sobre la cama. Entonces Allegra se abrió de piernas y yo me perdí en su vasto universo de humedad y violencia y nuestros vientres se volvieron uno, y nuestras bocas una sola carne, y el clímax nos inundó con una marejada de gritos y humores y nuestras almas se elevaron al cielo en una depravada danza de muerte”

“El arte de matar” fue un fracaso. Nadie lo leyó, nadie comento nada. La revista lo quitó al poco tiempo. Bien merecido se lo tenía.

“Crepúsculo Rojo” se publicó en 2010 y es un cuento muy similar. Su protagonista es Nadine Hamshari, terrorista suicida y antimusa número dos. El narrador se llama Hamid, también terrorista. Crepúsculo Rojo es una agrupación (terrorista, como no) que recluta a Hamid y Nadine para inmolarse. Todo ocurre en la ciudad de Kabul, en Afganistán, durante la visita de una delegación del gobierno yanqui (¿?). Hay conspiraciones, Marines enloquecidos, explosiones y cosas por el estilo. Es un cuento bastante confuso, nada llega a cerrar del todo. Lo único medianamente rescatable son las descripciones de Nadine y los fragmentos sexuales que paso a detallar a continuación.

“Y todos los días, mientras me paseaba con mi ametralladora Kalashnikov  automática, observaba a esa muchacha delgada y bonita deambular por las dunas como un hada del desierto. Supe que se llamaba Nadine y que provenía de las lejanas tierras del norte, donde el desierto se funde con el cielo y todas las cosas tienen la etérea intangibilidad de los sueños (…) Y cada noche llegaba a ella a través de mis fantasías y la veía caminar hacia mí vestida con amplias túnicas transparentes, mostrándome su cuerpo semidesnudo como una ninfa nacida de la arena. En su sangre palpitaba una extravagante mezcla de genes orientales y occidentales y esa circunstancia hacía de ella una persona inaccesible, una alocada felina por completo irrespetuosa de toda norma étnica (…) ¿Cuáles son los recuerdos que me quedaron de Nadine? Muchos, demasiados. Su cuerpo entero es un símbolo tatuado a fuego en mi carne, mucho más ardiente que las desbocadas llamaradas que luego terminarían por consumirme: la imagen embriagante de su cuerpo desnudo tirado sobre la cama, el penetrante olor a sudor de sus axilas sin depilar, las suaves colinas de sus pechos erguidos, de sus pezones tiesos como almendras, sus nalgas inmaculadas de muñeca, la perfecta simetría de sus muslos abiertos temblando bajo mis embestidas salvajes. Allí, encerrados en la oscura intimidad de esa casa rentada, nos entregábamos al placer de nuestros cuerpos de una forma fría y despojada de todo afecto, como animales en celo cumpliendo su proceso de apareamiento”.

“Crepúsculo Rojo” naufragó irremediablemente. Todavía está en la Web, en lo que resta de Palabras Malditas. Sigue siendo un cuento de mierda.

Joanna y Katrina son mis antimusas tres y cuatro respectivamente, las últimas que voy a reseñar. Ambas son parte de un cuento titulado “La gimnasta”, publicado en 2012. Confieso que desde hace años estoy seriamente obsesionado con la gimnasia rítmica (no confundir con gimnasia artística). Me fascina toda esa gracia, toda esa sensualidad y elasticidad, todo ese velado erotismo. Tengo un cuaderno repleto de fotos de Evgenya Kanaeva y Daria Dimitrieva, medallas de oro y plata de la disciplina en los Juegos Olímpicos de Londres. Estoy perdidamente enamorado de ellas, no se imaginan como las quiero. De hecho, escribí “La gimnasta” los días posteriores a la culminación de dichos juegos, a modo de enfermizo homenaje a mis dos amores imposibles. Contrariamente a lo que pueda suponerse, este cuento no me parece del todo malo. Está plagado de excesos, eso sí, y esa grandilocuencia estilística atenta contra la naturalidad y verosimilitud de la historia. Joanna tiene diecinueve años, el pelo castaño y su nacionalidad es incierta: puede ser argentina, chilena o belga, da lo mismo. Katrina anda por los veinte, tiene el pelo negro, es rusa. Las dos son gimnastas, contrincantes acérrimas en ciertos Juegos Olímpicos realizados en una inmensa ciudad sin nombre. La idea era que la encarnizada competencia entre ambas mutara en insana atracción, pero el cuento (narrado en una tercera persona distante) se desbarranca al punto de volverse inentendible. Joanna siente un miedo patológico hacia Katrina, y promediando la historia tiene un sueño erótico con ella. Su descripción de la siguiente:

