Las montañas versus los hijos de puta


Hace algo más de 40 años, alguien clarividente, eufórico pero certero, definió la contradicción principal, la dichosa contradicción principal, así: el pueblo versus los hijos de puta. Dentro de la segunda categoría, entraba toda la gama de cabrones que no contribuyen al bienestar general, los que joden a la película colectiva, los pendejos que se creen más listos que los demás, los infames merecedores de toda condena y peor castigo: los hijos de puta.

Petras, el marxista yanqui, algunos años después, pocos, a raíz de los procesos de democratización de todo el cono sur latinoamericano dijo algo parecido: señaló que la amenaza más acuciante de los nuevos procesos que emergían no era el retorno de las dictaduras militares -desprestigiadas por tanta sangre, demasiado terror- sino que el monstruo que acosaba a las democracias emergentes era la corrupción.

El hampa lo denominó el bueno de James. Buscaría contaminar/blanquearse en democracia, afirmaba. Escribió algo fácil de memorizar. Dijo que estaríamos fritos si, así lo recuerdo: “el hampa se vuelve respetable, hará que la gente respetable se vuelva como el hampa”.

El neoliberalismo ya campeaba, el horizonte se volvía negro, negrísimo, y como dijo la Thatcher el tema no era la economía, sino conquistar la cabeza de las personas. Algo, visto desde el ahora, tras la revolución ego-tecnológica que padecemos, que han logrado con creces. Los hijos de puta han ganado, muchachos.[1]

Bajando a la tierra de uno, hoy volví a mi montaña-guía de las montañas que me habitan en mi vida en esta ciudad de montañas como es La Paz y vuelvo a comprobar la aseveración antedicha: los hijos de puta no paran, siempre están en lo suyo, siempre persisten en causar daño y dolor.

El cerro de mis desvelos del lado norte se llama Mullumarka, del lado sur, Huacuni. Es una inmensa mole, rojo y verde, de allí su nombre. Cuando estás de bajada a Mallasa, antes de llegar al cactario y a los túneles, puedes verlo, a la distancia, en toda su imponencia. Es una montaña poderosa, merecedora de todos los poemas. Sobre sus crestas, se han alzado las lunas más hermosas que he visto en mi vida. De sus cimas, puedes ver, allá lejos y tan cerca, al gran coloso, a la waka suprema, al Illimani. Son casi veinte años que lo camino.

Primero, los intrusos, los hijos de puta -en este caso: una inmobiliaria- hostigaron el lado norte, el Mullumarka propiamente dicho. Entraron con sus putas máquinas y empezaron a terracearlo, acabando con todo lo que encontraron a su paso, incluyendo el sapo de la montaña, la waka hampatu del cerro, y a Solo, un magnifico cactus que adorábamos. [2]

Frente al tamaño de la devastación, recuerdo que hablé con uno de los ingenieros que trabajaba para los hijos de puta y el me juró que no superarían una cota que ya estaba delimitada. Le creí y, a decir verdad, hasta ahora, sigue siendo así. De hecho, yendo y viniendo -vivía al frente del cerro-, me fui haciendo amigo de los trabajadores que se tostaban de lo lindo en una faena titánica y ellos me aseguraban que de ahí no pasarían. Valga la aclaración en este mundo de confusiones: los trabajadores no son parte de la denominación genérica de hijos de puta. Los trabajadores son las primeras víctimas de los hijos de puta.

Siguiendo con mi línea de tiempo, vinieron todos hechos trágicos colectivos: un gobierno local de los hijos de puta y una pandemia global. El asedio al cerro se detuvo. Casi todo el 2020 estuve exiliado y, vuelto al terruño, no había nadie en la montaña el 2021 y el año pasado. A su vez, la naturaleza se estaba encargando de maltratar las obras que la empresa había construido, los caminos se llenaban de matorrales y sifones, la naturaleza invadía a los inversionistas, y vos te preguntabas: ¿qué sentido tiene todo esto? Aclaro, para los incrédulos: hablo de un proyecto inmobiliario donde nunca, jamás, se construyó una casa, nada, ni una cerca.

El asunto es que llegamos al 2023 y ahora los hijos de puta se la han agarrado con el lado sur de la montaña, con el Huacuni. Hoy, vi unas 20 personas laburando en distintas partes del cerro, lo más preocupante dos máquinas que estaban operando muy cerca de la casa del Elías, el único genuino y originario morador de la montaña. [3] Miguel Sánchez-Ostiz lo conoció, él puede testificar a favor de mi relato. Roque Taborda también. Lo peor de la situación es que, del lado sur, los hijos de puta han superado ampliamente la cota que se suponía limitaba su desquicio. [4]


¿Qué hacer, diría un pelado?


Hay dos caminos, diría un general que luchó a favor del pueblo.

Hay dos caminos, diría Perón: el tiempo o la sangre.


La sangre. Podríamos armar con algunos cuates -siempre hay, los dispuestos- un FPM o mejor un FPPM o, si quieren, un FLM o más focalizado un FLMP,[5] y preparar una serie de operaciones de amedrentamiento contra los hijos de puta para que se vayan del Huacuni. Si la cosa funciona, bien. Si no, habría que elevar el nivel de violencia y asumir o pagar las consecuencias.

El tiempo: esperar que a los hijos de puta les suceda lo mismo que en el lado norte, en el Mullumarka. Que gasten su plata al pedo -que los trabajadores ganen los suyo, aunque seguro les pagan migajas, pero un ingreso es un ingreso- y la naturaleza -que es sagrada, y es la divinidad actuante- luego haga lo suyo.

Dado el momento histórico que vivimos -aunque sé que, si pudiera reunirlos, lo haríamos-, elijo el tiempo, pero, mientras tanto, como dijo alguna vez Johnny Rotten, con referencia a los hdp: ¡que coman de su propia mierda y que revienten!

Miren: las laderas se llenaron de ellas, las flores siguen marcando el camino de la victoria.



Pablo Cingolani

Antaqawa, 22 de marzo de 2023

A Dana, al gatito y a mi mamá que se están allí


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[1] Uno de los hijos de puta más destacados del mundo mundial, por culpa o por cínico, financia uno de los estudios más abrumadores del estado de las cosas: el índice de resistencia que tienen los pueblos a las fake news, a las noticias falsas, a la estrategia sistemática del poder de desinformar -fenómeno que se instaló de manera definitiva con la pandemia. Vean aquí, si no lo creen: https://osis.bg/?p=3750&lang=en. Es alucinante lo que sucede, man.

[2] Esto ya lo conté. Lo pueden leer aquí: Despidiendo a Solo

[3] Al Elías, lo pueden leer aquí: A Elías de Mullumarka

[4] Llegaron a la altura, del lado norte, de la Roca Madre. Sobre ella, pueden leer aquí: La Roca Madre

[5] FPM: Frente de Protección de las Montañas. FPPM: Frente Popular de Protección de las Montañas. FLM: Frente de Liberación de las Montañas. FLMP: Frente de Liberación de las Montañas Paceñas. Se me ocurren otras denominaciones posibles: MRA, Montoneros de Río Abajo, CSM, Comando Simona Manzaneda o mejor CSMV, Comando Simona Manzaneda Vive (¡y vuelve!) A todo esto, vean Sayen, véanla a Rallen Montenegro. Aquí está el tráiler: Sayen - Tráiler Oficial I Prime Video

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