“Joanna, vestida con una malla de baile color violeta, camina a lo largo de la pasarela rumbo a la pista, pero al salir descubre que el auditorio está completamente vacío. De pronto las luces se apagan y una densa oscuridad se apodera del estadio. Joanna siente un escalofrío al ver a Katrina parada a unos metros, debajo del único foco que permanece encendido. La rusa viste una ajustada malla enteriza color carne y sostiene en su mano derecha una larga cinta de roja. Joanna comienza a llamarla, Katrina se da vuelta y corre en la oscuridad. Joanna la sigue. Absolutamente todo se encuentra a oscuras. Entonces ve una luz, un leve resplandor que se va haciendo más grande a medida que ella se acerca. Es un farol que parpadea por encima de una puerta que ella reconoce; la entrada a las duchas y los vestuarios. Joanna siente que se le retuerce el estómago, que algo siniestro y excitante la acecha. Escucha el agua gotear dentro, como si alguien estuviera orinando. Joanna llega a la puerta y la pálida luz del foco le confiere un aspecto lánguido y enfermizo. El goteo se torna incómodo, molesto, irritante. Joanna se asoma al interior de los baños: un denso hedor amoniacal llega a ella en una ráfaga helada. Joanna empieza retorcerse, una saliva espesa le llena la boca redoblando sus náuseas. A pesar de su miedo y de su asco no puede alejarse. Entra a los baños lentamente, el lugar está totalmente iluminado (una luz blanca, mórbida), Joanna ve las paredes azulejadas y los mingitorios llenos de pastillas desinfectantes. Cruza el baño hasta llegar a las duchas: un vapor cálido y pegajoso se levanta de los pisos llenos de agua sin escurrir. Joanna comienza a transpirar, la malla violeta se le pega al cuerpo, se siente incómoda, sucia, maloliente. Una rara emoción la invade, una voluptuosidad nunca antes experimentada, una excitación insana y temible. De pronto siente una presencia, como si alguien la acosara desde lo más profundo de sus pesadillas. Joanna siente un temblor en el bajo vientre, un cosquilleo húmedo entre sus muslos. Entonces escucha una voz: “Joanna- dice la voz-. Joanna…”. Se da vuelta y ve a Katrina parada ante ella. Bella, delicada, seductora, la muchacha rusa la observa con una expresión posesiva, abyecta, amenazante. La cinta roja parece un hilo de sangre deslizándose por su cintura. Hay algo en los ojos de Katrina que inquieta a Joanna, un brillo maligno que le crispa los nervios. El baño es un infierno húmedo, el olor a orina y transpiración se mezcla con el ácido hedor de los desinfectantes. Joanna no puede moverse, los miembros no le responden, su mente es un inmenso agujero negro. Katrina corre hacia ella y la besa apasionadamente, Joanna siente en sus labios los cálidos labios de la rusa, siente su lengua hurgándole la boca, el sabor de su saliva, el rostro de ella apretado contra el suyo, el sonido agitado de su respiración. Ambas caen al piso, el lúbrico abrazo de Katrina conmueve a Joanna, sus besos la elevan a zonas inexploradas de su erotismo. Katrina le lame el cuello, le acaricia los pechos por encima de la apretada malla violeta, le frota la entrepierna con la rodilla, le aprieta el largo cabello oscuro. Joanna ni siquiera intenta alejarla, su voluntad está por completo minada. Katrina le desgarra la malla violeta a la altura de los pechos. Joanna, sin pensarlo, guía la mano derecha de Katrina a través de su pubis. La rusa se abre el escote dejando sus senos al descubierto, Joanna acaricia los pezones suaves y sonrosados. Vapores fétidos brotan de los blancos mingitorios, de las blancas duchas taponadas de sarro. Joanna y Katrina hacen el amor sobre el piso inundado de agua sucia, como doncellas malditas desbordadas por el deseo. Los dedos de Katrina acarician con violencia el piloso pubis de Joanna, quién gime y se retuerce abrumada por las primeras punzadas del orgasmo. El clímax sucede como una escandalosa marejada, como una tormenta de fuego y arena. Segundos después del último estertor, Joanna se encuentra vacía, como si el placer le hubiese corrompido el alma. Pero hay otra cosa, un nuevo resplandor en la gélida mirada de Katrina. Joanna siente miedo, quiere salirse de allí, pero no puede hacerlo. Katrina se chupa los dedos, esos que conservan aún el olor y el sabor de Joanna, luego agarra la cinta roja y le rodea el cuello. Katrina aprieta, aprieta muy fuerte. Joanna empieza a sacudirse. Una espesa oscuridad se extiende por el cuarto de baños. El rostro de Katrina se transfigura en una máscara siniestra, sus delicadas manos aprietan con firmeza la cinta roja alrededor del frágil cuello de Joanna. Todo se vuelve negro, demasiado negro, como un anochecer lento, paulatino y terrible. Joanna no tiene fuerzas para seguir luchando, el aliento la abandona. Katrina la está venciendo nuevamente. Katrina, maldita Katrina. En un último y desesperado movimiento, Joanna estira la mano y acaricia el rostro de Katrina. Entonces, la oscuridad termina de invadirla y se muere, se muere, se muere mientras Katrina fotografía su último aliento”

“La gimnasta” es un cuento herido de muerte desde su concepción. Corregirlo es absolutamente imposible. Se trata de una historia maltrecha e inútil. Quizá intente reescribirla en algún momento, no lo sé.

Hay otras antimusas, por supuesto. Algunas de ellas irreproducibles. Siguen vivas, aunque varios de esos relatos ya no existan. También sigue viva Julieta, pero su presencia ya no es una carga. Aprendí a quererla, a valorarla y a respetarla. Contradicciones de la vida (y de la literatura): “La musa” fue el único relato salvado de la quema masiva de textos que sobrevino a mis meses de forzada sobriedad. Lo que verdaderamente lamento es que Carmen no me haya frenado a tiempo, que permitiera que esos engendros literarios se sumaran a mi historia como a una cartografía demente. Esos textos me persiguen, lo harán hasta el fin de mis días. Releyendo “La musa” estas últimas semanas no pude dejar de recordar a Gabriela. Hace años que no la veo y más allá de algún circunstancial tecleo vía  Facebook, prácticamente dejamos de tener contacto. Lo curioso es que al menos la mitad de esas narraciones las escribí estando separado de ella. La extraño demasiado algunas noches. Ninguna mujer se entregó con tanta pasividad a mis excesos, ninguna se brindó a mí con tanta devoción y descaro. Sigo necesitándola, pero soy consciente que, a estas alturas, un nuevo acercamiento es completamente imposible.

Por suerte está Julieta. Sensual, atormentada, etérea, regresándome una y otra vez a ese pasado y pulverizando cualquier retórica.     

Imagen: Malcolm Liepcke

         
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Bolivia, en viaje y desde la ventana

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un punto a favor: en aduanas, Cochabamba, me preguntaron acerca de una cerámica que no era original mas lo parecía. Algo, un punto, pequeño porque quienes están a cargo no son profesionales, para seguir evitando la sangría de bienes culturales que en 200 años nos ha dejado con no lo mejor. Decidí dejar dos vasijas increíbles que conseguí, una de Omereque, la otra tiwanacu. Lo hice en la certeza de que el retorno será un hecho. No es que defina lo mío de coleccionista como saqueo también, pero hay que empezar a crear en colecciones particulares que enriquezcan al país, tan desmembrado, tan falto de respeto propio. Rescatar para crecer.

Cierto que no había llovido y Cochabamba hedía de entrada. Normal, según recuerdo, por las curtiembres de la zona, pero esta vez permaneció, se alejó de las barriadas del aeropuerto. Alalay, la laguna, inmenso lodazal de excremento y basura. Plástico por todas partes, de bolsas de comida y refresco de un pueblo con gula. Sobre el basural, fotografías en grandes carteles con la foto del alcalde Leyes. Parece que el hombre comprendió la jugada masista de poner el rostro cuadrado del Líder hasta en la sopa. Proyecto va, proyecto viene, dando constancia, en mi opinión, de que los dineros del fisco alimentan la corruptela y el progreso se reduce a rimbombantes construcciones de dudoso provecho.

Hubo un lugar, en la zona sur de la ciudad, en que al amanecer pistas y pilares gigantescos daban impresión de un escenario para el Stalker de Tarkovski. Me dijeron que era el lugar donde se habían caído los puentes que el maleante llamado Cholango, alcalde previo, inauguró con gran pompa. Pobre pueblo. Quizá algún día, ya construido todo y limpio de desechos, sirva para algo práctico. Por ahora, y es común, solo alimenta bolsillos ávidos de impensable gentuza.

Luego camino del norte de Potosí, cruzando Cliza, Toco, Siches, Anzaldo, el majestuoso y bastante seco río Caine, por donde vino Goyeneche a castigar Cochabamba entre otras cosas. Sembradíos de papaya, limoneros, la belleza casi indescriptible de los colores que me recordó Humahuaca. Durante el trayecto, otra vez, carteles con la foto del Curaca, el Bienamado, Evaristo Morales Ayma de sonrisa y vanidad mujeriles, enfrente de coliseos de fútbol inaugurados en su gestión (gestiones). La cabezota con permanente más grande que cualquier pelota de fútbol o básquetbol que se pudiesen emplear allí. Es que este caudillo no solo es el fútbol en sí mismo, es más grande que el fútbol. No puede mirar las posibilidades de su pueblo, la belleza de sus paisajes, la constancia de un futuro si se quiere; no, tiene que pensar en pelotas y con las pelotas y construir a costo desmedido canchas de deporte abandonadas de entrada. Su inteligencia de expolicía militar, de cocalero empedernido, no le permiten una mirada lejana, perspectiva. Enfermedad que hay que extirpar de raíz.

En Torotoro, tierra de impresionante geología, las garras del Estado plurinacional en el maltrato a los visitantes y la no extensión de recibos (facturas) por servicios prestados en el Parque Nacional. Un esfuerzo encomiable, mínimo y mísero todavía, de un grupo de muchachos locales como guías de turismo. Y la basura, la basura a pesar de los carteles, en plástico multicolor corriendo por las calles. Casas que en la sombra serían iguales en tiempos de la Conquista, las horas detenidas. A  pesar de tanto por criticar, magnífica experiencia y tristeza por lo que se podría desarrollar si se razonara.

Retorno por Huayculi, Tarata, Arbieto. Que el desarrollo, con y sin comillas, no se puede parar no debiera impedir que la destrucción de patrimonio sufra un revés. A quién le importa, me pregunto, cuando arriba la dupla de maricas delincuentes enseña que el crimen paga.
15/08/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 16/08/2016
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29 de septiembre de 2016

Plaza Once

PABLO CINGOLANI -.

Monumento Bernardino Rivadavia,
Plaza Miserere, Buenos Aires.
Domingo, fin de la tarde, una ráfaga de viento que viene desde la Antártida sacude huesos y almas entre los pocos que se atreven a merodear una plaza vacía, inmensa y vacía, corazón desolado de una urbe –Buenos Aires- que la cerca y la acosa con sus memorias.

En la esquina sudeste, naufraga el bar La Perla, cuna mítica del rock argentino, como reza, sin muchas ganas, un cartel colocado encima de su entrada. En el baño del local, cincuenta años atrás, Tanguito componía sus tangos feroces y sus amores de primavera, antes que lo atraparan la muerte, la policía y la leyenda.

En una diagonal imposible, hacia el sudoeste, trepidaba el trágico boliche Cromañón, donde ardieron doscientos pibes que habían acudido a terapia para escaparse de los tentáculos del monstruo citadino, y bailar y saltar y lanzar petardos mientras tocaba su grupo de rock favorito. Doce años atrás, terminaron asfixiados, pisoteados, chamuscados, asesinados por esa nausea inexplicable que anida en las ciudades y que, cada tanto, mata, mata sin asco, mata a mansalva.

En la esquina noreste de la plaza Miserere, el nombre antiguo de este lugar no lugar tan porteño, se ubica una institución emblemática de los nuevos tiempos: el consulado boliviano.

Locación estratégica, cabecera de las rutas al oeste –en la colonia, por ahí pasaba el camino al Alto Perú-, la Plaza Once es un epicentro de esa presencia humana que, multitudinaria y diversa, ya forma parte del nuevo paisaje urbano de esa ciudad que, según Borges, era una especie de pequeña Europa en el exilio. Ya no lo es. 

Bajo las recovas del antiguo mercado Lezica, frente a la vereda oriental de la plaza, un pelotón de africanos, llegados desde Senegal o la Guinea, van levantando sus mesas y sombrillas de venta y metiendo en mochilas o cajas lo que ofrecen a los que transitan: relojes, cinturones, cucharas, collares, CDs -de cumbia o de ópera-, telas de la India, muñecos chinos, nada.

En el centro de la plaza, se alza el mausoleo a Rivadavia. Es una construcción horrorosa que honra a un ser idéntico, que tuvo a bien, o a mal sería más correcto, haber sido el primer presidente argentino, tras culminar la primera de nuestras guerras civiles del siglo XIX.

La obra, hecha en piedra granítica, es de dimensiones desmesuradas, y carece de atractivos, y casi nadie sabe que la mole está ahí para recordar al Señor de los Cuadernos. En otras épocas, el adefesio asistió a diferentes dramas, como la muerte o el secuestro de militantes políticos. Hoy, sirve de resguardo a las putas.

Son las monarcas sin cetro de la plaza desierta. Son todas negras, negrísimas, como los africanos, pero ellas vienen de más cerca: del Ecuador, la República Dominicana, Panamá, o de Trinidad y Tobago. Todas tienen nombres de fantasía –Lali, Lena o Lara- y se mueren de frío, igual que yo, cada vez que el viento del sur recrudece.

Que putas de ébano hayan copado el monumento a Rivadavia, a don Bernardino Rivadavia –la avenida más importante de la ciudad y que flanquea la plaza Once por el sur también se llama así-, y lo hayan vuelto su parada, es una dulce venganza de la historia.

Rivadavia odiaba a todo el mundo, salvo a los blancos, especialmente si eran ingleses. Odiaba a los indios, odiaba a los gauchos, odiaba a los tarijeños, pero especialmente odiaba a los negros. Rivadavia, nunca lo reconoció, pero la historia también lo supo: era mulato.

Pablo Cingolani
Buenos Aires, 28 de septiembre de 2016
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25 de septiembre de 2016

Antiguas Palabras Andantes (Prólogo a la Antología de Poesía kichwa de Ecuador)


HOMERO CARVALHO OLIVA

Como poeta, Lucila Lema sabe que todas las lenguas tienen la capacidad de expresar profundos significados, extraordinarias metáforas y misteriosos símbolos que se resuelven en el poema. Durante un par de siglo se creyó que los idiomas originarios de nuestra América latina o Abya Yala, no eran capaces de expresar poesía y, sin embargo, la poesía existía y existió desde que la palabra se hizo verbo en nuestro continente. Pruebas de poemas de infinita belleza existen en todas las culturas americanas, algunas de ellas ya desaparecidas.

Los poemas de nuestros poetas indígenas no eran considerados literatura, apenas se los llamaba “canciones”, tradiciones orales o folclóricas, manifestaciones primitivas, decían. Ahora sabemos que la fuerza de las imágenes que expresan estos poemas es tal que pueden competir con la poesía académica de cualquier ciudad del mundo entero. La poesía indígena americana reivindica el vínculo sagrado del poema como puente sensorial entre el ser humano, su interior y su entorno natural y cósmico. La palabra como una espacio sagrado, como una herramienta mística para comunicarse con el mundo y con otros planos metafísicos, a veces invocando protección o simplemente provisión de la vida. Eso también lo sabe Lucila y, creo que ese fue el propósito de esta selección de poemas y poetas de Ecuador que se expresan en kichwa.

Lucila ha dividido la Antología en tres libros, en los que va incluyendo la obra de poetas de varias naciones que viven en el territorio ecuatoriano. Al leer su extraordinaria selección notamos que en esta poesía existen algunos elementos comunes, como la Naturaleza: animales, aves, ríos, lluvia, nubes, árboles y flores; Cosmos: estrellas, dioses, tierra y cielo; Pueblo: madre, padre, abuelos, niños, ancianos y sueños.

Estos elementos están presentes en el poema de Raquel Antun, una poeta Shuar, que escribe: Yampinkia nayaimpiniam: Yampinkia nayaimpiniam wakaruiti yaa aintsank. / Nayaimpiniam charip chichainiakuinkia nii ainiawai nunkanam tarattsa wakeruiniak. /Yampinkiaka yaa yunkunmirin yuiniawai, niinkia winia apachur ainiawai, karar wainianiawai. “Jaguares en el cielo: Y los jaguares subieron al cielo convertidos en estrellas. /Si de pronto el firmamento ruge, son ellos que extrañan el calor de la tierra. / Los jaguares comen polvo de estrellas, ellos son mis abuelos que guían mis sueños.”

Y en uno de los poemas de la propia Lucila Lema, poeta kichwa Otavalo, en el que se mezclan los sueños y la gente: Wañushkakuna:Wañushkakunaka mana allpa ukupilla kanchu. Paykunaka ishkay pachakunapi kawsanakun. Wakinpika, mishkita, mishki naranjakunata mikunkapak shamunlla. Chayshuk pachapika paykuna munashka ayakunawan parlanllami, nin ukllashpa, ñuka purikunra mamaku. “Los muertos: Los muertos no están bajo tierra. Ellos pueden partir el tiempo en dos: a ratos vienen, comen miel y naranjas dulces; Allá en la otra vida hablan con los espíritus que ellos quieren, dice mi madre, que me abraza aún.”

Así como en Dora Aguavil, poeta Tsa´fiki, quwe nos habla del “sentipensar con el alma”.

En el Libro 2 nos encontramos con Segundo Wiñachi, poeta Kichwa Otavalo, que nos compara con toda la naturaleza, unidos por el amor. Luego está Inkarri Kowii, poeta kichwa Otavalo, que le canta al reencuentro. Por último el Libro 3 con Achik Lema, poeta kichwa también de Otavalo, que nos recuerda lo ancestral. Diana Gualapuro, poeta kichwa Otavalo, para quien los sueños nos infunden valor. La selección termina con Silvia Vásquez, Poeta kichwa Otavalo, de quien destaco su poema Rimaykuna, Palabra, y su advertencia de que va perdiendo sentido: “¡Resucitémosla!/ Traigamos de vuelta/ Devolvamos su valor/ Como la sonrisa de un niño/ Admirable, como doble arcoíris/ Renazca como la flor de monte/ Se renueve en cada vida/ Su clamor persiste/ Corra transparente como el rio/ Que vibre en sus labios...

Y esta Antología de Lucila Lema hace exactamente lo que pide Silvia Vásquez con las palabras, le devuelve su valor a una poesía potente, magnífica y deslumbrante, como es la poesía kichwa de Ecuador. Esta selección nos permitirá conocer, al resto del mundo, a extraordinarios poetas. Gracias querida Lucila.
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23 de septiembre de 2016

Volver al Sur.

 
MARISA PEÑA-. 
Vuelvo al Sur y mi alma se engrandece.
Los olivos me muestran su silueta
silenciosos, humildes, orgullosos.
El sur me inunda,
despierta mis sentidos...
El sur soñado,
el sur arrebatado a mis mayores.
Ese sur de mañanas luminosas
y tardes infinitas perdidas para siempre.
Vuelvo al Sur, al que ellos no volvieron.
Vuelvo al Sur ...
Y aquellos que se fueron, van conmigo,
vuelvo por ellos a pisar sus calles.
Detenidas en mí,
nuevamente, por siempre,
su voz y su memoria.


Imagen, cuadro del pintor J.L. Suárez.
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22 de septiembre de 2016

Por la paz: todo

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Colombia quiso la paz. Foto: Cubadebate
Un desajuste sin diagnóstico debe de estar ocurriendo en la vida de algunos colombianos.

Como tal desbalance afecta el juicio, ciertas nociones éticas, y el sentido de la ponderación y la sindéresis, hay que ubicarlo en el espacio de la vida. No basta con situarlo en los reductos precisos de las ideas políticas, de la fe religiosa, de la moral media, del interés económico, de la envidia, el odio, la ceguera intelectual. Es algo peor y de una dimensión espiritual grave que determina la forma de vida.

No de otra manera se puede entender la obcecada torpeza con la cual personas que recibieron dignidades por elección, por nombramiento, o contratos, de la nación o sus aparatos públicos, asuman debates públicos fundamentales para el país y su porvenir, para la erradicación de los lastres de un pasado que impide cualquier alivio y cambio de un estado de cosas insostenible.

A lo mejor la vocinglería de gallera con animales de espuelas gastadas, sea la despedida acezante antes del silencio. Esa cúpula marina que precede a las tormentas o las aguas en calma para navegaciones de exploración.

Es como si la proximidad del cambio anunciara unas preocupaciones distintas, un lenguaje nuevo, una aspiración fraterna dentro de las diferencias, una leal aceptación de las reglas que determinan un juego determinado.

Este cambio, es posible que también deje una mejor intervención y presencia de las mayorías. Que jubile, de verdad, o recluya en conventos de clausura a los mesías de plaza de mercado, a los bravucones sin cuadrilátero.

Hay que soñar un poco, apenas un poco, el futuro cercano y las demandas del lejano, para resistir con paciente sonrisa las necedades, inconsecuencias, de quienes llaman, desde un caballito de palo, a seguir los tiros.

Existe un consenso internacional, de expertos y sabios, que muestra la cuidada articulación de los acuerdos cuyas palabras guiarán y sostendrán la salida del remolino y túnel de violencia que ha martirizado a Colombia. Ellos alaban lo logrado y reconocen su logro ejemplar. No es desdeñable que ese hombre que habla por Dios en la Roma del pontificado, de Bruno y Galileo, de Fellini y Passolini, bendiga el proceso colombiano por llegar a la luz de la convivencia.

¿Será que todos son brutos?

Si los poderes de la reconciliación se imponen a lo mejor no será necesaria una ley, ¡tantas leyes huecas! para resolver dos problemas que resurgieron con incontrolada virulencia. El de los expresidentes y el de los funcionarios que violan su competencia.

Los primeros deben aceptar con humildad cívica que tuvieron cuatro años de mandato o más si repitieron. Pero la vida humana se empecina en lo limitado y humilde. No insistas. Ya sin mando el gesto es ridículo, penoso, y sin bastón.

Los otros, aferrarse a su estaca. La paloma para el de Roma. Al resto les caga la cabeza.

Ampáranos Dios de los justos.
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21 de septiembre de 2016

Eco del 85


Lilymeth Mena -.

El despertador sonó como todas las mañanas, muy ruidosamente y bien temprano; mamá nos hizo meternos dentro de los uniformes y tomar un licuado de fruta, nos mojaba el cabello para peinarnos en el baño con la puerta abierta, papá estaba aún en la cama. Todo empezó tan rápido que no nos dio tiempo de nada. Las persianas se azotaban contra la pared y las ventanas de manera furiosa, las lámparas que pendían sus cuerpos de cristal ahumado se mecían con tal gravedad que casi chocaban contra el techo. Papá intentó levantarse, pero no pudo, fue como si una mano enorme lo devolviera a la cama de un empujón. El edificio empezó a moverse de manera oscilatoria, el interior del edificio crujía dolorosamente, eran rechinidos que erizaban la piel, aún cuando eras niño y no sabías que era ese sonido, después el edificio hacía los mismos movimientos circulares pero ahora en dirección opuesta. Se escuchaban las ventanas tronando y cayendo al suelo.

El noticiero que solía mirar papá todas las mañanas transmitió todo en vivo, era Jacobo Zabludovsky el que estaba al aire. No recuerdo si acabamos de pie.

Cuando todo acabó en casa no había grandes daños, muchos libros salieron volando de la biblioteca, los trofeos de papá estaban también en el suelo, a uno se le rompió el ala de un águila dorada, sigue así en su repisa hasta el día de hoy, no se por que papá nunca lo reparó.

Mamá nos terminó de alistar y salió con nosotros tres hacía la escuela. No sabíamos que el terremoto había sido tan fuerte 8.5 grados en la escala de Richter. Solo cuando salimos al mundo nos dimos cuenta de lo que había pasado. El camino a la escuela era de unos dos kilómetros y medio, acostumbrábamos recogerlo a pie.

El enorme edificio de maquila de ropa junto al mercado de Jamaica estaba partido a la mitad, como si en lugar de vigas y concreto, estuviese hecho de galletas. La mitad trozada que quedaba expuesta a nuestra vista, era escalofriante, pedazos enormes de telas rasgadas colgaban de todas partes, igual que pedazos de personas. Yo no supe distinguirlos, fue hasta que escuché hablar a los adultos que lo supe, a esa hora las costureras ya habían checado tarjeta. El edificio de correos a un costado solo era un montón de cascajo y polvo, era un edificio muy bonito, tampoco quedaba nada de la enorme tienda de electrodomésticos en la esquina. 

Nunca llegamos a la escuela.

Jacobo Zabludovsky salió de inmediato a recorrer la ciudad para tranmitir todo por televisión; las escenas eran desoladoras.

Escuché y vi cosas de las que nadie desea recordar. 

El olor que despedían los edificios venidos abajo después de varios días era inconfundible, el olor a muerto no te lo tiene que explicar nadie, no se si es la natutaleza, el instinto o el miedo, lo que te dice de que se trata sin preguntar. Yo tenía nueve años, pero lo supe enseguida.

Por donde quiera había edificios reducidos a escombros.

México tardó años en recuperarse, igual que la gente.

Ayer por la mañana sonó la alerta sísmica. Ese sonido de alarma y su voz robótica que repite a todo volumen por todas las calles de la ciudad "alerta sísmica", no supe si agarrar de la cola a mis cuatro mascotas para salir a la calle. Luego recordé que cada año se realiza un simulacro a manera de "homenaje"...vaya manera de homenajear! Lo había olvidado por completo.

Cuando mamá enviudó y quedó sola con cuatro hijos era muy temerosa de todo, nos preparó un plan de evacuación en caso de otro sismo. Las estaciones del metro eran lo mas seguro para reencontrarnos "estan reforzadas con placas de acero", decía ella. Desde entonces los papeles importantes están en una carpeta, identificaciones, papeles de la casa, de la pensión y de los hijos. Hay un sobre con dinero para cualquier emergencia. Mi hermano siempre lleva consigo una pequeña linterna, navaja y encendedor, aunque él nunca ha fumado. Creo que todos quedamos marcados de alguna manera, toda la ciudad en si, no ha vuelto ni volverá a ser la misma.
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Septiembre


PABLO CINGOLANI -.

Había que ponerle fecha. Dijimos: septiembre. Sentimos su primer calor. Sentimos el comienzo del metálico crujir de la nieve. Sentimos el revivir del agua, el despertar gozoso de los arroyos, la colosal carcajada de los ríos. Un día, partimos.

Fotografías. Kilómetro 0. Caravana. Hay memorias que no ceden: almorzar en Achacachi, cuando era pueblo fiero, no una aburrida ciudad intermedia. Achacachi: cerveza. Achacachi: todo lo que advertiste que te manca, búscalo u olvídalo. Achachachi: fin de un mundo, principio de otro, cada vez más agreste, cada vez más humano, cada vez más verdadero, cada vez más peligroso. Así era.

Hitos. Carabuco. Si no has visto de su iglesia, el interior, no has visto nada. Hitos. El río Suches. A su banda, Escoma: más cerveza. No hay más, más allá, recuérdalo. Sólo habrá pampa, altipampa, y soledad, no cerveza. Sólo habrá signos, señales, y montañas, no cervezas. Un Cristo que sigue en pie, un Cristo que fue dinamitado por los senderistas, un sapo gigante, una roca, que nadie osó volar, nadie osaría. Hitos. Ulla Ulla. Un solitario cartel que marca una cifra escalofriante: 4600 metros de altura sobre el nivel del mar.

Había que partir. Dijimos: septiembre. Un día, el sol a rabiar en las cordilleras kallawayas te despeñaba en sueños. No hay epifanía más potente que ver el Akamani a la distancia. Otro día, nevaba y nevaba. Cuando nieva, vas y juegas. Cuando nieva, ves nevar. Cuando nieva, de noche, bajando desde la apacheta del Katantika, por una cinta de piedra que intenta amarrar al cerro para que no se caiga, rezas.

Rezas al dios que forjó Apolobamba y todas las montañas. Rezas a dioses más próximos, más piadosos. Rezas a pequeños dioses, muy amables, muy queribles, muy protectores: el Santo Niño de Atocha y la Virgen Niña. Cuando vuelves a respirar, ves las queñuas. Un valle estrecho pero lleno de queñuas. Deja vú de arrayanes y Bambi. Celebras. Por Yossi, en la misma mesa donde lo velaron. Celebras. Porque la vida sigue. Celebras. ¿Te acuerdas, Reynaldo? ¿Te acuerdas mi mallku? No conoces los Andes si no conoces Pelechuco.

No conoces los Andes si no te olvidas, por una vez, lo que dejaste atrás. No conoces los Andes si no eres capaz de quemar los tapices donde has escondido los despojos. No conoces los Andes si no te inoculas todo el viento que puedas procurarte y suspendes las palabras que solían salvar tu alma. Eso aprendí, cuando buscamos el hielo. Eso aprendí, tras que la sangre bendijo esa tierra. Eso no olvido. Porque eso, no se puede olvidar.

Esa vez, peregrinamos con Gonzalo-Amauta hasta la primera hilacha del glaciar. Fue el día que wilancheamos al cerro-guía, al Machu Katantika. Debajo quedaron la apacheta y los yatiris y los mineros, farreando. Debajo quedaron los periodistas y nuestros amigos y compañeros de ruta, farreando también. Debajo quedaron los miedos, todos los miedos.

Septiembre. Cuando nos quedamos solos. Septiembre. Cuando nos quedamos solos con el destino. Septiembre. Cuando empezamos a honrarlo, a caminar, otra vez, piedra sobre piedra, rumbo al cielo. El cielo se llamaba cielo o se llamaba Puina. Retamas, ríos, romeros, ronroneos de jaguar, Rosario del Tuichi: allá fuimos.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 20 de septiembre de 2016

Fotografía: Katantica Central, Cordillera Apolobamba, Bolivia.
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19 de septiembre de 2016

Naranjinas

EMANUEL MORDACINI .- 

Nací en enero de 1979. La mía fue, definitivamente, una generación televisiva. En esos años (los 80) predominaban los juguetes basados en programas y series de televisión. Eran los días en que la empresa Mattel inundaba las jugueterías con figuras de He-Man, She-Ra, Transformers, Gi-Joe, V Invasión Extraterrestre, Thundercats, Silver Hawks, Spiral Zone y tantos otros. Claro, como buen niño de pueblo, las canicas y los barriletes tampoco me fueron ajenos. Saco esto a colación tras leer el maravilloso artículo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot “Juguetes, juegos y nostalgias”, una verdadera delicia.

Tengo un recuerdo muy vago de estos jueguitos, al punto que he llegado a preguntarme si de verdad existieron. Los envases eran parecidos a los frascos de suero, pero redondos y llenos de un riquísimo pero artificioso jugo sabor a naranja. Nosotros, en Las Rosas, los llamábamos "Naranjinas". Repito, el recuerdo es muy vago, prácticamente una sombra que me atraviesa la memoria. Menos mal que un par de amigotes de mi generación me confirman que, de verdad, existieron las Naranjinas. Saco dos conclusiones, una buena y otra mala: no estoy tan loco para inventar una estupidez como las Naranjinas y el tiempo pasa con la velocidad de la puta madre.

A propósito de velocidad, tiempo y puta madre, Gabriela es una profesora de Letras que conocí por Internet en enero de 2005. Cogimos por primera vez en septiembre de 2006, previo viaje mío a Buenos Aires. En el medio hubo mucho cachondeo virtual, mucho intercambio de ratones. Ella tenía 49 años en ese momento, yo 27. Aunque duramos dos meses, nunca pude sacármela de la cabeza. Cogerme a Gabriela fue literalmente saltar de un abismo a otro. Le cuento esto a Belén, la lasciva hija de mi casera, pero ella no me lleva el apunte, entretenida como está con los altibajos de su propio clítoris. Ése es su verdadero juguete, su novedad de Mattel, su Naranjina. No yo. 
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Crónicas acuáticas de Xochimilco

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 

Primero abordar el Metro de Ciudad de México hasta la estación Tasqueña. Después recorrer el Tren Ligero de principio a fin, ojalá ocupando algún asientito, pues su velocidad no es precisamente la de un tren bala. A modo de compensación se tiene la posibilidad de contemplar el paisaje urbano del sur de la ciudad –talleres, bodegas, pasajes, comercios, casas pequeñas que por momentos parecieran querer entrometerse en la misma vía- y lo que va quedando del antiguo bosque de pino, acote, madroño, cedro, ahuehuete, eucalipto, nopales, alcanfor y tepozán, por donde se internaba el antiguo tranvía dado de baja por la modernidad. El trayecto se completa con una caminata de media hora -o un viaje en taxi de diez minutos- por angostas calles interiores con viviendas con ampliaciones improvisadas y comercio local.

Eso al menos en la teoría. En la práctica se da una cosa muy distinta: al pretender realizar un recorrido representativo por el canal y las islas o chinampas de la delegación de Xochimilco, se deben sortear varios escollos, con el riesgo de fracasar en el intento. Apenas se pone un pie fuera de los muros de la estación, aparecen decenas de centinelas coreando el camino que los visitantes deben seguir si desean llegar al embarcadero, pero sin especificar de qué embarcadero se trata. “Hay muchos –nos aclara María Candelaria, vecina del sector-, pero el más importante, con más atractivos y que vale la pena visitar es Nativitas”. Nos confidencia que la mayoría de los que vocean en las esquinas se encuentran coludidos con quienes ubican sus trajineras –embarcaciones que recorren las aguas sólo con la ayuda de un palo de madera a modo de remo- en canales más pequeños para cobrar más de la cuenta (existen tarifas oficiales que no son respetadas) y hacer recorridos fraudulentos a desprevenidos turistas. 

Siguiendo los consejos de María Candelaria, abordamos un taxi en la siguiente esquina para reanudar la marcha. El frontis, cruzado por una franja de cemento con una inscripción dentro de ésta, no da lugar a confusiones: embarcadero Nativitas. A nuestra llegada, un adolescente de pelo corto, fornido y de voz aflautada nos invita a seguirle los pasos. Dejando atrás el calor, puestos de chucherías y comida, bandas de mariachis y restaurantes criollos, atravesando un viejo puente de madera en forma de arco, llegamos hasta unos escalones que limitan con la naciente agua gredosa. Allí nos espera Saúl y su trajinera (en realidad no es de él, sino que sólo la guía). Tras un acuerdo razonable, subimos a una colorida embarcación y nos ubicamos en una larga banca de madera dispuesta en un extremo, frente a un mesón también de madera, y comenzamos el deslizamiento por el canal. Desde los costados aparecen trajineras más pequeñas, con sus partes centrales humeando, que nos ofrecen alimentos preparados en el momento, además de refrescos, bebidas alcohólicas, adornos, serenatas, arreglos florales y dulces. Ambiente propicio para oír la voz de nuestro guía junto a una helada cerveza condimentada con limón y diferentes tipos de ajíes de la zona. Primero nos habló con timidez, luego con más seguridad y finalmente, alentado por nuestro entusiasmo, a sus anchas.


Saúl ha convivido desde siempre con el canal. De pequeños, a él y a sus hermanos los adultos los lanzaban a sus profundidades para que solitos salieran a flote. Y Saúl lo consiguió. Aún más, tuvo que pasar por otro duro aprendizaje, derivado del trauma de su abuelo a los reclutamientos forzados del ejército en la época de la Revolución Mexicana. Decidió proteger a sus nietos con el mismo sistema que a él lo librara de un combate que no le pertenecía. Ante cualquier amenaza de guerra, conflicto o asalto, la instrucción era lanzarse de piquero al canal e internarse dentro de sus túneles subterráneos hasta que pasara el peligro. “Ahora no queda nada de esos túneles, pero estaban justo aquí, debajo de la laguna –nos comenta Saúl, apuntando con su dedo hacia el agua para enfatizar el relato-. Uno podía salir por el otro lado sin que lo vieran”.

A medida que nos adentramos por el canal, le consultamos por la legendaria Isla de las Muñecas, principal motivación nuestra para conocer Xochimilco, ignorantes del resto de sus tesoros ocultos. “En realidad, lo que vamos a ver son maquetas de esa isla –cuenta Saúl-. La verdadera está a dos horas y media de acá, pero hay que cruzar una rampa. De ese lado, la profundidad del agua es mayor desde el terremoto del 86. Por eso el avance es más lento”. Nos dice que algunos guías de trajineras les aseguran a los turistas que el recorrido es por la auténtica Isla de las Muñecas, cuando no se trata más que de una de las cuatro maquetas existentes. “Lo mismo pasa con algunos programas de televisión que no quieren hacer el viaje largo y graban por aquí nomás y después lo presentan como la verdadera isla –agrega Saúl-. Hasta hacen efectos sobrenaturales de mentira. Yo los he visto. Una vez, en un documental, me usaron de extra. Pero salgo con un sombrero y una manta, no se me ve la cara… ja, ja, ja”.  

La historia –desdibujada por la leyenda- se remonta a los años cincuenta. Despechado por la huida de su novia con otro hombre, Julián Santa Ana Becerra decidió instalarse en una chinampa de su propiedad para vivir como ermitaño, dedicándose a la oración y al cultivo de cereales, hortalizas y flores. De vez en cuando, hablando lo justo y necesario, visitaba el pueblo acompañado de un carretón para vender sus productos. Aparte de su silencio, llamaba la atención en quienes lo divisaban la predilección de Santa Ana por recoger muñecas de la basura. Cuando dejó de ir al pueblo, la venta de productos la continuó su sobrino Anastasio Santa Ana. Al mostrarse este último más afable, la gente decidió preguntarle el motivo por el cual su tío recolectaba muñecas viejas. Anastasio les contó que cuando Julián recién había llegado a la isla se produjo el ahogo de una joven en la orilla del canal. Para evitar las voces, pasos y lamentos que según el ermitaño comenzaron a oírse en el lugar, decidió recurrir a las muñecas como amuletos protectores. Tenía su muñeca favorita, “La moneca” o Agustina, la misma que aún se encuentra repleta de ofrendas por los milagros y favores que ha concedido a los visitantes que depositan su esperanza en ella.  Sin embargo, a pesar de las cientos de muñecas repartidas por la isla, Julián Santa Ana nunca dejó de oír voces y aseguraba que una sirena deseaba llevárselo con ella a las profundidades de Xochimilco. En 2001, mientras pescaba en el mismo sector donde había perecido la joven años atrás, en el momento en que su sobrino se alejó para ver a los animales, Julián sufrió un ataque cardiaco que lo lanzó de bruces al canal. Cuando Anastasio regresó, el ermitaño ya estaba muerto.

Intentamos hacer el recorrido a la isla, pero no estamos ni en el momento ni en el lugar indicado. 1 de enero, diez de la mañana. El responsable de mover las palancas de la rampa no se encuentra en su puesto para complacer a estos molestos turistas del sur. Ni siquiera los ajolotes –anfibios característicos de la zona, en peligro de extinción y, según Saúl, de excelente sabor si se les prepara asados al palo- salieron a saludarnos. Sólo un par de patos blancos confianzudos aleteaban, a modo de burla, alrededor nuestro. Lo comentamos y Saúl rememora: “Hubo un pato salvaje, grandote y negro, que en noches con neblinas pasaba volando por las cabezas de la gente. Viera el susto que les daba a los turistas. Podía ser que lo hiciera para asustar de verdad o porque las luces de las velas de los mesones le llamaban la atención. Muchos turistas juraban que era un brujo de capa negra que salía y volvía al agua. Yo no les decía nada. Lo mismo el zumbido de algunos insectos que dicen que son almas en pena en medio de silencio. Tampoco digo nada. El que quiera creer, que crea. Yo igual he visto cosas, pero pocas, apenas un monje con capucha detrás de los árboles”.

Para Saúl, no todos los días son iguales de coloridos en Xochimilco. La mayor de las veces la provincia carcome el lugar y el carnaval queda en la trastienda. Muchos se desilusionan y se van. Dejan casas recién adquiridas, a muy alto precio, en el absoluto abandono. Desde el canal se las admira lujosas, confortables, mini mansiones. A otros, en cambio, la tranquilidad los atrae. Como a un antiguo cliente de Saúl, un hombre mayor, que acostumbraba a pasear con su esposa por los canales durante los atardeceres. Cierto día, el anciano llegó sólo. Saúl se disponía a retirarse a su casa a descansar, por lo que le sugirió que ocupara a otro guía. El hombre insistió en que fuese él. Saúl accedió por los años compartidos y el afecto recíproco. Iniciaron un paseo por los mismos senderos recorridos tantas veces por él y la pareja. El hombre le pedía en todo momento a Saúl que le relatara cuanta anécdota se le viniera a la cabeza. Lo importante era que no se quedara callado, que no hubiera silencios incómodos. Saúl recuerda ese día nublado, tal vez con un poco de llovizna y con una tremenda incertidumbre de lo que realmente ocurría. La explicación coincidió con el arribo al embarcadero de la trajinera: la esposa de su pasajero acababa de morir y él decidió recorrer esos lugares como una manera de homenajearla, recordarla y despedirla. Sabía que Saúl no le fallaría. “Las noches de Navidad y Año Nuevo son iguales de tristes que esta historia –dice Saúl fijándose en nuestros rostros apesadumbrados-. Vienen pocas personas, la mayoría gente mayor, sola, sin parientes ni amigos. Allí Xochimilco se pone diferente y todo el canal queda a disposición de ellas”.

Saúl nos cuenta de un grupo de jueces que en determinadas fechas del año lo contrata para recorrer el canal durante las noches. Él sólo debe preocuparse de conducir en silencio, hasta el amanecer. “Dicen que lo hacen para relajarse, liberar tensiones y todo eso. Acá se sube todo tipo de gente”.

Alguna gente que puro pregunta leseras, dirá Saúl sobre nosotros con el paso de los años. Claro, si es que nos recuerda. Nosotros, en cambio, a él sí lo recordaremos en esta crónica.    


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